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Pautas para leer el Evangelio por José Antonio Pagola |
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Iniciación práctica a la lectura de los Evangelios. Aprender a leer el Evangelio escuchando a Dios, a través de Jesús. Escuchar esas palabras que, según el 4º Evangelio, son Espíritu y son Vida. Hay muchos métodos para leer los Evangelios: libros, la lectio divina…, pero poca gente se han puesto a leer los Evangelios. Necesitamos aprender un método práctico, sencillo, elemental para, de verdad, leer el Evangelio y escuchar a Jesús. ¿Qué puede hacer un cristiano que no sabe nada de los géneros literarios, que no sabe nada de exégesis, que no ha ido a ninguna charla de Biblia, cogiendo el Evangelio en las manos? ¿Qué puede hacer hoy una persona sencilla a la que le dan los Evangelios? Pues como aprendimos a leer: leyendo. Observaciones: 1. Hay que leer el Evangelio en un lugar silencioso, que favorezca el recogimiento, la escucha interior. No se puede leer en cualquier sitio. Conviene hacerlo a una hora propicia: de calma, con sosiego. Se puede leer a solas, en pareja, en grupo o en comunidad. 2. Conviene seleccionar el texto. No abrirlo al azar. No es la mejor manera. Conviene tener un criterio: ciclos, o el evangelio de los domingos (leerlo a lo largo de toda la semana). Cuando ese Evangelio se proclama el domingo, me dice algo. Por eso conviene leer con criterio. 3. Una vez seleccionado el texto, se busca dónde está, qué es (una parábola, una curación, una discusión con los fariseos, etc…), y para eso viene bien leer el título que lo han puesto los traductores. 4. Cerramos la Biblia y hacemos un breve silencio para tomar conciencia de esto: ahora no voy a leer un libro, no voy a leer una revista, ahora voy a escuchar a Alguien, voy a escuchar a Dios, a través de Jesús. 5. Una vez hecho ese silencio, entonces leemos por primera vez el pasaje completo (si es una parábola, leemos la parábola completa; si es una curación, leemos la curación completa) para recordar, porque nos creemos que ya la sabemos al empezar a leer la parábola. Y, si se desea, se pueden ir viendo las notas. Tiene su importancia, aunque no es lo más importante. 6. Tenemos que leer despacio, muy despacio. Porque luego lo importante no va a ser terminar el capítulo, sino escuchar algo. Lo primero es captar bien lo que dice el texto, no lo que nos imaginamos, porque leemos continuamente lo que no pone. Nosotros pertenecemos a la cultura del ordenador, pero Marcos a lo mejor tardó más, porque el tenía pergaminos o papiros, pero en cualquier caso era un material costosísimo. Entonces Marcos no podía tachar tan fácilmente, tenía que pensar y meditar bien qué es lo que quería poner; y tiene que saber resumir, porque no tiene mucho pergamino. 7. Nos vamos fijando en las personas que intervienen, pero aparece siempre una persona: que es Jesús. Los Evangelios están hechos de perícopas, que es una palabra griega que significa “trozos”, los Evangelios son trozos pequeñitos cosidos por el evangelista. Pues en todos estos trozos pueden aparecer varios personajes, pero aparece siempre Jesús. Cuando llegamos a Jesús, ahí hay que pararse y ver qué dice y qué hace, porque el es el Maestro y nosotros sus discípulos y tenemos que grabar muy bien dentro de nosotros sus palabras y su estilo de vida. Una persona que solamente leyera el Evangelio parándose para ver, cuando llega Jesús, qué dice y qué hace, y luego meditar aquello, esa persona después de un año cambia, porque está buscando cómo era Jesús, y sólo así se hace uno cristiano. 8. Empezamos a leer y nos podemos encontrar con pasajes oscuros, frases que no entendemos bien, términos difíciles de interpretar. ¿Qué hay que hacer? Saltarlo y seguir. Pasar adelante. El Evangelio no es para discutir: es para aprender a vivir. Eso que ahora no entendemos, a lo mejor dentro de 3 años, si seguimos leyendo el Evangelio día tras día, posiblemente comprenderemos más tarde lo que ahora se nos escapa. Puede ocurrir que salga una palabra o expresión importante muchas veces, y se va repitiendo y no la entendemos (ej. el Hijo del Hombre, el Reino de Dios,…), eso ya algún día habrá que aclararlo con un diccionario de Teología Bíblica, pero la lectura normal no es para aprender más cosas, y menos para discutir, porque mientras discutimos no escuchamos. Si una persona va leyendo, lo que entiende… Hay quien dice: “los Evangelios no se entienden”. El problema de los Evangelios es que se entienden demasiado. El problema es que no lo quieres vivir o no lo puedes vivir, pero el Evangelio es claro. 9. Después de esa primera lectura, se vuelve a leer de nuevo, pero ahora poco a poco, por partes, dividiendo el texto. ¿Cómo? Normalmente tienen en una introducción (uno o dos versículos), que dice dónde ocurren las cosas, dónde está Jesús, quién le rodea; después viene el desarrollo, un relato; y por último, la conclusión. Es muy importante el final. Siempre lo más importante está al final: cómo termina. Estaremos muy atentos a la última palabra de Jesús o a la conclusión del evangelista. Pero muchas veces esta parte más importante se suele leer más deprisa 10. Hacemos una segunda lectura, y en esta segunda lectura nos hacemos preguntas para escuchar a Dios. Todo lo demás no ha sido más que prepararnos. Es muy fácil. Vamos leyendo despacio y nos hacemos preguntas a partir de nuestra experiencia, de la vida,… ¿Qué preguntas nos tenemos que hacer? Nos tenemos que hacer tres clases de preguntas:
· Primera pregunta: Lo que leemos una Palabra de verdad que nos dice algo, nos da una luz a cerca de Dios, de cómo es Dios, a cerca de mi vida, o del ser humano. La Palabra de Dios es luz que me ilumina. La primera pregunta siempre puede ser esta: ¿Qué verdad me descubre Dios?, ¿qué me enseña?, ¿qué me está queriendo enseñar Dios?, ¿qué aspecto de mi vida me está iluminando ahora Dios? Si esto es así, en adelante yo ¿cómo tengo que entender la vida? Un ejemplo: “O sea, ¿qué no se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero? ¡Que mala suerte! ¿No se puede aunque sea a medias? Pues no”. Y donde dice “dinero” podéis poner lo que queráis. Otro ejemplo: la Transfiguración. Pedro dice: “Hagamos tres tiendas”. Nosotros tenemos no tiendas, sino supermercados, ¡hipermercados!. Menos mal que interviene el Padre: “Este es mi Hijo Amado” No es Moisés, ni Elías. ¿Cómo? ¿Sólo a ese hay que hacerle caso? Da mucho miedo hacerle caso sólo a Jesús. Está sin estrenar eso. Tenemos tiendas para todos: para los progresistas, para los conservadores, etc… Jesús le dice a una comunidad que está por los suelos: No tengáis miedo de escucharme sólo a mí. El texto no dice que se levantaran, dice que levantaron la mirada. Y ¿qué vieron? A Jesús sólo: ya no vieron a Elías, la ley; ya no vieron a los profetas. Ahí empieza la vida contemplativa, cuando ya uno va teniendo cada vez menos tiendas. Entonces la primera pregunta sería: esto a mí ¿qué me dice hoy? ¿cómo me ilumina? ¿qué luz me da? O sea, que la vida contemplativa es verle a Jesús sólo, no tener tiendas,…
· Segunda pregunta: Palabra de ley de vida, de regla de vida. ¿A qué me llama Dios? ¿A qué me invita? Esta parábola ¿A qué me compromete? ¿A qué me urge? No es sólo escuchar una verdad, sino algo más: escuchar una llamada, una invitación, que me compromete, que me urge a vivir de una determinada manera. En la parábola del samaritano, por ejemplo. La última palabra de Jesús es la más importante: “y le dice al doctor de la ley: vete y haz tu lo mismo” Déjate de cosas: tu haz lo del samaritano. Y uno dice: ahora si yo empiezo a hacer esto, si yo empiezo a ayudar a todo el que me encuentro en el camino ¿qué me va a pasar? No hay que leer muchas cosas: hay que leer a Jesús, y te deja delante de la verdad y delante de la llamada de Dios. ¡Cuántos libros se leen para no escuchar llamadas!: que nos hacen mucho bien, nos animan mucho, pero no nos cambian. Siempre te cambia una persona que te quiere mucho, pero te dice la verdad.
· Tercera pregunta: Otras veces la Palabra de Dios, puede aparecer, no como palabra de verdad, no cómo ley de vida, sino aparece como una promesa, una Palabra de promesa. Dios no solo nos habla para darnos luz, para hacernos una llamada, sino que Dios promete su gracia, su amor, su perdón. Entonces nos tenemos que preguntar muchas veces: a mí Dios aquí ¿qué esperanza me quiere infundir? ¿de qué miedo me quiere liberar? Porque tenemos muchos miedos. Tenemos miedo hasta “a tener miedo”. Damos una impresión de seguridad… ¿De qué miedos me quiere liberar? ¿Qué confianza me aporta a mí? “Yo estaré con vosotros todos los días” “No tengáis miedo” “Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?” “En el mundo tendréis tribulación, pero yo he vencido al mundo”. Jesús se pasó la vida tratando de quitar el miedo, pero no lo consiguió. Por tanto, puede aparecer como una promesa que a mí me anima, me alienta para vivir.
Un hombre, una mujer, que vaya escuchando el Evangelio ¿Qué dice Jesús sobre Dios, sobre la vida, sobre el sufrimiento, sobre el dinero? Pues poco a poco aprenderá a vivir con personalidad cristiana. Tiene una visión cristiana de las cosas, de Dios. No cree en cualquier Dios, cree en el Dios de Jesús; no cree en cualquier manera de vivir, cree en la manera de vivir de Jesús. Hoy a cualquier cosa se le llama personalidad, personalidad empieza a tener un hombre o una mujer cuando sabe hacia dónde tiene que orientar su vida, por dónde va la verdad. Cuando una comunidad, o un grupo, o una parroquia, o una diócesis, o la Iglesia universal pone en el centro el Evangelio, y a Jesús con el, donde se encarna el Dios vivo, y somos capaces de ir escuchando su palabra de verdad, y aprendiendo a vivir con personalidad cristiana; y somos capaces de escuchar sus llamadas, y aprendiendo a vivir con responsabilidad cristiana; y escuchando sus promesas y aprendiendo a vivir con esperanza cristiana; sólo allí está creciendo de verdad el Reino de Dios. |