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Esperanza y buen humor Carmen María Imbert
Los
filósofos lo definen como propio del ser humano; los santos lo practican,
los médicos lo recomiendan, a Dios le encanta y el diablo lo detesta. El
sentido del humor, que va más allá de la carcajada, es una condición de
vida, sin él, el hombre no puede enfrentarse al sufrimiento, al dolor, ni
relacionarse con el prójimo, con Dios, consigo mismo. Es una condición
de todo hombre y, con mayor razón, del católico, más en este tiempo de
Pascua. ¿De qué nos reímos? ¿Por qué y para qué? ¿De qué se ríe
Dios? ¿Se puede uno reír con Dios?
Se
está deshaciendo, por fin, esa mentira de que el católico es un hombre
serio con el que no se puede bromear. Que Dios no se ríe, que el cielo es
aburrido, que no cabe la risa. Y Dios lleva riéndose con nosotros desde
que se le ocurrió crearnos. En una ocasión contaron la siguiente
historieta en la que un hombre se dirigió a Dios: «Dicen que para Ti mil
años son como un minuto»; –«Sí, así es»; –«Entonces, Señor, ¿para
Ti mil dólares son como un dólar?»; –«Sí…, así es»; –«Señor,
seguro que puedes prestarme un dólar, ¿verdad?»; –«Desde luego,
espera un minuto, por favor».
Si
los filósofos han definido al ser humano como un animal racional,
viviente, que habla o, finalmente, como un ser que se ríe, mucho más se
podría decir de aquellos que pretenden la perfección, que buscan la
santidad. Umberto Eco, en su novela El n o m b re de la ro s a , incluye
una discusión entre un benedictino de nombre Jorge y un franciscano,
Guillermo, sobre si era lícito reírse. El benedictino se apoya en la
afirmación de san Juan Crisóstomo, según la cual «Cristo jamás se ha
reído». Para el personaje, «la risa sacude el cuerpo, deforma los
rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono». Guillermo
sostiene que «los monos no ríen; la risa es propia del hombre, es signo
de su racionalidad». Para el primero, la risa es signo de estulticia y
fomenta la duda. Hasta el punto de que, al reír, el necio niega la
existencia de Dios. Para el segundo, la risa puede ser útil para
confundir a los malvados. Y sugiere que Cristo también recurrió al
sentido del humor para confundir a los fariseos y alentar a los suyos.
Menudo
humor el de Jesús, y menuda cara se le debió de poner a Felipe el apóstol
cuando, aquella tarde, a la orilla del mar de Galilea, el Maestro respondió
a la petición: «Despídelos, que no han comido», con un: «Dadles
vosotros de comer». Entonces, ni Felipe ni nadie conocía el desenlace
milagroso de la multiplicación de los panes y peces, ¡vaya broma! Pero
mirando un poco más cerca, con el Papa Juan XXIII cayeron todos los
esquemas de los que aún veían más monos que hombres al reírse. Cuentan
que, después de las primeras sesiones de fotografía, tras ser elegido
Papa, Juan XXIII exclamó: «Mire, Dios nuestro Señor supo ya muy bien,
desde hace setenta y siete años, que yo había de ser Papa. ¿No pudo
haberme hecho más fotogénico?» Los santos llevan una eternidad partiéndose
de risa en el cielo, porque aprendieron a hacerlo ya en la tierra.
¡Qué
bello es reír!
Para
algunos el humor fue la clave de su conversión. En su autobiografía, el
periodista y escritor Gilbert K. Chesterton describe cómo eran los días
en su casa cuando niño, cómo su padre se tomaba la vida con un optimismo
que supo contagiar a sus hijos, y cómo, más tarde, esta actitud fue la
que le abrió las puertas del catolicismo: «Había algo así como una mañana
eterna en aquel estado de ánimo». Utilizaría ese mismo sentido del
humor para ser crítico con su sociedad, que comenzaba a dar la espalda a
la familia: «En todas las épocas y pueblos, el control normal y real de
la natalidad se llama control de uno mismo». Se trataba de un intelectual
capaz de introducir el humor en los temas más serios. Quiso introducir
una forma nueva dentro del periodismo con su periódico GK’s Weekly: «Me
gustaría que el lector cogiera este periódico para divertirse y se
encontrara envuelto en una discusión. Me gustaría que lo leyese sólo
por las discusiones y tropezase de pronto con un chiste... Nunca comprendí
por qué no se puede ser a la vez popular y serio, es decir, popular y
sincero al mismo tiempo ». El mismo Chesterton elogió, después de su
conversión al catolicismo, a san Francisco, precisamente por su carácter
alegre: «Fue asceta, pero no sombrío. A su humanismo añadía su buen
humor de seguir siempre su camino con una excentricidad que consistía en
volverse de continuo hacia dentro».
El
homo ridens es aquél lo suficientemente maduro, aquel que se
siente libre, que es bueno y disfruta con la bondad, la belleza, la
verdad. No es fácil mantener un estado afectivo de buena disposición que
se mantenga en el tiempo, independientemente de los acontecimientos; pero,
cuando esto se consigue, se puede decir que se es una persona con sentido
del humor. Los médicos afirman que es muy saludable el reírse. El
sentido del humor, con su capacidad de reducir la ansiedad y la tensión,
puede ayudar a prevenir o curar algunas enfermedades. El humor es
utilizado como terapia. Desdramatiza situaciones y conductas negativas,
que llevan a la persona a dejar la droga o el alcohol. Los médicos
describen que el buen humor hace que nuestro metabolismo se active de
forma saludable. El doctor Robert Burton afirma que «el humor purga la
sangre haciendo que el cuerpo rejuvenezca, adquiera viveza y se encuentre
listo para cualquier empresa». 20 minutos de risa equivalen a 3 minutos
remando, o a cualquier ejercicio de aeróbic, con la diferencia de que no
se necesita indumentaria especial, sale más barato y se puede hacer en
cualquier lugar y momento. En definitiva, reír y tomarse las cosas con
humor, es bueno para la salud.
Gente
con gracia
Quizá
las personas que han desarrollado más el sentido del humor han sido
aquellas que se han tomado en serio aquello de reírse de uno mismo. Y éstos
han sido los santos. Ya lo dejó clarito santa Teresa: «Un santo triste
es un triste santo», y bien que lo practicó. En su última fundación,
cerca ya de Alba de Tormes, a la santa se le atascó la carreta entre los
lodos del camino. Cansada por el camino y los años, tuvo un pensamiento
de reproche hacia el Señor, a lo que Él contestó: «Teresa, hija mía,
no te quejes, así trato yo a mis amigos más queridos». A lo que rápidamente
ironizó la Santa: «Así tiene tantos vuestra Divina Majestad...»
Pocos
son los que aguantan las bromas de la vida, porque pocos son los que saben
tomarse a broma lo caduco y en serio lo trascendente. Un consejo para
conseguirlo puede ser el del jesuita Tomás Morales: «Ríete de todos, y
primero de ti mismo. No te hagas caso. Tómate el pelo y serás feliz».
Otro santo, san Felipe Neri, tenía por costumbre llevar siempre consigo
un libro de chistes que le ayudaban a relativizar y distraerse. «Lo cómico
–comenta P. Berger – transciende la realidad de la existencia
cotidiana ordinaria y postula otra realidad distinta. Corresponde a una
transcendencia en clave menor, que apunta al otro mundo de la experiencia
religiosa». Se podría decir, con otras palabras, que es el humor lo que
nos hace entender a Dios, el sentido de una vida que no se acaba aquí y,
en definitiva, a nosotros mismos.
Santo
Tomás Moro oraba de la siguiente manera a Dios: «Señor, dame una buena
digestión y, naturalmente, algo que digerir. Dame la salud del cuerpo y
el buen humor necesario para mantenerla». Y José Luis Martín Descalzo,
así: «Dame un alma sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que
es bueno y puro, de modo que, ante el pecado, no me escandalice, sino que
sepa encontrar el modo de remediarlo. Dame un alma que no conozca el
aburrimiento, los ronroneos, los suspiros ni los lamentos. Y no permitas
que tome demasiado en serio esa cosa entrometida que se llama el yo. Dame,
Señor, el sentido del humor. Dame el saber reír de un chiste para que
sepa sacar un poco de alegría a la vida y pueda compartirla con los demás».
De
qué nos reímos
Cuando
se es pequeño, y más si se tiene la suerte de tener muchos hermanos, se
suele tomar a uno de los más pequeños como diana de gracias. Todo lo
irrisorio recae sobre ellos, las bromas ligeras y pesadas. En una ocasión
–las mejores ocasiones eran las comidas–, se había descargado un
aluvión impresionante de bromas sobre el pequeño, de tal forma que se le
había hecho llorar. Salió en defensa el padre de familia: «Os voy a
contar una historia. Existía un planeta en el que sus habitantes carecían
de sentido del humor. Los grandes mandatarios de su Gobierno mandaron
varias naves extraterrestres para buscar un lugar donde supieran reír y
aprender. Así llegó una de ellas a la Tierra, en concreto a nuestra
casa, y observaron con satisfacción que los terrícolas sabían reírse.
Al cabo de poco tiempo, regresaron a su planeta cabizbajos. En el informe
intergaláctico escribieron: En la tierra se ríen, pero no merece la
pena aprender, porque sólo saben hacerlo unos de otros».
El
sentido del humor, si es sano, nunca hiere, siempre hace crecer. En un
congreso sobre la pedagogía y el humor, celebrado el pasado mes de
febrero en Alcalá de Henares (Madrid), el dibujante Máximo, a quien le
gusta hacer hablar a Dios en sus viñetas, definía su trabajo así: «Mi
humor no es para distender, sino para tensar; hay que entenderlo en
profundidad, mucho más, a veces, que lo que realmente la viñeta indica».
Yendo un poco más lejos, José Luis Cortés, autor del libro El Señor de
los Amigos, exclama: «¡Por el humor de Dios…! El humor es todo aquello
que desahoga tensiones. El humor cristiano tiende a favorecer el proceso
de cristianización». Para otros humoristas españoles especializados en
humor religioso, como es el caso de Bernardino Hernando, «el humor es la
forma más seria de enfocar las cosas. En una sociedad cerrada, segura de
sí misma, ni se provoca ni se resiste el humor. Sólo en los humildes
reside el humor. Así, el individuo religioso es el mejor dotado para
descubrir lo cómico, porque conoce sus limitaciones, cómo es él y cómo
son los demás. Destacan los santos, para quienes el humor fue la forma más
noble de la sutileza, y desde ella supieron criticar ciertas formas y
costumbres eclesiales de su tiempo no muy acordes con el Evangelio».
Necesidad
de reír
El
ser humano necesita reír, por salud física y espiritual. El humor sano
enseña a vivir, porque endurece a la persona para sufrir, y el dolor,
como escribió Pemán, «ayuda, con sus manos, las empresas duraderas, del
vivir fecundo y sano; él sabe aventar del grano la suciedad de las eras».
«Dame
un hombre que canta mientras trabaja –apunta Carlyle–. Seguro que
trabajará más, que trabajará mejor, que trabajará durante más tiempo».
El hombre de h o y, inmerso en un ir y venir, en la prisa, en la soledad
dentro de la multitud, puede caer fácilmente en la trágica muerte de su
sentido del humor, que es signo de la falta de esperanza. Al cristiano,
quizá le ocurra lo mismo en su relación con Dios y con el prójimo. La
falta de humor –en definitiva, la falta de esperanza– le hace caer en
el pesimismo, en la queja. Relativizar sería la necesaria bocanada de
aire saludable que mantendría viva la fe: colocarse en la perspectiva de
Dios; total, ¿qué es nuestro tiempo en relación con la eternidad?: como
una ecuación matemática: cero partido por infinito, cuyo resultado es
cero. «La vida es una tragedia –asegura Charles Chaplin– si se
contempla de cerca; pero una comedia, si se ve desde un plano general de
conjunto».
El
sentido del humor puede salvarnos el juicio en los momentos de mayor
dificultad. Cuenta el teólogo Helmut Thielicke un episodio que vivió
personalmente, al final de la segunda guerra mundial. Cuando predicaba en
una iglesia de un pueblo cercano a Stuttgart, se produjo un ataque aéreo,
con un aterrador fragor de aviones de combate, fuego de artillería y cañonazos
antiaéreos. Thielicke gritó desde el púlpito: «¡Todos al suelo!
Cantemos Jesús es mi alegría» (un himno alemán muy conocido: Jesu,
meine Freude). El organista y la congregación obedecieron. Thielicke no
podía ver a sus fieles desde el púlpito mientras cantaban, ya que seguían
agazapados debajo de los bancos. Apesar del horrible estrépito y del
enorme peligro, encontró Thielicke la situación tan divertida que se echó
a reír a carcajadas. Más tarde, al acordarse de la escena, pensó que
esa risa fue del agrado de Dios.
El
que disfrutó de buen humor durante su vida, apenas sufrirá su propia
muerte. Como le ocurrió al santo de la parrilla, a san Lorenzo. Cuando le
martirizaban asándolo a fuego lento para que abjurase de su fe, todavía
sacó fuerzas y valor para advertir a sus verdugos: «Por favor, denme la
vuelta, que por este lado ya estoy hecho». Necesitamos reírnos, además,
como defensa de las tentaciones del demonio. Si Judas no se hubiese sumido
en la tristeza, si la hubiese sacado fuera, probablemente no se habría
ahorcado. El sentido del humor que hace que relativicemos lo relativo, y
entendamos mejor el calado de lo verdaderamente importante, hace huir al
enemigo de cualquier cristiano, al diablo. Porque una cosa es cierta, el
demonio no tiene sentido del humor, su orgullo y vanidad se lo impiden. El
cristiano no tiene ninguna razón para estar triste: «Vosotros estaréis
tristes –nos dijo Jesús–, pero vuestra tristeza se transformará en
gozo», porque del llanto de la Pasión pasamos a la alegría pascual, y
nos insistirá machaconamente san Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor;
os lo repito: estad siempre alegres. El Señor está cerca».
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