JUAN DE LA CRUZ: FORMADOR DE UN YO RELACIONAL

por P. Maximiliano Herráiz García, ocd

Introducción  

Es sentencia común entre los estudiosos del santo carmelita que su vida y palabra, su preocupación de maestro espiritual están concentradas en los núcleos esenciales de la fe cristiana. El místico y teólogo carmelita no concede el mínimo espacio a la dispersión, ni tampoco a la ambigüedad sobre su modo de plantear el seguimiento de Jesús. Quien lo lea atentamente podrá estar en desacuerdo, global o parcial, con sus puntos de vista; pero no podrá razonablemente dudar de la estructura que sostiene su pensamiento, la que da unidad a  todo. Desde la que hay que valorar lo que dice o calla.

Los núcleos esenciales de la fe, primeramente como acción comunicadora de Dios, reveladora de su intimidad, son éstos: Dios abre, comunica su “plan”, “designio”, a todas las personas de hacernos  miembros en plenitud de su vida comunitaria, “dioses por participación”.De tal modo que la vocación del hombre es “única, es decir, divina, desde su nacimiento está llamado a la unión con él” (GS 19.21 ).

La historia de Dios que busca a la persona para dársele, y de ésta, buscada y buscadora, será una historia de relación en progresión continua hasta llegar a “ponerla que parezca Dios” (Ll 1, 13), hasta que “reciba las propiedades de Dios” (C 24, 4), o, de otro modo, hasta que, de hecho, “unas mismas virtudes y un mismo amor”, de Dios y de ella, “son ya de entrambos” (ib 3).

Dios ha creado “un palacio para su esposa” (R 4). La creación es “rastro” “de quien él es” (C 5, 1), pues ha hecho a las criaturas “mucho buenas... en el Verbo, su Hijo...”, dejándolas “vestidas de hermosura y dignidad” (ib 4). En este palacio-paraíso se desarrolla la historia de comunicación-comunión entre Dios y la “única criatura que amó sólo por sí misma” (GS 24). Palacio-paraíso de “bienes” que tienen en Dios su origen: “los bienes no van del hombre a Dios, sino de Dios al hombre” (2N 16, 5). Y tiene,  también, en Dios  su terminación, sirviendo a la persona en su realización vocacional.

El místico y teólogo Juan de la Cruz, el pedagogo que de aquí nace, no olvidará nunca que los bienes que atraen nuestra voluntad a gozarlos son bienes en sí mismos; que lo son para nosotros si nos “encaminan” a Dios, y no se convierten en fin de nuestra andadura, ya que solamente Dios, habiéndonos creado a su semejanza, puede calmar y colmar nuestra infinita capacidad receptiva. Por lo tanto, los bienes -todos los bienes, sin excepción- en los que podemos gozarnos, alimentan más que sacian nuestra hambre de Dios. Por eso, no atentará ni contra Dios ni contra la persona en su acompañamiento pedagógico, sino que velará para que la verdad presida y estimule nuestra relación con todo: Dios y las criaturas. Su magisterio clarividente tiene, por tanto, un objetivo: crear un yo relacional, cimentado en la verdad y abierto de par en par al amor.

 Quien acepta, como Juan de la Cruz, a Dios y al ser humano no puede aguar, y menos impedir, el banquete que Dios ha preparado al hombre, también aderezado con bienes plurales. Por el contrario educará a la persona para que pueda gozarlos verdadera y plenamente en su verdad relativa y participada que les viene de la acción creadora y sustentadora de Dios. Sin él se hunden en al abismo de la nada. Y la persona con ellos

 Procederé con un esquema sencillo y lineal, evitando todo lo que pueda distraer o desviar la atención de esos núcleos esenciales a los que me referí al principio:

 Comenzaré hablando de la “condición” y pedagogía de Dios.

 Afrontaré después la vocación teologal de la persona estudiando que, dada nuestra situación histórica, el camino espiritual cristiano es una recreación del ser relacional  de la persona con, Dios, el prójimo  y lo creado.

 Terminaré con una “asomada” al hombre que nace de la conjunción de la gracia de Dios y del empeño de la persona, según el planteamiento sanjuanista.

 En un “apéndice” ofreceré brevemente la relación con el prójimo.

 Para terminar con unas conclusiones.

 Metodológicamente elijo, sin estrecheces, los capítulos que el santo consagra a la purificación activa de la voluntad, en 3S, 16-45,  siguiendo su división de los “bienes” que Dios ofrece al gozo de la persona.

1. La “condición” y pedagogía de Dios

Según la fe cristiana el hombre no puede decir nada sobre sí mismo sin escuchar antes al Dios que le crea y redime, al Dios que le ha “puesto” y “re-puesto” en su existencia filial. El hombre ha sido “llamado” por Dios antes de que él se llame y llame, ponga nombre, señale la esencia de todo lo creado. Una llamada de Dios creadora y definidora y, por ser de él, llamada abierta, dinámica, no cerrada determinísticamente. Abierta y dinámica con él.

¿Podemos aproximarnos, llegar siquiera a los umbrales de nuestra “condición”, sin enfrentarnos con la “condición de Dios”? ¿Saber de nuestra vocación sin atender a quien nos llama, res-ponder convenientemente, sin entender la pro-puesta que se nos hace? ¿No es Dios la cavidad donde se esconde la matriz, flexible y turgente, de nuestra condición de criaturas racionales, libres y responsables de nuestra historia?

El convencimiento del santo carmelita con relación a estas cuestiones es absoluto, sin fisuras: se busca a sí en Dios para vivir su verdad personal más íntima, su “condición” más noble e indestructible. Vivirse con él. Dios está siempre a la espera de que la persona -¡tú!- tome esta verdad  en sus manos, ¡pero sin convertirse en dueño absoluto de la misma!, porque es de Dios,  a él pertenece, y a él, definitivamente, hay que confiarla para que no se malogre, para que pase de potencialidad a realización cumplida, de posibilidad real a real hecho.

En este doble sentido ora Juan a Dios: “Y ahora te ruego, Señor, que no me dejes en ningún tiempo en mi recogimiento, porque soy desperdiciadora de mi alma” (D 123). Pero, también, ahora arropado en el plural amplio de la humanidad: “¡Recuérdanos tú y alúmbranos, Señor mío, para que conozcamos y amemos los bienes que siempre nos tienes propuestos, y conoceremos que te moviste a hacernos mercedes y que te acordaste de nosotros!” (Ll 4, 9).

¿Cuándo llegó Juan de la Cruz a ver que la persona “no atina” a entrar verdaderamente en el camino de ser (1S 1, 5)? ¿Cuándo llegó a percibir que la gracia de regeneración humana comienza verdaderamente en ese momento en el que “Dios te va librando de ti misma, quitándote de las manos la hacienda”? (2N 16, 7). Si no podemos responder con exactitud a estas preguntas, sí podemos decir, sin la más leve duda, que no podría hacer esas afirmaciones sino después de una fuerte experiencia de la “condición de Dios”. Y, por consiguiente, que su comportamiento y su palabra de maestro tienen en esa experiencia su fuente. Así:

1.-   Particularmente, Dios es el origen y la plenitud vocacional de la persona. Dios la ha creado “para que pueda venir” a la unión con él (C 39, 4). La persona ha sido creada “para estas grandezas” (ib 7), “natural y sobrenaturalmente pretende la igualdad de amor” con Dios (C 38, 3). Dios es “la fuente que solamente los podría hartar” (3S 19, 7). La “noche oscura” “la libra y ampara de todo lo que no es Dios. Porque , como está puesta aquí en cura esta alma para que consiga su salud, que es el mismo Dios” (2N 16, 10; cf  C 11, 11).

2.-  Dios es origen y fuente de todos los bienes: “Los bienes no van del hombre a Dios, sino vienen de Dios al hombre”, recordé ya (2N 16, 5). Esto los marca de principio a fin: no son término en sí mismos, sino que remiten a Dios. Su esencia es sacramental. Toda la creación es un inmenso sacramento, que realiza y revela la Presencia divina que la sustenta. “Descubre tu presencia” (11).La verdad-bondad de la creación es dada. Relativa en sí misma, remite a las “caudalosas corrientes, que infiernos, cielos riegan y las gentes”. Juan de la Cruz juzgará la relación de la persona con los “bienes”, con todo lo creado,  según la incidencia que tengan en cada etapa  de su  proceso humano- espiritual, como mostraré más adelante. Por lo tanto, serán valiosos para la persona en la medida que le remitan a y le faciliten la comunión con Dios.

3.-  Entre estos dos principios, sencilla y llanamente enunciados, se mueve, según Juan de la Cruz, la pedagogía de Dios con la persona. Pues que de él nos viene nuestra vocación teologal, “el centro del alma es Dios” (Ll 1, 12), “todos los bienes... que Dios hace al alma, siempre se los hace con motivo de llevarla a vida eterna” (Ll 3, 10). O, con otras formulaciones, para que la persona llegue “ a actual sustancia del espíritu” (2S 17, 5). Dios siempre busca en todo  “dar espíritu” [1] .  Esto lo hace con una pedagogía progresiva, “acomodándose al hombre”, es decir, a través de todas las mediaciones de nuestra condición humana. Dios se atiene  a su creación. No reniega de ella. La perfecciona.

El santo nos ha ofrecido un retrato perfecto del Dios “pedagogo”. La línea más gruesa  de este perfil de Dios es “la atención al sujeto”, a la persona concreta en cada etapa de su proceso. En torno a este eje nos ofrece los rasgos más destacados. Es conveniente recogerlos porque en ellos Juan de la Cruz  se nos pinta y nos entrega su tarjeta de identidad como pedagogo. De este modo se nos abrirá el camino de acceso a los contenidos y a la metodología de este maestro de personas tan reciamente evangélicas como finamente humanas.

Habla el místico carmelita del “fin y estilo que Dios tiene” de acompañarnos en el proceso, decrecimiento y maduración personal, en la vivencia progresiva de nuestra vocación fundante: la unión con él, la participación de su vida divina. Nos ofrece “tres fundamentos” (2S 17, 2) que engarza en una frase: “para mover Dios... halo de hacer ordenadamente y suavemente al modo de la misma alma” (ib 3; cf n. 8). Subraya más adelante la necesaria progresión: “va Dios perfeccionando al hombre al modo del hombre, por lo más bajo y exterior, hasta lo más alto e interior” (ib 4). Y precisa: “como... ve que le conviene al alma o como le quiere hacer merecer” (ib).

Juan de la Cruz destaca que Dios tiene una exquisita atención al sujeto, a la persona, conduciéndola “al modo de la misma alma”, “al modo del hombre”, como “ve le conviene”. A esta progresión, constitutiva del destinatario, se refiere con insistencia para evitarnos tropiezos en el camino llano de su magisterio y para obviarnos la entrada luminosa en su magisterio [2] .  Estos principios los desarrollará, con certeros apuntes, sobriamente, y con el calor de su rica sensibilidad, hasta extremos que alguien menos lúcido que él podría tachar de concesiones tácticas, al menos, o de abierta contradicción con su propia lógica.

Ciertamente Dios “puso términos naturales y racionales para su gobierno [de la persona] (2S 21, 1). Ésta tiene “razón natural y ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se puede regir” (ib 4). Por eso, aun cuando “se nos dijesen algunas cosas sobrenaturales, sólo habemos de recibir aquello que cae en mucha razón y ley evangélica. Y entonces recibirlo, no porque es revelación, sino porque es razón” (ib). Dios, dice con seguridad Juan de la Cruz, “no gusta de que usen de tal término [sobrenatural]”(2S 21, tít); “no es voluntad de Dios que las almas quieran recibir por vía sobrenatural” (2S 22, 2).

Pero, con no menor seguridad, partiendo del principio de que Dios “se acomoda” a la persona en su relación con ella, afirma que “condesciende”. Y nos ofrece una matizada explicación: Dios “condesciende” “enojado” (2S 21. 7; cf n. 6), “disgustado”, porque “ni es buen término ni Dios gusta de él, antes se disgusta... y muchas veces se enoja y ofende mucho  (ib 1). Pero “condesciende”. Prima en el comportamiento de Dios la atención al sujeto, sin claudicar, antes mirando siempre a la consecución del objetivo supremo: la comunicación hasta la comunión más íntima con la persona.  Dios obra así “concediéndoles lo que no les está mejor”, y viendo que “no son para comer el manjar más fuerte y sólido de los trabajos de la cruz de su Hijo” (ib 3). Dios “sacrifica” “lo mejor”  -”el manjar más fuerte y sólido”-, a la capacidad real de la persona.

Habría que citar aquí la extraordinaria descripción y el fino análisis que hace el doctor místico de la acción “de la amorosa madre de la gracia de Dios” (1N 1, 2), para “llevarlos [a los principiantes] adelante” (1N 8, 3), en ese momento delicado de la “noche pasiva del sentido”, cuando Dios “muda el caudal al espíritu” (Ll 3, 32) y, “en el modo de dar” (ib 34), cambia el “estilo”.  Bastará, por el momento, recoger las “razones” que nos ofrece el maestro de espíritus en 2S 21, 2. Helas aquí: Dios “responde”, aunque “algunas veces responde el demonio”,

* “por la flaqueza del alma que quiere ir a por aquel camino”;

* “porque no se desconsuele y vuelva atrás”;

* “porque no piense está Dios mal con ella”;

* “porque son buenas y sencillas”;

* “o por otros fines”, “fundados en la flaqueza de aquel alma”.

Y vuelve a recordarnos el principio antes mencionado: Dios obra así “mas no porque guste de tal término” (ib  2). Esta imagen de Dios, “acomodándose” a la persona, conecta con su irrenunciable voluntad de no cerrar a nadie el camino a la plenitud vocacional. Escuchamos de nuevo algún texto del santo en el que nos dice lo que Dios pretende cuando “responde” a las “presiones” de nuestra “flaqueza”, que nos impide recibir “el manjar más fuerte y sólido” “de los trabajos de la cruz de su Hijo” (2S 21, 3). Manjares  que hay que terminar comiendo para “entrar” con él en la “espesura” de la vida y de la resurrección. Escribe que hay que “poner los ojos en aquel buen espíritu que causan” las comunicaciones de Dios. Y razona: “así se toma de estas cosas sólo lo que Dios pretende y quiere, que es el espíritu de devoción, pues no las da para otro fin principal” (2S 17, 9). Añade oportunamente: “y se deja lo que él [Dios] dejaría de dar, si se pudiese recibir en el espíritu sin ello”, o sea, sin “pasar” por el peaje que es “el ejercicio y aprensión del sentido” (ib).

Juan de la Cruz nos enfrenta directamente con los “bienes”:  qué son y  cómo pueden sernos  auténticamente “bienes” en nuestro camino de hominización. Y, sobre todo, nos emplaza radicalmente ante el quién  debe enfrentarse y, como resultado, sobre el yo que se construye y afirma. Que ésta, y no otra, será siempre la mejor prueba de la validez, humana y evangélica, de la doctrina que se propone: si hace más y mejor persona.

Dios, que “es todas esas hermosuras y gracias eminentísimamente” (3S 21, 2), que “ama todo lo bueno” (3S 27, 3), “ha pasado” “derramando mil gracias” , “vistiendo de hermosura” la creación entera (C 5). Dios, “por la suya propia [mano]” las creó (C 4, 3), “dejando en ellas algún rastro de quien él era” (C 5, 1). “El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo” (ib 4), y, con “el levantamiento de la Encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas..., [sino que] las dejó vestidas de hermosura” (ib). El poeta y el teólogo se servirá de las “cosas” (montañas, valles, ríos, etc), para significar lo intraducible: la comunicación de Dios, el ser mismo de Dios. “Por ser Dios todas las cosas al alma y el bien de todas ellas, se declara la comunicación de este exceso por la semejanza de la bondad de las cosas en las dichas canciones” (C 14/15; 5).

“Hágase, pues,  -dijo el Padre- /, que tu amor lo merecía ; / y en este dicho que dijo, / el mundo criado había / palacio para la esposa” (R 4). Dios “cría y da ser a todas las criaturas, las cuales en él tienen su vida y raíz” (C 39, 11). “Las cosas sensibles” “de suyo son buenas” (2S 17, 5);“los bienes temporales”, “de suyo”, “necesariamente no hacen al hombre pecar” (3S 18, 1). No es necesario detenerse en esto, por evidente. El discurso sanjuanista se sitúa en la relación de la persona histórica con los “bienes”que Dios pone a su disposición. Una relación que está expuesta a una deformación profunda, que incidirá muy negativamente en quien la cultive, pues atenta, de forma explícita y directa, contra su vocación fundante: la unión con Dios Lo que conviene ahora subrayar que Dios ha creado el mundo “palacio para la esposa”. Y ha situado en él a la persona. Lo ha creado para ella, y se lo ha confiado para que lo mejore, y para que en él realice su vocación, el deseo de Dios.

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Recuerdo, para cerrar este primer apartado, cuál es el deseo de Dios, con relación al hombre, que vive en este “palacio para la esposa”.  Nos hizo el mismo santo esta apretada síntesis en el principio de la canción 28 del Cántico, en tres pasos bien marcados: “su deseo [de Dios], el cual sólo es de engrandecer al alma” [3] ; “no hay otra cosa en que más la puede engrandecer que igualándola consigo”; “en la cual igualdad de amistad  todas las cosas de los dos son comunes a entrambos”.

2.  La vocación teologal de la persona

La persona está en el centro del discurso del doctor místico. Por una razón muy simple y evidente en exceso: el hombre es el centro de  Dios. Este hombre, con su historia en curso, con su circunstancia histórica. Hay que comenzar recordándolo aquí, antes de centrar nuestra atención en la “negación”y “purificación” “de todo lo que no es Dios”. Y recordarlo para decir que el discurso sanjuanista recae sobre el quién lleva a cabo la obra purificadora y no sobre el qué. Pero añadiendo inmediatamente otro apunte: sobre el quién que quiere seguir, “medirse” con él: Jesús de Nazaret .

Juan de la Cruz asume con una extraordinaria clarividencia y con un amor encendido, insaciable, la vocación teologal de la persona. Es esta vocación teologal “la que inspira y da sustancia a toda la doctrina sanjuanista de las noches” [4] Cuando explica la transformación “en las tres personas”, la participación real en la vida intratrinitaria, dice el santo “que en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza” (C 39, 4).  Sobrecogido por este misterio insondable de gracia, interpela con fuerza a sus lectores: “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!”(ib 7). Ya antes nos había dejado un texto denso de sus convicciones antropológicas: “Esta pretensión del alma es la igualdad de amor con Dios, que siempre ella natural y sobrenaturalmente apetece”. Añadiendo a renglón seguido: “porque el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado” (C 38, 3). Y continúa más abajo apuntando la realidad del “hombre nuevo”: Dios “la hace amar con la fuerza que él la ama transformándola en su amor... Hasta llegar a esto no está el alma contenta” (ib 4).

Dios “es el centro del alma” (Ll 1, 12), es decir, “a lo que más puede llegar según su ser y virtud y la fuerza de su operación y movimiento” (ib 11), pues su “capacidad es infinita” (2S 17, 8) y, por tanto, “no se satisface con menos que Dios” (C 35, 2) : sus potencias “no se llenan con menos de infinito”, “el manjar que echan menos también es profundo, que..., es Dios” (Ll 3, 18), “la fuente que solamente les podía hartar, que es Dios” (3S 19, 7) [5] .

Basten estos breves apuntes para fundamentar convenientemente la palabra sanjuanista sobre el comportamiento de la persona que convierte esta gracia divina en proyecto de vida, que acepta “disponerse” para la divina unión. Pero sin dejar de apuntar, también brevemente, nuestra situación histórica: persona seriamente “dañada”, “engendrada y criada en bajezas” (D 26), “desperdiciadora” de sus riquezas (D 123), “para tanta luz ciegos, y para tan grandes voces sordos” (C 39, 7; 32, 8-9; Ll 3, 70-76). El hombre, “un gran señor en la cárcel”, bajo el dominio del “tirano rey de la sensualidad” (C 18, 1-2). De esta tiranía no son tantos los que se libran, aun entre los que piensan que están seriamente comprometidos en el seguimiento de Jesús.

El hombre tiene que “ir con todo a Dios” (3S 24, 6), con todo su ser, sin dejarse por el camino nada de cuanto le constituye por creación. Pero,  ordinariamente con flaqueza de afición se ase [su] corazón a ellos [a los “bienes”] y falta a Dios” (3S 18, 1). El hombre histórico “puede fácilmente distraerse del amor de Dios” (3S 21, 1). Hablando de los bienes morales afirma que “apenas habrá uno que se mueva a obrar por Dios sin arrimo de algún interés” (3S 28, 8). Y de los bienes espirituales dice que, por el hecho de ser espirituales, pueden convertirse en una trampa para los que se sienten “llenos de devoción”: “puede tener tanta imperfección..., porque se sienten tener el gusto en estas cosas santas” y, tal vez, “no es más que condición y apetito natural” (3S 38, 1). Señala que “nuestra vana codicia” “en todas las cosas buenas y malas hace su oficio” (3S 35, 8).Y pone el fundamento en el mismo hombre histórico. Más allá de la “unidad” psicosomática, “espíritu - cuerpo”, la “división” existe y amenaza la existencia de la persona: “se mueve cada parte el hombre a deleitarse según su porción y propiedad”, “cada una a su modo”, la sensualidad toma también lo suyo” (1N 4, 3). Estos textos señalan un hecho que cada uno puede constatar con facilidad.  La armonía no es un punto de partida sino de llegada. Objetivo que persigue Dios, y al que debe prestar su colaboración la persona: “Conviene” al hombre, “en cuanto pudiere”, “procurar de su parte por perfeccionarse” (1N 3, 3). Veremos al final qué significa esto: armonía, integración de todo el “supuesto” de la persona en su relación con Dios y con todo, ¡y con todo!.

Aparece con claridad que la persona necesita reordenar y educar su relación con los “bienes”, según su vocación, natural y sobrenatural, y según la verdad íntima de éstos. Unos apuntes apretados, pero suficientes, arrojarán luz a raudales para que la persona pueda comportarse debidamente, de acuerdo con su vocación. Por supuesto se trata de “bienes”que, “de suyo”, tienen no poco que ver con la vocación fundamental de la criatura racional, que despiertan en la persona un  movimiento de “posesión”, de disfrute. Por eso, el grueso del pensamiento sanjuanista girará sobre “cómo se ha de haber la voluntad” (3S 34, tít), cómo “encaminar el espíritu por los bienes espirituales hasta la divina unión” [6] . Esta es la línea más firme y gruesa del pensamiento de Juan de la Cruz: siendo la vocación del hombre la unión con Dios, “todos los bienes... [que Dios concede] los hace con motivo de llevarla a vida eterna” (Ll 3, 10).  Es el núcleo más grueso de nuestro estudio, al que  vamos a enfrentar inmediatamente.

El antológico capítulo cristológico, verdadero umbral de la Subida del Monte Carmelo, es la prueba más clara de esta convicción de Juan de la Cruz. No duda un ápice en afirmar al final: “veo es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por sus amigos. Pues los vemos andar buscando en él sus gustos y consolaciones, amándose mucho a sí, mas no sus amarguras y muertes, amándole mucho a él” (2S 7, 12). La palabra del teólogo místico es la traducción de su comprensión del misterio de Jesús,  palabra de Dios, y  palabra del hombre-Dios, Jesús, respuesta a la propuesta del Padre: ser hijos en el Hijo, unión, participación de la vida trinitaria en la modalidad de Hijo, siguiendo el camino que es y recorrió Jesús: “Entremos más adentro en la espesura” (C 36, 10-13).

Pero, precisa el creyente Juan de la Cruz: “aunque es verdad que el alma desordenada, en cuanto al ser natural, está tan perfecta como Dios la crió, en cuanto al ser de razón está fea, abominable, sucia, oscura” (1S 9, 3). Por eso, necesita “recreación” profunda, posible y urgente. Dios está comprometido en esta obra, y “hace más” que en la creación primera (1S 6, 4). El maestro Juan de la Cruz, sabiendo que “muchas almas” están también empeñadas, pero que no hallan guías “idóneos” que las acompañen en este camino de colaboración con Dios, de “disposición” para lograr la realización plena vocacional, sale al escenario con toda su experiencia y sabiduría para prestar este servicio en el que está en juego la suerte de la persona. Servicio pastoral, servicio al hombre, a todo hombre. Tanto mayor y más calificado, cuanto más fundado en razón y en la fe cristiana, es decir, en la verdad que se nos ha manifestado cumplidamente.

En la razón: “entra en cuenta con tu razón para hacer lo que ella te dice en el camino de Dios, y valdráte más para con tu Dios que todas las obras que sin esta advertencia haces y que todos los sabores espirituales” (D 43). Fe que busca la razón, razón que se abre al mundo “razonable” de la fe, complementándose, fundando una unidad diferenciada. A los “visionarios”, que esquivan la aduana de la razón y de la fe, el santo les aconseja: “No hay necesidad de nada de eso, pues hay razón natural y ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se pueden regir”. Y matiza, mostrando sus querencias antropológicas, primer estrato constitutivo del ser racional: “Y tanto nos habemos de aprovechar de la razón y de la doctrina evangélica, que ... sólo  habemos de recibir aquello que cae en mucha razón y ley evangélica. Y entonces recibirlo, no porque es revelación, sino porque es razón” (2S 21, 4).

En la fe: “En todo nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre..., y por esta vía... para todo hallaremos abundante medicina” (2S 22, 7).  Aquí quedamos emplazados por Juan de la Cruz, razón y fe evangélica, para dialogar sobre el camino que tiene que recorrer la persona para  llegar a ser de hecho lo que es ya por gracia: Dios por participación. Por supuesto, en el contexto de la creación, al que pertenece el hombre, a quien se le ha entregado el mundo “palacio para la esposa”, casa en la que se celebrarán las bodas con Dios, en el Hijo. Espléndido palacio para tan grandioso acontecimiento.     

Centro mi discurso más directamente en los “bienes espirituales”, pero sin abandonar las referencias a los otros, siquiera para mostrar que el doctor místico desarrolla una especie de “variaciones sobre el mismo tema”. En el centro del escenario está la persona, es decir, la identificación de su conducta con todos los bienes. En mi exposición aparecerá claro, también,  el momento en que se sitúa el santo en el proceso espiritual del creyente, o el sentido que tiene  de  gradualidad en la vivencia de la relación con Dios, y con todo, tanto del “apetito”, como de la mortificación del mismo: el primero va adueñándose de la persona “según la proporción del apetito” (3S 25, 4), “creciendo de grado en grado” [7] .

2.1 Valor y alcance de los “bienes” en la realización vocacional de la persona

En el dintel de la exposición “de la noche oscura activa de esta potencia, para enterarla y formarla en esta virtud de la caridad” (3S 16, 1), el santo “presupone” “un fundamento”, “como un báculo” en el que irá apoyando su argumentación, “por donde nos habemos de guiar y entender en esta doctrina y enderezar en todos estos bienes el gozo a Dios” [8] . Y lo enuncia diciendo que  “la voluntad no se debe gozar sino sólo de aquello que es gloria y honra de Dios, y que la mayor honra que le podemos dar es servirle según la perfección evangélica”. Y adelanta una especie de conclusión de antropología cristiana: “Y lo que es fuera de esto, es de ningún valor y provecho para el hombre [9] .

Comenzando por los “bienes motivos” (“imágenes y retratos de santos, oratorios y ceremonias” (3S 35, 1), el maestro defiende inequívocamente su conveniencia y utilidad, más todavía su necesidad. Pero señala, también, con mano certera sus límites, su relatividad y temporalidad, en sí mismos y en la historia personal del creyente. Son “tan importantes para el culto divino”, “tan necesarios para mover la voluntad a devoción” y para despertar nuestra tibieza”(ib  2). Vuelve en el número siguiente sobre los “fines” de las imágenes según la iglesia: “para reverenciar a los santos... y para mover la voluntad y despertar la devoción por ellas a ellos”. Por lo tanto “son de gran provecho para acordarse de Dios... y mover la voluntad” (3S 37, 1).Y, en consecuencia, “es verdad que todo ornato y  atavío y reverencia que se puede hacer a las imágenes es muy poco” [10] .

La palabra definitiva la tiene la persona. Y la pronunciará, de hecho, según la convicción y vivencia concreta de su vocación, según la verdad, sobre sí misma y sobre todo lo creado, que quiere que alimente su vida. A esto se encaminan los principios y orientaciones sanjuanistas, que, aceptadas por la persona, requerirán un discernimiento luminoso para poder traducirlos en la vida.

Ya en la definición de “bienes espirituales” aparece destacada la referencia a Dios. Es su verdad y  la única perspectiva que le interesa a Juan de la Cruz, maestro de los caminos de Dios,  para que la persona acierte en su realización personal. Define: “son  todos aquellos que mueven y ayudan para las cosas divinas y el trato del alma con Dios” (3S 33, 2). Precisa: “son los que más sirven para este negocio” (ib 1) [11] . Objetivamente. Pues, de hecho, subjetivamente, dependerá siempre de la actitud que adopte la persona. Actitud que deberá estar “ordenada” por la razón y la fe, como insinué más arriba. Y aquí entra el pensador, el creyente católico y el místico Juan de la Cruz. Hay que leer con cuidado sus palabras  para adentrarse verdaderamente, sin riesgos en su pensamiento.

La imagen es “motivo” para “ir a Dios”. Por eso  establece este principio, al que tendrá que atenerse siempre la persona: “Bastará para todo” que, pues las imágenes nos sirven para motivo de las cosas invisibles, que en ellas solamente procuremos el motivo y afección y gozo de la voluntad en lo vivo que representan [12] . Por eso “es bueno gustar de tener aquellas imágenes... que ayuden a más devoción, por lo cual [siempre] se ha de escoger la que más mueve” (3S 35, 5). Habrá, pues, que prestar más atención, o únicamente “si te despertará más el amor” (ib 8).

Reforzará este principio con otro referido directamente a Dios: él “sólo mira a la fe y pureza del corazón del que ora” (ib 36, 1), y oye la  oración “doquiera que con entera fe le rogamos” (ib 42, 6). Es más, “Dios, siempre que hace esas y otras mercedes, las hace inclinando el afecto del gozo de la voluntad a lo invisible” (ib 37, 2), “para que se despierte más la devoción  dormida y el afecto de los fieles a la oración” [13] . Dios no hace las mercedes “por la imagen”, sino por la devoción que se tiene con el santo que representa” (3S 36, 2). De tal manera que “con ellas o sin ellas [las imágenes]”, Dios te haría las mismas mercedes “si la misma devoción tuvieses” (ib; cf n. 3). 

Si se admite, con Juan de la Cruz, que todos los bienes con que nos encontramos en la vida están “orientados”, según la revelación cristiana y la razón, al bien supremo, su fuente y horizonte, y que esos bienes son “tan importantes” y “necesarios” para lanzar, “encaminar”, “enderezar”, “despertar” la persona, para encauzar, dinamizar la vida del creyente a su realización personal, podremos admitir como “razonables” los pronunciamientos del doctor místico: “cuando sirven de esto son provechosos y el uso de ellos necesario” (3S 35, 3);  por eso, en fina lógica, “las [imágenes] que más al propio y vivo están sacadas y más mueven la voluntad a devoción, se han de escoger, poniendo los ojos en esto más que en el valor y curiosidad de la hechura” (ib). La devoción, el provecho espiritual prima sobre el  arte.

Junto a estos “bienes motivos”, creados por el hombre, que “provocan” la piedad de los fieles a través de los sentidos, cabe recordar “los bienes sensuales”, es decir “todo aquello que en esta vida puede caer en el sentido de la vista, del oído...” (3S 24, 1), sobre los que se pronuncia el santo con extraordinaria claridad y finura de detalle, cuando se refiere al “uso” que puede y debe tener el espiritual, según la etapa de su proceso, para “ir con todo a Dios”(ib 6), para que “el espíritu sólida y derechamente suba a Dios” (3S 39, 2), para que “el espíritu y el sentido vayan libremente a Dios” (3S 37, 2).

Hablando de estos “bienes sensuales” dirá con firmeza: “de donde parar la voluntad en gozarse del gusto causado de algunas de estas aprehensiones sería vanidad,  por lo menos, e impedir la fuerza de la voluntad que no se  emplease en Dios, poniendo su gozo  sólo en él” (3S 24, 3). Nos advierte, inmediatamente, que ha dicho “si parase el gozo” en los gustos sensoriales, “sería vanidad”. Y razona: “Porque..., si luego que siente la voluntad el gozo..., se levanta a gozar de Dios y le es motivo y fuerza para esto, muy bueno es... y, entonces... se pueden aprovechar de ellas, y aun deben” (ib 4). Más adelante, hablando “de los lugares devotos”, se pronuncia en el mismo sentido, y con idéntica seguridad: “es cosa provechosa cuando luego enderezan a Dios la voluntad en olvido de los dichos lugares” (3S 40, 1); “es bueno como vaya desnudo el apetito de propiedad (ib 3). Concluye: “Por estas cosas debe ir” (ib 4).

Añade a este principio de su pedagogía “la condición” de algunas personas:” hay almas que se mueven mucho a Dios por los objetos sensibles” (3S 24, 4). ¡También esta “condición” personal debe entrar por la puerta grande, como principio insoslayable, en un discernimiento serio! No sólo los “objetos” sensoriales, naturales o fruto de la mano del hombre, son “necesarios” en una determinada etapa del camino espiritual. También es necesario el “gusto”o “sentimiento sabroso”, aunque haya etapas en las que no se percibe “por la novedad del trueque”, y “porque habiendo tenido el paladar hecho a esotros gustos sensibles... no está está acomodado ... para tan sutil gusto” (1N 9, 4), como se le está dando ya. Me atrevo a decir que es lo que más preocupa al pedagogo Juan de la Cruz. Con total claridad, sin reticencias, se  pronuncia, hablando de los “principiantes”, como de los que ya han superado este estado: “El camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones..., ni  gustos (aunque esto, en su manera, sea necesario a los principiantes), sino en una cosa sola necesaria que es saberse negar de veras...” (2S 7, 8).

Más explícitamente había dicho ya que “para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas..., era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor..., para que teniendo su gusto y fuerza en éste tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros” (1S 14, 2). Es una constante en el magisterio del santo: las opciones que identifican la vida de una persona, son siempre opciones de amor preferencial, con el consiguiente componente de gusto, particularmente en las primeras etapas. Después vendrá la crisis que identifica como “el destete” “de los pechos de estos gustos y sabores” (1N 7, 5).

Vuelve a subrayar esta necesidad cuando escribe que “a los principiantes bien se les permite y aun les conviene tener algún gusto” (3S 39, 1). Dios mismo, pedagógicamente, concede “gustos” para que “cobren algunas fuerzas espirituales”, para que “se desaficionen” de las cosas del mundo” (1N 8, 3), “porque con este gusto dejen el otro” (3S 39, 2), para “engolosinar” y “atraer” al ejercicio espiritual (1N 6, 1), para que “atraída y saboreada [el alma] del espiritual gusto...” (2N 3, 1).

Particularmente Dios obra así “con muchas almas flacas y tiernas en darles gustos y suavidad en el trato con Dios muy sensible” (2S 21, 2). De hecho “la amorosa madre de la gracia de Dios, luego que por nuevo calor y hervor de servicio a Dios reengendra al alma, eso mismo hace ella [que la madre “hace con su niño tierno”]; porque la hace hallar dulce y sabrosa la leche espiritual..., y en los ejercicios espirituales gran gusto [14] . Sintetiza extraordinariamente bien su experiencia y su pensamiento en carta a un religioso. Extraigo algunas frases para aproximar al lector su línea argumental: “es muy distinta la operación de la voluntad de su sentimiento: por la operación [de la voluntad], que es el amor, se une con Dios y se termina en él, y no por el sentimiento..., que se asienta en el alma como fin y remate. Sólo pueden servir [los sentimientos] de motivos para amar, si la voluntad quiere pasar adelante, y no más [es decir, no sirven para otra cosa]... Y de esta manera queda la voluntad amando a lo cierto y de veras al gusto de la fe” (Ct 13).

El gusto, el gozo, el sentimiento sabroso tiene una función de despegue, de arranque. No sólo en el principio del camino espiritual, sino también en las restantes etapas del proceso. Desaparecen los gustos primeros, “muy palpables y sensibles” (1N 9, 7), para volver de nuevo, cimentados en la verdad más íntima de la realidad, que se acoge en niveles más hondos de la persona más purificada.

Puesto que por la purificación “queda limpio y libre el entendimiento para entender la verdad” (1N 12, 4), al asumirla y abrazarla, se produce un gozo mayor, más “sustancial”. Al texto que acabo de citar añade Juan de la Cruz una breve explicación: “porque el gusto sensible y apetito, aunque sea de cosas espirituales, ofusca y embaraza el espíritu”. La purificación nos acerca a la verdad y nos libera de condicionamientos que limitan y condicionan negativamente nuestra relación con ella. En Llama nos ha dejado un texto esclarecedor a este respecto contra los escépticos de lo que cuenta en esta obra de la antropología y teología, del hombre en la plenitud de su desarrollo, y de Dios excesivamente desmedido en su comunicación. “Éste es el lenguaje y palabras que trata Dios en las almas purgadas y limpias... Las cuales palabras, como él mismo dijo por san Juan, son espíritu y vida (6, 64), la cual sienten las almas que tienen oídos para oírla, que, como digo, son las almas limpias y enamoradas; que las que no tienen el paladar sano..., no pueden gustar el espíritu y vida de ellas, antes les hacen sinsabor” (1, 5). Aquí el santo se vuelve contra los más críticos de su doctrina de negación, porque piensan que atenta contra la persona. Cuando Juan nos ofrece algunas descripciones del hombre “nuevo”, es él quien se vuelve contra ellos para tacharlos de miopes, señalando la causa: no tienen ojos para ver ni oídos para oír  por no estar purificados.

Ya había escrito en Subida una espléndida página sobre la estrecha relación entre la verdad y el gozo, abriendo su discurso cristiano con estas palabras: “aunque el hombre no hiciese [no aplicar el corazón a las riquezas, cita el salmo 61, 11] por su Dios y por lo que le obliga la perfección cristiana, por los provechos que temporalmente se le siguen..., había de libertar perfectamente su corazón de todo gozo acerca de lo dicho”. Y pasa a enumerar “los provechos” que produce esta labor de purificación: “adquiere libertad de ánimo claridad en la razón..., más gozo y recreación en las criaturas con el desapropio de ellas... por lo cual las goza muy diferentemente que el que está asido a ellas, con grandes ventajas y mejorías. Porque las gusta según la sustancia...; el espíritu purgado..., penetra la verdad y el valor de las cosas” [15] .

Por eso la purificación, si es la negación de un gusto, es el camino hacia otro más interior, más adherido a la verdad, pues libera del gusto más superficial, “más sensible” (3S 22, 2; 24, 6; 41, 2), para llegar a un “gusto interior en el espíritu” (2N 1, 2). El gusto que Dios “le infunde” (1N 13, 12). “Cuando el sentido está ya más puro, con más facilidad puede sentir el gusto del espíritu a su modo” (2N 1, 2). Sentencia: con la purificación “se le aumentan los gustos” (3S 26, 5), aunque en los inicios de la misma, en sus distintas fases, no se acabe de percibir, porque no está el espíritu preparado y por se “tan sutil gusto”. Sin la purificación progresiva “no puede sentir el gusto y bien espiritual” (1N 9, 4).

Podemos decir con absoluta fidelidad al pensamiento sanjuanista que Dios lucha con la persona, no tanto para que se prive de los gustos que le provocan los distintos bienes, sino para conducirla, afinando su espíritu, para “gustos” más calificados y más interiorizados, menos superficiales. De los que cada vez más participa toda la persona.   

Por supuesto, aunque todo esto que acabo de decir, responde al pensamiento del santo carmelita, y puede ayudar a eliminar tantos “clichés”  acuñados sin fundamento alguno en torno a la espiritualidad sanjuanista, en el discernimiento, concretamente en este sector, siempre se han de  mirar “los efectos” (3S 24, 4). Sabe bien que “muchos espirituales”, “con pretexto de oración”, se quedan en “recreación” [16] . La atención de la persona debe  recogerse en el objetivo que persigue, el que centra y mueve su vida. Para Juan de la Cruz es Dios, o, lo que es lo mismo, la realización de nuestra vocación fundante. Todo lo que se le ofrece a lo largo del camino lo juzga y valora por lo que, aquí y ahora, en cada etapa del proceso, significa para la persona en su aventura divina.

Con hambre de Dios, de ser, la persona irá reconociendo y aceptando el protagonismo de Dios, que le conduce hacia una relación creciente, interiorizada, más hondamente personal con él. De ahí el consejo, explicitando la doble dimensión, negativa y positiva: “que lo que ha de llevar el espíritu volando por allí a Dios ..., no se lo coma el sentido” (3S 35, 6), que nada “impida “volar a Dios” (3S 37, 2), “de ir con todo y por todo a Dios” (3S 24, 6).

Por eso se impone la conclusión, que bien puede concebirse como un principio que rige el pensamiento sanjuanista: puesto que la vocación humana es la participación de la vida divina en plenitud, el espiritual ha de “enderezar a Dios las fuerzas de la voluntad” (3S 44, 3), o ha de “poner la fuerza de su oración en aquella cosa que es más gusto de Dios” (ib 2; cf 35, 7), pues, “la persona devota de veras en lo invisible principalmente pone su devoción” (3S 35, 5), “no tiene asido el corazón” en las imágenes que usa, “porque la viva imagen busca dentro de sí, que es Cristo crucificado” (ib 4). Sigue amontonando apreciaciones altamente positivas del “puro espíritu”, es decir, de la persona que va haciendo bien el camino de la vida, que ha encontrado y persigue “el sentido de la propia existencia”, y se consagra con firmeza a vivirlo. Así escribe que “muy de paso” se detiene en el gozo que le producen las cosas particulares, y “luego para su espíritu en Dios” (3S 39, 1). En este sentido y en esta misma dirección se pronuncia hablando del “lugar de la oración”: “el que menos le ocupe y lleve tras sí el sentido (ib 2), para que “sólida y derechamente suba a Dios” (ib 2), “para gozar más a solas de Dios” (ib 3).

Podríamos cerrar este apartado con estas palabras del santo, referidas directamente a los “bienes sensuales”, pero válidas para todos: se puede  servir de los bienes sensuales, “cuando se pone la noticia y afección de la voluntad en Dios”, “porque entonces sirven los sensibles al fin para que Dios los crió y dio” (3S 24, 5). “Pero el que no sintiere esta libertad de espíritu en las dichas cosas y sensibles, sino que su voluntad se detiene en estos gustos y se ceba de ellos, daño le hacen y debe apartarse de usarlos” (ib 6). “Debe, pues, el espiritual, en cualquiera gusto que de parte del sentido se le ofreciere..., aprovecharse de él sólo para Dios” (ib 7). Esto nos sitúa en óptima situación para entender bien qué es lo que censura el santo del comportamiento de los espirituales que “se tienen por amigos de Cristo”, pero que, según él, “no lo conocen” (2S 7, 12).

2.2 El camino espiritual, crítica y propuesta  sanjuanistas 

Una lectura superficial, sin tener en cuenta los principios rectores del pensamiento sanjuanista, no sólo ha deformado seriamente su doctrina  -por ejemplo, ignorar su mística y hacerlo el autor más representativo de una ascética intransigente y dura, antihumana-, sino que  ha producido “seguidores” del santo que él jamás los  reconocería por “suyos”, y que han hecho más difícil el acercamiento  -¡todavía en el presente!- al verdadero Juan de la Cruz.

El convencimiento de la vocación del hombre a la unión con Dios es el movente del fraile carmelita, en su propia vida, por supuesto, y en su magisterio oral y escrito. Y al proponerlo  -”doctrina sustancial y sólida” (S pról 8)-, sólo le mueve un amor real al prójimo, para que no degrade su fe y atente contra sí mismo, con una práctica “religiosa” siempre deficiente y desviada, privada de la savia evangélica. Dos referencias a sus escritos bastarán para hacerse cargo de la crítica frontal que hace a un “cristianismo” sin Cristo, sin el Jesús de los Evangelios. Escribe en los primeros compases del primer libro de la Subida del Monte Carmelo: “Por lo cual es harto de llorar la ignorancia de algunos, que se cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios ejercicios, y piensan que les bastará eso y esotro para venir a la unión de la Sabiduría divina, si con diligencia ellos no procuran negar sus apetitos” (8, 4).

En la presentación explícita de su doctrina “ascética”, con clara conciencia de fundamentar su posicionamiento espiritual en las palabras y en la persona de Jesús de Nazaret, escribió en los comienzos de la purificación activa del espíritu: “Y así querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos...., sino en una sola cosa necesaria, que es saberse negar de veras... Y si en este ejercicio hay falta, que es el total y la raíz de las virtudes, todas esotras maneras es andar por las ramas y no aprovechar” (2S 7, 8). Lo sintetizó maravillosamente en un Dicho de luz y amor: “Aunque obres muchas cosas, si no aprendes a negar tu voluntad y sujetarte, perdiendo cuidado de ti y de tus cosas, no aprovecharás” [17] .

¿Sobre qué recae la crítica del doctor místico? Critica que la persona idolice los “bienes” de cualquier género de los que trata en el libro tercero de Subida [18] . Esta  idolización la expresa el santo con un largo registro de verbos, que no pueden pasar desapercibidos al lector. Todos definen la relación de la persona con los “bienes”: actitud posesiva, por la que los constituye en término. Esta relación ignora la entidad de los “bienes”, de las cosas o personas; se busca la satisfacción propia. El gusto es el movente: Así: “asirse” (2S 5, 4), “asidos al gusto”(3S 28, 7; 20, 1;18, 1; 35, 8.6; 38, 5); “asentarse el corazón... en el gusto” (3S 27, 5); “engolfarse en el gusto” (3S 19, 3.7; 38, 2); “poner la afición” 1S 4, 3.4.7.8; 5, 1; 6, 1; 8, 6; 9, 6; 11, 4); “buscar y poner el gozo  (3S 26, 3; 28, 8; 21, 1; 19, 1.8.10; 31 ,1; 35, 8; 36, 1; 38, 2); “en las obras mirar el gusto” (3S 28, 4); “obrar por el gusto” (3S 29, 2); “ moverse por el dinero y no por Dios”(3S 19, 9); “cuando se sienta mover de este vano gozo” (3S 22, 6); “el que manoseare las riquezas con la voluntad” (3S 18, 1); “embarazarse” (3S 17, 2); “apacentarse” o “detenerse” (1S 5, 3), “cebar”(1S 6, 2; 8, 2); “recostarse” sobre los apetitos (1S 7, 1).

Subraya, a veces, la inclinación o costumbre de algunos: “la rudeza que muchas personas tienen acerca de las imágenes” (3S 36, 1); “insufrible” “el asimiento” de algunos “a muchas ceremonias” (3S 43, 1); “gente necia y alma ruda” (ib); “hay algunas personas que miran más en la curiosidad  y valor de ella que en lo que representa” (3S 35, 2; cf n. 3).Y otras que “nunca” están “satisfechas, siempre dejando unos por otros [instrumentos de piedad] y trocando y olvidando la devoción del espíritu por estos visibles” (3S 35, 8); personas a las que “se les acaba la vida en mudanzas de estados y modos e vivir” (ib 41, 2). Advierte el santo oportunamente que “como obra por el gusto, y éste es variable..., acabádose éste, es acabado el obrar y el propósito” (ib 29, 2; cf  1N 6, 6). El gusto “no es constante” (3S 41, 2).

A esta serie de verbos que indican una relación negativa con las cosas, añado otra que señala el contenido de la “negación”, es decir lo que tiene que hacer la persona para ordenar convenientemente su relación con las cosas, de tal manera que no impidan su proceso vocacional de unión con Dios. Habla el santo de: “Privar o privación del gusto” o “del apetito”(1S 1, 4; 3, 1.2; 4 tít; 14, 2; 15, 2); “carecer” (1S 2, 1; 3, 4; “vaciarse-vacío” (1S 1, 4; 3, 2; 5, 2;11, 2), “negar” (1S 3, 2; 4, 1; 8, 4.6; 14, 2); “mortificar” (1S 3, 2; 4, 1; 5, 6), mortificar “la sensualidad “de manera que ninguna guerra haga al espíritu” (1S 15, 2); “cesar” (1S 5, 6). Se apresuró pronto a definir la “noche”camino de la unión, camino de hominización: “llamamos aquí noche a la privación del gusto en el apetito de todas las cosas” (1S 3, 1). “Retoca” más adelante el texto lucano: “el que no renuncia a todas las cosas que con la voluntad posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33). Y declara: “Y esto está claro, porque la doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el menos-precio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí” [19] . Así podrá afirmar con seguridad  -¿definiendo a Cristo o al cristiano?-: “el que hace algún caso de sí no se niega ni sigue a Cristo” [20] .

Con este muestreo de textos  aparece con claridad  qué critica el doctor místico, sobre qué recae su atención de educador en los caminos del espíritu: no sobre las cosas, sino sobre la persona en su relación con las cosas y bienes que encuentra en el camino de la vida, y siempre bajo el gran principio rector de todo: la vocación a la unión con Dios. Pero creo que quedará todavía más claro su  pensamiento si recordamos algunos pasajes de sus escritos sobre el sentido de la “negación”. ¿Va contra la persona o a su favor? ¿La destruye  o la construye? Nos responde el santo en tres bellos versos desbordantemente cargados de significado: “diréis que me he perdido;  / que, andando enamorada, / me hice perdidiza y fui ganada” (C 29).

Nos advierte el santo con precisión: “Y es de notar que no conjura el Esposo aquí a la ira y concupiscencia, porque estas potencias nunca en el alma faltan, sino a los molestos y desordenados actos de ellas (C 20/21, 7). Lo que pretende el santo es que “cese” “este  tirano rey de la sensualidad” [21] , que “se sosieguen [los movimientos de la “porción inferior”]... y no pasen los límites de su región” (ib 3; C 20/21, 17); “las pasiones y apetitos del alma” están ya “vencidos y amortiguados”, “el cerco”de las pasiones y apetitos “sosegado”, “las pasiones ordenadas en razón” (C 40, 4). Cuando la purificación empieza a manifestar ya su fruto, la esposa del Cántico espiritual increpa a la parte sensitiva que cese el “tocar a los umbrales o llamar a la puerta, lo cual se hace cuando hay acometimientos a la razón de parte de la sensualidad para algún acto desordenado” (C 18, 8).  Busca el santo que las “afecciones desordenadas” se pongan “en obra de razón” (3S 16, 2), que se “sosiegue”, “adormezca” la parte sensitiva (1S 15, 2; 1N decl 2), que se “acomode” al espíritu (1N 8, 1; 2N 2, 1). Al final del proceso dice: “ya está la parte sensitiva e inferior reformada y purificada, y... conformada con la parte superior” (C 40, 1). De lo que se trata es de  “aunar con el espíritu el sentido” (2N 3, 2), “cebar y habituar” el sentido “a las cosas del espíritu... con fortaleza y constancia” (Ll 3, 32), lograr la “tranquilidad y adormecimiento o aniquilación del sentido” (Ll 3, 55) “acerca de las operaciones y afecciones naturales” (Ll 3, 47). Escribirá que están “acabadas ya y sujetas sus rebeldías [de la parte sensitiva]” (C 40, 1). “Aniquilar” “de todo lo que no era amor”, “de todo lo viejo” (C 26, 17), “perderse y aniquilarse a sí mismo” (2N 18, 4). La contemplación infusa “aniquila en él [el espíritu] todo lo que a ella es contrario” (2N 7, 6)..

Las formulaciones del santo que acabamos de citar, negativas en su significado inmediato, fuertes fonéticamente, inteligibles perfectamente para quien desee leerlas tal y como las escribió su autor, aparecen todavía más espléndidamente luminosas, ricas de contenido, cuando nos situamos en el estadio final del proceso, en la cima del Monte Carmelo, en la realización plena, siempre imperfecta, incumplida de la persona. Si no se tiene en cuenta esto jamás se podrá dialogar convenientemente con Juan de la Cruz. Por eso, aunque sea también con un breve apunte, tenemos que terminar nuestro estudio asomándonos a cuanto el doctor místico nos dice del resultado del camino de la unión, que es noche oscura, en el que se va gestando, creciendo, afirmando el hombre nuevo. Llegaremos a la conclusión que si este hombre nace de esta noche, bien vale la pena sumergirse en ella, “sepulcro de oscura muerte... para la espiritual resurrección que espera” (2N 6, 1). Refiriéndose al tiempo que precede inmediatamente a esta purificación definitiva, purificación de la “raíz”, como dice el santo, escribe: “Estando ya, pues, estos espirituales ya aprovechados, por el tiempo que han pasado cebando los sentidos con dulces comunicaciones, para que así atraída y saboreada del espiritual gusto la parte sensitiva, que del espíritu le manaba, se aunase y acomodase en uno con el espíritu, comiendo cada uno a su manera de un mismo manjar espiritual en un mismo plato de un solo supuesto y sujeto, para que así ellos de alguna manera, juntos y conformes en uno, juntos estén dispuestos para sufrir la áspera y dura purgación del espíritu que espera” (2N 3, 1). ¡Qué claridad! “Sentido y espíritu” comerán de un mismo manjar, no se niega al primero, se le “espiritualiza” y afina al máximo para que pueda disfrutar al máximo de “un mismo manjar espiritual”. Está en juego la persona en la máxima integración de su ser. Al menos, Juan de la Cruz tiene una aguda conciencia de esto. “¿Hombre sensual?”, “¿Hombre espiritual?”. Es la cuestión fundamental ante la que se encuentra la persona. Juan de la Cruz emplaza a sus lectores a tomar posiciones o, al menos, a que sepan lo que está en juego [22] .

3.  No desechando nada del hombre ...”

Juan de la Cruz nos ha ido dejando a lo largo del camino no pocos signos de la dimensión positiva de la purificación o recreación del yo. Signos anunciadores de que la purificación es una “gracia” de liberación de todo lo que impide ser persona. Y esto  aparece radiante al final del proceso para convencernos de que en el camino en el que nos introduce el doctor místico no se pierde nada “humano”, sino únicamente lo que disminuye y degrada a la persona, cuanto le imposibilita  llegar a ser en plenitud,  -”profundas cavernas del sentido” (Ll 3), “capacidad infinta del alma” (2S 17, 8)-  por la gracia de la redención participada por Cristo y actuada por el Espíritu de filiación.

Desde las primeras páginas de Subida introduce ya la categoría paulina “de hombre viejo”-”hombre nuevo”, diciendo que en el camino de purificación se va “haciendo cesar todo lo que es de hombre viejo, que es la habilidad de ser natural, y vistiéndose de nueva habilidad sobrenatural, según todas sus potencias. De manera que su obrar ya de humano se haya vuelto en divino” [23] .  De “anchura y satisfacción” comienza el santo a hablar introduciendo el discurso sobre la purificación pasiva del espíritu, “redundando de ahí en el sentido... por cuanto  está ya más puro, con más facilidad puede sentir los gustos del espíritu a su modo [24] (2N 1, 2). Y en el corazón de esta misma “noche”, al empezar hablar de las “propiedades dichosas” (2N 10, 10) de la “contemplación penosa” (2N 11, 1), recurre al versículo del salmo 58, 10, “mi fortaleza guardaré para ti” señalando la transformación que se va operando. Y explica: “Donde Dios tiene recogidas todas las fuerzas, potencias y apetitos, así espirituales como sensitivas..., no desechando nada del hombre ni excluyendo nada de este amor [25] . “Toda mi habilidad de alma y cuerpo, memoria, entendimiento y voluntad, sentidos interiores y exteriores y apetitos de la parte sensitiva y espiritual, todo se mueve por amor y en el amor” (C 28, 8. 2).

En la última canción del Cántico dice el santo que “la parte sensitiva” “está ya... en alguna manera espiritualizada”, lo que significa que toda la persona “con sus potencias sensitivas y fuerzas naturales se recogen a participar y gozar en su manera de las grandezas espirituales que Dios está comunicando al alma en lo interior del espíritu” (5), “por cierta redundancia del espíritu reciben sensitivamente recreación” (6).  Deja constancia de este hecho cuando comienza a hablar de “las aprensiones del entendimiento por vía de lo que sobrenaturalmente se representa a los sentidos exteriores” (2S 11, tít). Señala origen, frecuencia y alcance diciendo: “parece que todas las médulas y huesos gozan y florecen y se bañan en deleite; cual suele ser la unción del espíritu, que procede de él a los miembros de las limpias almas. Y este gusto del espíritu es muy ordinario a los espirituales, porque el afecto y devoción del espíritu sensible les procede más o menos a cada cual a su manera” (ib 1). Insiste en Llama sobre la participación íntima de todo el hombre en la comunicación con Dios, con una fuerza expresiva extraordinaria: “goza toda la sustancia sensitiva, todos los miembros y huesos y médulas, no tan remisamente como comúnmente suele acaecer, sino con sentimiento de grande deleite y gloria que se siente hasta los últimos artejos de pies y manos” (2, 22).

Esta es “la fiesta del Espíritu Santo” (Ll 1, 9), que es  quien “ejercita jocunda y festivalmente las artes y juegos del amor” (ib 8), por lo que  “siempre el alma anda interior y exteriormente como de fiesta” (Ll 2, 36), sintiendo como una “nueva primavera en libertad y anchura y alegría de espíritu” (C 39, 8), dando su voz “con nuevo canto de jubilación a Dios” (ib 9). 

No se deja nada del hombre por el camino de la purificación. Se potencia todo lo humano. Y hasta extremos insospechados. También el mundo de los sentidos, que alcanzan el máximo desarrollo de su capacidad de percepción y de disfrute. Y en armonía con “el espíritu”. “Espiritualizar” el sentido, llevándolo hasta la frontera más cercana al “espíritu”, haciéndolo realmente “sentir” lo máximo sin dejar de ser sentido; y participando al máximo  del espíritu, abierto a Dios, a la esencia de las cosas, a su ser más íntimo y de toda la realidad. Los “sentidos” “tocan”, “ven”, disfrutan la esencia y no se quedan en la aduana de la materialidad sola, pura, en la “corteza” del espíritu [26] (2S 17, 5).

APÉNDICE

¿Dónde está el prójimo? ¿Dónde queda la atención al hombre en la experiencia encendida de Dios del “alma incandescente” del cristiano Juan de la Cruz? Por este flanco se has disparado las flechas más incendiarias contra la propuesta cristiana del fraile carmelita, compañero de la “humana”, simpática madre Teresa, que desafió a la iglesia y sociedad de su tiempo con una  apuesta comprometida por lo concreto, por la historia, por los múltiples caminos del servicio por los que fue derramando su vida esta “monja inquieta y andariega”, versión femenina del Quijote “desfacedora” de tantos entuertos en los que estaba implicada la iglesia y la sociedad a la que ella pertenecía. ¡Y, a su lado, a un puñado de años de distancia histórica, compañero desde la primera hora de las inquietudes de reforma, Juan de la Cruz se entrega en su “soledad sonora” al “ejercicio de amor entre la esposa y el Esposo Cristo”! ¡Infinita e insensiblemente distante de la historia que se agolpa y golpea los “umbrales” de la casa rocosa, impenetrable de su mística!

El yo sanado y recreado, preocupación y obsesión de la persona y maestro Juan de la Cruz, se abre en todas las direcciones. Es el mismo y único. No hay un yo que se construye y se afirma en la relación con Dios, y otro que se abandona a su suerte o se construye en la relación con el prójimo, con lo creado. Que sólo se haya detenido en expresar la relación con Dios, no disminuye ni oscurece su enorme, decisiva aportación a la antropología,  -¡sin adjetivaciones!-, que revelan su irrenunciable compromiso por la creación de un yo relacional con sus semejantes, hasta su pleno desarrollo.

No hay silencio ni lagunas  -silencio de vacío, de exclusión-, sino concentración englobante e incluyente en lo que constituye la dignidad, nunca suficientemente puesta de relieve, del ser humano, y que formula el cristiano Juan de la Cruz: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él” [27] . A esto se podría añadir la aguda percepción que tiene Juan de la Cruz de la “atención” de comunión con su vida que Dios nos presta, y que se traduce “en estas grandezas” a que nos llama poderosa, eficazmente (C 39, 7),  en la creación “a su imagen y semejanza para que pudiésemos llegar” a ser por gracia miembros de la comunidad trinitaria (ib 4), en “recibir las propiedades de Dios” (C 24, 4), la propiedad comunicativa intrínseca al amor.

“Dedicada y mancipada al servicio de él [Dios]”, empleando todo en “las cosas que son más de su servicio para hacerlas”, en “lo que más le ha de agradar” a Dios (C 28, 3), ¿puede sostenerse esto con la despreocupación por “las obras externas”, por el servicio al prójimo? Confiesa con violencia de enamorado el místico poeta: “Gocémonos, Amado”. Y comenta el teólogo: “en la comunicación de la dulzura de amor”... también “en la que redunda en el ejercicio de amar efectiva y actualmente, ahora interiormente..., ahora exteriormente haciendo obras pertenecientes al servicio del Amado [28] .

Por lo que se refiere a la relación con el prójimo, Juan de la Cruz ha dejado más que suficientes muestras de sus convicciones hondas y sus “inclinaciones” de larga data. Se ha “detenido” servicialmente, con exquisita generosidad ante el prójimo, y el más desvalido y necesitado. ¿No habrá mucha confesión de una vida y dura crítica de otra en estas dos robustas afirmaciones, flechas encendidas de dos Dichos de luz y amor?: “Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo hasta el calvario y el sepulcro” (176). Y, “quien a su prójimo no ama. a Dios aborrece” (D 178). Para la intimidad de las relaciones con la comunidad más próxima, concretamente en la vida religiosa, le bastó  -¿y para qué más?- expresar así su talante de hombre teologal y hombre constructor de comunidad: “de corazón” procura “siempre humillarte en la  palabra y en la obra, holgándote del bien de los otros como del de ti mismo, y queriendo que los antepongan a ti en todas las cosas”. Y todavía advierte con encarecimiento: “si así no lo  ejercitas, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella” (Caut, 13). “Y si esto no guardas, no sabrás vencer tu sensualidad y sentimientos, ni sabrás haberte bien en el convento con los religiosos” (ib 15). Concluye los Grados de perfección: “Siempre sea amigo más de dar a otros contento que a sí mismo, y así no tendrá envidia ni propiedad acerca del prójimo..., porque se enoja Dios mucho contra los que no anteponen lo que a él place [es decir, contentar al prójimo] al beneplácito de los hombres” (17).

El principio de la identidad e interrelación del amor a Dios y al prójimo lo formuló con claridad meridiana en el corazón de la Subida donde se va alumbrando “el hombre nuevo”: “cuanto más crece este amor [del prójimo], tanto más crece el de Dios, y cuanto más crece el de Dios, tanto más [crece] éste del prójimo”. Y aduce una razón desde la fuente y origen de todo amor: “porque de lo que es en Dios es una misma razón y na misma la causa” (3, 23, 1).

Aunque pocas, a lo largo del camino dejó plantadas piedras miliares indicando su trazado respecto a la relación con el prójimo. Particularmente en los momentos de la intensificación de la “noche” o purificación: la alusión, además cargada de contenido, a las consecuencias que ésta tiene en el campo del amor fraterno, se convierte en un auténtica prueba de cómo la recreación del yo, y en su misma medida, comporta necesariamente, aunque no se explicite en el discurso, una profunda, evangélica reordenación del mapa del amor.

Ya en los primeros compases de la 1N pone de manifiesto que ésta recrea, hace nueva y da hondura a la recreación del yo, que consiste en una relación de amor progresivamente purificado, gratuito y limpio, fundada en la comprensión de la verdad de todo: Dios, la persona, todo lo creado. Hay que recordar lo que ya apunté anteriormente: que la persona purificada, en la medida de su purificación, conoce la verdad y la goza. Puesto que la “noche purificadora”, en la que nos entra Dios para conozcamos la verdad y desde ella podamos reconstruir nuestra persona. Pronto Juan de la Cruz centra el objetivo de la “noche”: “pone en razón todos estos amores” [29]

Y lo nota subrayándolo muy concretamente en el campo de las relaciones con el prójimo.

El engreimiento y la soberbia, la autocomplacencia, alimentada por un superficial conocimiento de sí mismo, causa “desestima del prójimo” (3S 22, 2), “el asco de los pobres..., enemistad a la servidumbre..., según la proporción del apetito” 3S 25, 4), “falta de caridad con los prójimos y pobres” (ib 5) [30] , y hace “aflojar mucho en la caridad para con Dios y el prójimo” (3S 28, 9).Termina  juzgando   “a los demás por malos e imperfectos, comparativamente, pareciéndole que no hacen ni obran tan bien como él” [31] .

Por el contrario, la purificación, es decir, en primer lugar, el avance en el camino de la verdad personal, “da lugar a la humildad para sí mismo y a la caridad general  -que no excluye a nadie-  con los prójimos, amándolos a todos racional y espiritualmente, como Dios quiere que sean amados” (3S 21, 1). Es decir, se ama por lo que la razón y la fe nos descubre amable en los demás, y no movidos  por la pasión, el “gusto”, la “sensualidad”, sector primeramente impactado en la relación con el otro, y que nunca debe convertirse en causa de un comportamiento “humano”, libre y responsable cimentado en la verdad.

En la 1N ha dejado un testimonio tan generoso en la apreciación como corto en la palabra del cambio radical que comienza a operarse en el campo del amor al prójimo. Hay que agradecerla ambas cosas. Y tomar buena nota de lo que significa para este maestro espiritual la ordenación racional y evangélica del campo del amor, en su doble, indisociable dimensión, sostenida y alimentada en la misma raíz de la verdad, hallada y apasionadamente amada, sin dejarse llevar por los constantes y bruscos vaivenes de la “sensualidad”, del “gusto” o “apetito”. “El