SAN JUAN DE LA CRUZ, MÍSTICA CRISTOLÓGICA

P. Maximiliano Herráiz García, ocd

Juan de la Cruz es lúcidamente consciente de que la autenticación única, esencial de toda propuesta que se presente como cristiana, tiene que  estar refrendada y justificada por su entroncamiento radical en el Jesús del evangelio, persona y doctrina. Así lo hizo él  en la cuestión tan decisiva  y delicada de la purificación radical, absolutamente necesaria para realizar la fundante vocación humana  a la unión de amor con Dios[1].  Elijo esta perspectiva cristológica para presentar la mística sanjuanista porque no son pocos los despropósitos que se han escrito, se han cultivado demasiadas reticencias y sospechas sobre la presencia de Jesucristo, particularmente de su humanidad, resistiendo tozudamente a las argumentaciones de los modernos estudiosos carmelitas[2]. Pienso que también en esta cuestión de la mística, como en las demás, Juan de la Cruz tiene “grave palabra  y doctrina” (1N 13, 3), y tiene que ser referencia obligada en el interior de la confesión cristiana católica y en el diálogo con otras místicas. “La cristología sanjuanista es un aspecto profundo, vigoroso y bello de su doctrina. El más querido”[3].  Añado: nunca, tal vez, la escasez y levedad de la palabra soportó tanta gravidez, más sugeridora que explicativa, ni buscó tanto la complicidad del lector  para una contemplación sostenida, amorosamente penetrativa. Los atisbos que los estudiosos sanjuanistas van poniendo sobre la mesa señalan la verdadera paternidad de “los olvidos de un místico” y derriban construcciones cristológicas bastante más frágiles que la que nos ofrece el fraile carmelita[4].

Cuatro puntos van a centrar mi estudio:

l. Cristo, el TODO de Dios

2. Cristo, el TODO del hombre nuevo

3. Semejantes a él, filiación divina.

4. También en el interior del misterio trinitario

1.  Cristo, el TODO de Dios

Las primeras formulaciones del místico y teólogo Juan de la Cruz, y sus primeras entregas como guía espiritual tienen hondo y claro, encendido contenido y vivo color cristológico. Los Romances y los Dichos de luz y amor son auténticas piedras miliares que señalan el camino cristiano, recorrido y ofrecido, del joven carmelita, marco de referencia de ulteriores aportaciones en la misma dirección, con idéntico contenido: Jesucristo es el TODO de Dios, su única Palabra, principio y término de  esta era de gracia” (2S 22, 3) en la que nos encontramos para siempre. El proyecto de Dios está indeleblemente marcado por la imagen reveladora del Padre, reveladora al tiempo de la nueva y definitiva imagen del hombre nuevo y definitivo.  Por eso, “siempre se ha de estar en lo que Cristo nos reveló” (ib 8).

1.1  Jesús, la única Palabra de Dios

Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (D 99). Amor absoluto, absolutamente comunicativo, Dios no puede menos de comunicarSE TODO, en el interior del misterio de comunión de vida, la Trinidad santa, y ad extra, decisión gratuita de “agrandar” la comunidad fontal y terminal de toda la creación, en particular de la persona humana a la que “únicamente amó por sí misma”, y en la que “elevó” a toda la creación a su misterio de vida (C 4-5). El místico se asoma al misterio trinitario, en el que “el Padre comunica toda su esencia” al Hijo (C 1, 5),  y el poeta esculpe algo de esta contemplación en verso tan sobrio literariamente como grávido de experiencia y contenido teológico.

El Padre “hale siempre concebido / y siempre le concebía; / dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía. / Y así la gloria del Hijo / es la que en el Padre había” (R 1); “figura de mi sustancia”, “eres lumbre de mi lumbre” (R 2). Pero interesa subrayar la vertiente de comunicación ad extra, de la creación por y a imagen del Hijo, en la que verdaderamente se pone a prueba nuestra fe cristiana en el Dios que se nos da, revela y comunica en él, “también humanado” (2S 22, 6). Por la intrínseca gratuita exigencia del amor “perfecto”, se hace semejante a nosotros: “en los amores perfectos / esta ley se requería: / que se haga semejante / el amante a quien quería” (R 7); “porque en todo semejante / él a ellos se haría... / y que Dios sería hombre y que el hombre Dios sería” (R 4).

La formulación de la propuesta de creación alcanza su máximo realismo de contenido en las palabras que Juan de la Cruz pone en boca del Padre: “Al que a ti te amare, Hijo, / a mí mismo le daría, / y el amor que yo en ti tengo / ese mismo en él pondría” (R 2). “La esposa”-humanidad merecerá “tener nuestra compañía / y comer pan a una mesa, / del mismo que yo comía” (R 3). El Hijo responde a la voluntad del Padre de “igualarnos” al Hijo, con idénticas formulaciones: “A la esposa que me dieres / yo mi claridad daría” (R 3). Une los dos extremos del proyecto divino, movimiento de glorificación y elevación desde dentro de la realísima asunción de la humanidad “que en duro yugo servía” (R 7): “y se vendría con ellos, / y con ellos moraría.../ y trataría con ellos, / comería y bebería”.  A la esposa tomará “en sus brazos tiernamente, / y allí su amor le daría; / y que, así juntos en uno, / al Padre la llevaría, / donde del mismo deleite / que Dios goza, gozaría; / que, como el Padre y el Hijo, / y el que de ellos procedía / el uno vive en el otro, / así la esposa sería, / que, dentro de Dios absorta, / vida de Dios viviría (R 4).

Vuelve sobre “el rescate”, la liberación de la esposa en un apunte sobrio de su historia terrena entre nosotros, con el fondo, también sobrio, de la pasión y muerte: “Iré a buscar a la esposa, / y sobre mí tomaría / sus fatigas y trabajos, / en que tanto padecía: / y porque ella vida tenga, / yo por ella moriría, y sacándola de lago / a ti te la volvería” (R 7). Hijo de Dios e hijo del hombre (R 8), “ya que el tiempo era llegado”, expresa poéticamente la indisoluble unión de las dos naturalezas en la unidad de persona: “así como desposado/ de su tálamo salía / abrazado con su esposa, / que en sus brazos la traía”. Hombre y ángeles festejan “el desposorio” “que entre tales dos había. “Y la Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios, / y en el hombre la alegría, / lo cual del uno y del otro / tan ajeno ser solía” (R 9).

En el corazón del camino de la unión-purificación, frente a la tentación más que posible, muy real, de dispersión, revela su lúcida pasión de centrar en Jesús la vida, de clavar en él la mirada y el corazón, con la poderosa confesión  de su fe cristiana: las palabras han dejado ya el paso a la PALABRA, pues en ella tenían toda su razón de ser. El Dios de las palabras y de las múltiples maneras de entrar en relación, de mostrar su presencia a su pueblo, nos habló y “habla siempre” en su Hijo humanado. Cambio sustantivo de Dios, cambio también sustantivo del creyente: Dios se dijo en su Palabra y ha “quedado como mudo”. Por lo tanto “necedad” será, y “agravio” a Dios no poner “los ojos totalmente en Cristo” (2S 22, 5). El discurso que termina en este antológico capítulo de Subida empezó capítulos atrás cuando  el autor entró a explicar  “el fin y estilo” que Dios tiene en su comunicación con nosotros, y que le obligó a hacer un largo excursus que tiene como hilo conductor una lectura cristológica del AT, “la ley vieja” que cede el paso a la “ley de Cristo” (ib7), o “la ley evangélica en esta era de gracia” (ib 3). Palabras múltiples que son como flechas indicadoras de la Palabra, que en ella desembocan. Palabra a cuya luz adquirirá su pleno significado  la revelación que le precede. Palabra en la que el cristiano debe entrar, establecerse, como cresta de la montaña de la manifestación de Dios en la historia de los hombres para entender comprensivamente las dos laderas del tiempo.

Y empezó este discurso bajo el paraguas comprensivo del “estilo y fin que Dios en ellas [gracias diversas “sobrenaturales”] lleva (2S 17 tít). Podemos decir con toda que seguridad es la plena, definitiva manifestación en su Hijo, gran aserto de uno de los capítulos más profundos y lúcidos de la obra sanjuanista: el 22 de 2S, reconocido por todos los estudiosos del santo como el más valioso cristológicamente, junto con el 7 del mismo libro, al que también, necesariamente, tendré que referirme. Cristo es el corazón y el horizonte de la revelación divina, del proyecto de Dios contenido en el AT. Las profecías “se habían de entender espiritualmente de Cristo”, “hablaba Dios según lo principal de Cristo y sus secuaces (2S 19, 8).  Lo que precede a la encarnación del Verbo  “era prometiendo a Cristo” (2S 22, 5), o “cosas tocante a [nuestra fe] o enderezadas a ella” (ib 3). Donde se encamina “sus casos y cosas a la fe” (ib), que “no estaba aún fundada” (ib)[5]. En todos estos capítulos de Subida, que se refieren “al estilo y fin de Dios” en su comunicación con nosotros, opera el principio interpretativo sanjuanista: “Hace decir el Espíritu Santo muchas cosas en que él lleva otro sentido del que entienden los hombres” (2S 19, 9), dándonos a conocer el “espíritu” de las palabras de Dios (2S 20, 3). El Espíritu es el que nos da a conocer el misterio de Dios revelado en Jesús (cf 2S 11, 7).

Pues “Dios es inmenso y profundo” 2S 19, 1), o Dios “está sobre el cielo  y habla en camino de eternidad; nosotros, ciegos, sobre la tierra, y no entendemos sino vías de carne y tiempo” (2S 20, 5). O lo que dirá en Cántico, tratando de explicar quién es el Amado, es decir Cristo: “Dios es voz infinita”. Y prosigue explicando cómo se le da a entender en la contemplación: “Y comunicándose al alma en la manera dicha [contemplación], hácele efecto de inmensa voz”, distinguiendo el sonido en el sentido exterior  y en el espíritu interior. Y en lo que  se refiere a éste, subraya la acción del Espíritu Santo en los tres textos bíblicos que aduce: el del canto de María en la anunciación: “enalteció a los humildes”, “colmó de bienes a los hambrientos” (Lc 1, 52), el de los Hechos (2, 2), la venida del Espíritu sobre los apóstoles, y el último,  cuando en las proximidades de la pasión, la voz oída por Jesús y la multitud que le acompañaba: (Jn 12, 18-29),  de la que dice el santo: “por aquella voz que se oía de fuera se denotaba y daba a entender la fortaleza y poder que según la humanidad a Cristo se le daba de dentro” ((14-15, 10). En estas dos últimas referencias bíblicas señala Juan la fortaleza que produce en quienes la oyen dentro: los apóstoles y Cristo, para quienes es voz inmensa del Padre. Como en un texto de Llama nos dice que el Hijo  es “toque ” y “mano blanda” de Dios, comunicadora de vida (2, 16)[6].

Vuelvo a Subida. La palabra de Dios se puede entender “a la letra y corteza” o “según el espíritu”, que “es dificultoso de entender”, y que “es muy más abundante que la letra y muy extraordinario y fuera de los límites de ella” (2S 19, 5)[7]. Y que no puede comprender “el hombre sensual”: “Es imposible que el hombre, si no es espiritual, pueda juzgar de las cosas de Dios ni entenderlas razonablemente”[8]. Sobre este trasfondo hay que leer la doctrina del místico carmelita sobre la necesidad de “pasar” del conocimiento “particular”, “distinto”, fruto de la meditación y del discurso natural, al conocimiento “general”, aconceptualizado, propio de la fe y, en términos de proceso oracional, de la contemplación de la Palabra de Dios, de su revelación. Critica el doctor místico que quiera el hombre, particularmente el creyente en su relación con Dios, quedarse “siempre” en la primera forma de conocimiento. También de querer conocer así, solamente, al Verbo de Dios “humanado” (2S 22, 6). Su argumento se podría reducir simplemente  de este modo: “a un Dios que se revela en fe -¡no lo puede hacer de otra forma, por su misterio intrínseco y en atención al destinatario!-, hay que acogerlo en fe, sobre todo discurso y sobre todo lo que podemos entender y gustar con nuestras potencias. “Buscarle en fe” significa amar y deleitarse “en lo que no puedes entender y sentir de él”, o, negativamente, “nunca te quieras satisfacer en lo que entendieres de Dios” (C 1, 12; cf D 54). El TODO de Dios, que es Jesús, su PALABRA, “que no tiene otra”, el contenido de toda la fe, únicamente puede acogerse en fe.

1.2  Cristo, “el que funda la fe”

Así se expresa el doctor místico marcando con trazo recio la frontera entre “la ley vieja” y “la ley evangélica”. En la primera, “porque aún entonces no estaba bien fundamentada la fe ni establecida la ley evangélica”, era lícito “preguntar” a Dios sobre el modo de proceder en las distintas circunstancias de la vida, o, con palabras del teólogo Juan, sobre “los misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella..., por no estar aún fundada” la fe (2S 22, 3). Y entra de lleno, inmediatamente, en la ley nueva, “la ley evangélica” con estas palabras: “Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifestada la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera”. Y, más que explicar, confiesa con seguridad su fe: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que revelar”(ib). Y en el número siguiente, después de citar el comienzo de la carta a los Hebreos (1, 1-2), parafrasea de este modo el texto revelado: “En lo cual da a entender el apóstol que Dios ha quedado  como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo”.

Cristo es el todo de la fe, de la revelación, el todo de Dios (y también de nosotros, diré en el punto segundo de este estudio). El todo de la fe que creer y que obrar, en cuyo seno se realiza también toda experiencia mística. La mística de la Palabra, de la que acabo de hablar, es la mística de la fe, como manifestación de Dios y respuesta comprometida, existencial del creyente. Y ésta, la mística de la fe, no es sino la mística de la contemplación amorosamente sostenida de Cristo, el Dios humanado. “El camino de la fe se salva, gracias a esta Palabra, total y única, que Dios ha dado”[9].

Llama la atención cómo Juan de la Cruz emparenta la fe, único medio próximo de la unión con Dios, y Cristo, contenido de esa misma fe, “fundada” y establecida definitivamente en  él. No sólo en este capítulo paradigmático de su cristocentrismo, sino en otros a los que también me referiré. En este capítulo, 2S 22, podemos leer con fruición expresiones ricas de contenido, puestas en la boca del Padre en un tuteo coloquial, cercano con el lector apremiándole a “oír” y “mirar” con atención, cuidadosamente a su Hijo: “Pon los ojos sólo en él”, “míralo tu bien, que ahí hallarás ya hecho y dado todo eso, y mucho más”; “oídle a él, porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar. Que, si antes hablaba, era prometiendo a Cristo, y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles”. No cabe, pues, “pedirme más fe..., que ya está dada en Cristo” (ib 5). “No hay más fe que revelar ni la habrá jamás”[10]. Remata en el número seis: “mírale a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas”. Me apresuro a decir que en este contexto cobra todo su significado cristológico la reiterada advertencia sanjuanista: “quitar los ojos del abismo de la fe” (2S 18, 2), o no caminar en la fe, tienen un evidente y hondo significado cristológico, pues en  Cristo “toda fe está fundada”.

La fe, como respuesta a la revelación de Dios,  es “recogerse” amorosamente en Cristo, el DON de Dios. De este modo se dispone a la actuación del “Espíritu Santo enseñador” (2S 29, 1), quien, no obstante que esté presente en toda búsqueda de la verdad, no hay ni punto de comparación con lo que enseña al alma recogida en fe. Un espléndido texto sanjuanista es extraordinariamente iluminador en este sentido: la mística del santo carmelita, marcada profundamente por la fe, eje vertebrador de su vida y de su propuesta doctrinal, es, por  eso mismo, de claro corte cristológico. Vale la pena citarlo en su totalidad. No esquiva la pregunta del lector. Responde sin titubeos, directamente: “Y si me dijeres que ¿por qué se ha de privar el entendimiento de aquellas verdades, pues alumbra en ellas el Espíritu de Dios al entendimiento, y así no puede ser malo?, digo que el Espíritu Santo alumbra al entendimiento recogido, y que le alumbra al modo de su recogimiento, y que el entendimiento no puede hallar otro mejor recogimiento que en fe; porque  cuanto más pura y esmerada está el alma en fe, más tiene de caridad infusa de Dios; y cuanto más caridad tiene, tanto más la alumbra y comunica los dones del Espíritu Santo, porque la caridad es la causa y el medio por donde se les comunica”.

“Y, aunque es verdad que en aquella ilustración de verdades [la que se produce por las gracias místicas] comunica él alguna luz, pero es tan diferente la que es en fe, sin entender claro, de ésta cuanto a la calidad, como lo es el oro subidísimo del muy bajo metal; y cuanto a la cantidad, como excede la mar a una gota de agua. Porque en la una manera se le comunica sabiduría de una, o dos, o tres verdades, etc., y en la otra [la que se da en fe] toda la sabiduría de Dios generalmente, que es el Hijo de Dios, que se comunica al alma en fe” (2S 29, 6).

Es insistente consigna sanjuanista, a la persona y a quien le acompaña, con estas o semejantes expresiones: “impóngale en que se sepa estar en libertad y tiniebla de fe” (2S 19, 11); “encamínelas en la fe” (2S 22, 19) “acostúmbrelas ... a la pureza del espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión” (2S 19, 14); “sepa estar en la libertad y tiniebla de fe, en que se recibe la libertad de espíritu y abundancia, y, por consiguiente, la sabiduría e inteligencia propia de los dichos de Dios” (ib 11). Esta consigna, central en el magisterio sanjuanista, no puede entenderse convenientemente sino en relación a Cristo: “Siempre se ha de estar en lo que Cristo nos enseñó” (2S 22, 8).

A esta conclusión apunta la formulación asertiva de los Romances que pase a Cristo en el principio, en el centro y en el horizonte del proyecto divino de autodonación extratrititaria, a la que ya me referí con abundante acopio de palabras del autor. Recuerdo ahora la canción 12 del Cántico, en la que cierra la búsqueda de Dios, de ricos pero insuficientes resultados del Dios “escondido”, a través de las criaturas en la primera etapa de la vida espiritual. Y se dirige directamente a la fe “como la que en sí encierra y encubre la figura y hermosura de su Amado” (1), que no es otro sino “el Hijo de Dios..., el dulcísimo Jesús Esposo de las fieles almas” (C 40, 7). La fe “es la que más al vivo le ha de dar de su Amado luz” (2), “cristalina”, la fuente, “porque es de Cristo” (ib). El misterio íntimo de Dios se sustancia en la entrañable proximidad de la eucaristía[11]. De la cual se puede decir cuanto afirma el santo del misterio de la encarnación, el Dios con nosotros y como nosotros, “semejante” a nosotros: la encarnación se produce en María, pronunciado su “consentimiento”, por obra de la Trinidad: “en la cual la Trinidad / de carne al Verbo vestía; / y aunque tres hacen la obra, / en el uno se hacía” (R 8). Este “uno”, revestido del carne, “la sacratísima Humanidad del Salvador”, es el que junto con la divinidad  -¿pero puede separarse en vida o doctrina?- está presente en la eucaristía: el Verbo encarnado, el que “en todo semejante / él a ellos se haría”, es el que con nosotros “él mismo se quedaría / hasta que se consumase / este siglo que corría” (R 4).

El movimiento ascendente o interiorizante del alma “herida”, enamorada del “Verbo Hijo de Dios” (C 1, 2), es “entrar” en él, “asemejarse” a él por el conocimiento y amor; “conocer y gozar los profundos secretos y misterios de la encarnación” (C 37, 1), “los subidos misterios de Dios y hombre” (ib 2), “la hermosura de la unión del Verbo con la humanidad” (C 38, 1), los “dulces misterios de su encarnación y los modos y maneras de la redención humana” (C 23, 1). Movimiento que inicia su acelerado dinamismo de climax, de apogeo suplicante, de intensa tensión amorosa en la canción 11: “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”. Y concluye en la canción 39 con la inmersión en el misterio trinitario, redondeando un grupo de cuatro canciones de hondo contenido cristológico. Con qué fuerza le muestra su deseo de esposa enamorada de ser transformada en su “hermosura”: “de tal modo que esté yo transformada en tu hermosura, que, siendo semejante en tu hermosura...” (C 36, 5), “transfórmame y aseméjame en la hermosura de la Sabiduría divina que... es el Verbo Hijo de Dios” (ib 7).

 Pero, porque volveré sobre esta cristificación de la existencia humana, no continúo esta línea y me detengo en otra “ley” que se deriva, según Juan de la Cruz, de la confesión central de la confesión de fe cristológica: la encarnación del Hijo de Dios, que el teólogo Juan presenta como “levantamiento de la encarnación... y de la gloria de su resurrección según la carne, [en el que]no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad” (C 5, 4), cimenta la necesaria mediación de la “carne” en el trato de comunión con él. También en esto el hombre, “engendrado y criado en bajezas”(D 26), es ensalzado a participar de la mediación de Jesús en su condición de hombre verdadero.

 Con una facilidad y espontaneidad asombrosas, el místico castellano “pasa” de la mediación del hombre Jesús de Nazaret, a la mediación humana en el nuevo pueblo que de él nace y que conduce el Espíritu: “Y así en todo nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre y de su iglesia y ministros, humana y visiblemente..., que para todo hallaremos abundante medicina por esta vía... Y no se ha de creer cosa por vía sobrenatural, sino sólo lo que es enseñanza de Cristo hombre, como digo, y de sus ministros, hombres” (2S 22, 7). Y, seguidamente, sienta un principio de trascendental importancia para evaluar la autenticidad de cualquier gracia, de modo particular la que denominamos “sobrenatural”, mística:. Escribe: “Es Dios tan amigo que el gobierno y trato del hombre sea también por otro hombre semejante a él y que por razón natural sea el hombre regido y gobernado, que totalmente quiere que las cosas que sobrenaturalmente nos comunica no las demos entero crédito ni hagan en nosotros confirmada fuerza y segura, hasta que pasen por este arcaduz humano de la boca del hombre. Y así, siempre que algo dice o revela al alma, lo dice con una manera de inclinación puesta en la misma alma, a  que se diga a quien conviene decirse; y hasta esto, no suele dar entera satisfacción, porque no la tomó el hombre de otro hombre semejante a él” (ib 9).

Si podemos hoy hablar con razón de la “hipertrofia de las mediaciones”[12], y si el místico nos da pie para hablar de su tendencia a “negar” las mediaciones[13], no podremos olvidar este principio espléndido en su formulación y denso en su contenido que formula Juan de la Cruz. En él  muestra que es la misma gracia mística, en su constitución intrínseca, la que lleva al diálogo  discernidor  -“arcaduz humano de la boca del hombre”-. De este diálogo debe surgir el reconocimiento de la dimensión y pertenencia social-eclesial  de la gracia mística. Por lo tanto de que la  gracia mística debe implicar al grupo de pertenencia religiosa, y no sólo al receptor  de la misma. La gracia mística no aísla, sino que sumerge  en la familia creyente, comunidad en la que Jesús, por su Espíritu, “aclara y confirma la verdad”. No se le pasa por alto a Juan de la Cruz el texto bíblico que habla de la presencia de Jesús en medio de quienes están reunidos en su nombre (Mt 18,20). Apoyado en él sentencia que Jesús está “aclarando y confirmando en sus corazones las verdades de Dios... para dar a entender que no quiere Dios ninguno a solas se crea por sí las cosas que tiene por de Dios, ni se confirme ni afirme en ellas sin la iglesia o sus ministros”[14].

Y porque todo esto lo afirma en un contexto próximo cristológico, de exaltación de la humanidad del Verbo, que es la nuestra y a la que otorga una justificación definitiva como mediación “divina” de nuestra relación con Dios,  se me permitirá no silenciar el alegato sanjuanista de la razón humana  -¡que también es asumida por el Hijo de Dios!-, muy concretamente en el ámbito de lo “sobrenatural”, de la fe en general. Sentenció en un Dicho de luz y amor: “Entra en cuenta con tu razón para hacer lo que ella te dice en el camino de Dios, y valdráte más para con tu Dios que todas las obras que sin esta advertencia haces y que todos  los sabores espirituales que pretendes”[15]. En este terreno se mueve nuestro místico dentro del siguiente principio: Dios “al hombre le puso términos naturales y racionales para su gobierno” (2S 21, 1). Por eso, “no es voluntad de Dios que las almas quieran recibir por vía sobrenatural” (2S 22, 2).

Dentro de este marco de comprensión afirma con rotundidad: “no hay necesidad de nada de eso [“saber cosas por vía sobrenatural”], pues hay razón natural y ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se puede regir” (2S 21, 4).  Y presiona más sobre las querencias e inclinaciones “sobrenaturalistas”, de todo tipo de fenómenos “paranormales” de no pocos, diciendo: “Y tanto nos habemos de aprovechar de la razón y doctrina evangélica, que, aunque ahora queriendo nosotros, ahora no queriendo..., sólo habemos de recibir aquello que cae en mucha razón y ley evangélica. Y entonces recibirlo, no porque es revelación, sino porque es razón”(ib).  Con agudeza explica  por qué Dios no reveló a su amigo Moisés la necesidad de ayudarse de otros en la administración de justicia en los diversos asuntos del pueblo: “no se lo había é dicho porque aquello era cosa que podía caber en razón y juicio humano” (2S 22, 13). Y Dios, “todo lo que se puede hacer por industria y consejo humano no lo hace él ni lo dice”[16]. 

Apunto de pasada, cerrando este excursus sobre la razón en el campo de la fe, o, simplemente, del conocimiento de la verdad, la insistencia del autor de Subida sobre el alcance noético de la purificación. Quien afirma que “apenas podemos de raíz conocer una verdad” (3S 3, 2), no escatima valoraciones  sobre la profundización y califición de la razón purificada. “Es cosa facilísima, a quien tiene clara la luz natural, conocer las cosas, o muchas de ellas... en sus causas” (2S 21, 7). “Lo cual es conocimiento  natural; para lo cual basta tener el ánimo libre de las pasiones del alma” (ib 8; cf 3S 20, 2). De aquí arranca la crítica que hace a quienes “agrandan” los límites de lo “sobrenatural”, personas “con cuatro maravedís de consideración” que “bautizan todo por de Dios”, creyendo ensalzar a Dios disminuyendo la razón humana. El místico, y por serlo, ensalza a Dios reconociendo y exaltando la extraordinaria fuerza de la razón, máxime si está purificada. Frente a quienes atribuyen con excesiva facilidad a Dios, lo que su mismo entendimiento discurre, afirma Juan con rotundidad: “y no es sino el entendimiento, que con la lumbre natural, estando algo libre de la operación de los sentidos, sin otra alguna ayuda sobrenatural, puede eso y más” (2S 29, 8). Sin exageración alguna se puede afirmar con seguridad que uno de los aspectos de la purificación y noche de la que habla Juan es “poner en razón” “todos los amores” (1N 4, 8), el mundo de las pasiones, “de las afecciones desordenadas” (3S 16, 2), que “se sosieguen [las operaciones y movimientos de esta parte inferior] en los sentidos de ella  y no pasen los límites de su región” (C 18, 3). En definitiva, la purificación establece “la armonía” en el hombre (2N 11, 4) o recoge todo su “caudal” (C 28, 4) para que pueda amar a Dios como de él es amado, unirse a él en “igualdad de amistad” (C 28, 1).

A la altura de nuestro estudio podríamos sintetizar lo hasta aquí expuesto de la manera siguiente: se percibe en Juan de la Cruz una ardiente y luminosa pasión por conocer “de raíz” la PALABRA que es Jesús, el Cristo. Conocimiento amoroso, de comunión: “sea amiga de las pasiones por Cristo” (D 163), o “de la pasión de Cristo” (D 94). Jesús es el DON total del Padre en la realidad de la encarnación, “semejante a nosotros”, con límites pero sin limitar la realidad divina que le in-habita forzando y presionando, tensando esos límites humanos, creaturales para que sean canales de la PALABRA que desborda todo límite, pero que los asume verdaderamente. Trascendencia inmanente.

La inmersión amorosa, tan penetrantemente inquisitiva, descubridora como el amor purificado que en ella actúa,  es la actitud que mejor define al místico Juan de la Cruz, al mismo tiempo la mejor garantía de su palabra, insuficiente siempre, por necesidad, pero siempre hostigadora de toda tentación de conformismo con lo hallado y dicho, al tiempo que de lo que nos queda por hallar y por decir: “por hay mucho que ahondar en Cristo”, quedando lo mejor por decir y por entender (C 37,4). Es esta novedad permanente del Dios manifestado divina-humanamente en Jesús de Nazaret, esta “extrañez” de  Dios  -que “solo para sí no es extraño, ni tampoco para sí es nuevo” (C 14, 8)-  la que hace que Juan de la Cruz, y el hombre cuyos trazos más esenciales  traza en sus escritos, “salga” constantemente dejando atrás todo lo adquirido, válido sólo cuando se convierte en trampolín de nuevos logros en el conocimiento de la realidad. Se expresa con sencillez, retratándose peregrino de vocación, de nuevos caminos interiores y exteriores: “Así como el caminante que, para ir a nuevas tierras no sabidas, va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados... Y está claro que éste no podría venir a nuevas tierras, ni saber más de lo que antes sabía, si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos y dejados los que sabía” (2N 16, 8).

2. Cristo, el Todo del hombre nuevo

El TODO de Dios que es Jesús para el hombre se convierte en el TODO del hombre nuevo que en él inicia su andadura en la nueva, definitiva humanidad de la plenitud de los tiempos de la manifestación de Dios y del hombre. Si a Jesús hay que mirar porque Dios nos mira en él y en él se nos da “por hermano, compañero y maestro, precio y prenda” (2S 22, 5), y “no hay más fe que revelar ni la habrá jamás” (ib 7), “siempre se ha de estar en lo que Cristo nos enseñó” (ib 8), “mirándole” atenta y amorosamente, porque “el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo” (2S 7, 8). De ahí el particular cuidado de este maestro del espíritu desde los albores de su servicio de acompañante, que plasmó con precisión en el prólogo de los Dichos de luz y amor. Confiesa sus intenciones de novel escritor referente a la forma y al contenido: “hablemos palabras al corazón bañadas de dulzor y amor..., quitando por ventura delante ofendículos y tropiezos a muchas almas que tropiezan no sabiendo, y no sabiendo van errando, pensando que aciertan en lo que es seguir a tu dulcísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y haciéndose semejantes a él en la vida, condiciones y virtudes, y en la forma de la desnudez y pureza de su espíritu”. Está claro que el doctor místico quiere que estos Dichos  se lean a la luz de Cristo: de su contemplación nacen y a la semejanza con él miran. Podrían sintetizar bien todo su pensamiento: Nunca tomes por ejemplo al hombre en lo que hubieres de hacer, por más santo que sea...; sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo, y nunca errarás” (D 156).

Objetivo del creyente, la unión con Dios,  y camino de la unión es Jesucristo. Por lo que se refiere a éste –del objetivo me ocuparé más adelante-, Juan de la Cruz manifiesta con claridad su voluntad de “filtrar” y “pasar” por la persona y la doctrina de Jesús su propuesta de purificación, la activa y la pasiva, la del hombre en  su totalidad. Sabe muy bien que si pretende que la propuesta que ofrece sea cristiana, tiene que estar “justificada” por Cristo, “mensajero y mensajes”. Y porque en el epígrafe de la Subida ya acuñó el binomio que preside toda su enseñanza, “unión” y “desnudez”, quiere dejar bien sentado, al iniciar su exposición de la purificación activa del entendimiento por la fe, “cuán angosto sea este camino que dijo nuestro  Señor que guía a la vida, para que persuadidos en esto, no se maravillen del vacío y desnudez” (2S 7, 1). Con la desnudez, en perspectiva purificadora, identifica el camino de Jesús, que es camino – persona- y que lo enseñó –doctrina-. Así también en este contexto, desde el lado positivo, el de la unión, define. “el amar es obrar  en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios” (2S 5, 7).

A los biblistas corresponde calibrar la validez o no de la interpretación sanjuanista del los textos que aduce[17]. En todo caso, son textos clave del NT. Y manifiestan la voluntad de Juan de fundamental su palabra sobre la palabra revelada y la misma persona de Jesús. Ya antes había recurrido  a la biblia para probar la necesidad de purificación del apetito para ir a Dios (1S 5). El texto lucano 14, 33, sobre la renuncia a todo para ser discípulo de Cristo, lo entiende así: “Quiere decir: el que no renuncia a todas las cosas que con la voluntad posee, no puede ser mi discípulo. Y está claro, porque la doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el menosprecio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu en sí; porque, en tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para recibir el espíritu de Dios en pura transformación” (5, 2). Y concluye el capítulo con acento cristológico, conclusión de su argumentación bíblica: “No consiente Dios a otra cosa morar consigo en uno”... Y sólo aquel apetito consiente y quiere que haya donde él está, que sea guardar la ley de Dios perfectamente y llevar la cruz de Cristo sobre sí”.

Por eso encabezará la breve lista de avisos para iniciar el camino del seguimiento de Jesús con esta consigna que no se caerá nunca del puesto que le corresponde, el primero, en las preocupaciones pastorales de Juan de la Cruz: “Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiere él”[18]. Al inicio de la purificación activa de la voluntad, hablará del “fundamento” que “conviene llevar entendido”, pues será “como un báculo en que nos habemos de ir siempre arrimando”. Y lo formula de este modo: “La voluntad no se debe de gozar sino sólo de aquello que es gloria y honra de Dios, y que la mayor gloria que le podemos dar es servirle según la perfección evangélica, y lo que es fuera de esto es de ningún valor y provecho para el hombre”[19].  La pretensión pedagógica del santo es que la persona esté recogida “en un solo apetito de Dios”. Cita el salmo 58, 10 que parafrasea: “Esto es, recogiendo las fuerzas de mis apetitos  sólo en él”[20]. En Llama describe el hecho de la unión más plena: “En esta alma, en que ya ningún apetito ..., ni otras afecciones... moran, secretísimamente mora el Amado, con tanto más íntimo e interior y estrecho abrazo cuanto ella..., está más pura y sola de otra cosa que Dios” (4, 14).

Todo este rastreo que acabo de hacer en la obra del doctor místico se remansa y alcanza una formulación difícilmente superable en el antológico capítulo que consagra directamente a presentar la doctrina y la persona de Cristo para fundamentar su personal manera de entender “la cruz de Cristo” para que sus lectores “no se maravillen del vacío y desnudez” que exige el camino de la unión y, de paso, para mostrar el camino equivocado de “los espirituales”, a quienes  se atreve a decirles: veo que es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por su amigos” (2S 7, 12)[21]. Pues esta es la cuestión clave: la vida y la doctrina de Jesús, cómo vivió y como anunció Jesús el camino de la filiación.

Empiezo recogiendo unos textos más sencillos en su formulación, de idéntica significación y densidad cristológica, para aterrizar después en una presentación más detenida de 2S 7. Teniendo como fondo la renuncia y negación, que juzga necesaria para llegar a la unión, Juan define la vida de Cristo de este modo: “el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar (Jn 4, 34)” (1S 13, 4). Cierra los consejos que ofrece para “mortificar y apaciguar” los sentidos y pasiones diciendo  que así entrará “en la desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo” (ib 6). También señala decididamente a Cristo cuando, apoyado en el texto de Mateo (16, 24) sobre la renuncia y negación para seguir a Jesús, sentencia: “el que hace algún caso de sí no se niega ni sigue a Cristo” (3S 23, 2).  Está claro que esta definición del cristiano es válida porque Cristo “no hizo caso de sí”.

Esta forma de expresar el contenido de la negación y renuncia, “no hacer caso de sí”, es recurrente en los escritos de Juan. Así aparece más claro que es una cuestión de amor preferencial, por Dios y las “cosas de Dios”, el reino, que comparta intrínsecamente renunciar, negar ser centro de sí mismo. Y si el amor está por medio, el amor pasivo, en primer lugar, el saberse amado, y el amor activo como respuesta, entonces la negación y desnudez se imponen desde dentro, pierden dureza, máxime si es impuesta desde fuera, y se vive y, después, se teoriza como exigencia primera, condición para entrar en relación de amor con el Dios del amor. La negación entra de este modo en el campo de la gracia de “ser amados”, de ser invitados apremiantemente  “a seguir a Cristo y negarse a sí mismo” (2S 7, 5), y entrar con él en la densidad de la pasión y de la muerte, que forman unidad irrompible con la vida y la resurrección: “entremos más adentro en la espesura” (C 36, 10-13), confiesa enamoradamente el místico Juan.  Juzgo conveniente decir una palabra sobre esta mina expositiva sanjuanista para comprender que sólo el amor, el amor pasivo aceptado y asumido como ley de vida explica el seguimiento de Jesús y, por tanto, la “cruz” que el amor es y que redime de su carácter de fracaso y de impotencia para convertirla en signo de triunfo y de gloria. “Porque conviene que no nos falte cruz como a nuestro Amado, hasta la muerte de amor...” (Ct 11).

A la altura de la canción 29 del Cántico, con la gran perspectiva que da el camino recorrido, puede Juan de la Cruz dar la respuesta con firmeza y seguridad de la causa y raíz de un hecho que no pasa por alto a los demás. El hecho manifiesto es que el alma esposa “se ha perdido y ajenado de ellos”, es decir, “de su primeros tratos y otros pasatiempos de que solía tener en el mundo”. El motivo de este enajenamiento es   que anda “enamorada mucho de él [el Amado]”.Pérdida que es “ganancia” (5). Pérdida y enajenamiento de hondura y calidad ya, amor desinteresado, porque “viven en Cristo de veras” (8). Vuelca toda la riqueza del momento espiritual que está viviendo en este principio: “El que anda de veras enamorado, luego se deja perder a todo lo demás por ganarse más a aquello que ama”. Y  nos ofrece una breve y densa explicación: “y esto en dos maneras, conviene a saber a sí misma, no haciendo caso de sí en ninguna cosa, sino del Amado, entregándose a él de gracia sin ningún interés...; lo segundo, [se pierde] a todas las cosas, no haciendo caso de todas sus cosas sino de las que tocan al Amado” (10). Como no podía menos recurre al texto paulino, “mi morir por Cristo es mi ganancia” (Flp 1, 21) y al de Mateo 16, 25, “el que quisiere ganar para sí su alma, ése la perderá; y el que la perdiere para consigo por mí, ése la ganará” (11).

El amor de Cristo, experimentado y asumido como razón de vida, amor a Cristo, es el movente de la “salida”, opción decidida de vaciar la propia vida en la de Cristo: muerte a sí mismo y a las propias cosas, “no hacer caso de sí en nada”, concentración amorosa en la persona y cosas del Amado. Seguimiento radical, desde la raíz, no desde la superficie como veremos que hacen “los espirituales” que critica en 2S 7. Así definió “el sumo recogimiento”: “consiste en poner toda el alma... en solo el bien incomprensible y quitarla  de todas las cosas aprensibles” (3S 4, 2). “Con ansias en amores inflamada pasó y salió en esta noche oscura del sentido a la unión del Amado. Porque para vencer todos los apetitos y negar los gustos..., eran menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo”[22]. Podemos aterrizar ya en 2S 7, uno de los capítulos más densos de los escritos de Juan de la Cruz, pieza interpretativa, junto con 2S 22 de su cristología y , desde ella, de toda su espiritualidad, camino y culminación de la unión o transformación en Dios.

Y entro  por la conclusión, apretada síntesis también argumentativa de este capítulo 7, tanto de la espiritualidad que critica como de la que expone: “No me quiero alargar más en esto, aunque no quisiera acabar de hablar en ello, porque veo que es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por sus amigos”, Pues los vemos andar buscando en él sus gustos y consolaciones, amándose mucho a sí; mas no [buscan] sus amarguras y muertes [de Cristo], amándole mucho a él” (12).

En el cuerpo del capítulo, en el epicentro del mismo, cuando expone la doctrina evangélica con abundante recurso a los evangelistas, critica a los espirituales “que entienden que basta cualquier manera de retiramiento y reformación de las cosas” (5), y olvidan la única “cosa necesaria, que es saberse negar de veras... por Cristo..., que es el total y la raíz de las virtudes”; lo otro “es andar por las ramas” (8). No es difícil desmembrar en los apartados correspondientes las dos propuestas, que Juan las juzga y valora a la luz de la doctrina evangélica, y puede ser útil para una lectura más comprensiva, tal y como nos las ofrece en el n. 5:

 

La propuesta de los espirituales

La propuesta sanjuanista

“No llega a la desnudez y pobreza”

“El verdadero espíritu antes busca lo desabrido en Dios que lo sabroso, y más se inclina al padecer que al consuelo y más al carecer...”

“todavía antes andan a cebar y vestir su naturaleza de consolaciones... que a desnudarla y negarla”

“la cruz pura espiritual y desnudez de espíritu pobre de Cristo”

“en ofreciéndoseles algo de esto sólido y perfecto..., la cruz pura espiritual y desnudez de espíritu pobre de Cristo, huyen de ello como de la muerte” y “se hacen enemigos de la cruz de Cristo”

“sabiendo que esto es seguir a Cristo y negarse a sí mismo”

“esto no es negación de sí mismo y desnudez de espíritu”, “sino buscarse a sí mismo en Dios, lo cual es harto contrario al amor”.

“Esto es amor de Dios”

 

  

 Para Juan el camino de Cristo está marcado y definido por la cruz: “no buscarse a sí mismo en nada”, “no hacer caso de sí”. “Llevar la cruz es determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios” (7). Por eso, en este camino “no cabe más que la negación” (ib), pues “sólo Dios se busca   y se granjea, sólo Dios es que se ha de buscar a granjear” (3).

Expuesta la doctrina evangélica, Juan de la Cruz nos acerca la Persona de Cristo. Él es la palabra: “Cristo es el camino” y “este camino es morir a nuestra naturaleza” (9): él  “murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte” (10). Y en cuanto a lo espiritual, en su muerte “quedó también aniquilado  en el alma sin consuelo y alivio alguno”. “El mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así, en él  hizo la mayor obra que en toda su vida..., que fue reconciliar y unir el género humano por gracia con su Padre” (11).  De ahí deriva la lección suprema: “Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios..., tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace” (11). Concluye identificando el camino de Cristo: “No consiste, pues, en recreaciones y gustos y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz” (11). 

Esta doctrina la tradujo con finura y firmeza en el acompañamiento espiritual, como nos consta por las pocas cartas que nos han llegado y el manojo de Dichos de luz y amor. De éstos  bastaría espigar brevemente algunos en los que sustancia buena parte de su magisterio: “Si quiere ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo hasta el calvario y el sepulcro” (176). “Bástele Cristo crucificado, y con él pene y descanse” (91). “Si quiere llegar a poseer a Cristo no lo busque sin la cruz”[23].

También en las cartas encontramos consignas de alto valor cristológico. A las carmelitas de Segovia les escribe: “Den a entender lo que profesan, que es a Cristo desnudamente, para que las que se movieren sepan con qué espíritu han de venir”. Y al final les apremia a “tomar muy de nuevo el camino de la perfección..., no con ánimo aniñado, mas con voluntad robusta”. Lo que concretiza así: “sigan la mortificación y penitencia, queriendo que les cueste algo este Cristo” (16). Años antes ya había escrito en los mismos términos a las carmelitas de Málaga: “Sirvan a Dios, mis amadas hijas en Cristo, siguiendo sus pisadas de mortificación en toda paciencia, en todo silencio y en todas ganas de padecer, hechas verdugos de los contentos, mortificándose si por ventura algo ha quedado que estorbe la resurrección interior del espíritu” (7). Y al final de su vida exhorta  a Ana de Jesús a”hacerse en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y crucificado, pues esta vida, si no es para imitarle, no es buena” (25). Sin duda, Juan de la Cruz pertenecía a ese grupo de personas capaces de “comer el manjar más fuerte y sólido de los trabajos de la cruz de su Hijo” (2S 21, 3). Amigo del crucificado, al que no quería dejar solo en la espesura de la pasión y muerte, sin el que él en modo alguno podía ni quería hacer “el camino de la cruz del Esposo Cristo” (C 3, 5), le suplica ardientemente y le “propone” con infinita confianza: “Entremos más adentro en la espesura”. “La noche oscura es noche de pasión, en el doble sentido de esta última palabra: pasión de Cristo, pasión de amor”[24]. Pasión de Cristo que continúa en la persona enamorada que centra su existencia en él. Vida que en la muerte surge nueva, que se asienta y consolida, con fuerte clamor escatológico, del “más profundo centro”, como veremos inmediatamente.

3. Semejantes a él, hijos en el Hijo

Bien partiendo de este objetivo, bien contemplando la vida de Jesús, Juan de la Cruz  llega a la misma conclusión: el camino de  la unión y de la purificación son una  unidad indisoluble. Tal objetivo requiere tal camino; en este camino se realiza “al paso del hombre”, “poco a poco”  la unión que “al paso de Dios” se hizo “de una vez” en la cruz (C 23, 6). Un camino que es el de Jesús no puede desembocar sino en la unión con Cristo.

En los Romances encontramos las grandes formulaciones cristológicas del teólogo y poeta, del recio creyente que es Juan de la Cruz. Sus aserciones del plan salvífico de Dios, como dije, tienen al Hijo en el centro, origen y horizonte de toda la creación, “palacio para la esposa”-humanidad, en el que se celebra, por la encarnación del Hijo, el “desposorio” de la divinidad y humanidad, del Hijo unigénito de Dios y los hijos que han venido a la existencia marcados con la imagen del Hijo.  ¡Con qué honda sencillez y con qué sentida unción lo canta el vate de Fontiveros: “Y quedó el Verbo encarnado / en el vientre de María. / Y el que sólo tenía Padre, / ya también Madre tenía.... / Por lo cual Hijo de Dios / y del hombre se decía”(R 8). Dios y hombre unidos en un “abrazo” que une para siempre a Dios y al hombre en la unidad única de la segunda persona de la Trinidad  -“y aunque tres hacen la obra, /  en el uno se hacía” (R 8)-. Este “abrazo” de Dios y la humanidad en Jesús es imagen y modelo, matriz de la unión de los hombres con Dios. El nacimiento de Jesús lo presenta de este modo Juan: “Ya que era llegado el tiempo / en que de nacer había, / así como desposado / de su tálamo salía / abrazado con su esposa, / que en sus brazos la traía”. Ante este misterio asombroso, “La Madre estaba en paso”, “los hombres decían cantares, / los ángeles melodía, / festejando el desposorio / que entre tales dos había” (R 9).     

A este hecho decisivo del “desposorio” de Dios Hijo con la humanidad, que inaugura la plenitud de los tiempos, los de la plena donación de Dios, se refiere el autor del Cántico espiritual. Es el comienzo de la historia personal, como lo es de la historia colectiva de la humanidad: “En esta primera canción el alma enamorada del Verbo Hijo de Dios, su Esposo, deseando unirse con él..., habiéndola él herido de su amor, por el cual ha salido de todas las cosas criadas y de sí misma...” (1, 2), “sin dilatar un día ni una hora, con ansia y gemido salido del corazón..., comienza...” (1, 1).  Realizado el matrimonio espiritual, apenas iniciada la declaración, el poeta y el teólogo se sienten en el deber de evocar y unir el hecho de la encarnación al de la redención y ambos al que ahora cuenta como ya consumado[25]. El Esposo “comunícala principalmente dulces misterios de su encarnación y los modos y maneras de la redención humana, que es una de las más altas obras de Dios... Por lo cual, aunque otros muchos misterios le comunica, sólo hace mención el Esposo... de la encarnación, como el más principal de todos”[26]. La encarnación es el misterio inclusivo de todos. El deseo de conocer a Jesucristo lo sustancia en “conocer y gozar los profundos secretos y  misterios de la encarnación y de las vías antiguas de Dios que de ella dependen” (C 37, 1).  Por eso, significativamente, Juan termina sus Romances con el nacimiento. Y en estas últimas canciones del Cántico, particularmente 36-39, desarrolla el perfil filial, cristológico de la esposa. El “ya pero todavía no” de las proposiciones asertivas de los Romances. “Todavía no”, porque, como indicaré, estas canciones de la plenitud relativamente absoluta del “ya”, están transidas por un hondo, sereno clamor de consumación escatológica. De ahí “el todavía no”. En el matrimonio espiritual, como anota el santo, “hay un vivo viso e imagen” (C 38, 4), “un gran rastro y sabor de ella [de la beatífica transformación]”(C 39, 6). Es esto justamente lo que atrae la atención de Juan en estas canciones: el movimiento intenso de consumación, de acabamiento y de “entrada” en la “fuente” trinitaria, en la que tiene su origen.  Movimiento que se intensificará y sustanciará más en Llama.

Hay unidad y diversidad entre el “desposorio que se hizo en la cruz” y el que se hace “por vía de perfección. Es “todo uno”, pero “la diferencia es que el uno se hace al paso del alma, y así va poco a poco; el otro, al paso de Dios y así hácese de una vez” (C 23, 6). La unión consumada hay que entenderla a la luz de la unión de la dos naturalezas en la persona del Verbo. Así se expresa Juan: “Las subidas cavernas de esta piedra son los subidos y altos misterios de sabiduría de Dios que hay en Cristo sobre la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo divino, y en la respondencia que hay entre ésta de la unión de los hombres a Dios” (C 37, 3).

Juan sintetiza el contenido de las canciones 36-37, al iniciar la 38: “En estas dos canciones pasadas ha ido cantando la esposa los bienes que le ha de dar el Esposo en aquella felicidad eterna, conviene a saber: que la ha de transformar de hecho el Esposo en la hermosura de su sabiduría creada e increada, y que allí la transformará también en la hermosura de la unión del Verbo con la humanidad”.  Subrayo “creada” y “unión del Verbo con la humanidad”, porque muestran la inclinación del santo en estas estrofas, como nunca lo ha hecho en Cántico, por acentuar que se refiere al hombre  Jesús: conocer “los subidos misterios de Dios y hombre” (C 37, 2); Jesucristo: el Padre nos predestinó “en su Hijo Jesucristo” y “por su Hijo Jesucristo” amamos al Padre (ib 6). En conocer “a tu Hijo Jesucristo” “está la vida eterna”   (Jn 17, 3). Y comenta: “lo primero que el alma desea saber al llegar a las vista de Dios, es conocer y gozar los profundos secretos y misterios de la encarnación y las vías antiguas que de ella dependen” (ib 1).

La adopción filial está en el centro, constituye la realidad esencial de la unión o transformación de amor y es el contenido del único deseo que mueve la vida de esta persona: “Sólo le queda una cosa que desear, que es gozarle perfectamente en la vida eterna” (C 36, 2), es decir, “consumar”, “acabar”, “perfeccionar” “el amor perfecto”, marcando “que no da pena la inflamación y transformación”[27]. Juan de la Cruz nos ha entregado en estas últimas canciones de Cántico y las cuatro de Llama el perfil del hijo adoptivo que “de veras” dirán a Dios  “lo que el mismo Hijo dijo por san Juan: “todas mis cosas son tuyas y  tus cosas son mías” (17, 20)”. Señala inmediatamente la diversidad de “título”: “él por esencia...; nosotros por participación”. Pero una misma realidad: “participará la misma hermosura del Esposo”[28]. Ampliando la citación de Juan dirá en 39, 5: “comunicándoles el mismo amor que al Hijo”, concluyendo en el número siguiente que “esos mismos bienes poseen por participación que él por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos”[29].

El perfil del creyente, que “de veras” es hijo adoptivo, lo traza Juan de la Cruz, teniendo siempre como fondo la “beatífica transformación” (C 39, 2).  Por lo tanto, transido de un denso, sereno y hondo movimiento de encuentro escatológico con el Dios que le posee tan íntimamente. Este hombre está profundamente  cristificado, en la doble, convergente línea  del conocimiento y del amor, en los que cifra la “semejanza” con Cristo en ese movimiento intenso, ontológico de “entrar más adentro” en la “participación” de la filiación divina. Con esta fuerza expresa su deseo: “hacerse semejante al Amado” (C 36, 3), “siendo semejante en hermosura” (ib 5). Le suplica con intenso encarecimiento: “transfórmame y aseméjame en la hermosura de la Sabiduría divina” (ib 7).

Deseo de conocer al Amado “de raíz”: “Una de las cosas más principales por qué desea el alma  ser desatada y verse con Cristo (Flp 1, 23) es por verle allá cara a cara, y entender allí de raíz las profundas vías y misterios eternos de su encarnación” (C 37, 1), “escudriñar y saber las cosas y secretos del mismo Amado” (C 36, 3). Conjuga el “apetito de conocer” y la potencia de “amar”, resaltando su dinamismo con el verbo “entrar”, agrandado por el adverbio “siempre” y acordándolo con el pronombre demostrativo “este” al momento de plenitud que describe: “Este apetito tiene siempre el alma de entender clara y puramente las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas apetece entrar” (ib 9), en las que “siempre puede entrar más dentro” (ib 10). Insiste: “muere en el deseo de entrar más dentro”, “desea engolfarse en estos juicios [de Dios] y conocer más adentro de ellos” (ib 11). Conectando con este deseo intenso que lo mueve, dice en la canción siguiente, precisando que “entrar más adentro en la sabiduría divina”, por lo tanto “conocer” y “amar” más, significa entrar “más adentro del matrimonio espiritual que ahora posee”. Marca el horizonte en el que se mueve añadiendo: “será en la gloria, viendo a Dios cara a cara unida el alma con esta Sabiduría divina, que es el Hijo de Dios, conocerá el alma los subidos misterios de Dios y hombre”, “engolfándose e infundiéndose el alma en ellos” (2).

El místico carmelita quiere conocer “los misterios” encerrados en “el misterio” que es Jesucristo. Y “engolfarse” en él hasta perderse en la infinita inmensidad de su misterio: “cada misterio de los que hay en Cristo es profundísimo en sabiduría” (C 37, 3). Arrebatado por lo que le evoca la experiencia poéticamente expresada “que están bien escondidas”,  el comentarista explica: “Tanto, que, por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado, les quedó todo lo más por decir, y aun por entender; y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”[30]. Debía llevar el texto paulino gravado en el corazón. Lo cita: “que, por eso, dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos (Col 2, 3). Aprovecha el momento para gritar su fe cristológica: “todas estas mercedes [gracias místicas] son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo”.

Desde la primera de estas estrofas cristológicas de Cántico, la 36,  ha dejado claro que no se puede “entrar” en la “sabiduría”, conocimiento amoroso, por comunión, sin pasar por la “espesura” de la pasión y muerte de Jesús. Por eso el deseo de entrar en la sabiduría del misterio de Cristo comporta entrar con él el misterio del “padecer” “También por esta espesura en que aquí el alma desea entrar, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar...; porque el padecer es el medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios; porque el más puro padecer trae más íntimo y puro entender, y, por consiguiente, más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber”[31]. Estos misterios de Cristo se extienden desde la predestinación “antes que la criara” hasta la inmersión en la “beatífica transformación” (C 38, 6). Forcejeando con la inefabilidad, que el poeta apuntó en “aquello”, se atreve a decir al final de esta canción: “Pues quedémonos con... aquello..., esto es, aquel peso de gloria en que me predestinaste..., en el día de tu eternidad.., y me darás luego  en el día de mi desposorio y bodas..., desatándome de la carne y entrándome en las subidas cavernas de tu tálamo, transformándome en ti gloriosamente, bebamos el mosto de las suaves granadas”, el vino nuevo de que hablo Jesús. He aquí las puntas extremas  del arco: el “antes” y el “después” de la historia, entre los que discurre y se va haciendo ésta historia de filiación. “me predestinaste... en el día de tu eternidad, y “me darás luego”, “desatándome de la carne”.

En Llama también  se refiere, en las cuatro estrofas, a la relación plena de la predestinación, a este “peso de gloria”, que no es sino la plenitud de la filiación divina, explícitamente nombrada en todos los casos. El místico Juan de la Cruz no propone “otra” perfección. Ya lo esculpió bien en un verso de los Romances: “y que el hombre Dios sería” (4). Responde el Hijo al designio del Padre: “a la esposa que me dieres / yo mi claridad daría” (3). Cuando está a punto de culminar su “salida” arrebatada hacia el más profundo centro de su comunión con Dios, el santo escribe en los primeros compases de la Llama: “porque vive en esperanza todavía..., tiene tanto de gemido, aunque suave y regalado, cuanto le falta para la acabada posesión de la adopción de los hijos de Dios”. Y añade, como un estribillo: “donde, consumándose su gloria, se quietará su apetito”[32]. Aquí, no.

En plena y larga  descripción del cambio “sustancial” que significa el “hombre nuevo” paulino, o “renascencia y filiación”, de que habla Jesús con Nicodemo (Jn 3, 5) (2S 5, 5), termina escribiendo: “Y, finalmente, todos los movimientos y operaciones e inclinaciones que antes tenía... ya en esta vida son trocados en movimientos divinos, muertos a su operación e inclinación y vivos en Dios. Porque el alma, ya como verdadera hija de Dios, en todo es movida por el Espíritu de Dios, como enseña san Pablo diciendo que los que son movidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Rom 8, 14)” (Ll 2, 34). Y  se vividos por el Espíritu o “renacer” “es tener un alma simílima a Dios en pureza” (2S 5, 5).

Recurre a la categoría tan habitual de “centro”  -“Dios es el centro del alma” (Ll 1, 12)- para significar la plenitud de filiación divina. Aunque caracterizada por “movimientos del Espíritu Santo eficacísimos”, “todavía no acaba [“de absorber al alma en mucha gloria”] hasta que llegue el tiempo en que salga de la esfera del aire de esta vida de carne y pueda entrar en el centro del espíritu de la vida perfecta en Cristo” (3, 10). Casi al final  de esta estrofa, dominado por la fuerza de atracción del misterio trinitario, en el que se sabe y se presiente infinitamente inmerso, escribe la experiencia actual y el presentimiento escatológico así: “Porque allí ve el alma que verdaderamente Dios es suyo y que ella lo posee con posesión hereditaria, con propiedad de derecho como hijo de Dios adoptivo...”(78).

   Termino señalando brevemente otro rasgo del matrimonio espiritual, repito gustado realmente y deseado en la plenitud inefable de la visión beatífica, y al que necesariamente tendré que volver a referirme en el próximo y último apartado, es decir, la unidad de acción del Esposo y de la esposa. Este rasgo ya estaba incluido en la definición del matrimonio espiritual: “”son dos naturalezas en un espíritu y amor” (C 22, 3), “uno por amor” (C 31, 1). Y en la definición del amor: “unidad de dos solos” (C 36, 1).  Ahora, en estas últimas estrofas, abunda más en ello, aunque será en Llama donde más ampliamente lo señale. “Nos entraremos..., yo y el Amado,, para dar a entender que esta obra no la hace ella, sino el Esposo con ella...; en este estado del matrimonio espiritual..., no hace el alma obra ninguna a solas sin Dios” (37, 6). “La hace amar con la fuerza que él la ama transformándola en su amor..., haciéndolo juntamente con ella, lo cual es mostrarle a amar y darle habilidad para ello”[33] (C 38, 4).

Esta plena filiación o cristificación se muestra más vivamente en la inmersión en el misterio intratrinitario en el que Jesús nos introduce. Es la realización de la vocación divina que   expresó el poeta en Romances:  “que, como el Padre y el Hijo, / y el que de ellos procedía / el uno vive en el otro, / así la esposa sería, / que, dentro de Dios absorta, / vida de Dios viviría” (4).

4. Filiación dentro del misterio trinitario 

El título de este último apartado expresa bien lo que quiero tratar: sólo la hondura y el alcance de nuestra filiación divina dentro del misterio trinitario, al que nos conduce la experiencia de Cristo, de la que trato en este estudio. G. Castro, después de citar Ll 1, 15, que habla de la in-habitación activa de la Trinidad, escribe con acierto: “En el abrazo abisal de la dulzura del Padre terminan los caminos que Cristo marcó, por los que el Espíritu guió y que Juan invita y enseña a recorrer”[34].  En este misterio  siempre estamos o él está en nosotros porque el amor tripersonal del Dios revelado en y por Jesús es in-habitante. La Trinidad es la “fonte” de la que venimos, en la que caminamos y a la que volvemos en la culminación del proceso de filiación adoptiva. “Sé ser tan caudalosas sus corrientes, / que infiernos, cielos riegan y las gentes”. “Y que cielos y tierra beben della”, “Y sé que toda luz della es venida”. Acorde perfecto de precisión teológica desnuda, vibración vital intensa de un creyente intenso y robusto. La Trinidad es nuestro habitat y el humus de nuestro crecimiento filial, por tanto, comunitario, abierto al otro a los otros.

Al místico carmelita le “interesa” la Trinidad “dinámica”, misterio de las relaciones interpersonales, misterio de comunicación creadora, misterio de unidad y de pluralidad en relación dialéctica. Por lo que respecta a la comunicación creadora y, muy concretamente, de la criatura racional, la gran experiencia del místico y su palabra más valiosa, es que el amor de Dios es comunicación de sí: en el doble sentido, a saber, que actúa como Dios, comunidad de personas, y que se da a sí mismo, creando en el receptor capacidad “divina” de respuesta. Conocemos a Dios por lo que obra en nosotros, ad extra. Y no obra menos que ad intra, en su seno divino. Sorprende la espontaneidad, la naturalidad con que el teólogo Juan, luchando titánicamente contra la inefabilidad del “misterio” de nuestra inserción real, pasiva y activa, en la comunidad trinitaria, fundamente, más que el razonamiento que hace, el hecho al que se refiere, diciendo: “Y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza (Gén 1, 26)” (C 39, 4). En denso verso sintetizó todo: “Al que a ti te amare, Hijo, / a mi mismo le daría, /  y el amor que yo en ti tengo / ese mismo en él pondría” (R 2). Su fe y, hasta donde podemos imaginar, su personal experiencia o de otros llegara, le autoriza a hablar como habla de nuestra vocación trinitaria, nativa y por redención.

Acabo de decir que al místico carmelita le “interesa” la Trinidad en acción, dinámica, comunicativa. Comunicación con todo el peso de la comunidad divina, los tres “en uno” en la especificidad “atribuida” a cada Persona. Lo mismo que recordábamos de la encarnación del Hijo: en María, la Trinidad “de carne al Verbo vestía; / y aunque tres hacen la obra, / en el uno se hacía” (R 8).  Genial pauta para la experiencia y el estudio de la comunicación divina con nosotros: lo que aconteció en la en el Hijo que se hace hombre en el seno de María, continúa en los miembros de la nueva humanidad.  Juan se hace eco, sin dificultad, de la tradición escolástica cuando escribe presentando las segunda estrofa de Llama: “Y, aunque aquí nombra las tres [personas] por causa de las propiedades de los efectos, sólo con uno habla, diciendo: en vida la has trocado, porque todos ellos obran en uno, y así todo lo atribuye a uno, y todo a todos” (2, 2).  Podemos decir, sin más explicaciones, que la acción conjunta de la Trinidad tiene como objetivo que el hombre  entre “en propiedad de derecho como hijo de Dios adoptivo” (Ll 3, 78) a formar parte de la vida intratrinitaria.

Fundamentalmente, en lo que más insiste el doctor místico, porque es la esencia misma de Dios, es el amor: “porque un amor tres tienen, / que su esencia se decía: / que el amor cuanto más uno, / tanto más amor hacía” (R 1). Este amor  -“esencia” divina -   identifica también esencialmente, por creación y redención, la persona humana. Es nuestra  marca más profunda de origen. Nuestra mayor riqueza. Por ello, nuestra posibilidad real infinita, máxime contando con la obra redentora del Hijo y el envío del Espíritu de amor.

En el contexto cristológico, ya señalado, de las últimas estrofas del Cántico, ruega al Esposo Cristo que “allí[en la visión beatífica] le mostrará él esto que tanto ha siempre pretendido..., que es mostrarle amar al Esposo con la perfección que él se ama”(38, 2). Y así, con esta solemne afirmación, comienza la declaración de los dos primeros versos de la canción: “Allí me mostrarías / aquello que mi alma pretendía”. “Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios, que ella siempre natural y sobrenaturalmente apetece” (ib 3). La pretensión se apoya en cierto derecho fundado, tanto natural como sobrenaturalmente, en el don de Dios. Vuelvo otra vez al grávido verso sanjuanista que pone en boca del Padre:  “ese mismo amor en el pondría”. Contar con el mismo amor de Jesús es estar capacitados para ser, en y por él, miembros activos en la corriente de vida trinitaria. Igualdad de amor  que aquí no es alcanzable, y, por eso, abre su ruego al más allá del curso histórico. Se fundamenta en Pablo que dice “conocerá el alma como es conocida de Dios (1Cor 13, 12), así entonces le amará como es amada de Dios” (ib).

Sigue una larga, densa explicación, que tiene como punto firme de apoyo  la donación del Espíritu (Rom 5, 5), “que, siendo él dado al alma para la fuerza de este amor, supone y suple en ella..., lo que le falta a ella..., que es como ponerle el instrumento en la mano y decirle cómo lo ha de hacer, haciéndolo juntamente con ella, lo cual es mostrarle a amar y darle habilidad para ello” (ib). En esta unidad de acción del Espíritu y de la persona insiste en Llama. Basta un texto: “es Dios el obrero de todo, sin que el alma haga de suyo[35] nada... Su negocio es ya sólo recibir de Dios, el cual solo puede en el fondo del alma, sin ayuda de los sentidos, hacer obra y mover al alma en ella. Y así todos los movimientos de la tal alma son divinos; y aunque son suyos, de ella lo son porque los hace Dios en ella con ella, que da su voluntad y consentimiento”[36].

Lo explica con más detenimiento en un espléndido, abismal texto de la estrofa tercera, para preparar el salto “obligado” si no queremos empequeñecer la vocación recibida, mejor, negarla simplemente y, en el mismo acto negar a Dios revelado en Jesús. Sustanció su pensamiento en dos versos, “Con extraños primores / calor y luz dan junto a su Querido”. Así identifica al hombre nuevo en la plenitud de su desarrollo vocacional. Nos ofrece una afirmación sucinta, muy adherida a los versos: “dando al Amado [las potencias] la misma luz y calor de amor que reciben” (77). Y explica en el número siguiente: “no lo recibe sino para darlo” y “lo da al modo que lo recibe”. Dios “le hizo gracia de dársele a sí mismo”. Luego “como cosa suya, lo puede dar y comunicar a quien ella quisiere de voluntad. Y así dale a su Querido, que es el mismo Dios, que se le dio a ella”. Líneas antes había precisado: “Hace ella en Dios   por Dios lo que él hace en ella por sí mismo”.

Y da el paso definitivo, apoyado en el previo don divino. Escribe:  “En esta dádiva que hace el alma a Dios, le da al Espíritu Santo como cosa suya con entrega voluntaria, para que en él se ame como merece” (ib 79). El amor recíproco alcanza su cenit: “La aspiración del Espíritu Santo a ella y de ella a Dios” (C 39, 2). “Una habilidad”, dice, que recibe de Dios, que “la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo  y el Hijo en el Padre” (ib 3). Lo que quiere decir, según el doctor místico, que “en la transformación que el alma tiene en esta vida, pasa esta misma aspiración de Dios al alma y del alma a Dios con mucha frecuencia”. Añade como siempre: “aunque no en revelado y manifiesto grado, como en la otra vida”. Y vuelve a fundamentar su pensamiento en Pablo (Gál 4, 4) (C 39, 4). ¿Intenta explicar lo inexplicable o cuenta con el apoyo de su saber teológico  su personal experiencia? “Razona”, simplemente, su fe y cuenta experiencias propias y de otras personas, por ejemplo de Teresa de Jesús. Escribe: “Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado; porque dado que Dios le haga merced de unirla en la santísima Trinidad..., ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra...o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la  misma alma?” Su experiencia de fe la ve confirmada en la palabra de Jesús en Jn 17, 24: “es a saber: Que hagan por participación en nosotros la misma obra que yo por naturaleza, que es aspirar al Espíritu Santo” (C 39, 5). Y afirma con una gran convicción: “esto es estar transformada en las tres personas..., y en esto es semejante el alma a Dios” (39, 4). En el número anterior también había afirmado con fuerza: “Porque no sería verdadera y total la transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la santísima Trinidad en revelado y manifiesto modo”.