EL MISTERIO DE LA ALIANZA DIVINA

Fr. José Carlos Gimeno ocd

INTRODUCCION

1.- Alianza e historia de salvación

2.- Algunos aspectos de interés

3.- Una última consideración

CAPITULO I: LA ALIANZA DE DIOS CON ABRAHAM

1.- La alianza con Abraham es una promesa

2.- La promesa a Abraham en la historia de la salvación

2.1.- Promesa irreversible, cumplida en Cristo

2.2.- Un misterio de gracia divina

Conclusión

CAPITULO II: LA ALIANZA SINAITICA

1.- La alianza del Sinaí en el texto bíblico.

2.- Estructura ideológica de la alianza del Sinaí

2.1.- Prólogo histórico

a) Etica de respuesta.

b) Peligro de deformación religiosa

1.- "Historización" y "humanización" de Yahveh
2.- Nacionalización de Yahveh

2.2.- Las cláusulas de la alianza

a) Observar la ley es introducirse activamente en una economía divina y positiva de salvación

b) Orgullo legal

2.3.- La sanción divina: bendición y maldición

a) Israel, cooperador de Dios

b) Alianza frágil, insuficiente, transitoria

·       Alianza frágil.
·       Alianza insuficiente.
·       Alianza transitoria.

Conclusión

CAPITULO III: LA NUEVA ALIANZA EN LA PREDICACION PROFETICA

1.- La ley en el corazón: Jer. 31, 31-34

1.1.- Una alianza nueva: v. 31

1.2.- Una alianza distinta: v. 32

1.3.- La ley en los corazones: v. 33

a) Referencia a los hechos del Sinaí

b) En lo íntimo del corazón

c) La luz de la experiencia

d) Ley interna y ley externa

1.4.- Conocimiento universal de Dios: v. 34

1.5.- Perdón de los pecados: v. 34

Conclusión

2.- El don del Espíritu: Ez. 36, 25-28

2.1.- Purificación interior: v. 25

2.2.- Un corazón nuevo: v. 26

2.3.- El don del Espíritu

El don del espíritu de Yahveh

Seguir la ley.

Conclusión

CAPITULO IV: LA NUEVA ALIANZA

1.- La nueva alianza, régimen del Espíritu

1.1.- Economía exterior - economía interior: vv. 1-3.

1.2.- Régimen de la "letra" - régimen del Espíritu: vv. 4-6.

1.2.1.- De la "letra" al "Espíritu"

1.2.2.- La letra mata, el Espíritu vivifica

a) La letra mata
b) El Espíritu vivifica

1.3.- Régimen transitorio - régimen duradero: vv. 7-11

Conclusión

2.- El sacrificio de la nueva alianza

2.1.- La sangre de la alianza en el contexto eucarístico

2.1.1.- Marcos - Mateo: "Esta es mi sangre de la alianza"

2.1.2.- Pablo - Lucas: "...la nueva alianza en mi sangre"

2.2.- Mediador de una alianza mejor

2.2.1.- Purificación interior y acceso al santuario celeste

2.2.2.- Alianza perfecta y definitiva

Conclusión

3.- Nueva alianza, libertad en la caridad

3.1.- De la servidumbre al servicio

3.1.1.- La justicia de la ley cumplida en nosotros

3.1.2.- La ley confirmada y revalorizada

3.1.3.- Servicio en la obediencia

3.2.- Servicio en el amor

3.2.1.- Espontaneidad en el amor

3.2.2.- La caridad, cumplimiento de la ley

3.2.3.- La caridad, ley de la nueva alianza

Conclusión

CONCLUSION FINAL

 

EL MISTERIO DE LA ALIANZA DIVINA

Fr. José Carlos Gimeno ocd

INTRODUCCION

Uno de los mayores beneficios que la teología bíblica ofrece al pensamiento cristiano es el de darle una visión histórico-dinámica del misterio salvífico. La salvación que Dios nos ofrece la encontramos relatada como lo puede ser una historia que se desarrolla en el tiempo, se trata de la historia de la salvación. Esta historia de la salvación se puede definir como la historia de la relación especial y sobrenatural, íntima y transformadora, que Dios quiso instituir entre sí y la humanidad. Esta relación, en términos bíblicos, se llama ALIANZA.

1.- Alianza e historia de salvación

De manera particular, el tema de la alianza define un aspecto fundamental en el interior de la realidad global de la historia de la salvación, la alianza es la historia:

Ø    De la liberación del género humano de la esclavitud del pecado y de su introducción en el reino de Dios: aspecto redentor.

Ø    De Jesús, Mesías prometido y esperado: aspecto mesiánico o cristológico.

Ø    De la actividad divina actuada en el tiempo por la potencia del Espíritu Santo, el cual realiza el misterio de la voluntad salvífica de Dios: aspecto pneumatológico.

Ø    Del pueblo de Dios, objeto y heredero de las promesas divinas y constituido cuerpo místico de Cristo: aspecto eclesial.

Ø    De la relación instituida por Dios entre El y la humanidad: aspecto de alianza.

De esta breve exposición ya podemos sacar una primera idea de la función central del tema que nos ocupa en el seno de la revelación bíblica. Por una parte, los aspectos enumerados antes expresan todos la relación especial que Dios ha querido instituir con la humanidad y que la Escritura define con el término "alianza". Por otra, esta misma relación de alianza funda y constituye el misterio del llamado "Pueblo de Dios" como humanidad redimida por Cristo Jesús y vivificada por el Espíritu.

2.- Algunos aspectos de interés

El tema bíblico de la alianza revela su importancia a la luz de los siguientes aspectos:

Ø    La muerte redentora de Cristo aparece en la carta a los Hebreos (cc. 8 - 10) como el sacrificio perfecto de una nueva alianza. En este sentido recordamos también las palabras de la institución de la Eucaristía (Mc. 14, 24; Mt. 26, 28; 1Cor. 11, 25; Lc. 22, 20). Con la sangre de Cristo se ha inaugurado un nuevo régimen de relación entre Dios y el hombre que la Sagrada Escritura define en clave de "alianza".

Ø    La resurrección de Cristo (Rom. 4, 25; 1Cor. 15, 17) es el acto salvífico por excelencia y se realiza en los hombres mediante el don vivificante del Espíritu Santo (Rom. 8, 11). La revelación bíblica considera el don del Espíritu como la nota esencial y distintiva del régimen de la "nueva alianza" (2Cor. 3, 6; Ez. 36, 27).

Ø    La teología de la gracia encuentra su expresión característica en la teología bíblica de la "alianza". De hecho, el proceso histórico que llevó al pueblo de Dios de la alianza sinaítica a la alianza de Cristo es concebido y presentado por los autores del Nuevo Testamento como un paso del régimen de la ley al régimen más liberador y perfecto de la gracia. (Jn. 1, 17; Rom. 6, 14; 7, 6; 2Cor. 3, 6.

Ø    La nociones de "alianza" y de "Pueblo de Dios" son correlativas dado que el Pueblo de Dios es la parte de la humanidad que vive en relación de alianza con Dios. La antigua alianza creó el antiguo Pueblo de Dios y la nueva alianza crea en Cristo el nuevo Pueblo de Dios, esto es, la Iglesia. Así, siguiendo el hilo conductor de la alianza nos encontramos con el misterio progresivo de la descendencia de Abraham constituida propiedad particular del Señor (Ex. 19, 6) y elevada a la categoría de hijos de Dios y hermanos de Cristo (Gal. 3).

Ø    Finalmente, el tema bíblico de la alianza se presenta particularmente fecundo en el campo de la espiritualidad. La vida espiritual debe reflexionar la realidad de la economía evangélica realizada en Cristo Jesús, esto es, la relación con Dios que la Sagrada Escritura llama "alianza". Este misterio comporta una dimensión colectiva, comunitaria, aspecto subrayado por los textos bíblicos. Sin embargo, la realización concreta de esta alianza se da en la religiosidad del individuo, a nivel personal.

3.- Una última consideración

La Sagrada Escritura presenta contextos numerosos y variados en los que se nos dice que Dios hizo alianza con su pueblo: Gen. 9, 8-17; Nm. 18, 19; 25, 12-13; Dt. 33, 9; 2Sam. 23, 5. Cada una de estas alianzas marca un momento particular en el desarrollo de la relación salvífica de Dios con su pueblo y que llegó a su momento culminante en el misterio de Cristo. Estas alianzas, aun teniendo un mensaje significativo y profundo, no pueden calificarse de fundamentales en el contexto general de la historia de la salvación.

Mencionadas estas alianzas, quedan otras tres que son indispensables para tener una visión adecuada del misterio dinámico de la misericordia divina que llamamos "historia de salvación": La alianza con Abraham, la alianza sinaítica y la nueva alianza anunciada por los profetas y realizada en Cristo. En ellas encontramos los tres momentos basilares por los que pasó el misterio de nuestra salvación y su camino hacia su plenitud. Su sucesión temporal y su recíproca relación teológica permiten seguir el proyecto salvífico de Dios en su progreso hacia la plenitud.

CAPITULO I: LA ALIANZA DE DIOS CON ABRAHAM

Entre las figuras que encontramos en el Antiguo Testamento, la de Abraham es quizá la más espiritual y la más cercana al canon de la perfección cristiana. Abraham es un hombre de fe sencilla y obediencia heroica (Gen. 12, 1-9; 15, 6; 18, 22-23; 22, 1-14). Su experiencia es ejemplar tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Los autores del Génesis han visto realizarse en él, de forma anticipada, la fe de todo el pueblo de Israel. Pablo lo presentará como el tipo bíblico de los que creen en Cristo (Rom. 4; Gal. 3 - 4), de los que no confían en sí mismos y siguen el camino del realismo religioso y de la humildad evangélica apoyándose sólo en la gracia y en la misericordia de Dios. Pero la dignidad particular de Abraham depende de la función que se le encomendó en la historia de la salvación. Ambos aspectos son inseparables. La vocación de Abraham coincide con la vocación del pueblo de Israel, lo cual es un concepto basilar en la teología bíblica que ya aparece en el libro del Génesis y que Pablo desarrollará en sus cartas.

Israel es el pueblo elegido de Dios, el depositario de las promesas mesiánicas, el mediador de la bendición universal (Rom. 9, 3-5; Ef. 1, 11-12). La elección divina que fundamenta el misterio del pueblo de Israel se remonta a los orígenes del pueblo que coinciden con la experiencia religiosa de Abraham.

Abraham aparece en la revelación bíblica como el padre del pueblo elegido; se trata de una persona cuya vocación tiene una dimensión colectiva, universal (Gen. 12, 3; Gal. 3, 6-9. 14; Gen. 17, 4. 6; Rom. 4, 16-17). Dios le llamó con una finalidad precisa, esto es, hacer de él el primer depositario de las promesas salvíficas e iniciar en su persona el cumplimiento salvífico de su promesa. Las promesas hechas a Abraham contenían todos los bienes que debían constituir la trama progresiva y dinámica de toda la historia de la salvación.

Este es Abraham visto con los ojos de la fe hebrea y cristiana: ejemplo de piedad religiosa, siempre válido para la edificación del hombre espiritual; padre del pueblo de las promesas, en cuya persona Dios quiso iniciar el misterio de su salvación respondiendo al hecho universal del mal con la garantía misericordiosa de una bendición igualmente universal.

Respecto a la idea que podían tener los fieles y los escritores del Antiguo Testamento, está claro que el pueblo cristiano podía entender mejor la importancia de Abraham en la historia de la salvación. Sin embargo, el pueblo hebreo no ignoraba esta realidad. Una lectura de los primeros libros de la Sagrada Escritura revela ya una tensión característica entre "promesa" y "cumplimiento", tensión que determina el desarrollo de la historia de la salvación. Es obvio que la promesa se encuentra conectada con la persona y la vocación de Abraham. Según la Sagrada Escritura a Abraham se le dieron las promesas en virtud de una alianza divina: Gen. 15, 7-12. 17-18 (J); 17, 1-14 (P).

El estudio de las perícopas citadas, nacidas en contextos y en momentos diversos pone de manifiesto que la cuestión de la alianza de Dios con Abraham fuese susceptible de diversas modificaciones y desarrollos tanto en su expresión formal como conceptual aunque su sustancia y originalidad fundamental permanezcan invariables. Se trata de un tema que ilumina desde dentro el más específico y perenne del misterio del pueblo de Israel. Por eso, es perfectamente adaptable a las exigencias de un pensamiento en continua evolución y capaz de encontrar en la revelación divina la respuesta a los interrogantes que suscita la existencia histórica. No es difícil captar el mensaje esencial que la tradición bíblica, a lo largo de una evolución que la llevó a la formulación neotestamentaria, supo extraer de una reflexión cada vez más iluminada de dicha alianza.

1.- La alianza con Abraham es una promesa

El testimonio conjunto de las dos perícopas mencionadas indica que la alianza que Dios hizo con Abraham fue considerada por Israel como una iniciativa en la que Yahveh quiso establecer entre sí y Abraham y su descendencia una relación particular fundamentada en la realidad operante de una palabra creadora: Gn. 15, 18; 17, 4. 7-8.

La noción de "promesa" define la originalidad del acontecimiento, como lo específico del misterio continuado que no se agota en la historia. Todo se concreta en la realidad de una iniciativa en la que Dios compromete su palabra para crearse en el tiempo y en el espacio un pueblo y concederle unos bienes determinados. Por eso, el término "tyrb" (alianza), no nos debe inducir a engaño. En este caso sufre una modificación que responde a la originalidad del misterio. ¿Cómo explicar su uso?:

Algunos piensan que la tradición hebrea ha introducido en la historia y en la teología patriarcal categorías y conceptos que originariamente pertenecerían a un contexto exclusivamente sinaítico. Uno de ellos sería el término "tyrb". Esto es posible, aunque difícilmente demostrable. De forma más profunda, la promesa divina fue concedida en forma de alianza por el hecho de que ha creado una relación nueva entre las dos partes interesadas: Yahveh, por una parte, y Abraham y su descendencia, por otra. En este sentido se puede hablar de "acuerdo", de confluencia de voluntades hacia un mismo fin; pero está claro que se trata de un acuerdo particularísimo: la iniciativa es exclusiva de Yahveh, mientras que la parte humana es llamada sólo a ser receptiva, a responder con el abandono total a la verdad de dicha iniciativa.

Israel estaba convencido de que el término "alianza" era insuficiente para expresar la realidad total del misterio.

En primer lugar, lo demuestra la violencia de la tradición "J" el rito de contrato presentado en Gen. 15, 7ss., donde se ha recurrido al sueño sobrenatural de Abraham y al símbolo teofánico del humo y del fuego para resaltar una novedad extraña al contexto propio de las alianzas humanas.

Lo prueba, después, el hecho de que la tradición "P" en Gen. 17, 1-14 reduce todo el acontecimiento a la palabra de Dios, excluyendo rigurosamente cualquier referencia a un rito de alianza y evitando utilizar la fórmula tradicional: "cortar una alianza".

Lo demuestran, además, los numerosos textos bíblicos en los que la relación instituida por Dios con el Patriarca y con su descendencia está explícitamente definida con los términos "juramento" y "promesa" (Gen. 24, 7; 26, 3; 50, 24; Ex. 6, 8; 13, 5; Sal. 105, 8-11; 1Cr. 16, 15-19; Lc. 1, 55. 72-73.

Desde el punto de vista teológico, recordemos que Pablo, en la visión que tuvo de la historia de la salvación, habla solamente de promesa divina en relación con Abraham y tal promesa, él la llama "testamento" (Gal. 3, 15) para expresar su carácter incondicional y distinguirla de cualquier tipo de alianza bilateral.

2.- La promesa a Abraham en la historia de la salvación

La alianza de Dios con Abraham y su descendencia destinada a ser, de generación en generación, objeto de la misericordia divina, siempre ha tenido en la teología bíblica el carácter de un auténtico inicio dinámico de la historia de la salvación. A esta promesa se le reconoce una doble cualidad esencial:

Ø    Se trata de una iniciativa misericordiosa, querida por Dios como favor absoluto, como gracia incondicional, libre de cualquier lógica de tipo contractual y retributiva, no está previsto que el hombre pueda condicionar, de alguna manera, el funcionamiento o la actualización de la promesa.

Ø    La teología bíblica ha concebido siempre esta promesa como alianza irreversible, intrínsecamente perenne. Su desarrollo progresivo en la historia, separado de una voluntad voluble como es la del hombre, lleva consigo el dinamismo de la fidelidad del que la ha iniciado. Es tan permanente como lo es el compromiso del Dios fiel. De forma estable e inmutable, el Señor será el Dios de Abraham y de su descendencia. De forma infalible las promesas que Dios ha hecho a Abraham se cumplirán en el desarrollo de la historia.

Estas notas características de la promesa a Abraham han dado al misterio salvífico una impronta inconfundible y una lógica interior que explican su dinámica progresiva y su desarrollo histórico. Fue Pablo el que sistematizó esta lógica y reveló su significado providencial. Se sabe que Pablo fundamentaba su predicación sobre la sólida base de la revelación antigua. La armonía de los dos Testamentos y la unidad de la historia de la salvación era el criterio que utilizaba para demostrar la autenticidad de su doctrina. El había recibido la sustancia del evangelio que anunciaba por revelación divina (Gal. 1, 12); pero en su predicación, lo presentaba como el culmen de la historia de la salvación, la plenitud de cuanto Dios había iniciado en el Antiguo Testamento. Cuando recorría el pasado para explicar el misterio de Cristo Salvador, se dirigía preferentemente al contexto inicial de la promesa hecha a Abraham.

2.1.- Promesa irreversible, cumplida en Cristo

Promesa inicial, la alianza de Dios con Abraham contiene, de alguna manera, el misterio sucesivo de la descendencia. Se trata de una alianza irreversible y sin defecto. Se realizó ya en el Antiguo Testamento y se cumplió plenamente en la economía evangélica.

San Pablo sigue al respecto un camino común a los autores de los libros del Nuevo Testamento: los bienes que contenía la promesa que Dios hizo a Abraham, más allá del sentido inmediato y literal del texto bíblico, se refieren , en ultima instancia, a la persona y a la obra salvífica de Cristo. Este es el sentido pleno de esta promesa, aunque este sentido, obviamente, permaneció oculto tanto a Abraham como al pueblo de Israel, pero ya estaba presente en la palabra-promesa dirigida al Patriarca. Así, en el proyecto misterioso de Dios:

Ø    La descendencia prometida a Abraham debía confluir en la persona de Cristo (Gal. 3, 16; Jn. 8, 56) y, a través de Cristo, realizarse plenamente en el pueblo de los que nacerían a su imagen (Gal. 3, 29).

Ø    La promesa de la bendición universal (Gn. 12, 3) anunciaba la gracia evangélica ofrecida a todos, judíos y paganos (Gal. 3, 6-9. 14; Act. 3, 25-26).

Ø    La promesa de convertir a Abraham en padre de una multitud de pueblos (Gn. 17, 4) debía cumplirse en la gran novedad que suponía el ingreso de los paganos, junto a los judíos, en la economía evangélica (Rom. 4, 16-17).

Ø    La tierra prometida (Gn. 15, 18) es una figura profética que anuncia una patria mejor, celeste, construida por Dios (Hb. 11, 9-10. 16).

Esto no significa que el contenido material de esta promesa no tuviese valor. Los bienes prometidos a Abraham se realizaron, los seis primeros libros de la Sagrada Escritura dan testimonio de este hecho. Pero esta primera realización, que constituye la trama histórica del Antiguo Testamento, era la preparación para un cumplimiento superior, de carácter espiritual y alcance universal: el de Cristo y su salvación. Dios era libre de encerrar en su promesa un significado ulterior, incomprensible y desconocido para los que la recibieron de forma inmediata. A los Patriarcas les bastaba con acoger con fe la palabra que les fue dirigida para adherirse al proyecto salvífico de Dios (Hb. 11, 13).

Se trata de la unidad progresiva de la historia de la salvación, desde Abraham hasta Cristo bajo el signo de binomio "promesa - cumplimiento"; y en tal binomio, expresión de la dinámica salvífica, hemos de encontrar la realidad misma de la alianza, perenne e irreversible, que el Señor estableció con Abraham y su descendencia.

Esta teología, eminentemente bíblica, ve contenida en los bienes prometidos a Abraham la sustancia de cuanto Dios, misericordioso y fiel, ha querido conceder a la humanidad a lo largo de la historia de la salvación.

2.2.- Un misterio de gracia divina

Junto a su contenido, Pablo se interesó en la lógica operativa de la "alianza - promesa". Es precisamente éste el aspecto en el que más insiste en el razonamiento teológico que desarrolla para conectar el misterio evangélico con sus raíces veterotestamentarias.

Pensemos de forma particular en el tema de la "justificación por la fe", tema que las cartas dirigidas a los Gálatas y a los Romanos representa un capítulo basilar del evangelio paulino y un punto doctrinal de primera importancia en la lucha de Pablo con los judaizantes que ponían en peligro la verdad más profunda y genuina de la obra salvífica de Cristo.

Este tema, en su sustancia, es una afirmación teológica de la gratuidad absoluta del don de vida que Dios ha concedido a los hombres en el contexto del misterio cristiano.

En Cristo, muerto como víctima de propiciación y resucitado como fuente de vida, Dios ofrece al pecador el don de la justificación, liberándolo del pecado y de la muerte e introduciéndolo en un estado de vida nueva, la vida de Cristo (Rm. 3, 21-26; 4, 25; Gal. 2, 20). Se trata del paso efectivo de un estado de pecado a un estado de justicia, de una condición de muerte a una condición de vida. La justificación divina marca el momento preciso en el que la realidad evangélica reviste al hombre con los frutos de la redención.

Esto es necesariamente un don gratuito de la misericordia divina dado que la persona es radicalmente incapaz de merecerla como una recompensa a sus obras. Por tanto, para conseguirla, el hombre no se puede fundamentar en la lógica retributiva y bilateral propia de un contrato. El hombre no tiene ningún derecho frente al Dios que justifica y Dios no tiene ninguna obligación frente al hombre.

Esto significa que sería injusto pretender ser justificado por Dios en virtud de la observancia de la ley como querían los judíos y judaizantes contemporáneos a Pablo. La justificación es una gracia, un favor absoluto que el hombre sólo la puede conseguir cuando la acoge como tal, abandonándose a la misericordia y a la fuerza vivificante de Dios Salvador. Se trata de una actitud coherente caracterizado por la verdad y al que Pablo llama fe.

Esta doctrina, central y fundamental en la economía evangélica (Gal. 2, 21), la presenta el mismo Pablo a sus lectores como la manifestación culminante de una lógica de gracia divina que desde el inicio de la historia de la salvación con Abraham no ha dejado de dirigir desde dentro la dinámica de la historia de la salvación (Gal. 3, 18; Rm. 4, 14-16).

Se trata de una teología que define la novedad evangélica como una plenitud de un misterio iniciado por Dios en la promesa hecha a Abraham, plenitud actuada según la misma lógica de gratuidad absoluta exigida por la misma promesa. En el contexto de su alianza con el Patriarca, Dios prometió los bienes de la redención como favor absoluto, libre de cualquier reciprocidad de carácter retributivo. Orientación inicial a la cual Dios permaneció fiel a lo largo de la historia de la salvación y que encontró en la gracia evangélica la plenitud a la que tendía. Lo que Dios ha prometido a Abraham incondicionalmente, lo cumple gratuitamente en Cristo. Es ésta una visión global que establece la unidad de los dos Testamentos sobre la base de una lógica operativa uniforme, poniendo todo el designio salvífico dirigido a Abraham en Cristo, bajo el signo luminoso de la gracia.

Conclusión

En Gn. 15, 18 encontramos un momento decisivo en la historia de la revelación. Se trata del inicio del misterio de amor que en Cristo alcanzó la plenitud de una gracia de vida ofrecida de forma universal a todo el que cree.

La Sagrada Escritura concede a la alianza de Dios con Abraham la primacía en el cuadro complexivo de la historia de la salvación. Tal primacía la posee por el hecho de que fue establecida por Dios en forma de promesa, incondicionada e irreversible.

En primer lugar, la promesa que Dios hizo a Abraham y a su descendencia debe cumplirse en la historia de forma infalible. El evangelio de Jesús Salvador es la verificación más segura de este cumplimiento. Los bienes que Dios prometió a Abraham, los ha concedido ya en el Antiguo Testamento. Sin embargo, más allá de su carácter inmediato, la promesa hecha a Abraham hay que entenderla en un contexto mucho más amplio, profético y mesiánico. Se trata del "sentido pleno", sentido realmente presente en la palabra que acogió Abraham porque refleja la voluntad misma de Dios en el acto de conceder su promesa. En lo que se refiere a su objeto preciso, la revelación bíblica lo indica en la realidad espiritual de la economía evangélica. En el proyecto divino, Cristo y su obra redentora constituyen el objeto perfecto de la promesa.. La "alianza - promesa", irreversible, no podía fallar en su finalidad y su cumplimiento define el carácter complexivo del misterio salvífico a lo largo de su desarrollo progresivo en la historia.

En segundo lugar, la revelación bíblica manifiesta en la promesa hecha a Abraham el inicio de la lógica de la gracia divina, auténtica dinámica salvífica que saca su energía únicamente de la benevolencia misericordiosa de Dios. Y esta lógica, primaria y fundamental, dio a la historia de la salvación una impronta distintiva situándola bajo el signo unitario de la iniciativa divina, sumamente gratuita, por la cual se cumple por pura misericordia lo que Dios ha prometido por pura gracia. Germen inicial y principio efectivo del misterio salvífico, la alianza-promesa llega a su plenitud en Cristo de la misma forma como llegó a Abraham, como un favor absoluto al que la persona no puede aspirar, como gracia divina que el hombre acoge sólo abandonándose a Dios en fe.

El texto que leemos en Gal. 3, 29 manifiesta la unidad dinámica de la historia de la salvación bajo el signo de la palabra que, dirigida al Patriarca en forma de promesa, introdujo para siempre a su descendencia en una relación de alianza con Dios.

CAPITULO II: LA ALIANZA SINAITICA

Promesa inicial y profética, dada gratuitamente y cumplida fielmente, cuya lógica operativa informa la dinámica esencial de la historia de la salvación, cuyo objeto contiene en el misterio de la voluntad de Dios la sustancia de los bienes concedidos a la humanidad en Cristo, la alianza de Dios con Abraham puede parecer, a primera vista, suficiente para la definición de una etapa preparatoria como es el Antiguo Testamento cuya realidad es germinal y profética con respecto a la econmía definitiva de la alianza cristiana. Sin embargo, el proceso de la historia de la salvación debía seguir una línea menos simple y directa. Dios quiso concluir otra alianza, intermedia entre la primera y la última y con una estructura diversa.

La tradición normativa de Israel relata que los hebreos, salidos milagrosamente de Egipto, residieron durante un largo período en el desierto del Sinaí antes de que se les permitiese entrar, a través del Jordán, en país de Canaan, la Tierra Prometida. Peregrinación providencial en la que el pueblo hebreo experimentó la presencia activa de Dios un acontecimiento religioso de gran importancia: con la mediación de Moisés y en el cuadro de una teofanía majestuosa, Yahveh concluyó una alianza con los hijos de Israel, constituyéndoles su pueblo particular y revelándoles su voluntad en forma de ley escrita.

Este acontecimiento fue el segundo momento fundamental en la línea salvífica que debía llevar al pueblo de Israel desde Abraham hasta la plenitud en Cristo. La relación original entre Yahveh y su pueblo recibió un enriquecimiento significativo: permaneciendo vigente la validez la validez de la promesa inicial y la gratuidad del compromiso divino, una nueva lógica completa el cuadro del misterio, lógica en la que el acento se pone en la reciprocidad de la relación entre Dios y el hombre. La alianza del Sinaí, a diferencia de la anterior, fue establecida en forma de acuerdo bilateral. Mientras que a Abraham sólo se le pidió acoger con fe la gracia de la promesa divina, el pueblo de Israel participó en la alianza sinaítica en calidad de contrayente activo, comprometiéndose a observar las cláusulas determinadas, base del acuerdo estipulado. Estas cláusulas constituyen la ley, expresión revelada de la voluntad normativa de Dios de cuya observancia debía depender el funcionamiento de la misma alianza. Esta lógica define el misterio de una relación condicional, violable por parte del hombre y reversible por parte de Dios.

1.- La alianza del Sinaí en el texto bíblico.

La tradición bíblica en torno a la alianza es muy rica. Se encuentra documentada en cuatro contextos principales, donde el misterio sinaítico aparece directamente, tanto en su fisonomía histórica como en su dimensión teológica.

Ø    Tenemos, en primer lugar, la llamada "sección sinaítica" en Ex. 19 - 24. Se trata, desde el punto de vista de la exégesis, de una de las secciones más difíciles del Antiguo Testamento. Diversas tradiciones se fueron incorporando progresivamente sin que sea posible delimitarlas con precisión. Sin embargo en su estado actual, esta sección presenta una cierta unidad global fruto del esfuerzo de los últimos redactores del Pentateuco, los cuales consiguieron redactar de una forma homogénea el gran patrimonio hebreo de recuerdos y reflexiones acumulado a lo largo de los siglos en torno al acontecimiento del Sinaí. Por el material que recoge y el mensaje que ofrece, esta sección constituye el testimonio bíblico más directo y autorizado de la alianza sinaítica.

Ø    También en el libro del Exodo, la tradición sinaítica está documentada en los capítulos 32 - 34 que relatan la primera infidelidad del pueblo de Israel a la alianza y la primera renovación de la misma.

Ø    Recordamos también el libro del Deuteronomio el cual nos presenta una visión evolucionada de la teología hebrea de la alianza sinaítica y que hizo de los hebreos en el desierto el pueblo de Yahveh.

Ø    Merece una mención especial el relato que nos ofrece Jos. 24, 1-28 donde encontramos la ceremonia solemne de una renovación de la alianza en Canaán, junto al santuario de Siquem y dirigida por Josué, sucesor de Moisés en la guía del pueblo de Dios.

Además de estos textos principales, la tradición de la alianza del Sinaí está presente en las partes del Pentateuco donde encontramos conservado y teológicamente interpretado el patrimonio legislativo de Israel, concebido y presentado como voluntad normativa del Dios de la alianza revelada a Moisés.

La misma tradición aparece también, de forma parenética, en la literatura profética, donde la obligación de fidelidad a Yahveh en la propia vocación se inculca a Israel como una exigencia específica de la alianza.

No olvidamos que el gran cuerpo histórico que va desde el libro de los Jueces al segundo de los Reyes está penetrado de un pensamiento teológico que deriva de la tradición sinaítica; se trata de una historia de Israel en clave teológica, presentada a la luz de las categorías específicas de la alianza del Sinaí.

2.- Estructura ideológica de la alianza del Sinaí

Las notas características y distintivas de la alianza sinaítica, la específica orientación teológica que la caracteriza en la tradición bíblica y la sitúa como una etapa particular en la historia de la salvación, se comprenden mejor a la luz de lo que podemos llamar "género literario". Este está suficientemente documentado en el texto bíblico como expresión concreta de una tradición vital en el seno del antiguo Israel. Comprende tres elementos principales: evocación de los beneficios que Dios ha concedido a Yahveh en el pasado, un elemento legal o normativo que aparece en forma de estipulación o cláusula de la alianza y sanciones condicionales. Esta estructura literaria revela la siguiente estructura ideológica:

El primer elemento, el prólogo histórico, consiste en el hecho de que se recuerdan a Israel, en el contexto de la alianza, los hechos más significativos de su historia presentados como beneficios de la bondad del Señor (Ex. 19, 4; 20, 2; Jos. 24, 2-13).

El segundo elemento, las cláusulas, se refiere a la ley mosaica, al cuerpo normativo que por voluntad de Dios rige la vida del pueblo hebreo. En primer lugar se piensa en el Decálogo (Dt. 9, 9ss.; Ex. 34, 28): Según el texto bíblico se puede distinguir una estipulación fundamental y una serie de estipulaciones particulares:

Ø    Estipulación fundamental.- Se trata del compromiso básico exigido a Israel en el contexto de la alianza, compromiso que define globalmente y en su aspecto práctico y normativo la posición del pueblo de la alianza con respecto a su Dios. Aparece formulado de diversas formas: Ex. 34, 28; Jos. 24, 14; Dt. 6, 5. Se trata de diversas formulaciones de una única obligación cuya formulación está en el primer precepto del Decálogo.

Ø    Estipulaciones particulares.- Representan el conjunto de preceptos divinos que regulan los diversos aspectos de la vida cotidiana del pueblo de la alianza.

Hay que subrayar la relación que hay entre el primero y el segundo elemento: el enfoque de la ley por parte de Yahveh y la práctica de la misma por parte de Israel se entiende como la consecuencia lógica que parte de una promesa constituida por los beneficios divinos recordados en el prólogo histórico. Esta relación explica un doble aspecto:

Ø    aspecto ético.- Recordar los beneficios recibidos de Yahveh provoca en los hijos de Israel un sentimiento de gratitud que exige una respuesta a la benevolencia divina que el pueblo debe realizar con su adhesión a la voluntad de Dios revelada en las cláusulas de la alianza. Se trata de una obediencia y un servicio fundamentados en el imperativo de la gratitud.

Ø    Aspecto jurídico.- Mediante los beneficios que el pueblo ha recibido, Yahveh ha adquirido un derecho especial sobre los hijos de Israel, derecho de exigirles una adhesión absoluta y exclusiva en el cuadro de una alianza que les consagra a su servicio. A este derecho especial corresponde por parte de Israel la obligación de dedicarse al servicio de Yahveh, observando fielmente la ley.

El tercer elemento, las sanciones divinas, lo ilustraremos posteriormente.

Estos tres elementos, que constituyen una estructura ideológica inconfundible, nos permiten captar la lógica más íntima de la alianza sinaítica, según el pueblo elegido debe vivirla. Al mismo tiempo nos revelan su lugar en el cuadro de la historia de la salvación poniendo de manifiesto tanto sus cualidades positivas como sus insuficiencias indiscutibles.

2.1.- Prólogo histórico

Este primer elemento de la estructura, considerado en relación con el segundo, manifiesta una de las notas más positivas de la religiosidad sinaítica; al mismo tiempo permite descubrir en esta religiosidad el germen de una posible deformación ideológica en lo que se refiere a la trascendencia divina.

a) Etica de respuesta.

La práctica de la ley divina en el cuadro de la alianza sinaítica es una reacción, iluminada y motivada por la fe. Una fe cuyo objeto es el conjunto de intervenciones salvíficas de Dios contenidas en el prólogo histórico y presentadas como base lógica e imperativa para un compromiso de sumisión y de obediencia a Yahveh.

Por esta razón, el pueblo de la alianza se encuentra comprometido en una ética de respuesta. Observando la ley divina, expresión de gratitud y de justicia, el pueblo de Israel responde con la vida a los beneficios recibidos de su Dios, dándoles gracias y reconociendo su deuda hacia El. De este modo, la práctica de la ley se encuentra inserta en el contexto de un diálogo vital entre Dios y el hombre: Dios interviene primero en la historia salvando; a la iniciativa divina, el hombre responde con una sumisión consciente y libre. Se trata de un diálogo en el que la primera palabra es de Dios y la respuesta del hombre.

Siendo una respuesta a los bienes concedidos por Yahveh, la práctica de la ley en la dialéctica sinaítica, tiende lógicamente a la perfección. Una respuesta es tal en la medida en la medida en que es proporcional y adecuada a la medida del otro. Por eso, para que la obediencia de Israel pueda llamarse "respuesta" a los beneficios recibidos de Dios en la historia, es necesario que exista una cierta igualdad entre los beneficios recibidos y la respuesta, aunque es obvio que esta igualdad es objetivamente imposible. Ahora bien, es un artículo de fe del Antiguo Testamento que los beneficios concedidos por Yahveh a Israel fueron totales: Israel es creación de Yahveh, debe todo, incluso su misma existencia a El. Esta es la verdad que encontramos formulada en prólogo histórico de la alianza renovada en Siquem (Jos. 24, 2-13). También allí encontramos la ética de respuesta en el v. 14. Aquel al que todo se le debe, tiene derecho a la totalidad de un servicio perfecto y fiel.

Si nos preguntamos en qué consiste este servicio totalitario, encontramos que tal imperativo de la alianza incluye necesariamente el amor del pueblo de Israel a su Dios. Es una doctrina propia de la teología deuteronomista: Dt. 10, 12-13.

Yahveh pide al pueblo de la alianza un servicio total (Dt. 6, 5; 11, 13; 13, 14; 30, 2. 6. 10), servicio que consiste en temer al Señor, adherirse a su voluntad, observar sus preceptos. Pero el servicio total y exclusivo incluye el amor, se identifica con él. Esta necesidad lógica de amar a Yahveh para poder responder de manera adecuada a sus beneficios la encontramos formulada en Dt. 11, 1-7.

Así, el amor a Dios aparece como el imperativo fundamental dirigido a Israel en el contexto de la alianza y en virtud de la lógica dialéctica del prólogo histórico. El amor de la alianza entendido como un compromiso total de servir a Yahvhe y practicar su ley; este amor es la mejor respuesta de Israel a la iniciativa creadora y salvadora de Dios.

En los textos citados encontramos diversas expresiones: "Escuchar la voz de Yahveh", "temer y servir a Yahveh", "caminar por sus caminos", "observar sus preceptos", "practicar su ley"; todas ellas equivalentes para expresar la cláusula fundamental de la alianza. Y ésta, a su vez, en virtud de la ética de respuesta encarnada en el prólogo histórico, encuentra su formulación suprema en el precepto del amor (Dt. 6, 5). Se trata de un precepto que en la lógica de la alianza sinaítica es el resumen perfecto de la ley divina (Mt. 22, 34-40; Rom. 13, 8-10; Gal. 5, 14).

b) Peligro de deformación religiosa

Junto a los aspectos positivos de los que hemos hablado, la función del prólogo histórico trajo algunos gérmenes de imperfección y de deformación ideológica fácilmente perceptibles.

1.- "Historización" y "humanización" de Yahveh

Los beneficios de Yahveh enunciados en el prólogo histórico son exclusivamente hechos que sucedieron en la historia humana. Ahora bien, un enfoque unilateralmente histórico, separado de otras verdades del patrimonio religioso de Israel, podía llevar a una concepción lesiva de Dios y de su trascendencia; es decir, el pueblo de la alianza podía caer en la tentación de considerar a Yahveh como un Dios exclusivamente inmerso en la historia humana.

Una corrupción teológica semejante, sería obstaculizada por el monoteísmo del pueblo de la alianza y por la concepción eminentemente espiritual que tenía de Dios. Por esta razón, tal corrupción era una posibilidad remota en el plano de las ideas, pero en el plano de la religión práctica, el peligro era real y considerable

De hecho, traduciendo esta deformación en los términos prácticos de la dialéctica "beneficio - respuesta", propuesta en el prólogo histórico, Israel se encontraba expuesto a la tentación de servir a Yahveh en el contexto de la alianza simplemente porque El es el bienhechor al que se debe una respuesta adecuada a modo de recompensa olvidando que, siendo Dios, tiene derecho a exigir de sus criaturas servicio y obediencia independientemente de su acción positiva en la historia humana. A partir de esta disposición equivocada, el paso hacia una actitud excesivamente contractual, podía ser inevitable.

El hecho de que los hijos de Israel tuvieron esta tentación lo encontramos documentado en Dt. 9, 4. Si el libro del Deuteronomio combate esto, es porque estaba presente en la religión popular de Israel. El origen de tal deformación se encuentra en una mentalidad religiosa equivocada, nutrida de un recurso demasiado unilateral de la historia, como el terreno exclusivo de toda manifestación divina.

2.- Nacionalización de Yahveh

Siguiendo en la misma línea, podemos situar en la lógica dialéctica del prólogo histórico el origen de una ulterior deformación del concepto de Dios. Los hechos enumerados en el prólogo histórico no pertenecen exclusivamente al ámbito de la historia humana, pero están insertos en el ámbito de la historia particular de un único pueblo. Yahveh podía aparecer no sólo como un agente intrínsecamente ligado a la historia humana, sino como un factor perteneciente a la historia de un único pueblo, el de la alianza. En esta constatación hay que situar el origen de lo que podemos llamar la tentación típica del pueblo de la alianza: el nacionalismo religioso.

Desconociendo la soberanía universal del Yahveh, olvidando la verdad de la elección divina, considerando a Yahveh como un Dios nacional, Israel cayó en el error moral correspondiente: Yahveh tenía la obligación de proteger a su pueblo del resto de los pueblos; una protección infalible, automática, ligada no ya al comportamiento moral del pueblo y menos al misterio de la voluntad divina, sino a la pretendida relación nacional con Yahveh.

La piedad popular cae en esa tentación, lo cual demuestra la predicación profética contra la falsa seguridad del pueblo pecador en Yahveh: Am. 3, 1-2; 5, 18-20; 9, 7-8; 9, 10; Mi. 3, 11; Jer. 7, 3-11.

La enseñanza de los profetas al respecto es significativa: Yahveh es el Señor universal y no una divinidad nacional; si El ha querido ligarse a un pueblo particular, se debe a una preferencia electiva absolutamente libre y gratuita; habría podido elegir otro pueblo. Los beneficios que Dios ha concedido en la historia sólo a Israel no son sino una manifestación particular de la solicitud universal de Yahveh. Esto no quiere decir que Yahveh sea exclusivo de Israel, ni da a Israel el derecho de una protección divina automática e infalible. Israel no puede pensar que posee a Yahveh como parte del patrimonio nacional del cual se puede servir a su gusto. Al contrario, lo que ha recibido de Yahveh le da una mayor responsabilidad moral indiscutible y lo expone a una sanción más grave.

Se trata de una doctrina correctiva necesaria que presupone un error que hay que corregir, error que hay que relacionar con una insuficiencia dialéctica inherente al prólogo histórico tan como funcionaba en el interior de la estructura ideológica de la alianza sinaítica.

2.2.- Las cláusulas de la alianza

En virtud de la dialéctica que funciona en el interior de la estructura tripartita de la alianza sinaítica, este segundo elemento comporta aspectos positivos y negativos.

a) Observar la ley es introducirse activamente en una economía divina y positiva de salvación

Es un hecho que, junto a ciertas leyes específicamente israelitas y estrictamente sobrenaturales, la ley mosaica, en su aspecto moral, es un reflejo de las exigencias concretas de la ley natural propia de la conciencia individual del hombre.

La cuestión que se platea ahora es la siguiente: ¿cuál es la superioridad del judío?. Si antes del Antiguo Testamento y fuera del mismo, la humanidad está ligada a un régimen religioso construido sobre la base de una ley natural y si esta ley coincide con la ley mosaica en el aspecto ético, ¿cuáles eran los valores morales específicos inherentes a la situación del pueblo de Dios?.

La respuesta la encontramos en la función y en el significado que el elemento "ley" tenía en la estructura de la alianza sinaítica.

En primer lugar la ley llegó a Israel en el contexto sinaítico como la expresión normativa de una voluntad divina revelada. Si su conciencia y su experiencia susurraban al israelita que los imperativos morales de la Torah expresaban las exigencias de su naturaleza humana y de su condición de criatura, tanto mejor. Pero su importancia y su valor no termina ahí, existe un valor superior: para él la ley era Palabra de Yahveh, inseparable de la palabra divina que regía el misterio de la alianza. Y esta convicción llevaba al israelita fiel a una seguridad auténtica y a una finalidad de vida totalmente ignorados por los pueblos paganos. La verdad misma de Dios garantizaba la validez de la ley y los designios de Yahveh se le ofrecían para que los realizase a través de la propia validez ética.

Además, y por las mismas razones, la ley mosaica se consideraba esencialmente religiosa. Toda ella era Palabra de Yahveh y determinaba la vida del pueblo hebreo en todas sus dimensiones. La ley generaba una actitud unificadora que conectaba toda la actividad humana con el proyecto salvífico de Dios en el mundo y en la historia. Esto prevenía cualquier tipo de ruptura entre las obligaciones del hombre hacia Dios, hacia sí mismo y hacia la sociedad.

Sin embargo, la diferencia más profunda entre la ley natural y la ley mosaica procede del hecho de que ésta era acogida por Israel como cláusula de la alianza divina, es decir, como la condición de cuya observancia Yahveh quiso hacer depender la validez y la eficacia de su alianza. La ley, por tanto, pertenecía en la mentalidad hebrea a un orden de valor diverso del natural, a un régimen religioso superior. Israel sabía que observando la ley cumplía la alianza que Yahveh había establecido con él, realizaba su identidad del "pueblo de Dios", de "propiedad particular" de Yahveh, de "reino sacerdotal" y de "nación santa" del Señor.

Se trata de una perspectiva que pertenece al fondo más genuino de la tradición israelita. A su luz, la práctica de la ley, más que un simple acto de obediencia, es elevada a la dignidad de una realización concreta de la alianza, de una colaboración efectiva del hombre con el proyecto de Dios en la historia.

Esta relación entre ley y alianza llevó consigo una consecuencia relevante en el plano de la moralidad práctica: el israelita que observaba la ley lo hacía no tanto porque los preceptos de ésta respondían a las propias inclinaciones o porque expresaban las exigencias de la propia conciencia, sino por la razón simple y profunda de que la religión era para él el medio para conformar la propia vida a las exigencias de la alianza, para insertarse vital y activamente en las riquezas sobrenaturales del proyecto que Yahveh estaba realizando en la historia. La fidelidad a la ley hacía del israelita, como miembro del pueblo de la alianza, un protagonista que influía en el desarrollo de la historia de la salvación.

b) Orgullo legal

En el interior de la estructura ideológica de la alianza sinaítica el elemento "ley" funciona según la lógica contractual, como las estipulaciones o las cláusulas de un acuerdo bilateral entre "superior" e "inferior". El superior pone un imperativo como condición para conceder un privilegio, el inferior obedece por fidelidad al acuerdo estipulado.

Se trata de una interpretación típicamente jurídica, marcadamente exterior que presupone que el cumplimiento de la cláusula está al alcance del contrayente inferior, en este caso, de Israel. Por tanto, su lógica ignora la necesidad de una gracia capacitadora por parte de Yahveh, de un principio interior que acompañe la ley y que convierta su observancia en un don de Dios.

Este enfoque no presentaría ningún problema en el cuadro de un acuerdo entre hombres porque se fundamentaría en el hecho de una igualdad fundamental entre los contrayentes. Obedeciendo a la voluntad imperativa del "superior", el "inferior" tiene el derecho de pensar que ha cumplido la condición del acuerdo por sí mismo y puede exigir, en justicia, que el "superior" cumpla aquello a lo que se ha comprometido.

Pero en el caso de una alianza entre Dios y el hombre las cosas son distintas. No se puede llegar a la igualdad fundamental que presupone el enfoque jurídico del que hemos hablado y la parte humana no puede exigir nunca de Dios, en nombre de la justicia, que El cumpla aquello a lo que se ha comprometido.

Estamos, pues, ante un régimen que lleva en sí el principio de una contradicción: lo que su lógica operativa afirma como posible, lo vemos negado en la realidad de los hechos. Se trata de una insuficiencia radical del régimen sinaítico tal como aparece presentado en el género literario que define su lógica operativa.

Tal insuficiencia llevaba a consecuencias negativas en el plano de la religión vivida. Israel podía caer en la tentación de equipararse al mismo Dios. Considerándose capaz de cumplir con sus propias capacidades las cláusulas de la alianza, el pueblo podía llegar a un doble error religioso: por una parte, exigir de Dios la realización de los beneficios de la alianza como una retribución debida al hombre; por otra, poner su confianza exclusivamente en la propia integridad legal.

El resultado es la falsificación radical de la relación entre Creador y criatura, separación del misterio de la alianza del misterio primario de la elección divina, oscurecimiento del sentido del pecado y de la pobreza del hombre pecador. Deformación religiosa y moral que llegará a su máxima expresión en el orgullo legal que caracterizará a amplios sectores del judaísmo posterior, orgullo condenado por la predicación de Jesús en nombre del espíritu de la infancia y de la pobreza, combatido por Pablo en nombre del realismo religioso y de la humildad de la fe.

2.3.- La sanción divina: bendición y maldición

También este tercer elemento de la estructura ideológica de la alianza sinaítica presenta ventajas religiosas o morales indiscutibles y revela una debilidad congénita en la institución sinaítica.

a) Israel, cooperador de Dios

Las bendiciones y las maldiciones pronunciadas por Dios en el contexto de la alianza, desde el momento en que prometen bienes y amenazan con males, resultan de gran utilidad en el plano de la religión práctica: el pueblo recibe una motivación válida para cumplir la voluntad de Yahveh. Su comportamiento según la ley es sancionado: su fidelidad es recompensada y su infidelidad es castigada. El futuro de Israel está en sus manos y de él depende la prosperidad y la vida o la desgracia y la muerte (Dt. 30, 15ss.)

Todavía más importante, por el hecho de que las bendiciones y las maldiciones superaban los límites de cualquier recompensa o castigo material, y condicionaban la misma existencia de Israel como pueblo de la alianza, éste tenía la posibilidad de poder influir de alguna manera en la realización efectiva de los designios de Yahveh en la historia. La alianza estaba prácticamente confiada a los hijos de Israel, a los cuales se les había dado la posibilidad de elegir el camino que habría mantenido válida la alianza en beneficio propio. Responsabilidad positiva que eleva al pueblo de la alianza a la dignidad de cooperador de Dios en la historia de la salvación.

b) Alianza frágil, insuficiente, transitoria

Aun promoviendo, como hemos dicho, la responsabilidad de la parte humana, la sanción de Yahveh constituía en la lógica interna del régimen sinaítico un principio innegable de debilidad operativa. Israel era cooperador de Dios aunque no de manera infalible. Su contribución a la edificación y a la estabilidad de la alianza sólo la podía dar en caso en que, superando su innata volubilidad, mereciese por su fidelidad la bendición del Señor. En caso contrario, transgrediendo la ley, Israel podía encontrarse en la situación del que, siendo infiel a la alianza, impide la realización del proyecto de Dios. Se trata de una posibilidad claramente prevista por la estipulación de las sanciones y en la cual encontramos una de las imperfecciones de la institución sinaítica.

Alianza frágil.

Mantenida la lógica condicional de las bendiciones y maldiciones divinas, la alianza del Sinaí aparece como una realidad intrínsecamente frágil. Su estabilidad está ligada a la fidelidad de la parte humana y esta fidelidad puede faltar. Israel puede romper la alianza, si es cierto que él puede transgredir la ley, la alianza está condicionada. La maldición es la ruptura por parte de Yahveh de la alianza sinaítica: Lev. 26, 15.

Esta fragilidad aparece todavía con más claridad cuando recordamos el enfoque marcadamente jurídico en el que aparece la ley divina en el régimen sinaítico, lógica operativa que fundamenta sólo en las capacidades naturales de Israel la observancia efectiva de la ley y que, por tanto, no prevé la donación por parte de Yahveh de un principio interior que garantice la fidelidad de Israel en el compromiso que ha contraído. De lo contrario no se justificaría la condicionalidad de tal régimen como podemos constatar a la luz de las sanciones.

La vida de la que se habla en Dt. 30, 19 es propuesta a Israel como objeto de su elección y su condición para obtenerla es la práctica de la ley según el compromiso adquirido por el pueblo de Israel, incapaz por sí mismo de realizarlo. La consecuencia viene por sí misma: el régimen sinaítico es tan frágil como lo puede ser la fidelidad de un Israel comprometido en un pacto condicional con Dios. Este pacto se puede romper porque Israel puede transgredir la ley, y la puede transgredir por el hecho de que su fidelidad, lejos de estar garantizada por el mismo Dios, se presenta en el interior de un régimen como fruto de las capacidades humanas.

Obviamente, Dios no niega su gracia al hombre de buena voluntad; pero este auxilio divino, indispensable a cualquier nivel y asegurado a nivel individual, no está previsto a nivel de régimen y de colectividad, que es lo propio del contexto sinaítico. La alianza se establece con Israel en cuanto pueblo; y en cuanto pueblo, Israel no encontraba en la lógica operativa del Sinaí la gracia divina que le hubiese garantizado fidelidad perpetua.

Alianza insuficiente.

Intrínsecamente frágil, la alianza del Sinaí es una régimen insuficiente desde el momento en que se presenta como una etapa de la historia de la salvación. Parte integrante de esta historia, la alianza sinaítica no se identifica con la totalidad de la historia. Sin embargo, sus relaciones mutuas son tales que una repercute en la otra. En este punto surge un problema de naturaleza teológica: ¿se puede admitir que el proyecto salvífico iniciado por Dios en la historia pueda encontrarse radicalmente obstaculizado?. La respuesta es negativa. He aquí un aspecto ulterior del misterio, a la luz del cual el régimen sinaítico emerge claramente como economía fundamentalmente insuficiente.

De hecho, la lógica sinaítica, jurídica y condicional, parece ignorar cierta categoría como puede ser la e la gracia y el perdón. En virtud de ésta, la infidelidad de Israel suscita automáticamente las sanciones negativas y, como consecuencia, y la supresión de la misma por parte de Yahveh. Por eso, si la historia de la salvación debe continuar su desarrollo y alcanzar su finalidad, es necesario que esté prevista una lógica diversa a la del Sinaí. Ahora bien, esta lógica ya existe en la historia de la salvación: la promesa hecha a Abraham.

La insuficiencia teológica de la alianza del Sinaí y la necesidad de recurrir a la promesa hecha a Abraham han sido advertidas en el pensamiento de Israel como aparece documentado en Lev. 26, 41-42; Dt. 4, 30-31.