MIRAR A CRISTO

 

Joseph Ratzinger, Ed. Edicep. Col: el fondo de lo humano-58. ISBN: 8470508415. 125 pg.

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PRESENTACION

 

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Teresa recomienda con acento vibrante que miremos al Maestro que nos enseña y acompaña siempre, que nos va la vida en fijar en El continuamente nuestra atención.

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San Juan de la Cruz llegó a presentar toda la vida cristiana con profunda luminosidad y coherencia, concibiéndola precisamente como ejercicio de fe, esperanza y amor.

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FE

 

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Sólo se puede "ejercitar" aquello que de alguna forma ya se posee; el ejercicio presupone un fundamento ya dado. Unicamente con el ejercicio hago mía aquella cualidad que estoy ejercitando, de modo que pueda disponer de ella y volverla fructífera.

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La fe es el acto fundamental de la existencia cristiana.

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Esa fe se refiere siempre a alguien que "conoce": presupone el conocimiento real de personas cualificadas y dinas de confianza. Se añade un segundo elemento, la confianza de "muchos" que en uso cotidiano de las cosas se basan en la solidez del saber que hay dentro de ellas. Y finalmente, como tercer elemento, se debe hace mención de una cierta verificación del saber en la experiencia de cada día.

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La sed de lo Infinito pertenece a la misma naturaleza del hombre, más aún en su misma esencia. Su límite es únicamente lo ilimitado, y los confines de la ciencia no pueden cambiarse, en principio con los confines de nuestra propia existencia.

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La pregunta sobre Dios es una cuestión eminentemente práctica, que tiene consecuencias en todos los campos de nuestra vida. Si yo, por tanto, en teoría opto por el agnosticismo, en la práctica debo decidirme entre dos posibilidades: vivir como si Dios no existiera o bien como si Dios existiera y como si El fuese la realidad normativa para mi vida. Si elijo la primera, prácticamente he adoptado una postura atea y además he puesto como base de toda mi vida una hipótesis que podría resultar falsa. Si me decido por la segunda posibilidad, me muevo en el campo de una fe puramente subjetiva.

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No se puede huir frente a la elección que el agnosticismo quisiera evitar. Frente a la cuestión de Dios no hay neutralidad posible para el hombre. Este puede únicamente decir sí o no, y además con toda las consecuencias hasta en los sucesos más ínfimos de la vida diaria.

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En él (Magnificat) no se presupone la idea de la lucha de clases, sino que se expresa el estupor de un hombre tocado por Dios.

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La verdad sólo se muestra al corazón vigilante y humilde ….

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Entonces se comprenderá que las verdades más dignas exigen una gran constancia y humildad en la escucha.

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Es necesaria la disponibilidad para escuchar a los grandes testigos de la verdad, los testigos de Dios; es necesario dejarnos conducir por ellos, a fin de alcanzar la vía del conocimiento. Además, como toda ciencia y todo arte, se exige constancia y ejercicio en el caminar hacia Dios.

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Hemos dicho que la cuestión de Dios es ineludible, que no nos podemos abstraer de ella. Para acercarnos a tal cuestión son indispensables algunas virtudes fundamentales, que son, por así decirlo, sus presupuestos metodológicos: la escucha del mensaje que proviene de nuestra existencia y del mundo en su totalidad; la acción respecto al conocimiento y a la experiencia religiosa de la humanidad; el empeño decidido y constante de nuestro tiempo y de nuestra fuerza interior ante una cuestión que concierne a cada uno de nosotros personalmente.

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decadencia moral, que tenía su raíz en la pérdida total de las tradiciones, en la desaparición de aquella íntima evidencia, fruto de los usos y costumbres, que en otro tiempo le llegaba al hombre. No se comprende nada por sí mismo.

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La verdad les resultaría accesible, pero no la quieren, rechazan las exigencias que la misma verdad les reclamaría.

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Cuando el hombre coloca su voluntad, su soberbia y su comodidad por encima de la pretensión de la verdad, al final todo queda trastornado.

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Existe un perverso género de moralismo, que se complace en detenerse en lo negativo, al mismo tiempo que lo condena.

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El ateísmo, o incluso el agnosticismo vivido de forma atea, no es para Pablo una postura sin culpa. Se basa, para él,  en una resistencia contra un conocimiento, que en realidad es accesible al hombre, pero cuyas condiciones rechaza. El hombre no está condenado a la ignorancia con respecto a Dios. Le puede "ver" si escucha la voz de la propia naturaleza, la voz de la creación, y se deja guiar por esta voz.

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El conocimiento de Dios postula una vigilancia interna, una interiorización, un corazón abierto, que se hace consciente personalmente en la acogida silenciosa de su inmediatez con el creador. Pero al mismo tiempo es verdad que Dios no se abre al yo aislado y que excluye al individuo encerrado en sí mismo. La relación con Dios está unida a la relación, a la comunión con nuestros hermanos y hermanas.

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La fe cristiana es, en su esencia, participación en la visión de Jesús, mediada por su palabra, que es la expresión auténtica de su visión. La visión de Jesús es el punto de referencia de nuestra fe, su anclaje más concreto.

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Solo la relación entre una verdad consecuente consigo misma y la garantía en la vida de esta verdad, puede hacer brillar aquella evidencia de la fe esperada por el corazón humano; sólo a través de esta puerta entrará el Espíritu en el mundo.

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La fe es necesariamente fe eclesial. Vive y se mueve en el nosotros de la Iglesia, unida con el yo común de Jesucristo.

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Ese renacer no se realiza en un momento, sino que atraviesa todo el camino de mi vida. Pero resulta esencial el hecho de que no puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús. La fe o vive en este nosotros, o no vive. Fe y vida, verdad y vida, yo y nosotros no son separables, y solo en el contexto de la comunión de vida en el nosotros de los creyentes, en el nosotros de la Iglesia, la fe desarrolla su lógica, su forma orgánica.

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Para que un movimiento de este tipo permanezca sano y verdaderamente fecundo, es importante mantener en su justo equilibrio dos aspectos. Por una parte una conducta similar debe ser realmente católica, es decir, llevar en sí misma la vida y la fe de todos los lugares y de todos los tiempos. Si no hunde sus raíces en este fundamento común, se convierte en sectorial e insensata. Pero por otra parte la Iglesia universal se hace abstracta e irreal si no se representa viva aquí y ahora, en este lugar y en este tiempo, en una comunidad concreta. De esta forma a vocación de movimientos semejantes en las "comunidades" particulares, de la clase que sean, es la de vivir una verdadera y profunda catolicidad, incluso renunciando a lo propio, si es necesario. Entonces se convierten en fecundas, porque sólo entonces son ellas mismas Iglesia: lugar donde la fe nace y lugar del renacer de la verdad.

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ESPERANZA

 

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El fin de la esperanza cristiana es el Reino de Dios, es decir, la unión de hombre y mundo con Dios mediante un acto del divino poder y amor. La finalidad próxima, que nos indica el camino y nos confirma la justicia del gran fin, es la presencia continua de este amor y de este poder que nos acompaña en nuestra actividad y nos socorre allí donde llegan nuestras posibilidades al límite. La justificación íntima del "optimismo" es la lógica de la historia que anda su camino moviéndose inevitablemente hacia su último fin; la justificación de la esperanza cristiana es la encarnación del Verbo y del Amor de Dios en Jesucristo.

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La finalidad de la esperanza cristiana es, sin embargo, un don, el don del amor, que nos viene dado más allá de nuestras posibilidades operativas; tenemos la esperanza de que existe este don, que no podemos forzar, pero que es la cosa más esencial para el hombre que, consecuentemente, no espera ante el vacío con su hambre Infinita; y la garantía es la intervención del amor de Dios en la historia, y de forma especial en la figura de Jesucristo, mediante el cual nos viene al encuentro el amor divino en persona.

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La promesa de la esperanza es un don que en cierto modo ya se nos ha dado y que esperamos de aquel que es el único que nos lo puede regalar: de aquel Dios que ya ha construido su tienda en la historia por medio de Jesús.

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La esperanza en la fe se abre hacia un verdadero futuro, más allá de la muerte, y solamente así el progreso se convierte en un futuro para nosotros, para mi, para todos.

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Dios nunca sale derrotado, y sus promesas no caen junto con las derrotas humanas; más aún se hacen mayores, como el amor, que crece en la medida en que lo necesita el ser amado. La derrota de Israel, la desaparición oficial de su existencia nacional, hace llegar la hora del "pesimista" Jeremías y de su mensaje de esperanza. En este momento el profeta encuentra inmortales palabras de consuelo. El da la fuerza para vivir y sobrevivir, la fuerza para un inicio nuevo y la esperanza que, a través de setenta años de exilio, condujo finalmente de vuelta a la patria. Precisamente en este momento nació el anuncio de la nueva Alianza (31, 31-34), de la nueva presencia de Dios con su espíritu en nuestros corazones. En este momento tienen origen aquellas palabra, que Jesús repitió en la última cena descubriendo su más pleno significado (cfr. Lc 22, 20), en el momento de su derrota mortal, que en realidad era su definitiva victoria.

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Este pesimismo está unido indivisiblemente con la esperanza más grande e invencible anunciada por él; más aún, esta verdadera esperanza la hacía posible el realismo de la oposición contra el optimismo engañoso.

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El hombre no es Dios, es un ser finito y limitado y no puede, de ninguna manera  y por ningún poder, hacer de sí mismo aquello que no es.

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Sigue siendo el Salvador, en cuyas manos la actividad cruel y destructora del hombre se transforma en amor. El hombre no es el único autor de la historia, y por eso la muerte no tiene la última palabra. El hecho de que exista otro autor supone el anclaje firme y seguro de una esperanza que es más fuerte y más real que todos los miedos del mundo.

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Cuando un hombre sufre y se lamenta, el corazón de Dios sufre y se lamenta. El lamento del hombre provoca el "descender" (cfr. Ex 3, 7) de Dios.

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Las Bienaventuranzas no son (como a veces se malinterpretan) un reflejo que resuma hábitos cristianos, una especie de decálogo del Nuevo Testamento, sino que suponen una representación de la única paradoja cristiana, que se realiza de formas diversas conforme a la diversidad de los destinos existenciales del hombre; en general no se encontrarán todos juntos, reunidos de la misma forma y en la misma persona.

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Nosotros seremos sabios cuando salgamos de nuestro estúpido aislamiento de nuestra autorrealización, que construye sobre la arena de la propia capacidad. Seremos sabios cuando dejemos e intentar, cada uno por su cuenta y aisladamente, construir la casa particular de nuestra vida individual. Nuestra sabiduría consiste en construir con él la casa común, de forma que nosotros mismos nos convirtamos en su casa llena de vida.

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El sujeto secreto del Sermón de la montaña es Jesús. Unicamente a partir de este sujeto podemos descubrir toda la importancia de este texto clave en la fe y en la vida cristiana. El Sermón de la montaña no es un moralismo exagerado e irreal, que pierde toda relación concreta en nuestra vida y aparece en su conjunto impracticable. Y ni siquiera es - como piensa la hipótesis contraria - simplemente un reflejo en el que se ve que todos son pecadores en todo, y que sólo podemos alcanzar la salvación por una gracia incondicionada. Con esta oposición entre moralismo y pura teoría de la gracia, correspondiente a la total contraposición entre ley y Evangelio, no se penetra en el texto sino que lo alejamos de nosotros mismos. Cristo es el centro que une las dos cosas, y sólo el descubrimiento de Cristo en el texto es capaz de desvelarlo todo para nosotros y convertirlo en palabra de esperanza. Aquí no podemos precisarlo con más detalle, pero bastará reflexionar sobre un elemento particular. Si andamos a fondo en la Bienaventuranzas, observaremos que siempre aparece el sujeto secreto: Jesús. El es aquel en quien se ve lo que significa "ser pobres en el Espíritu"; él es el afligido, el manso, quien tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso. El tiene el corazón puro, es el que lleva la paz, el perseguido por causa de la justicia. Todas las palabras del Sermón de la montaña son carne y sangre en él.

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El Sermón de la montaña es una llamada a la imitación de Jesucristo. Sólo él es "perfecto como es perfecto nuestro Padre que está en los cielos" (la exigencia que llega a ser, en quien las concretas enseñanzas del Sermón se concretan y se unen: 5, 48). Por nuestros propios medio no podemos ser "perfectos como nuestro Padre que está en los cielos", y sin embargo debemos serlo para corresponder a las exigencias de nuestra propia naturaleza. Nosotros solos no podemos, pero podemos seguirle a él, adherirnos a él, "ser suyos". Si nosotros le pertenecemos como sus propios miembros, entonces nos convertiremos, por participación, en lo que él es y su bondad será la nuestra. Las palabras del Padre en la parábola del hijo pródigo se realizarán en nosotros: todo lo mío es tuyo (Lc 15, 31). El moralismo del Sermón, demasiado arduo para nosotros, se recoge y transforma en la comunión con Jesús, en ser sus discípulos, en permanecer en relación con él, en su amistad, en su confianza.

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En la comunión con Jesús, lo imposible se hace posible: el camello pasa por el ojo de la aguja (Mc 10, 25). Siendo una sola cosa con él somos capaces de la comunión con Dios y, consecuentemente, de la salvación definitiva. En la medida en que pertenezcamos a Jesús, se realizarán en nosotros sus mismas cualidades: las Bienaventuranzas, la perfección del Padre.

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El hombre nuevo no es una utopía: existe, y en la medida en que estemos unidos a él, la esperanza está presente, no se trata de un puro futuro. La vida eterna, la verdadera comunión, la liberación, no son utopías, pura espera de lo inconsistente. La "vida eterna" es la vida real y también hoy está presente en la comunión con Jesús.

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Esperar es volar, dice Buenaventura.

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La oración es la lengua de la esperanza. La fórmula conclusiva de la oración litúrgica, "por Cristo nuestro Señor", corresponde a la realidad de hecho: Cristo es la esperanza realizada, el ancla de nuestro esperar.

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Quien reza espera en una bondad y en un poder que van más allá de sus propias posibilidades. La oración es esperanza en acto.

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Todas nuestras esperanzas están en la profunda gran esperanza, en el amor ilimitado: son esperanzas del paraíso, del reino de Dios, del ser con Dios y como Dios, partícipes de su naturaleza (2P 1, 4). Todas nuestras esperanzas desembocan en la única esperanza: venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra. Que la tierra se haga como el cielo, que la misma tierra se convierta en cielo. En su voluntad está toda nuestra esperanza. Aprender a rezar es prender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir.

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ESPERANZA Y AMOR

 

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La esperanza es fruto de la fe.

Esta plena totalidad del ser, cuya clave es la fe, es un amor sin reservas: un amor que consiste en un gran sí hacia mi existencia y que me abre, en su anchura y profundidad, la totalidad del ser.

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La esencia positiva de cualquier cosa, con frecuencia nos resulta totalmente clara, sólo si hemos comprendido sus contrarios.

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La llama del hambre de lo Infinito siempre permanece encendida.

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Israel encuentra su elección demasiado pesada, andando continuamente junto a Dios. Se prefiere volver a Egipto, a la normalidad, y ser como todos los otros. Esta rebelión de la pereza humana contra la grandeza de la elección es una imagen de la sublevación contra Dios, que vuelve cíclicamente en la historia y cualifica, de modo particular, precisamente a nuestra época. Con este intento de quitarse de encima la obligación de elegir, el hombre no se rebela contra cualquier cosa. Si para él este ser amado por Dios está demasiado lleno de pretensiones, se convierte en una molestia indeseada, entonces se subleva contra su propia esencia. No quiere ser lo que es como criatura concreta.

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Una sociedad, cuyo orden público viene determinado por el agnosticismo, no es una sociedad que se ha hecho libre, sino una sociedad desesperada, señalada por la tristeza del hombre, que se encuentra huida de Dios y en contradicción consigo misma.

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Solamente la valentía de reencontrar la dimensión divina de nuestro ser y de acogerla, puede dar de nuevo a nuestro espíritu y a nuestra sociedad una nueva e íntima estabilidad.

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Hay que someterse a una forma de miedo que no sólo sea compatible con el amor, sino que necesariamente derive de él: el miedo a ofender al amado, de destruir por culpa propia las bases el amor.

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La educación cristiana no puede intentar quitar de las personas toda clase de miedo, pues estaríamos en contradicción con nosotros mismos. Su tarea debe ser la de purificar el miedo, colocarlo en su justo medio e integrarlo en la esperanza y en el amor, de forma que se pueda convertir en protección y ayuda.

87

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Quien ama a Dios, sabe que únicamente existe una amenaza real para el hombre: el peligro de perder a Dios mismo. Y por eso el hombre reza: no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal, es decir, de la pérdida de la fe y, en general, del pecado. Quien aparta a Dios de su vida para liberarse del verdadero miedo, entra en la tiranía del miedo sin esperanza.

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El hombre tiene más miedo de la cercana apariencia del humano poder de la opinión, que de la lejana e inerme luz de la verdad. Y se doblega al poder de la opinión, convirtiéndose en su aliado, en uno de sus portadores. Se hace esclavo de la apariencia. Si en algún momento ha empezado a confiar en ella, después no tendrá más remedio que seguirla paso a paso. Ya no puede romper la red de la deformación común. En sus acciones ya no se orienta según la realidad, sino según las presumibles reacciones de los otros. Se llega así a un dominio de la opinión, de lo falso. De este modo toda la vida de la sociedad, las decisiones políticas y personales, puede basarse en una dictadura de lo falso: de la forma como las cosas se representan y se refieren, en lugar de la misma realidad. Toda una sociedad puede caer así de la verdad en el engaño común, en una esclavitud de lo falso, del no ser. La redención que ofrece el Logos, la Palabra encarnada de Dios, es por su misma esencia liberadora de la esclavitud de la apariencia, retorno a la verdad. Pero el paso de lo aparente a la luz de la verdad pasa a través de la cruz.

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Lo primero que hay que hacer es oponerse a una tendencia, que pretende separar eros y amor religioso, como si fueran dos realidades completamente diversas. De esta forma se deformarían ambos, porque un amor que sólo quiera ser "sobrenatural" pierde su fuerza, mientras que, por otra parte, encerrar el amor en lo finito, su secularización y separación de la dinámica hacia lo eterno, falsifica también el amor terreno, que conforme a su esencia es sed de plenitud Infinita.

Quien limita el amor al más acá, le priva de su más profunda identidad, porque al amor le pertenece un futuro sin límites, un sí total, que no soporta restricciones ni en el espacio ni en el tiempo, no soporta una finitud.

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Sin embargo no podemos renunciar a las primeras palabras (Dios, amor, vida, verdad, etc.) y, sencillamente, no debemos dejar que nos las arranquen de las manos.

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Mediante el sí hacia el otro, hacia el tú, yo me recibo a mí mismo de nuevo y puedo ahora decir sí a mi propio yo, partiendo del tú.

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Tenemos el encargo de continuar la creación, de ser co-creadores con él, con la "nueva" tarea de ser para el otro en el sí del amor, de convertir el don del ser verdaderamente en un don.

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El amante afirma y confirma el ser del tú.