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La confesión, sacramento de alegría Bernardo Häring, Editorial PS; ISBN 84-284-0058-X |
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Insistió en la actitud alegre que caracteriza la existencia y condición del seglar: el seglar, porque bautizado y apóstol, porque constructor de un mundo mejor, vive en el optimismo y en la alegría. |
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La confesión, sacramento de la alegría, quiere infundir en tu corazón cristiano el alegre mensaje del sacramento de la penitencia. |
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El sacramento de la penitencia, antes que exigencia es don del Padre de toda gracia. |
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El precepto fundamental - "Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu vida, con todas tus fuerzas" - debe orientar y dirigir la formación de tu conciencia personal. Primer mandamiento comprendido y vivido en el amor trinitario del Dios uno hacia los hombres, a quienes reúne en el amor de Padre e Hijo. El amor al prójimo no se reduce y se concreta exclusivamente al quinto precepto; el amor al prójimo vivifica y abraza todos los deberes morales haciendo de ellos la expresión familiar de quienes viven en el único amor del Padre. |
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Cuando lleguen a nuestro oídos las palabras "Sacramento de la Penitencia", nuestros corazones deben latir con mayor vigor. Repican las campanas de la Pascua. Jesús, el resucitado, el triunfador del pecado, de la muerte y de las soberanías infernales, nos muestra sus manos taladradas y su corazón abierto por nosotros. Nos recuerda su pasión, la agonía y la ruz que ha tomado sobre Sí por amor hacia nosostros. Jesús, el Señor, nos confirma su resurrección victoriosa al par que nos presenta su regalo pascual: el sacramento de la Penitencia, el santo sacramento que continuamente nos abre el camino de la alegría pascual. |
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Nunca nos esforzaremos bastante para comprender y vivir mejor los planes del Padre en este sacramento de amor; nunca haremos demasiado para celebrarlo dignamente y para, después, en nuestra vida, con reverencia y amor, anunciar a nuestros hermanos la alegría de nuestra experiencia pascual en este santo sacramento. |
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Pero en su profundidad expresiva, el sacramento de la penitencia es semejante al santo bautismo: misterio de luz gloriosa y de serena alegría pascual; misterio en donde Jesús, Señor resucitado, viene a nuestro encuentro. Nuestra condición pecadora es el muro tenebroso alzado, que corre penosamente un velo sobre la resplandeciente luminosidad del misterio del bautismo. Para demoler este muro y volver de nuevo a la luz, a Cristo resucitado, nos ha sido regalado, si después del bautismo nos hemos apartado de la ternura del Padre, el sacramento de la penitencia. |
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Pecado mortal es la libre y voluntaria decisión de alejarse de la casa del Padre. |
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Los sacramentos del bautismo y de la penitencia son sacramentos de la conversión, del retorno, del regreso a la casa del Padre; exigen, santifican y realizan la conversión. |
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El pecado mortal del cristiano es un hecho completamente anormal aún, cuando no sea raro. |
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Este sacramento - grande en verdad - anuncia y realiza el neuvo congraciarse, el retorno y la acogida en el reino del amor divino, exigiendo del pecador una conversión radical, un paso decidido del reino de las tinieblas y de la ausencia de Dios al reino de la luz de Cristo Jesús. |
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Si. Es verdad que no has abandonado el hogar paterno alejándote, hasta perderle de vista, del Padre..., pero tu manera de pensar y de sentir, tus actitudes ante los acontecimientos de la existencia, ¿reflejan aquella rectitud y aquel amor que corresponde a los verdaderos hijos de Dios? ¿Es siempre el Padre la meta de tu corazón? No siempre llevas a cabo una actitud gloriosa, digna, cual corresponde a la gran realidad que te fue regalada en el santo bautismo. |
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Para el cristiano que ha permanecido en su condición de hijo de Dios Padre sin perder la gracia bautismal, el sacramento de la penitencia le anuncia y regala la salvación de las ocultas tendencias del propio yo, le consagra en la limpieza del corazón, le hace vivir con mayor riqueza la profundidad la vida escondida en Cristo Jesús. La conversión es para estos cristianos la lucha ininterrumpida para lograr la definitiva y radical plenitud final de la existencia cristiana. |
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Nos abre así los ojos ante el horror y la maldad del pecado; pero no para atemorizarnos. Ya podemos respirar aliviados: la venida del Señor en persona nos llama a la conversión y al regreso a la casa del Padre. |
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Contemplando el amor del Padre, asombrados ante la magnificencia de su Reino, los santificados nunca pueden estar satisfechos de sí mismos. ¡Nunca se puede hacer bastante por el Padre de toda bondad! Ellos experimentan que la conversión no es solamente un paso, un hecho aislado de su existencia, sino un camino: |
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El hijo pródigo debe, pues dirigirse hacia allí, donde el Padre le espera: en el sacramento de la penitencia. Aquí se celebrará jubilosamente la fiesta del retorno en la absolución, la palabra de gracia, eficaz y misericordiosa de Cristo. |
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La magnífica realidad y el supremo gozo del sacramento de la penitencia es la palabra de la paz pascual: "Tus pecados te son perdonados"; la palabra que el sacerdote pronuncia en nombre del Padre; la palabra que en aquella oportunidad ratifica el Señor si nosotros no ponemos obstáculo alguno. El sacramento de la penitencia es un encuentro personal entre el Padre santo y santificador y el pecador lealmente arrepentido. |
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Sólo puede ayudarnos un frecuente examen de conciencia y un honrado reconocimiento de sí mismo. |
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El examen de conciencia no es una estadística de pecados; no se trata de una clasificación y enumeración precisa de los pecados. Ciertamente debemos hacer este recuento antes de la confesión, sobre todo en relación con los pecados graves. Pero la finalidad propia del examen de conciencia reside en hacernos comprender la impiedad y la malicia del pecado: nuestra condición de alejados del Padre. El sentido del examen de conciencia es éste: Colocarse ante la luz de la verdad de Cristo resucitado, salir de las tinieblas y volver a la luz. .... Diariamente debemos examinar nuestra conciencia concretándonos en algún punto de particular interés para nuestra vida de hijos del Padre Dios. |
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Sin arrepentimiento no hay conversión; no es posible la confesión. |
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El arrepentimiento cristiano es una iniciativa del Padre de toda consolación; el elemento fundamental y primero es, consecuentemente, la gracia del Señor: la contrición es una gracia, un don de Dios. |
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¡Dios es amor! El misterio de su ternura y sus planes benevolentes hacia nosotros se nos manifiestan ante todo en la vida de Cristo principalmente en su muerte, en su gloriosa resurrección y en su ascensión a los cielos. ¡Dios es amor! Los grandes hechos salvadores de Cristo - que se presencializa para nosotros en los santos sacramentos - han tansformado multitudes recreando a los nuevos hombres del Espíritu. |
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Nuestro dolor y nuestra contrición se unen al dolor de Cristo por la triste condición de los pecadores y de las ofensas hechas al Padre celestial. |
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El arrepentimiento debe renovar nuestro corazón y para ello debe ser experimentado en profundidad. Consecuentemente no podemos limitarnos a un simple dolor por los diversos actos pecaminosos cometidos. La total falta de seriedad y de consecuencia de nuestra vida anterior y de nuestra persona debe "atravesar nuestro corazón" |
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En el arrepentimiento por amor - en el dolor perfecto - detestamos nuestros pecados porque nos han separado del Padre, de la fuente de todo gozo y amor; porque son una inaudita ingratitud y - éste es el motivo más importante - porque con ellos nos hemos rebelado contra el Dios altísimo y Santísimo ofendiendo a quien sólo es Amor. |
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En la celebración del sacramento de la penitencia entra el cristiano en íntimo contacto con la muerte y resurrección del Señor. Cuantos reconocemos nuestras culpas somos consepultados con Cristo en el sacramento de la penitencia. Y así como Cristo resucitó de entre los muertos para gloria del Padre, así también nosotros, en el humilde reconocimiento de nuestra ingratitud, caminamos en la nueva vida de la resurrección. En el sacramento de la penitencia morimos al pecado y somos vivificados para el Padre en Cristo Jesús. |
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El propósito de no volver a pecar más es el fruto de un verdadero arrepentimiento. |
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La celebración del sacramento de la penitencia une al pecador y al celebrante a la alabanza que Cristo en el altar de la cruz tributó a la ternura y a la justicia del Padre celestial. |
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este arrodillarnos para reconocer nuestros propios pecados debe ser un cántico agradecido a la ternura sin límites de Dios Padre, realizada en Cristo y en la Iglesia; ternura hecha nuestra en el sacramento de la misericordia. |
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Cuanto más el cristiano quiere acercarse al Señor, con tanta mayor claridad quita todo aquello que es desordenado y tanto más la gracia de Dios le impulsa a reconocerse culpable incluso de acciones de las que, de acuerdo con las mínimas exigencias de la ley, comunmente se piensa que no deben ser confesadas. |
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Cuando lleguen a ti las palabras pacificadoras de la absolución piensa, con reverencia y con agradecimiento asombrados, que la palabra de reconciliación - de nuevo hijo del Padre - pronunciada por la Iglesia en los labios del sacerdote, es palabra del mismo Cristo que ratifica cuanto la Iglesia dice y hace para con el hijo que vuelve. |
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Nuestro reconocimiento agradecido debe resonar en toda nuestra vida. |
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La mayor ofensa al Señor y uno de los mayores peligros para los hombres de principios religiosos poco sólidos consiste en el hecho de que no solamente los no creyentes, sino que, por desgracia, incluso entre muchos creyentes se profesan irreflexivamente principios inmorales y se critican de mil maneras los mandamientos del Señor. Contra este ambiente debe oponerse tu satisfacción concretada especialmente en tu ejemplo, en tu palabra de ánimo para colaborar eficazmente a que se abra camino en las tinieblas de este mundo la luz de la verdad divina. Unete a los hombres de buena voluntad para crear en tu circunstancia un clima espiritual. Tal vez serrá difícil lograr este intento; incluso podrá procurarte situaciones enojosas. No importa. Tu satisfacción siempre será obra gloriosa, servicio a la Iglesia. |
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Dios se ha dignado revelarse al hombre, manifestarle su vida y su amor. Pero esta vida y este amor de Dios para con los hombres tiene unos cauces queridos por Dios. A estos cauces hay que adaptarse. |
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Además, todo pecado es pecado contra la Iglesia, debilitación y dolor en el Reino de Dios en este mundo. Tienes que presentarte ante la Iglesia para que Ella, en nombre de Jesús y por sus oraciones, te alcance el perdón de todos tus pecados. |
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La confesión cambia totalmente una vida porque es el mismo Dios, Padre, quien sale al encuentro del pecador para reconciliarlo consigo mismo. La confesión cambia, y cambia totalmente, porque es la presencia de Jesús cargando sobre sus hombros la oveja descarriada. Lo que es imposible o difícil para el hombre no es ni imposible ni difícil para Dios. Pon de tu parte y Cristo Jesús hará lo demás. |
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Si la confesión no consigue cambiarte, aunque sea paradójico, es porque has ido buscando tu perfección conforme a unos criterios tuyos que tal vez tenían muy poco que ver con la santidad que Dios quería de ti.... Busca en tu perfección, en tus confesiones, ante todo, la gloria del Padre, busca el acoplarte a la iniciativa de Cristo... Y tus confesiones serán escalones que te irán acercando al santuario de Dios Padre. |
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Espero haber llevado a tu ánimo esta convicción: el sacramento de la confesión es sacramento de alegría. |
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Interesa no perder el ritmo propio de este sacramento, que no es otro que el de retorno a la casa del Padre por el arrepentimiento y por el amor. Así, el examen de conciencia no es algo que se puede hacer independientemente del dolor y de la satisfacción ni es tampoco una autoacusación morbosa, sino la manifestación esplendorosa de la luz de Cristo resucitado que ilumina las oscuridades de nuestro pecado para que seamos luz en el Señor. |
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Contiene una parte en la que se plantea las dificultades más habituales y les da una respuesta | |
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Al final tiene una Guía práctica para una confesión mejor. |