SILENCIO SOBRE LO ESENCIAL

 

Jean Guitton; Ed. Edicep, ISBN: 8470501682

pg.

PREFACIO

 

Extraño este silencio sobre el primer objeto de la fe, el objeto último de la razón.

 

Extraño también entre los cristianos el silencio sobre el Juicio.

Antes, se ponía a los fieles en presencia de los últimos fines. Ahora, parece entendido que toda justicia será absorbida por la misericordia.

 

Estoy sorprendido, al enterarme por los sondeos, de que muchos cristianos no se atreven ya a decir que creen en la vida eterna. He oído incluso a algunos predicadores decirme que hay que tomar partido por esta increencia, limitar el mensaje cristiano a la solidaridad.

¡Qué extraño es también el silencio de la Iglesia sobre la Iglesia del silencio!

Este silencio sobre lo esencial que respeto en los otros, llegado al fin de mi vida ya no lo puedo guardar. Considero que un pensador tiene una responsabilidad exigente, inalterable, dura de llevar, sin la cual el ejercicio de la inteligencia no sería más que un juego. El que calla otorga.

De todas las faltas de mi existencia, las que pesan más sobre mi conciencia, porque me parecen más irreparables, son las faltas por omisión. ¡Cuántas veces he preferido callarme en vez de dar testimonio!

A menudo el silencio de la información cae sobre lo insoportable, es decir, sobre lo esencial. Antiguamente, los laicos no tenían que ocuparse de la enseñanza religiosa. Los que lo hacían, como sucedió con Pascal, eran tenidos por marginales inútiles, a veces, sospechosos. Los laicos estaban mezclados con el mundo: su papel era ocuparse del mundo. En cuanto a los obispos, su deber primordial consistía en enseñar, en nombre de Dios, en nombre de Cristo, la verdad íntegra, sin tener demasiadas preocupaciones de adaptación. En nuestros días, los obispos tienen, más que antes, la preocupación pastoral de hablar al mundo, de hacerse todo para todos, a ejemplo de san Pablo. Pero la relación del obispo con el laico se ha modificado.

Antes del Concilio, especialmente en Francia, fueron escritores laicos (Claudel, Blondel, Gilson, Maritain, Marcel, Mauriac, Julien Green, Bernanós, Thibon...) quienes mostraron más atrevimiento en decir lo que consideraban verdad. ¡Cuántas veces habré oido al Papa Pablo VI decirme (él, que fue posiblemente el primer Papa de espíritu laico) que la tarea de un seglar no es transmitir la verdad revelada a la manera de un sacerdote, sino que el laico debe brindar un testimonio personal, fundado sobre su propia historia, experiencia y conciencia.

Por lo que a mí respecta, considero que la suplencia de los seglares es provisional, y que en el siglo XXI aparecerán obispos semejantes a lo que fueron los Padres de la Iglesia que encontrarán acentos nuevos, aún imprevisibles, para expresar, más allá de la caridad de la prudencia, la caridad de la Verdad.

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Pero llega un momento en que este silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad, sin poner en peligro el núcleo mismo de lo esencial. Entonces se siente que ese silencio no puede ser guardado sin tener mala conciencia.

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El laico debe brindar un testimonio personal, fundado sobre su propia historia, sobre su propia experiencia, sobre su propia conciencia.

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Me extraño del silencio sobre Dios que existe incluso entre los cristianos.

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Sobre lo esencial, en todos los dominios, se guarda silencio.

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... Se honra a lo esencial con el silencio.

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Es extraño ver crecer el silencio sobre lo esencial en nuestras sociedades parlanchinas.

Me extraño del silencio sobre Dios.

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Cuando el adversario se resumía en un solo personaje, visible, grotesco o feroz, era posible desafiarlo. Ya no tenemos que luchar contra un tirano, sino contra una multitud confusa, cuya arma disuasiva no es un suplicio sino el silencio. Estamos asediados por la radio, la pantalla, el periódico, los medios de información. Ahora bien, una información es incompleta, parcial, puesto que nunca lo dice todo. Y a menudo el silencio de la información cae sobre lo insoportable, es decir, sobre lo esencial. La obra maestra del arte  de informar es engañar no diciendo nunca más que la verdad.

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LA VERDAD

 

Así es como los deberes que los hombres tienen para con la verdad entran en conflicto con el deber que tienen de respetar las conciencias. En nuestra época adulta, preocupada más que antes por la libertad, el conflicto entre el ideal de verdad y el ideal de caridad es constante en nuestras sociedades tolerantes.

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Por lo demás, estos métodos plenos de respeto para con la opinión del otro ya habían sido puestos en práctica por Sócrates. Este buscaba definir en primer lugar lo que era común entre él y sus adversarios. Llamaba a esto homologumenología.

Pero el conflicto entre la caridad y la verdad no se resuelve mediante estas conductas respetuosas.

…El deber del silencio no puede prolongarse indefinidamente sin conducir a una duda general.

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Cuando hemos eliminado la verdad en su sentido objetivo, entonces podemos honrar tanto más la verdad subjetiva: ilusión deliciosa que nos hace vivir, que nos permite soportarnos unos a otros. Ya no buscamos el acuerdo del sujeto con el objeto; por el contrario, buscamos el acuerdo del sujeto consigo mismo. A esto lo llamamos: la sinceridad. Y, en consecuencia, sustituimos la búsqueda de los criterios de verdad por la búsqueda de los criterios de sinceridad. La verdad de una ley impuesta desde fuera la sustituimos por la verdad interior, cambiante con las personas y en adelante llamaremos tolerancia a este mutuo respeto a nuestras condiciones, que procura a la vez la paz interior y el confort.

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El vínculo que une a los espíritus, a pesar de su diferencia, es la idea de Verdad. Se podría decir incluso que el escéptico da testimonio e ello: si Pilatos, Protágoras o Pirandello fueran consecuentes, pondrían en duda su escepticismo. Pero, en los escépticos, vemos una mezcla (o más bien una sutil oscilación) entre el relativismo y el dogmatismo. He constatado que el escepticismo, que debería extenderse a todo, desaparece por encanto en el momento en que el que duda opta. Su duda no alcanza a su moral (o a su inmoralismo), a su religión (o a su irreligión), ni a su política. ¡Qué raro que el espíritu crítico la critique! En eso, para decirlo de pasada, el increyente seguro de su negación, difiere del creyente que ruega al Señor "que ayuda a su incredulidad".

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LA ORACION

 

Para preparar un entendimiento (entente) auténtico, es importante no poner entre paréntesis las diferencias fundamentales. Cuando se hace pasar lo esencial bajo un velo de silencio, se paga caro.

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La Eucaristía católica tiene dos caracteres que parecen oponerse, pero que se complementan en una verdadera estructura. La Eucaristía es, en primer lugar, un sacrificio, que reitera el sacrificio de Jesucristo. La Eucaristía es también un sacramento, y en él se propone a los fieles reunidos en una comida mística los frutos de este sacrificio. Si quisiera traducir todo esto a mi lenguaje, diría que la Eucaristía es numinosamente un sacrificio y luminosamente un sacramento. Ahora bien, la liturgia conciliar nunca ha querido restringir la parte del sacrificio. Ha ilustrado más el sacramento. Pero, en la estructura, permanece que el sacramento es la consecuencia del sacrificio, que la Luz brota del Misterio. La liturgia del Concilio otorga un espacio mayor a la luz. La Palabra de Dios se expone de un modo inteligente, más bíblico.

….

Me he preguntado en ocasiones si la demasiado rápida aplicación de la reforma no corría el riesgo de alterar un elemento esencial, que es la estructura de la Eucaristía. Llamo estructura al orden, a la jerarquía, a la proporción de las partes. No pongo en el mismo nivel y en el mismo plano la liturgia de la Palabra y la liturgia del Sacrificio. Entre dos aspectos esenciales, el segundo es a mi juicio más esencial. El primero anuncia al segundo. El luminoso introduce al numinoso. Y en el numinoso solo se oculta y se manifiesta la esencia, que es el misterio de la fe, el MYSTERIUM FIDEI.

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Católicos y protestantes admiten que la santa Cena se divide en dos partes, una de las cuales está ocupada por la Palabra y la otra por el rito de consagración y comunión. La diferencia entre las confesiones cristianas consiste en lo que yo llamo la estructura, esto es, en la disimetría de las dos partes. Nadie ignora que los teólogos reformados hicieron prevalecer la Palabra, y que los católicos, concediendo su parte a la Palabra, no la tienen por esencial.

Me complace ver disminuir las diferencias de nuestros puntos de vista: pero tengo miedo de que, en la práctica, parezcamos haber cedido en aquello que, pare el católico, sigue siendo esencial.

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La antigua liturgia asociaba los dos aspectos de justicia y de misericordia, haciendo prevalecer la misericordia sobre la justicia.

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Lo que llamamos pasado no está rebasado: ¡la esencia del pasado está completamente presente en Dios! San Agustín, San Juan de la Cruz, Newman, -Proust-, me han hecho comprender que la memoria es la profundidad del presente; que anuncia, en una mezcla misteriosa, a la vez el porvenir y la eternidad.

Para ser duradera, una reforma de la oración debe encarnarse en unos hábitos. Y eso no puede hacerse por decreto.

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Todo fiel tiene un deber de obediencia a la autoridad de los sucesores de los Apóstoles. Como decía Bossuet en un famoso sermón sobre la Unidad de la Iglesia, Pablo, por muy grande que fuese, se sometió a Pedro "a fin de dar la norma a los siglos futuros". Los que son indóciles hacen daño a la Iglesia con su crítica y se exponen a ser separados. Pero, como el Concilio ha puesto de manifiesto, en las separaciones, los daños no pueden ser colocados en un solo lado.

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Pero deseo presentar una inquietud más personal, porque afecta al problema ecuménico en un punto esencial. Se trata de la lealtad católica.

……..

Es difícil abrir los brazos a los de fuera y cerrarlos a los de dentro, acoger al hermano no separado y castigar al hijo indómito. Existe una lealtad, una lógica del amor. Ahora bien, el ecumenismo es por excelencia una obra del amor. Y el amor no puede tener dos caras, es indivisible como la luz.

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EL TESTIMONIO

 

Ahora bien, una explicación de los mecanismos del amor explica todo sobre el amor, salvo el amor mismo. El conocimiento de los mecanismos mediante los que la fe surge y crece en una conciencia explica todo sobre esa fe, salvo la fe misma. La ciencia de los mecanismos de la compensación, de la redacción y de la génesis de nuestros evangelios explica todo, salvo lo esencial, es decir, el Evangelio mismo.

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Si en nombre de la Verdad, se introducen ficciones, entonces no veo cómo un hombre razonable de este siglo XX podría estar convencido de la autenticidad, de la sinceridad y de la lealtad de los primeros cristianos.

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Esta disociación de la fe en la que una parte desprecia a la otra, es aún un "esencial pasado so capa de silencio". La fe no puede ser diferente según los niveles de cultura. La fe de la esclava Blandine era la misma que la de Fotino, el obispo de Lyón. Pascal oraba con el pueblo, del que decía "opiniones del pueblo sanas". Y podría decirse incluso que el método divino es privilegiar la fe de los pequeños, como si ésta contuviera bajo una forma pobre esa esencia que el saber oscurece y en ocasiones disuelve.

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LA UNIDAD

 

Es en el instante en que los dos bloques se acercan hasta tocarse cuando se mide la diferencia.

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Quiero insistir en un aspecto que a menudo se pasa en silencio: la separación de los cristianos, que es un escándalo, conserva su honor, si nuestro primer deber de conciencia es buscar la Verdad. Ahora bien, nosotros, los unos y los otros, hemos preferido la verdad cruel a la falsa caridad, y desunirnos visiblemente antes que unirnos en la ambigüedad.

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No es con un protestante infiel como se obtendrá un buen católico. Ni tampoco un buen protestante con un católico infiel.

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el diálogo entre los espíritus igualmente razonable tiene su fundamento en un amor igual a la Verdad. Y cuando constatan que buscan esta Verdad por caminos contrarios, cada uno de ellos tiene el deseo de convencer al otro. Eso es lo que constituye el esplendor oculto del diálogo entre los cristianos separados, pero unidos por un mismo amor, el amor de Cristo.

….

En consecuencia, voy a informarme sobre su creencia, voy a corregir mis ideas falsas sobre la misma. Espero que de su parte él corregirá su información sobre el catolicismo.

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Pero, desde el punto de vista de la Verdad en el que yo me sitúo, vuelvo a decir que nuestra separación es noble. Procede de que ponemos la Verdad por encima de un falso amor; de que, unos y otros, apelamos silenciosamente al único Juez, a saber, Cristo, que nos une y nos desune, pidiéndole su arbitraje. Y que, aunque separados por los malentendidos de los tiempos, nos reúna, para siempre, en la Eternidad.

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LOS DOS TIPOS DE BUSQUEDA

 

me respondía León Brunchvicg: "La causa de esta intolerancia de los emperadores es la siguiente: estaban dispuestos a introducir a Jesús entre los dioses, a condición de que no fuera el único. Aceptaban incluso al Dios judío, pero no podían soportar las intolerancia de los primeros cristianos". Y añadía: "Me atrevo a definir la tolerancia de este modo: es la intolerancia de la intolerancia".

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Me he dado cuenta de que todo hombre digno de este nombre es como yo un intolerante, es decir, un intransigente sobre lo esencial. Hasta el escéptico, pues nunca ha aceptado, como ya he dicho, que se dude de su escepticismo. Este carácter de intransigencia que yo me reconozco, lo considero como un honor en mis adversarios. Y eso me aproxima a los que están más alejados, a condición de que yo los sienta verdaderamente convencidos.

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Algunos tienen la impresión de que la Iglesia católica ha cesado de presentarse como poseedora de la Verdad, como si se hubiera transformado en una Iglesia que está a la búsqueda de esta Verdad.

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La purificación de lo inútil es buena, en la medida en que permite hacer sobresalir la esencia. Pero será bien necesario que un día esta esencia reaparezca, bajo formas imprevisibles.

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EL CATOLICISMO EN LA ERA NUCLEAR

 

Sólo Dios puede llevar a cabo la síntesis de la Verdad y de la Vida. Pero la verdad exige la inmutabilidad y la vida exige la variedad, la variación, el cambio, la adaptación. El misterio de la Vida eterna consiste en que en ella, la identidad inmutable, no forma más que una sola cosa con el surtidor, misterio supremo, que será nuestra contemplación.

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Más profundas, más capitales a mis ojos, más esenciales son las transformaciones que interesan a las esencias no sólo a las existencias. La crisis de la idea de Verdad; más aún, la degradación de esta idea de Progreso que nos ha encantado durante siglos.

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Son las Ideas quienes son las causas de las causas; son las Ideas quienes conducen al mundo; las acciones son hijas de los Pensamientos.

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Ya no se podrá creer por costumbre; habrá que creer por convicción. Y la misión no tendrá como objeto principal conquistar un mundo ignorante, sino persuadir a un pueblo que ya no cree.

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En ese momento, como ya había visto Newman, no se tratará de anunciar, sino de reanunciar el Evangelio a los que lo han conocido y después abandonado, creyendo conocerlo y juzgándolo vano. Esta misión de reconversión, de despertar y de retorno es más difícil que la primera.

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Lo que la Iglesia pierda en cantidad, lo ganará en calidad. La cantidad no se justifica más que si es la calidad en potencia.

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No veo crisis alguna en la historia que sea comparable a la que va a conocer el siglo XXI. Avanzamos hacia transformaciones mayores, hacia acontecimientos imprevisibles, de una importancia inaudita.

Como Newman a finales del siglo XIX, pero aún más, preveo yo una confrontación última entre las posiciones extremas de la afirmación y de la negación. Vamos a ver esfumarse las posiciones intermedias, prudentes, "burguesas" - y presentarse cara a cara, dialéctica contra dialéctica: ateísmo y cristianismo, un "humanismo ateo", un catolicismo auténtico.

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En lo que a mi respecta, estoy convencido, no por la fe, sino por un examen razonable de las convergencias, de que el porvenir es favorable al catolicismo. No veo sobre la faz de este planeta otra religión más universal, más apta para ser propuesta tanto a las élites como a las masas, para recapitular el pasado, para preparar el futuro, para conducir a los seres libres del tiempo a la eternidad.

En el momento confuso que llamamos "tiempo presente", nadie puede saber lo que es ceniza y lo que es esencia, lo que es polvo y lo que es germen.

El catolicismo bien comprendido (rejuvenecido tal como lo ha hecho el último concilio) presenta a la era nuclear la única posibilidad real de unir las soledades y la multitudes, de reunir (como esperaba Marthe Robin) a la humanidad entera, "en el eterno amor y en la unidad".

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