|
EL
MISTERIO DE LA ALIANZA DIVINA
Fr.
José Carlos Gimeno ocd |
INTRODUCCION
1.- Alianza e historia de
salvación 2.- Algunos aspectos de interés 3.- Una última consideración CAPITULO I: LA ALIANZA DE DIOS CON ABRAHAM
1.- La alianza con Abraham es
una promesa
2.- La promesa a Abraham en la
historia de la salvación
2.1.- Promesa irreversible, cumplida en Cristo
2.2.- Un misterio de gracia divina
Conclusión
CAPITULO II: LA ALIANZA SINAITICA
1.- La alianza del Sinaí en el
texto bíblico.
2.- Estructura ideológica de la
alianza del Sinaí
2.1.- Prólogo histórico
a)
Etica de respuesta.
b)
Peligro de deformación religiosa
1.- "Historización"
y "humanización" de Yahveh
2.-
Nacionalización de Yahveh
2.2.- Las cláusulas de la alianza
a)
Observar la ley es introducirse activamente en una economía divina y
positiva de salvación
b)
Orgullo legal
2.3.- La sanción divina: bendición y maldición
a)
Israel, cooperador de Dios
b)
Alianza frágil, insuficiente, transitoria
·
Alianza frágil.
·
Alianza insuficiente.
·
Alianza transitoria.
Conclusión
CAPITULO III: LA NUEVA ALIANZA EN LA PREDICACION
PROFETICA
1.- La ley en el corazón: Jer.
31, 31-34
1.1.- Una alianza nueva: v. 31
1.2.- Una alianza distinta: v. 32
1.3.- La ley en los corazones: v. 33
a)
Referencia a los hechos del Sinaí
b)
En lo íntimo del corazón
c)
La luz de la experiencia
d)
Ley interna y ley externa
1.4.- Conocimiento universal de Dios: v. 34
1.5.- Perdón de los pecados: v. 34
Conclusión
2.- El don del Espíritu: Ez.
36, 25-28
2.1.- Purificación interior: v. 25
2.2.- Un corazón nuevo: v. 26
2.3.- El don del Espíritu
El
don del espíritu de Yahveh
Seguir
la ley.
Conclusión
CAPITULO IV: LA NUEVA ALIANZA
1.- La nueva alianza, régimen
del Espíritu
1.1.- Economía exterior - economía interior: vv. 1-3.
1.2.- Régimen de la "letra" - régimen del Espíritu:
vv. 4-6.
1.2.1.-
De la "letra" al "Espíritu"
1.2.2.-
La letra mata, el Espíritu vivifica
a) La letra mata
b) El Espíritu
vivifica
1.3.- Régimen transitorio - régimen duradero: vv. 7-11
Conclusión
2.- El sacrificio de la nueva
alianza
2.1.- La sangre de la alianza en el contexto eucarístico
2.1.1.-
Marcos - Mateo: "Esta es mi sangre de la alianza"
2.1.2.-
Pablo - Lucas: "...la nueva alianza en mi sangre"
2.2.- Mediador de una alianza mejor
2.2.1.-
Purificación interior y acceso al santuario celeste
2.2.2.-
Alianza perfecta y definitiva
Conclusión
3.- Nueva
alianza, libertad en la caridad
3.1.- De la servidumbre al servicio
3.1.1.-
La justicia de la ley cumplida en nosotros
3.1.2.-
La ley confirmada y revalorizada
3.1.3.-
Servicio en la obediencia
3.2.- Servicio en el amor
3.2.1.-
Espontaneidad en el amor
3.2.2.-
La caridad, cumplimiento de la ley
3.2.3.-
La caridad, ley de la nueva alianza
Conclusión
CONCLUSION FINAL
|
|
EL
MISTERIO DE LA ALIANZA DIVINA Fr. José Carlos Gimeno ocd INTRODUCCION
Uno de los
mayores beneficios que la teología bíblica ofrece al pensamiento
cristiano es el de darle una visión histórico-dinámica del misterio
salvífico. La salvación que Dios nos ofrece la encontramos relatada
como lo puede ser una historia que se desarrolla en el tiempo, se
trata de la historia de la salvación. Esta historia de la salvación
se puede definir como la historia de la relación especial y
sobrenatural, íntima y transformadora, que Dios quiso instituir entre
sí y la humanidad. Esta relación, en términos bíblicos, se llama
ALIANZA. 1.-
Alianza e historia de salvación
De manera
particular, el tema de la alianza define un aspecto fundamental en el
interior de la realidad global de la historia de la salvación, la
alianza es la historia:
Ø
De la liberación del género humano
de la esclavitud del pecado y de su introducción en el reino de Dios:
aspecto redentor.
Ø
De Jesús, Mesías prometido y
esperado: aspecto mesiánico o cristológico.
Ø
De la actividad divina actuada en el
tiempo por la potencia del Espíritu Santo, el cual realiza el
misterio de la voluntad salvífica de Dios: aspecto pneumatológico.
Ø
Del pueblo de Dios, objeto y heredero
de las promesas divinas y constituido cuerpo místico de Cristo:
aspecto eclesial.
Ø
De la relación instituida por Dios
entre El y la humanidad: aspecto de alianza. De esta breve
exposición ya podemos sacar una primera idea de la función central
del tema que nos ocupa en el seno de la revelación bíblica. Por una
parte, los aspectos enumerados antes expresan todos la relación
especial que Dios ha querido instituir con la humanidad y que la
Escritura define con el término "alianza". Por otra, esta
misma relación de alianza funda y constituye el misterio del llamado
"Pueblo de Dios" como humanidad redimida por Cristo Jesús y
vivificada por el Espíritu. 2.-
Algunos aspectos de interés
El tema bíblico
de la alianza revela su importancia a la luz de los siguientes
aspectos:
Ø
La muerte redentora de Cristo aparece
en la carta a los Hebreos (cc. 8 - 10) como el sacrificio perfecto de
una nueva alianza. En este sentido recordamos también las palabras de
la institución de la Eucaristía (Mc. 14, 24; Mt. 26, 28; 1Cor. 11,
25; Lc. 22, 20). Con la sangre de Cristo se ha inaugurado un nuevo
régimen de relación entre Dios y el hombre que la Sagrada Escritura
define en clave de "alianza".
Ø
La resurrección de Cristo (Rom. 4,
25; 1Cor. 15, 17) es el acto salvífico por excelencia y se realiza en
los hombres mediante el don vivificante del Espíritu Santo (Rom. 8,
11). La revelación bíblica considera el don del Espíritu como la
nota esencial y distintiva del régimen de la "nueva
alianza" (2Cor. 3, 6; Ez. 36, 27).
Ø
La teología de la gracia encuentra su
expresión característica en la teología bíblica de la
"alianza". De hecho, el proceso histórico que llevó al
pueblo de Dios de la alianza sinaítica a la alianza de Cristo es
concebido y presentado por los autores del Nuevo Testamento como un
paso del régimen de la ley al régimen más liberador y perfecto de
la gracia. (Jn.
1, 17; Rom. 6, 14; 7, 6; 2Cor. 3,
6.
Ø
La nociones de "alianza" y
de "Pueblo de Dios" son correlativas dado que el Pueblo de
Dios es la parte de la humanidad que vive en relación de alianza con
Dios. La antigua alianza creó el antiguo Pueblo de Dios y la nueva
alianza crea en Cristo el nuevo Pueblo de Dios, esto es, la Iglesia.
Así, siguiendo el hilo conductor de la alianza nos encontramos con el
misterio progresivo de la descendencia de Abraham constituida
propiedad particular del Señor (Ex. 19, 6) y elevada a la categoría
de hijos de Dios y hermanos de Cristo (Gal. 3).
Ø
Finalmente, el tema bíblico de la
alianza se presenta particularmente fecundo en el campo de la
espiritualidad. La vida espiritual debe reflexionar la realidad de la
economía evangélica realizada en Cristo Jesús, esto es, la
relación con Dios que la Sagrada Escritura llama "alianza".
Este misterio comporta una dimensión colectiva, comunitaria, aspecto
subrayado por los textos bíblicos. Sin embargo, la realización
concreta de esta alianza se da en la religiosidad del individuo, a
nivel personal. 3.-
Una última consideración
La Sagrada
Escritura presenta contextos numerosos y variados en los que se nos
dice que Dios hizo alianza con su pueblo: Gen. 9, 8-17; Nm. 18, 19;
25, 12-13; Dt. 33, 9; 2Sam. 23, 5. Cada una de estas alianzas marca un
momento particular en el desarrollo de la relación salvífica de Dios
con su pueblo y que llegó a su momento culminante en el misterio de
Cristo. Estas alianzas, aun teniendo un mensaje significativo y
profundo, no pueden calificarse de fundamentales en el contexto
general de la historia de la salvación. Mencionadas estas
alianzas, quedan otras tres que son indispensables para tener una
visión adecuada del misterio dinámico de la misericordia divina que
llamamos "historia de salvación": La alianza con Abraham,
la alianza sinaítica y la nueva alianza anunciada por los profetas y
realizada en Cristo. En ellas encontramos los tres momentos basilares
por los que pasó el misterio de nuestra salvación y su camino hacia
su plenitud. Su sucesión temporal y su recíproca relación
teológica permiten seguir el proyecto salvífico de Dios en su
progreso hacia la plenitud. CAPITULO
I: LA ALIANZA DE DIOS CON ABRAHAM
Entre las figuras
que encontramos en el Antiguo Testamento, la de Abraham es quizá la
más espiritual y la más cercana al canon de la perfección
cristiana. Abraham es un hombre de fe sencilla y obediencia heroica
(Gen. 12, 1-9; 15, 6; 18, 22-23; 22, 1-14). Su experiencia es ejemplar
tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Los autores del
Génesis han visto realizarse en él, de forma anticipada, la fe de
todo el pueblo de Israel. Pablo lo presentará como el tipo bíblico
de los que creen en Cristo (Rom. 4; Gal. 3 - 4), de los que no
confían en sí mismos y siguen el camino del realismo religioso y de
la humildad evangélica apoyándose sólo en la gracia y en la
misericordia de Dios. Pero la dignidad particular de Abraham depende
de la función que se le encomendó en la historia de la salvación.
Ambos aspectos son inseparables. La vocación de Abraham coincide con
la vocación del pueblo de Israel, lo cual es un concepto basilar en
la teología bíblica que ya aparece en el libro del Génesis y que
Pablo desarrollará en sus cartas. Israel es el
pueblo elegido de Dios, el depositario de las promesas mesiánicas, el
mediador de la bendición universal (Rom. 9, 3-5; Ef. 1, 11-12). La
elección divina que fundamenta el misterio del pueblo de Israel se
remonta a los orígenes del pueblo que coinciden con la experiencia
religiosa de Abraham. Abraham aparece
en la revelación bíblica como el padre del pueblo elegido; se trata
de una persona cuya vocación tiene una dimensión colectiva,
universal (Gen. 12, 3; Gal. 3, 6-9. 14; Gen. 17, 4. 6; Rom. 4, 16-17).
Dios le llamó con una finalidad precisa, esto es, hacer de él el
primer depositario de las promesas salvíficas e iniciar en su persona
el cumplimiento salvífico de su promesa. Las promesas hechas a
Abraham contenían todos los bienes que debían constituir la trama
progresiva y dinámica de toda la historia de la salvación. Este es Abraham
visto con los ojos de la fe hebrea y cristiana: ejemplo de piedad
religiosa, siempre válido para la edificación del hombre espiritual;
padre del pueblo de las promesas, en cuya persona Dios quiso iniciar
el misterio de su salvación respondiendo al hecho universal del mal
con la garantía misericordiosa de una bendición igualmente
universal. Respecto a la
idea que podían tener los fieles y los escritores del Antiguo
Testamento, está claro que el pueblo cristiano podía entender mejor
la importancia de Abraham en la historia de la salvación. Sin
embargo, el pueblo hebreo no ignoraba esta realidad. Una lectura de
los primeros libros de la Sagrada Escritura revela ya una tensión
característica entre "promesa" y "cumplimiento",
tensión que determina el desarrollo de la historia de la salvación.
Es obvio que la promesa se encuentra conectada con la persona y la
vocación de Abraham. Según la Sagrada Escritura a Abraham se le
dieron las promesas en virtud de una alianza divina: Gen. 15, 7-12.
17-18 (J); 17, 1-14 (P). El estudio de las
perícopas citadas, nacidas en contextos y en momentos diversos pone
de manifiesto que la cuestión de la alianza de Dios con Abraham fuese
susceptible de diversas modificaciones y desarrollos tanto en su
expresión formal como conceptual aunque su sustancia y originalidad
fundamental permanezcan invariables. Se trata de un tema que ilumina
desde dentro el más específico y perenne del misterio del pueblo de
Israel. Por eso, es perfectamente adaptable a las exigencias de un
pensamiento en continua evolución y capaz de encontrar en la
revelación divina la respuesta a los interrogantes que suscita la
existencia histórica. No es difícil captar el mensaje esencial que
la tradición bíblica, a lo largo de una evolución que la llevó a
la formulación neotestamentaria, supo extraer de una reflexión cada
vez más iluminada de dicha alianza. 1.-
La alianza con Abraham es una promesa
El testimonio
conjunto de las dos perícopas mencionadas indica que la alianza que
Dios hizo con Abraham fue considerada por Israel como una iniciativa
en la que Yahveh quiso establecer entre sí y Abraham y su
descendencia una relación particular fundamentada en la realidad
operante de una palabra creadora: Gn. 15, 18; 17, 4. 7-8. La noción de
"promesa" define la originalidad del acontecimiento, como lo
específico del misterio continuado que no se agota en la historia.
Todo se concreta en la realidad de una iniciativa en la que Dios
compromete su palabra para crearse en el tiempo y en el espacio un
pueblo y concederle unos bienes determinados. Por eso, el término
"tyrb" (alianza), no nos debe inducir a engaño. En este
caso sufre una modificación que responde a la originalidad del
misterio. ¿Cómo explicar su uso?: Algunos piensan
que la tradición hebrea ha introducido en la historia y en la
teología patriarcal categorías y conceptos que originariamente
pertenecerían a un contexto exclusivamente sinaítico. Uno de ellos
sería el término "tyrb". Esto es posible, aunque
difícilmente demostrable. De forma más profunda, la promesa divina
fue concedida en forma de alianza por el hecho de que ha creado una
relación nueva entre las dos partes interesadas: Yahveh, por una
parte, y Abraham y su descendencia, por otra. En este sentido se puede
hablar de "acuerdo", de confluencia de voluntades hacia un
mismo fin; pero está claro que se trata de un acuerdo
particularísimo: la iniciativa es exclusiva de Yahveh, mientras que
la parte humana es llamada sólo a ser receptiva, a responder con el
abandono total a la verdad de dicha iniciativa. Israel estaba
convencido de que el término "alianza" era insuficiente
para expresar la realidad total del misterio. En primer lugar,
lo demuestra la violencia de la tradición "J" el rito de
contrato presentado en Gen. 15, 7ss., donde se ha recurrido al sueño
sobrenatural de Abraham y al símbolo teofánico del humo y del fuego
para resaltar una novedad extraña al contexto propio de las alianzas
humanas. Lo prueba,
después, el hecho de que la tradición "P" en Gen. 17, 1-14
reduce todo el acontecimiento a la palabra de Dios, excluyendo
rigurosamente cualquier referencia a un rito de alianza y evitando
utilizar la fórmula tradicional: "cortar una alianza". Lo demuestran,
además, los numerosos textos bíblicos en los que la relación
instituida por Dios con el Patriarca y con su descendencia está
explícitamente definida con los términos "juramento" y
"promesa" (Gen. 24, 7; 26, 3; 50, 24; Ex. 6, 8; 13, 5; Sal.
105, 8-11; 1Cr. 16, 15-19; Lc. 1, 55. 72-73. Desde el punto de
vista teológico, recordemos que Pablo, en la visión que tuvo de la
historia de la salvación, habla solamente de promesa divina en
relación con Abraham y tal promesa, él la llama
"testamento" (Gal. 3, 15) para expresar su carácter
incondicional y distinguirla de cualquier tipo de alianza bilateral. 2.-
La promesa a Abraham en la historia de la salvación
La alianza de
Dios con Abraham y su descendencia destinada a ser, de generación en
generación, objeto de la misericordia divina, siempre ha tenido en la
teología bíblica el carácter de un auténtico inicio dinámico de
la historia de la salvación. A esta promesa se le reconoce una doble
cualidad esencial:
Ø
Se trata de una iniciativa
misericordiosa, querida por Dios como favor absoluto, como gracia
incondicional, libre de cualquier lógica de tipo contractual y
retributiva, no está previsto que el hombre pueda condicionar, de
alguna manera, el funcionamiento o la actualización de la promesa.
Ø
La teología bíblica ha concebido
siempre esta promesa como alianza irreversible, intrínsecamente
perenne. Su desarrollo progresivo en la historia, separado de una
voluntad voluble como es la del hombre, lleva consigo el dinamismo de
la fidelidad del que la ha iniciado. Es tan permanente como lo es el
compromiso del Dios fiel. De forma estable e inmutable, el Señor
será el Dios de Abraham y de su descendencia. De forma infalible las
promesas que Dios ha hecho a Abraham se cumplirán en el desarrollo de
la historia. Estas notas
características de la promesa a Abraham han dado al misterio
salvífico una impronta inconfundible y una lógica interior que
explican su dinámica progresiva y su desarrollo histórico. Fue Pablo
el que sistematizó esta lógica y reveló su significado
providencial. Se sabe que Pablo fundamentaba su predicación sobre la
sólida base de la revelación antigua. La armonía de los dos
Testamentos y la unidad de la historia de la salvación era el
criterio que utilizaba para demostrar la autenticidad de su doctrina.
El había recibido la sustancia del evangelio que anunciaba por
revelación divina (Gal. 1, 12); pero en su predicación, lo
presentaba como el culmen de la historia de la salvación, la plenitud
de cuanto Dios había iniciado en el Antiguo Testamento. Cuando
recorría el pasado para explicar el misterio de Cristo Salvador, se
dirigía preferentemente al contexto inicial de la promesa hecha a
Abraham. 2.1.-
Promesa irreversible, cumplida en Cristo
Promesa inicial,
la alianza de Dios con Abraham contiene, de alguna manera, el misterio
sucesivo de la descendencia. Se trata de una alianza irreversible y
sin defecto. Se realizó ya en el Antiguo Testamento y se cumplió
plenamente en la economía evangélica. San Pablo sigue
al respecto un camino común a los autores de los libros del Nuevo
Testamento: los bienes que contenía la promesa que Dios hizo a
Abraham, más allá del sentido inmediato y literal del texto
bíblico, se refieren , en ultima instancia, a la persona y a la obra
salvífica de Cristo. Este es el sentido pleno de esta promesa, aunque
este sentido, obviamente, permaneció oculto tanto a Abraham como al
pueblo de Israel, pero ya estaba presente en la palabra-promesa
dirigida al Patriarca. Así, en el proyecto misterioso de Dios:
Ø
La descendencia prometida a Abraham
debía confluir en la persona de Cristo (Gal. 3, 16; Jn. 8, 56) y, a
través de Cristo, realizarse plenamente en el pueblo de los que
nacerían a su imagen (Gal. 3, 29).
Ø
La promesa de la bendición universal
(Gn. 12, 3) anunciaba la gracia evangélica ofrecida a todos, judíos
y paganos (Gal. 3, 6-9. 14; Act. 3, 25-26).
Ø
La promesa de convertir a Abraham en
padre de una multitud de pueblos (Gn. 17, 4) debía cumplirse en la
gran novedad que suponía el ingreso de los paganos, junto a los
judíos, en la economía evangélica (Rom. 4, 16-17).
Ø
La tierra prometida (Gn. 15, 18) es
una figura profética que anuncia una patria mejor, celeste,
construida por Dios (Hb. 11, 9-10. 16). Esto no significa
que el contenido material de esta promesa no tuviese valor. Los bienes
prometidos a Abraham se realizaron, los seis primeros libros de la
Sagrada Escritura dan testimonio de este hecho. Pero esta primera
realización, que constituye la trama histórica del Antiguo
Testamento, era la preparación para un cumplimiento superior, de
carácter espiritual y alcance universal: el de Cristo y su
salvación. Dios era libre de encerrar en su promesa un significado
ulterior, incomprensible y desconocido para los que la recibieron de
forma inmediata. A los Patriarcas les bastaba con acoger con fe la
palabra que les fue dirigida para adherirse al proyecto salvífico de
Dios (Hb. 11, 13). Se trata de la
unidad progresiva de la historia de la salvación, desde Abraham hasta
Cristo bajo el signo de binomio "promesa - cumplimiento"; y
en tal binomio, expresión de la dinámica salvífica, hemos de
encontrar la realidad misma de la alianza, perenne e irreversible, que
el Señor estableció con Abraham y su descendencia. Esta teología,
eminentemente bíblica, ve contenida en los bienes prometidos a
Abraham la sustancia de cuanto Dios, misericordioso y fiel, ha querido
conceder a la humanidad a lo largo de la historia de la salvación. 2.2.-
Un misterio de gracia divina
Junto a su
contenido, Pablo se interesó en la lógica operativa de la
"alianza - promesa". Es precisamente éste el aspecto en el
que más insiste en el razonamiento teológico que desarrolla para
conectar el misterio evangélico con sus raíces veterotestamentarias. Pensemos de forma
particular en el tema de la "justificación por la fe", tema
que las cartas dirigidas a los Gálatas y a los Romanos representa un
capítulo basilar del evangelio paulino y un punto doctrinal de
primera importancia en la lucha de Pablo con los judaizantes que
ponían en peligro la verdad más profunda y genuina de la obra
salvífica de Cristo. Este tema, en su
sustancia, es una afirmación teológica de la gratuidad absoluta del
don de vida que Dios ha concedido a los hombres en el contexto del
misterio cristiano. En Cristo, muerto
como víctima de propiciación y resucitado como fuente de vida, Dios
ofrece al pecador el don de la justificación, liberándolo del pecado
y de la muerte e introduciéndolo en un estado de vida nueva, la vida
de Cristo (Rm. 3, 21-26; 4, 25; Gal. 2, 20). Se trata del paso
efectivo de un estado de pecado a un estado de justicia, de una
condición de muerte a una condición de vida. La justificación
divina marca el momento preciso en el que la realidad evangélica
reviste al hombre con los frutos de la redención. Esto es
necesariamente un don gratuito de la misericordia divina dado que la
persona es radicalmente incapaz de merecerla como una recompensa a sus
obras. Por tanto, para conseguirla, el hombre no se puede fundamentar
en la lógica retributiva y bilateral propia de un contrato. El hombre
no tiene ningún derecho frente al Dios que justifica y Dios no tiene
ninguna obligación frente al hombre. Esto significa
que sería injusto pretender ser justificado por Dios en virtud de la
observancia de la ley como querían los judíos y judaizantes
contemporáneos a Pablo. La justificación es una gracia, un favor
absoluto que el hombre sólo la puede conseguir cuando la acoge como
tal, abandonándose a la misericordia y a la fuerza vivificante de
Dios Salvador. Se trata de una actitud coherente caracterizado por la
verdad y al que Pablo llama fe. Esta doctrina,
central y fundamental en la economía evangélica (Gal. 2, 21), la
presenta el mismo Pablo a sus lectores como la manifestación
culminante de una lógica de gracia divina que desde el inicio de la
historia de la salvación con Abraham no ha dejado de dirigir desde
dentro la dinámica de la historia de la salvación (Gal. 3, 18; Rm.
4, 14-16). Se trata de una
teología que define la novedad evangélica como una plenitud de un
misterio iniciado por Dios en la promesa hecha a Abraham, plenitud
actuada según la misma lógica de gratuidad absoluta exigida por la
misma promesa. En el contexto de su alianza con el Patriarca, Dios
prometió los bienes de la redención como favor absoluto, libre de
cualquier reciprocidad de carácter retributivo. Orientación inicial
a la cual Dios permaneció fiel a lo largo de la historia de la
salvación y que encontró en la gracia evangélica la plenitud a la
que tendía. Lo que Dios ha prometido a Abraham incondicionalmente, lo
cumple gratuitamente en Cristo. Es ésta una visión global que
establece la unidad de los dos Testamentos sobre la base de una
lógica operativa uniforme, poniendo todo el designio salvífico
dirigido a Abraham en Cristo, bajo el signo luminoso de la gracia. Conclusión
En Gn. 15, 18
encontramos un momento decisivo en la historia de la revelación. Se
trata del inicio del misterio de amor que en Cristo alcanzó la
plenitud de una gracia de vida ofrecida de forma universal a todo el
que cree. La Sagrada
Escritura concede a la alianza de Dios con Abraham la primacía en el
cuadro complexivo de la historia de la salvación. Tal primacía la
posee por el hecho de que fue establecida por Dios en forma de
promesa, incondicionada e irreversible. En primer lugar,
la promesa que Dios hizo a Abraham y a su descendencia debe cumplirse
en la historia de forma infalible. El evangelio de Jesús Salvador es
la verificación más segura de este cumplimiento. Los bienes que Dios
prometió a Abraham, los ha concedido ya en el Antiguo Testamento. Sin
embargo, más allá de su carácter inmediato, la promesa hecha a
Abraham hay que entenderla en un contexto mucho más amplio,
profético y mesiánico. Se trata del "sentido pleno",
sentido realmente presente en la palabra que acogió Abraham porque
refleja la voluntad misma de Dios en el acto de conceder su promesa.
En lo que se refiere a su objeto preciso, la revelación bíblica lo
indica en la realidad espiritual de la economía evangélica. En el
proyecto divino, Cristo y su obra redentora constituyen el objeto
perfecto de la promesa.. La "alianza - promesa",
irreversible, no podía fallar en su finalidad y su cumplimiento
define el carácter complexivo del misterio salvífico a lo largo de
su desarrollo progresivo en la historia. En segundo lugar,
la revelación bíblica manifiesta en la promesa hecha a Abraham el
inicio de la lógica de la gracia divina, auténtica dinámica
salvífica que saca su energía únicamente de la benevolencia
misericordiosa de Dios. Y esta lógica, primaria y fundamental, dio a
la historia de la salvación una impronta distintiva situándola bajo
el signo unitario de la iniciativa divina, sumamente gratuita, por la
cual se cumple por pura misericordia lo que Dios ha prometido por pura
gracia. Germen inicial y principio efectivo del misterio salvífico,
la alianza-promesa llega a su plenitud en Cristo de la misma forma
como llegó a Abraham, como un favor absoluto al que la persona no
puede aspirar, como gracia divina que el hombre acoge sólo
abandonándose a Dios en fe. El texto que
leemos en Gal. 3, 29 manifiesta la unidad dinámica de la historia de
la salvación bajo el signo de la palabra que, dirigida al Patriarca
en forma de promesa, introdujo para siempre a su descendencia en una
relación de alianza con Dios. CAPITULO
II: LA ALIANZA SINAITICA
Promesa inicial y
profética, dada gratuitamente y cumplida fielmente, cuya lógica
operativa informa la dinámica esencial de la historia de la
salvación, cuyo objeto contiene en el misterio de la voluntad de Dios
la sustancia de los bienes concedidos a la humanidad en Cristo, la
alianza de Dios con Abraham puede parecer, a primera vista, suficiente
para la definición de una etapa preparatoria como es el Antiguo
Testamento cuya realidad es germinal y profética con respecto a la
econmía definitiva de la alianza cristiana. Sin embargo, el proceso
de la historia de la salvación debía seguir una línea menos simple
y directa. Dios quiso concluir otra alianza, intermedia entre la
primera y la última y con una estructura diversa. La tradición
normativa de Israel relata que los hebreos, salidos milagrosamente de
Egipto, residieron durante un largo período en el desierto del Sinaí
antes de que se les permitiese entrar, a través del Jordán, en país
de Canaan, la Tierra Prometida. Peregrinación providencial en la que
el pueblo hebreo experimentó la presencia activa de Dios un
acontecimiento religioso de gran importancia: con la mediación de
Moisés y en el cuadro de una teofanía majestuosa, Yahveh concluyó
una alianza con los hijos de Israel, constituyéndoles su pueblo
particular y revelándoles su voluntad en forma de ley escrita. Este
acontecimiento fue el segundo momento fundamental en la línea
salvífica que debía llevar al pueblo de Israel desde Abraham hasta
la plenitud en Cristo. La relación original entre Yahveh y su pueblo
recibió un enriquecimiento significativo: permaneciendo vigente la
validez la validez de la promesa inicial y la gratuidad del compromiso
divino, una nueva lógica completa el cuadro del misterio, lógica en
la que el acento se pone en la reciprocidad de la relación entre Dios
y el hombre. La alianza del Sinaí, a diferencia de la anterior, fue
establecida en forma de acuerdo bilateral. Mientras que a Abraham
sólo se le pidió acoger con fe la gracia de la promesa divina, el
pueblo de Israel participó en la alianza sinaítica en calidad de
contrayente activo, comprometiéndose a observar las cláusulas
determinadas, base del acuerdo estipulado. Estas cláusulas
constituyen la ley, expresión revelada de la voluntad normativa de
Dios de cuya observancia debía depender el funcionamiento de la misma
alianza. Esta lógica define el misterio de una relación condicional,
violable por parte del hombre y reversible por parte de Dios. 1.-
La alianza del Sinaí en el texto bíblico.
La tradición
bíblica en torno a la alianza es muy rica. Se encuentra documentada
en cuatro contextos principales, donde el misterio sinaítico aparece
directamente, tanto en su fisonomía histórica como en su dimensión
teológica.
Ø
Tenemos, en primer lugar, la llamada
"sección sinaítica" en Ex. 19 - 24. Se trata, desde el
punto de vista de la exégesis, de una de las secciones más
difíciles del Antiguo Testamento. Diversas tradiciones se fueron
incorporando progresivamente sin que sea posible delimitarlas con
precisión. Sin embargo en su estado actual, esta sección presenta
una cierta unidad global fruto del esfuerzo de los últimos redactores
del Pentateuco, los cuales consiguieron redactar de una forma
homogénea el gran patrimonio hebreo de recuerdos y reflexiones
acumulado a lo largo de los siglos en torno al acontecimiento del
Sinaí. Por el material que recoge y el mensaje que ofrece, esta
sección constituye el testimonio bíblico más directo y autorizado
de la alianza sinaítica.
Ø
También en el libro del Exodo, la
tradición sinaítica está documentada en los capítulos 32 - 34 que
relatan la primera infidelidad del pueblo de Israel a la alianza y la
primera renovación de la misma.
Ø
Recordamos también el libro del
Deuteronomio el cual nos presenta una visión evolucionada de la
teología hebrea de la alianza sinaítica y que hizo de los hebreos en
el desierto el pueblo de Yahveh.
Ø
Merece una mención especial el relato
que nos ofrece Jos. 24, 1-28 donde encontramos la ceremonia solemne de
una renovación de la alianza en Canaán, junto al santuario de Siquem
y dirigida por Josué, sucesor de Moisés en la guía del pueblo de
Dios. Además de estos
textos principales, la tradición de la alianza del Sinaí está
presente en las partes del Pentateuco donde encontramos conservado y
teológicamente interpretado el patrimonio legislativo de Israel,
concebido y presentado como voluntad normativa del Dios de la alianza
revelada a Moisés. La misma
tradición aparece también, de forma parenética, en la literatura
profética, donde la obligación de fidelidad a Yahveh en la propia
vocación se inculca a Israel como una exigencia específica de la
alianza. No olvidamos que
el gran cuerpo histórico que va desde el libro de los Jueces al
segundo de los Reyes está penetrado de un pensamiento teológico que
deriva de la tradición sinaítica; se trata de una historia de Israel
en clave teológica, presentada a la luz de las categorías
específicas de la alianza del Sinaí. 2.-
Estructura ideológica de la alianza del Sinaí
Las notas
características y distintivas de la alianza sinaítica, la
específica orientación teológica que la caracteriza en la
tradición bíblica y la sitúa como una etapa particular en la
historia de la salvación, se comprenden mejor a la luz de lo que
podemos llamar "género literario". Este está
suficientemente documentado en el texto bíblico como expresión
concreta de una tradición vital en el seno del antiguo Israel.
Comprende tres elementos principales: evocación de los beneficios que
Dios ha concedido a Yahveh en el pasado, un elemento legal o normativo
que aparece en forma de estipulación o cláusula de la alianza y
sanciones condicionales. Esta estructura literaria revela la siguiente
estructura ideológica: El primer
elemento, el prólogo histórico, consiste en el hecho de que se
recuerdan a Israel, en el contexto de la alianza, los hechos más
significativos de su historia presentados como beneficios de la bondad
del Señor (Ex. 19, 4; 20, 2; Jos. 24, 2-13). El segundo
elemento, las cláusulas, se refiere a la ley mosaica, al cuerpo
normativo que por voluntad de Dios rige la vida del pueblo hebreo. En
primer lugar se piensa en el Decálogo (Dt. 9, 9ss.; Ex. 34, 28):
Según el texto bíblico se puede distinguir una estipulación
fundamental y una serie de estipulaciones particulares:
Ø
Estipulación fundamental.- Se trata
del compromiso básico exigido a Israel en el contexto de la alianza,
compromiso que define globalmente y en su aspecto práctico y
normativo la posición del pueblo de la alianza con respecto a su
Dios. Aparece formulado de diversas formas: Ex. 34, 28; Jos. 24, 14;
Dt. 6, 5. Se trata de diversas formulaciones de una única obligación
cuya formulación está en el primer precepto del Decálogo.
Ø
Estipulaciones particulares.-
Representan el conjunto de preceptos divinos que regulan los diversos
aspectos de la vida cotidiana del pueblo de la alianza. Hay que subrayar
la relación que hay entre el primero y el segundo elemento: el
enfoque de la ley por parte de Yahveh y la práctica de la misma por
parte de Israel se entiende como la consecuencia lógica que parte de
una promesa constituida por los beneficios divinos recordados en el
prólogo histórico. Esta relación explica un doble aspecto:
Ø
aspecto ético.- Recordar los
beneficios recibidos de Yahveh provoca en los hijos de Israel un
sentimiento de gratitud que exige una respuesta a la benevolencia
divina que el pueblo debe realizar con su adhesión a la voluntad de
Dios revelada en las cláusulas de la alianza. Se trata de una
obediencia y un servicio fundamentados en el imperativo de la
gratitud.
Ø
Aspecto jurídico.- Mediante los
beneficios que el pueblo ha recibido, Yahveh ha adquirido un derecho
especial sobre los hijos de Israel, derecho de exigirles una adhesión
absoluta y exclusiva en el cuadro de una alianza que les consagra a su
servicio. A este derecho especial corresponde por parte de Israel la
obligación de dedicarse al servicio de Yahveh, observando fielmente
la ley. El tercer
elemento, las sanciones divinas, lo ilustraremos posteriormente. Estos tres
elementos, que constituyen una estructura ideológica inconfundible,
nos permiten captar la lógica más íntima de la alianza sinaítica,
según el pueblo elegido debe vivirla. Al mismo tiempo nos revelan su
lugar en el cuadro de la historia de la salvación poniendo de
manifiesto tanto sus cualidades positivas como sus insuficiencias
indiscutibles. 2.1.-
Prólogo histórico
Este primer
elemento de la estructura, considerado en relación con el segundo,
manifiesta una de las notas más positivas de la religiosidad
sinaítica; al mismo tiempo permite descubrir en esta religiosidad el
germen de una posible deformación ideológica en lo que se refiere a
la trascendencia divina. a) Etica de respuesta.
La práctica de
la ley divina en el cuadro de la alianza sinaítica es una reacción,
iluminada y motivada por la fe. Una fe cuyo objeto es el conjunto de
intervenciones salvíficas de Dios contenidas en el prólogo
histórico y presentadas como base lógica e imperativa para un
compromiso de sumisión y de obediencia a Yahveh. Por esta razón,
el pueblo de la alianza se encuentra comprometido en una ética de
respuesta. Observando la ley divina, expresión de gratitud y de
justicia, el pueblo de Israel responde con la vida a los beneficios
recibidos de su Dios, dándoles gracias y reconociendo su deuda hacia
El. De este modo, la práctica de la ley se encuentra inserta en el
contexto de un diálogo vital entre Dios y el hombre: Dios interviene
primero en la historia salvando; a la iniciativa divina, el hombre
responde con una sumisión consciente y libre. Se trata de un diálogo
en el que la primera palabra es de Dios y la respuesta del hombre. Siendo una
respuesta a los bienes concedidos por Yahveh, la práctica de la ley
en la dialéctica sinaítica, tiende lógicamente a la perfección.
Una respuesta es tal en la medida en la medida en que es proporcional
y adecuada a la medida del otro. Por eso, para que la obediencia de
Israel pueda llamarse "respuesta" a los beneficios recibidos
de Dios en la historia, es necesario que exista una cierta igualdad
entre los beneficios recibidos y la respuesta, aunque es obvio que
esta igualdad es objetivamente imposible. Ahora bien, es un artículo
de fe del Antiguo Testamento que los beneficios concedidos por Yahveh
a Israel fueron totales: Israel es creación de Yahveh, debe todo,
incluso su misma existencia a El. Esta es la verdad que encontramos
formulada en prólogo histórico de la alianza renovada en Siquem (Jos.
24, 2-13). También allí encontramos la ética de respuesta en el v.
14. Aquel al que todo se le debe, tiene derecho a la totalidad de un
servicio perfecto y fiel. Si nos
preguntamos en qué consiste este servicio totalitario, encontramos
que tal imperativo de la alianza incluye necesariamente el amor del
pueblo de Israel a su Dios. Es una doctrina propia de la teología
deuteronomista: Dt. 10, 12-13. Yahveh pide al
pueblo de la alianza un servicio total (Dt. 6, 5; 11, 13; 13, 14; 30,
2. 6. 10), servicio que consiste en temer al Señor, adherirse a su
voluntad, observar sus preceptos. Pero el servicio total y exclusivo
incluye el amor, se identifica con él. Esta necesidad lógica de amar
a Yahveh para poder responder de manera adecuada a sus beneficios la
encontramos formulada en Dt. 11, 1-7. Así, el amor a
Dios aparece como el imperativo fundamental dirigido a Israel en el
contexto de la alianza y en virtud de la lógica dialéctica del
prólogo histórico. El amor de la alianza entendido como un
compromiso total de servir a Yahvhe y practicar su ley; este amor es
la mejor respuesta de Israel a la iniciativa creadora y salvadora de
Dios. En los textos
citados encontramos diversas expresiones: "Escuchar la voz de
Yahveh", "temer y servir a Yahveh", "caminar por
sus caminos", "observar sus preceptos", "practicar
su ley"; todas ellas equivalentes para expresar la cláusula
fundamental de la alianza. Y ésta, a su vez, en virtud de la ética
de respuesta encarnada en el prólogo histórico, encuentra su
formulación suprema en el precepto del amor (Dt. 6, 5). Se trata de
un precepto que en la lógica de la alianza sinaítica es el resumen
perfecto de la ley divina (Mt. 22, 34-40; Rom. 13, 8-10; Gal. 5, 14). b) Peligro de deformación
religiosa
Junto a los
aspectos positivos de los que hemos hablado, la función del prólogo
histórico trajo algunos gérmenes de imperfección y de deformación
ideológica fácilmente perceptibles. 1.- "Historización"
y "humanización" de Yahveh
Los beneficios de
Yahveh enunciados en el prólogo histórico son exclusivamente hechos
que sucedieron en la historia humana. Ahora bien, un enfoque
unilateralmente histórico, separado de otras verdades del patrimonio
religioso de Israel, podía llevar a una concepción lesiva de Dios y
de su trascendencia; es decir, el pueblo de la alianza podía caer en
la tentación de considerar a Yahveh como un Dios exclusivamente
inmerso en la historia humana. Una corrupción
teológica semejante, sería obstaculizada por el monoteísmo del
pueblo de la alianza y por la concepción eminentemente espiritual que
tenía de Dios. Por esta razón, tal corrupción era una posibilidad
remota en el plano de las ideas, pero en el plano de la religión
práctica, el peligro era real y considerable De hecho,
traduciendo esta deformación en los términos prácticos de la
dialéctica "beneficio - respuesta", propuesta en el
prólogo histórico, Israel se encontraba expuesto a la tentación de
servir a Yahveh en el contexto de la alianza simplemente porque El es
el bienhechor al que se debe una respuesta adecuada a modo de
recompensa olvidando que, siendo Dios, tiene derecho a exigir de sus
criaturas servicio y obediencia independientemente de su acción
positiva en la historia humana. A partir de esta disposición
equivocada, el paso hacia una actitud excesivamente contractual,
podía ser inevitable. El hecho de que
los hijos de Israel tuvieron esta tentación lo encontramos
documentado en Dt. 9, 4. Si el libro del Deuteronomio combate esto, es
porque estaba presente en la religión popular de Israel. El origen de
tal deformación se encuentra en una mentalidad religiosa equivocada,
nutrida de un recurso demasiado unilateral de la historia, como el
terreno exclusivo de toda manifestación divina. 2.-
Nacionalización de Yahveh
Siguiendo en la
misma línea, podemos situar en la lógica dialéctica del prólogo
histórico el origen de una ulterior deformación del concepto de
Dios. Los hechos enumerados en el prólogo histórico no pertenecen
exclusivamente al ámbito de la historia humana, pero están insertos
en el ámbito de la historia particular de un único pueblo. Yahveh
podía aparecer no sólo como un agente intrínsecamente ligado a la
historia humana, sino como un factor perteneciente a la historia de un
único pueblo, el de la alianza. En esta constatación hay que situar
el origen de lo que podemos llamar la tentación típica del pueblo de
la alianza: el nacionalismo religioso. Desconociendo la
soberanía universal del Yahveh, olvidando la verdad de la elección
divina, considerando a Yahveh como un Dios nacional, Israel cayó en
el error moral correspondiente: Yahveh tenía la obligación de
proteger a su pueblo del resto de los pueblos; una protección
infalible, automática, ligada no ya al comportamiento moral del
pueblo y menos al misterio de la voluntad divina, sino a la pretendida
relación nacional con Yahveh. La piedad popular
cae en esa tentación, lo cual demuestra la predicación profética
contra la falsa seguridad del pueblo pecador en Yahveh: Am. 3, 1-2; 5,
18-20; 9, 7-8; 9, 10; Mi. 3, 11; Jer. 7, 3-11. La enseñanza de
los profetas al respecto es significativa: Yahveh es el Señor
universal y no una divinidad nacional; si El ha querido ligarse a un
pueblo particular, se debe a una preferencia electiva absolutamente
libre y gratuita; habría podido elegir otro pueblo. Los beneficios
que Dios ha concedido en la historia sólo a Israel no son sino una
manifestación particular de la solicitud universal de Yahveh. Esto no
quiere decir que Yahveh sea exclusivo de Israel, ni da a Israel el
derecho de una protección divina automática e infalible. Israel no
puede pensar que posee a Yahveh como parte del patrimonio nacional del
cual se puede servir a su gusto. Al contrario, lo que ha recibido de
Yahveh le da una mayor responsabilidad moral indiscutible y lo expone
a una sanción más grave. Se trata de una
doctrina correctiva necesaria que presupone un error que hay que
corregir, error que hay que relacionar con una insuficiencia
dialéctica inherente al prólogo histórico tan como funcionaba en el
interior de la estructura ideológica de la alianza sinaítica. 2.2.-
Las cláusulas de la alianza
En virtud de la
dialéctica que funciona en el interior de la estructura tripartita de
la alianza sinaítica, este segundo elemento comporta aspectos
positivos y negativos. a) Observar la ley es
introducirse activamente en una economía divina y positiva de
salvación
Es un hecho que,
junto a ciertas leyes específicamente israelitas y estrictamente
sobrenaturales, la ley mosaica, en su aspecto moral, es un reflejo de
las exigencias concretas de la ley natural propia de la conciencia
individual del hombre. La cuestión que
se platea ahora es la siguiente: ¿cuál es la superioridad del
judío?. Si antes del Antiguo Testamento y fuera del mismo, la
humanidad está ligada a un régimen religioso construido sobre la
base de una ley natural y si esta ley coincide con la ley mosaica en
el aspecto ético, ¿cuáles eran los valores morales específicos
inherentes a la situación del pueblo de Dios?. La respuesta la
encontramos en la función y en el significado que el elemento
"ley" tenía en la estructura de la alianza sinaítica. En primer lugar
la ley llegó a Israel en el contexto sinaítico como la expresión
normativa de una voluntad divina revelada. Si su conciencia y su
experiencia susurraban al israelita que los imperativos morales de la
Torah expresaban las exigencias de su naturaleza humana y de su
condición de criatura, tanto mejor. Pero su importancia y su valor no
termina ahí, existe un valor superior: para él la ley era Palabra de
Yahveh, inseparable de la palabra divina que regía el misterio de la
alianza. Y esta convicción llevaba al israelita fiel a una seguridad
auténtica y a una finalidad de vida totalmente ignorados por los
pueblos paganos. La verdad misma de Dios garantizaba la validez de la
ley y los designios de Yahveh se le ofrecían para que los realizase a
través de la propia validez ética. Además, y por
las mismas razones, la ley mosaica se consideraba esencialmente
religiosa. Toda ella era Palabra de Yahveh y determinaba la vida del
pueblo hebreo en todas sus dimensiones. La ley generaba una actitud
unificadora que conectaba toda la actividad humana con el proyecto
salvífico de Dios en el mundo y en la historia. Esto prevenía
cualquier tipo de ruptura entre las obligaciones del hombre hacia
Dios, hacia sí mismo y hacia la sociedad. Sin embargo, la
diferencia más profunda entre la ley natural y la ley mosaica procede
del hecho de que ésta era acogida por Israel como cláusula de la
alianza divina, es decir, como la condición de cuya observancia
Yahveh quiso hacer depender la validez y la eficacia de su alianza. La
ley, por tanto, pertenecía en la mentalidad hebrea a un orden de
valor diverso del natural, a un régimen religioso superior. Israel
sabía que observando la ley cumplía la alianza que Yahveh había
establecido con él, realizaba su identidad del "pueblo de
Dios", de "propiedad particular" de Yahveh, de
"reino sacerdotal" y de "nación santa" del
Señor. Se trata de una
perspectiva que pertenece al fondo más genuino de la tradición
israelita. A su luz, la práctica de la ley, más que un simple acto
de obediencia, es elevada a la dignidad de una realización concreta
de la alianza, de una colaboración efectiva del hombre con el
proyecto de Dios en la historia. Esta relación
entre ley y alianza llevó consigo una consecuencia relevante en el
plano de la moralidad práctica: el israelita que observaba la ley lo
hacía no tanto porque los preceptos de ésta respondían a las
propias inclinaciones o porque expresaban las exigencias de la propia
conciencia, sino por la razón simple y profunda de que la religión
era para él el medio para conformar la propia vida a las exigencias
de la alianza, para insertarse vital y activamente en las riquezas
sobrenaturales del proyecto que Yahveh estaba realizando en la
historia. La fidelidad a la ley hacía del israelita, como miembro del
pueblo de la alianza, un protagonista que influía en el desarrollo de
la historia de la salvación. b) Orgullo legal
En el interior de
la estructura ideológica de la alianza sinaítica el elemento
"ley" funciona según la lógica contractual, como las
estipulaciones o las cláusulas de un acuerdo bilateral entre
"superior" e "inferior". El superior pone un
imperativo como condición para conceder un privilegio, el inferior
obedece por fidelidad al acuerdo estipulado. Se trata de una
interpretación típicamente jurídica, marcadamente exterior que
presupone que el cumplimiento de la cláusula está al alcance del
contrayente inferior, en este caso, de Israel. Por tanto, su lógica
ignora la necesidad de una gracia capacitadora por parte de Yahveh, de
un principio interior que acompañe la ley y que convierta su
observancia en un don de Dios. Este enfoque no
presentaría ningún problema en el cuadro de un acuerdo entre hombres
porque se fundamentaría en el hecho de una igualdad fundamental entre
los contrayentes. Obedeciendo a la voluntad imperativa del
"superior", el "inferior" tiene el derecho de
pensar que ha cumplido la condición del acuerdo por sí mismo y puede
exigir, en justicia, que el "superior" cumpla aquello a lo
que se ha comprometido. Pero en el caso
de una alianza entre Dios y el hombre las cosas son distintas. No se
puede llegar a la igualdad fundamental que presupone el enfoque
jurídico del que hemos hablado y la parte humana no puede exigir
nunca de Dios, en nombre de la justicia, que El cumpla aquello a lo
que se ha comprometido. Estamos, pues,
ante un régimen que lleva en sí el principio de una contradicción:
lo que su lógica operativa afirma como posible, lo vemos negado en la
realidad de los hechos. Se trata de una insuficiencia radical del
régimen sinaítico tal como aparece presentado en el género
literario que define su lógica operativa. Tal insuficiencia
llevaba a consecuencias negativas en el plano de la religión vivida.
Israel podía caer en la tentación de equipararse al mismo Dios.
Considerándose capaz de cumplir con sus propias capacidades las
cláusulas de la alianza, el pueblo podía llegar a un doble error
religioso: por una parte, exigir de Dios la realización de los
beneficios de la alianza como una retribución debida al hombre; por
otra, poner su confianza exclusivamente en la propia integridad legal. El resultado es
la falsificación radical de la relación entre Creador y criatura,
separación del misterio de la alianza del misterio primario de la
elección divina, oscurecimiento del sentido del pecado y de la
pobreza del hombre pecador. Deformación religiosa y moral que
llegará a su máxima expresión en el orgullo legal que
caracterizará a amplios sectores del judaísmo posterior, orgullo
condenado por la predicación de Jesús en nombre del espíritu de la
infancia y de la pobreza, combatido por Pablo en nombre del realismo
religioso y de la humildad de la fe. 2.3.-
La sanción divina: bendición y maldición
También este
tercer elemento de la estructura ideológica de la alianza sinaítica
presenta ventajas religiosas o morales indiscutibles y revela una
debilidad congénita en la institución sinaítica. a) Israel, cooperador de Dios
Las bendiciones y
las maldiciones pronunciadas por Dios en el contexto de la alianza,
desde el momento en que prometen bienes y amenazan con males, resultan
de gran utilidad en el plano de la religión práctica: el pueblo
recibe una motivación válida para cumplir la voluntad de Yahveh. Su
comportamiento según la ley es sancionado: su fidelidad es
recompensada y su infidelidad es castigada. El futuro de Israel está
en sus manos y de él depende la prosperidad y la vida o la desgracia
y la muerte (Dt. 30, 15ss.) Todavía más
importante, por el hecho de que las bendiciones y las maldiciones
superaban los límites de cualquier recompensa o castigo material, y
condicionaban la misma existencia de Israel como pueblo de la alianza,
éste tenía la posibilidad de poder influir de alguna manera en la
realización efectiva de los designios de Yahveh en la historia. La
alianza estaba prácticamente confiada a los hijos de Israel, a los
cuales se les había dado la posibilidad de elegir el camino que
habría mantenido válida la alianza en beneficio propio.
Responsabilidad positiva que eleva al pueblo de la alianza a la
dignidad de cooperador de Dios en la historia de la salvación. b) Alianza frágil,
insuficiente, transitoria
Aun promoviendo,
como hemos dicho, la responsabilidad de la parte humana, la sanción
de Yahveh constituía en la lógica interna del régimen sinaítico un
principio innegable de debilidad operativa. Israel era cooperador de
Dios aunque no de manera infalible. Su contribución a la edificación
y a la estabilidad de la alianza sólo la podía dar en caso en que,
superando su innata volubilidad, mereciese por su fidelidad la
bendición del Señor. En caso contrario, transgrediendo la ley,
Israel podía encontrarse en la situación del que, siendo infiel a la
alianza, impide la realización del proyecto de Dios. Se trata de una
posibilidad claramente prevista por la estipulación de las sanciones
y en la cual encontramos una de las imperfecciones de la institución
sinaítica. Alianza frágil.
Mantenida la
lógica condicional de las bendiciones y maldiciones divinas, la
alianza del Sinaí aparece como una realidad intrínsecamente frágil.
Su estabilidad está ligada a la fidelidad de la parte humana y esta
fidelidad puede faltar. Israel puede romper la alianza, si es cierto
que él puede transgredir la ley, la alianza está condicionada. La
maldición es la ruptura por parte de Yahveh de la alianza sinaítica:
Lev. 26, 15. Esta fragilidad
aparece todavía con más claridad cuando recordamos el enfoque
marcadamente jurídico en el que aparece la ley divina en el régimen
sinaítico, lógica operativa que fundamenta sólo en las capacidades
naturales de Israel la observancia efectiva de la ley y que, por
tanto, no prevé la donación por parte de Yahveh de un principio
interior que garantice la fidelidad de Israel en el compromiso que ha
contraído. De lo contrario no se justificaría la condicionalidad de
tal régimen como podemos constatar a la luz de las sanciones. La vida de la que
se habla en Dt. 30, 19 es propuesta a Israel como objeto de su
elección y su condición para obtenerla es la práctica de la ley
según el compromiso adquirido por el pueblo de Israel, incapaz por
sí mismo de realizarlo. La consecuencia viene por sí misma: el
régimen sinaítico es tan frágil como lo puede ser la fidelidad de
un Israel comprometido en un pacto condicional con Dios. Este pacto se
puede romper porque Israel puede transgredir la ley, y la puede
transgredir por el hecho de que su fidelidad, lejos de estar
garantizada por el mismo Dios, se presenta en el interior de un
régimen como fruto de las capacidades humanas. Obviamente, Dios
no niega su gracia al hombre de buena voluntad; pero este auxilio
divino, indispensable a cualquier nivel y asegurado a nivel
individual, no está previsto a nivel de régimen y de colectividad,
que es lo propio del contexto sinaítico. La alianza se establece con
Israel en cuanto pueblo; y en cuanto pueblo, Israel no encontraba en
la lógica operativa del Sinaí la gracia divina que le hubiese
garantizado fidelidad perpetua. Alianza
insuficiente.
Intrínsecamente
frágil, la alianza del Sinaí es una régimen insuficiente desde el
momento en que se presenta como una etapa de la historia de la
salvación. Parte integrante de esta historia, la alianza sinaítica
no se identifica con la totalidad de la historia. Sin embargo, sus
relaciones mutuas son tales que una repercute en la otra. En este
punto surge un problema de naturaleza teológica: ¿se puede admitir
que el proyecto salvífico iniciado por Dios en la historia pueda
encontrarse radicalmente obstaculizado?. La respuesta es negativa. He
aquí un aspecto ulterior del misterio, a la luz del cual el régimen
sinaítico emerge claramente como economía fundamentalmente
insuficiente. De hecho, la
lógica sinaítica, jurídica y condicional, parece ignorar cierta
categoría como puede ser la e la gracia y el perdón. En virtud de
ésta, la infidelidad de Israel suscita automáticamente las sanciones
negativas y, como consecuencia, y la supresión de la misma por parte
de Yahveh. Por eso, si la historia de la salvación debe continuar su
desarrollo y alcanzar su finalidad, es necesario que esté prevista
una lógica diversa a la del Sinaí. Ahora bien, esta lógica ya
existe en la historia de la salvación: la promesa hecha a Abraham. La insuficiencia
teológica de la alianza del Sinaí y la necesidad de recurrir a la
promesa hecha a Abraham han sido advertidas en el pensamiento de
Israel como aparece documentado en Lev. 26, 41-42; Dt. 4, 30-31. |