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Inés de la Cruz Mª Trinidad de san José (Brígida Alfaro Leal) Josefa de Jesús Sacramentado (Petra Alfaro Leal) Luz María de la Santísima Trinidad (Rosario de Luxán Buceta) Rosa Mª de la Eucaristía (Rosa Mª Brull Braut) María Piedad de Cristo (Emilia Gadea Sáez) Mª Teresa de Jesús Sacramentado (Boluda Guillén) María del Espíritu Santo (María Bonnín Aguiló) María de Jesús (Manuela Royo Tena) Juana Teresa de la Sagrada Familia (Rosario Mañó Mayor) Inocencia
del Inmaculado Corazón de María (María
Amelia Fe y Olivares) |
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Natural de Atlisco, en
el obispado de Puebla de los Angeles. Hija de Juan López de
Rosas y María Jiménez, cuando llegó a
la edad de poder tomar el hábito religioso, pidió entrar esta casa a
poco de ser fundada. El 28 de abril de 1617 se consagraba a Dios con
los votos. |
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Nació en Méjico, en 1587, de D.
Alonso de Herrera y doña Inés de Pedraza. Bien dotada por la naturaleza, recibió una esmerada educación. Cuando fue conociendo la vida y la obra de santa Teresa de Jesús, y tras leer algunos de sus escritos, ya no pensó en otra cosa que en formar parte de las carmelitas descalzas. Lograda la autorización necesaria, hizo voto de entrar carmelita, festejar anualmente de forma muy solemne al glorioso San José – devoción que aprendió de la Santa -, y ejecutar lo que fuera más perfecto. Animada y fortalecida con estos tres votos, donde la influencia de la santa es patente, arrostró para lograr el primero cuantas dificultades se opusieron a su ejecución, que no fueron pocas ni débiles. Fue también la mejor colaboradora de la Madre Inés de la Cruz en la empresa de introducir Carmelitas en la capital mejicana. Al fin murió en el convento de san José. |
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Inés de la Cruz,
fundadora principal del convento de san José de la ciudad de Méjico,
había nacido en Toledo de D. Francés Castillete Catalán y Dª Luisa
de Avila. La niña era muy despierta y con una memoria
prodigiosa. Sus padres tuvieron que emigrar a Méjico, donde entró
Inés en el convento de Jesús María, a cuya comunidad ayudo con su gran facilidad parala música. Fundado el convento de Descalzas, vivió bajo la dirección del P. Alonso de Jesús, que dejó unas anotaciones de la vida de esta religiosa, dice que la M. Inés gozó de oración muy levantada, y que parecía “vivir de orar”. De la propia Madre son estas palabras: “heme visto entrar en una estrechísima y oscura vereda, donde sólo me gobierna la luz de la fe y la guía del padre espiritual. Hay muchos peligros y estas guías me libran de todos”. En ocasiones fue favorecida con dulces éxtasis y otras mercedes divinas. Se dice que estando en el coro oyendo misa un día que no era de comunidad, al abrirse el sagrario para que comulgasen algunos fieles, una Forma consagrada salió volando del copón hasta los labios de esta virgen fervorosa. La maravilla se corrió por toda la ciudad y el señor Arzobispo autorizó a la M. Inés para que en adelante comulgase diariamente. Su fama de santidad se arraigó en la capital y no fueron pocos los que con sus oraciones y conversación redujo al buen camino. Fue durante muchos años priora del convento de san José, que dirigió con gran sabiduría. |
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Fué elegida priora de la comunidad en Méjico, en los difíciles tiempos de la persecución religiosa, con tan sólo 28 años de edad, y permaneció en el cargo durante 10 años. Su vida estuvo caracterizada por una confianza ilimitada en la Divina Providencia. Fue Maestra de novicias, y formó a la que luego le sucedería en el cargo, la Madre Mª del Carmen de Jesús-Hostia. Cuando cesó como priora volvió a ejercer de maestra de novicias. Intentó siempre vivir con fidelidad al estilo y carisma de nuestra orden. |
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La hermana María de la Paz (de esta Descalza publicó una vida breve, pero muy edificante, el sacerdote D. Enrique Barrachina Gil, con el título de La Hermana María de la Paz. Es el primer tomo de la “Biblioteca de Edificación Espiritual”, que comenzó a publicarse en Valencia en 1941),falleció durante la guerra en la casa de sus padres, Vicenta y José Mª. Se llamaba Levina Garrido Durá, y nació en Benaguacil, el 20 de febrero de 1901. Tuvo una hermana carmelita en su misma comunidad, Fidela, y otra, sor María de los Angeles, Canonesa de San Agustín del convento de San Cristóbal en Valencia. Siempre demostró ser una devota y ferviente cristiana y pronto se dió cuenta de su vocación a la vida religiosa que pudo realizar en la comunidad de Carmelitas Descalzas de Méjico, refugiadas en Lloret de Mar (Gerona), poco antes de que se trasladara a Manises. Ingresó fue el 15 de octubre de 1925 y tomó el hábito en Manises el 28 de agosto de 1926, cambiando el nombre de Levina por el de María de la Paz de la Sagrada Eucaristía. A este respecto, ella decía: “Mi única intención al entrar en el convento es unirme a Dios, para que se cumpla en mi su plan con entera libertad. Yo, ¿para qué he de vivir? Si no he de cumplir la voluntad de Dios, ¿para qué estoy en la tierra? ¡Qué desperdicio de momentos los que se apartan de la voluntad de Dios!”. Lamentó mucho las dos veces que tuvo que dejar la clausura, la primera cuando la proclamación de la República en 1931, aunque por poco tiempo, y luego cuando comenzó la guerra civil, pero puesta totalmente en las manos de Dios, decía: “La religiosa lleva la clausura en sí misma, porque es la que ha profesado. No son las paredes la que han prometido a Dios guardarnos, sino la religiosa es la que ha prometido a Dios ocultarse y guardarse del mundo”. Mientras estuvo en la casa familiar, junto con sus hermanas Fidela de Jesús y Mª de los Angeles, intentó llevar una vida lo más ajustada posible a su vocación. Las tres, animadas y dirigidas por María de la Paz, celebraron las Navidad de 1936 – últimas que conoció la primera en esta vida – con la mayor alegría posible, y alegrando las fiestas de los de alrededor. El día de Navidad, al rayar el alba, la Hª María, arrodillada a la puerta de la habitación de sus hermanas, cantó un devoto villancico al Niño Jesús, que fue como la iniciación de las hermosas fiestas en la intimidad de la familia, pues ya otra cosa no se podía. A sus sobrinitos les explicaba con los santos misterios de la cunita de Belén. El 1 de enero de 1937 se le reventó un abultado tumor, que puso en evidencia, lo que había mantenido oculto hasta entonces, la gravedad de su estado, un cáncer que evolucionaba con rapidez. No tardaron tampoco en ulcerársele las piernas, y fue llagándose rápidamente. En una de las primeras visitas que el médico le hizo, le dijo con grande alegría: “Señor Doctor: nunca me había imaginado que fuera tan bonito estar enferma. ¡Oh, qué hermosa es la enfermedad!”. Ella misma se hacía las curas, y si no podía sola, pedía la ayuda de sus hermanas. Al principio de estas dolorosísimas curas, sin una sola queja, decía a su hermana con alegre dulzura: “¡Vamos a limpiar el jardín del Amado!”. Más adelante, la asistió también la que en Manises tenía el cargo de enfermera, Hª Teresa María. Durante la enfermedad recibió muchas visitas de hermanas suyas de los pueblos cercanos, entre ellas varias del Corpus Christi de Valencia. Un día, al preguntarle su padre, apuradísimo, qué hacía, contestó: “Aquí estoy cantando un cántico del amor”. Al llegar a Benaguacil huyendo de Manises, había colgado del cuello de una estatuíta de San José, de quien era devotísima, un papelito que decía: “Padre mío, San José, no me dejes morir sin Prelada, sin comunidad y sin celda”. Cuando la gravedad avanzaba, acordándose de estos deseos y peticiones, dijo con suave y heroica resignación de su hermana Fidela: “¿Te acuerdas de aquello que escribí a nuestro Padre san José? Si fuera ahora no lo escribiría, pues ya me da todo igual. ¡Santo abandono! ¡Lo que quiera Jesús!”. Las hemorragias producidas por el cáncer eran frecuentes y dolorosas. El 12 de agosto de 1937 pudo recibir el acompañamiento espiritual de un padre carmelita descalzo, a quien la Hª María conocía desde Lloret de Mar. El 26 de septiembre suplicó a una de sus hermanas que llamaran al P. Elías de la Virgen del Carmen, que se hallaba oculto en un pueblo inmediato. El recado fue este: “Hágame la caridad de decir al P. Elías que si puede salir de su escondite y venir aquí a confesarme sin peligro de su vida, Dios se lo pagará, pero que no lo haga si peligra su vida”. El recado fue comunicado al padre, y éste se dispuso a cumplirlo tan pronto como hubiera una circunstancia favorable para salir del “escondite” que la enferma decía. A los tres días – (29 de septiembre)- pudo realizar el viaje y cumplir los deseos de la Hª María. Al despedirse de ella, le dijo la enferma con melancolía ternísima: “Dios se lo pague mucho. Hágame la caridad de pedir a Dios Nuestro Señor que me haga la gracia de que no me olvide ni un momento de que estoy consagrada a El y que me ame y practique aquí en la tierra, cuanto es posible a una criatura, las “noches” de nuestro santo Padre fray Juan de la Cruz”. Despedido
el Padre, se procedió a la cura de la enferma, que solía durar dos
horas. Ya por la mañana de este día 29 había dicho a su hermana
Fidela de Jesús estas palabras: “Hoy acabo; si, hoy acabo”. La
operación de la cura fue muy penosa, porque la enferma se hallaba
extenuada.
Al entierro asistieron hasta diecisiete Descalzas. Su cuerpo quedó depositado en un nicho del cementerio del pueblo hasta poder trasladarlo a su comunidad de Manises. (extracto de la "Historia del Carmen Descalzo" del P. Silverio, tomo XV, cap. XVII, pg 434ss |
MARIA TRINIDAD DE SAN JOSE (BRIGIDA ALFARO LEAL)
Nació en Minglanilla (Cuenca) el 8 de octubre de 1901, en el mismo entorno familiar que la Hª Mª Josefa. La Hª Trinidad, poco expansiva y muy dada al silencio exterior, nos descubre en sus escritos íntimos una vida interior de extraordinaria riqueza, ya que toda estuvo marcada por un gran amor que se entrega, en el sufrimiento de cuerpo y alma, con absoluta fe y confianza, vehemente deseo de Dios y de que su vida consagrada, por unión con la de Cristo el Ungido, fuera redentora con El. De entre sus escritos, el párrafo siguiente nos ayuda a conocer su entorno familiar: “Te doy gracias, Dios mío, porque me hiciste nacer de unos padres tan santos que desde pequeña me enseñaron a conocerte, amarte y servirte sobre todas las acosas y a tenerte y llevarte en mi corazón con limpieza y amor. Tanto nos inculcaban el amor a Ti, nuestro único Dios verdadero, que nos hacía alejarnos de las vanidades del mundo, observando desde niña una vida piadosa y dedicada para Ti, Dios mío. Viví para tu servicio desde niña y al cuidado de mis buenos padres, trabajando para ganarles el sustento, ya que nos diste a un padre que estuvo toda su vida enfermo. Era un santo y yo lo amaba mucho. Tú me llamaste y recordando aquellas palabras del Evangelio que dicen: “Quien ama a su padre o madre o hermanos más que a Mí no es digno de Mí...” me diste Tú mismo la fuerza para dejarles y consagrarme a Ti. Ellos y yo sufrimos mucho... (Tú lo sabes) con mi ausencia, pero pienso que todo ha contribuido para nuestra mayor santificación y que Tú, Dios mío, habrás sabido recompensarles lo que sufrieron por causa de mi ausencia al consagrarme a Ti... Gracias, Dios mío, porque nos has dado una vida señalada con tu Cruz. Ahora sólo espero tu encuentro. Verte ya Dios mío, sin velos y gozar de tu presencia... Dios mío, misericordia mía!”. Profesó en Ntra. Orden el 21de agosto de 1926. Ya tenía una hermana Carmelita Descalza en la misma comunidad, la Hª Josefa, y quedaron sus padres (Él totalmente impedido) sin más recursos que el trabajo de una hermana pequeña. Su vida interior se nos revela maravillosamente marcada por un gran amor siempre actualizado y realizado en la Cruz. “Ha empezado el periodo más grande y digno de mi vida. La Cruz me da el sello, la semejanza misma de Dios... la imagen del Hijo crucificado por amor. Hará vida en mí esta predestinación: Esposa contigo crucificada, al reverso de tu Cruz...” Las páginas de sus cuadernos están llenas de exclamaciones que expresan ese amor ardiente, gratitud humilde, conciencia de su pobreza y confianza total en el amor de Dios y de la Virgen hacia ella, así como la dimensión apostólica de su consagración. Sus deseos de morir para ir a Dios se habían acrecentado desde hace unos años: “Mi pobre alma, tan pequeña, hay momentos que no puede resistir a tanto amor, y me lanzo hacia El pidiéndole fortaleza para esta espera...y así le repito: “Rompe la tela de este dulce encuentro”. Sí, llevo una carga muy grande en mi alma de amor y de gratitud hacia El por todos los beneficios que de El he recibido.” El 25 de Octubre, día en que recibió la Unción de enfermos por voluntad propia y sin gravedad inminente, escribió sus últimas notas con letra vacilante: “Hoy he recibido la Unción de enfermos... en la oración le he dicho al Señor qué quería de mí a cambio de tantos beneficios como El me concedía... La respuesta la he sentido en lo más íntimo de mi alma... “Lo que sufres, súfrelo con mucho amor.” Yo le he contestado: Sí Señor, con todo el amor de mi alma te lo ofrezco todo. Tú sabes cuanto te amo. En tus manos divinas de Padre he puesto mi alma, mi vida y mi corazón. Aquí me tienes Señor, haz de mí lo que quieras. Ya sabes que tengo muchas ganas de verte y de estar con vosotros en el cielo”. Operada de columna siendo aún muy joven, quedó delicada de salud, pero desde hace año y medio en que sufrió una caída con rotura de cadera, decayó notablemente; sin embargo, su tránsito ha sido rapidísimo e inesperado pues, dentro de su estado se había recuperado mucho y aún caminaba despacio acompañada por la enfermera. Fue Maestra de Novicias y Priora durante un trienio. Extraordinariamente habilidosa para primores de aguja, pincel y pluma. Ejerció de organista en los primeros años de la fundación. Murió en Puzol el 13 de abril de 1983. Se encontraba normal y alegre por la confesión que habíamos realizado el día anterior: “El padre me ha dejado muy contenta, decía: le he dicho que tengo las manos vacías, que no tengo virtudes y me ha contestado: “El Señor se las llenara...” Parece que el Señor sólo esperaba esta humilde y sincera confesión para cumplirle los deseos de irse con El. Y así fue. |
JOSEFA DE JESUS SACRAMENTADO (PETRA ALFARO LEAL)
Nace en Minglanilla (Cuenca) el 29 de abril de 1899. En una familia de profundas raíces cristianas en la que recibió las primicias de su formación religiosa que la marcaron para siempre y con un padre imposibilitado durante cuarenta y seis años, vividos tanto por el padre como por la madre de manera ejemplar. Desde muy niña deseó ser toda de Jesucristo; fue su llamamiento y su elección a la que guardó fidelidad constante. Se preparaba para la primera Comunión cuando enfermó de difteria; no podía consolarse ante la imposibilidad de realizar su gran deseo de recibir a Jesucristo en la fecha prevista. Soñó que la Stma. Virgen se acercaba a ella y le ponía una mano en la garganta. Sea de ello lo que fuere, de hecho se encontró bien al despertar y pudo comulgar el día de Pentecostés, en el que decidió pertenecer solo a Jesucristo para siempre. Lo contó alguna vez sencillamente pero con tal gratitud a la Virgen que las lágrimas acudían a sus ojos. Y el gozo de aquella comunión se renovó cada día hasta el final. A los dieciséis años, el día de la Inmaculada, hizo formalmente voto de castidad perpetua, juntamente con su hermana Brígida que tenía catorce y que entró como carmelita en la misma comunidad. Su entrada en el Carmelo a los 23 años fue en Lloret de Mar. De Lloret pasó la Comunidad a fundar a Manises, de donde salió la fundación de Puzol. Allí fue Priora durante tres trienios y aquí dos. Hizo su profesión el 24 de octubre de 1924. En Mª Josefa se conjugaron hasta el final una ingenuidad casi infantil y una gran seriedad en su vida espiritual y en el ejercicio de los cargos de Priora y Maestra; la primera, hija de su natural condición y de la educación que le fue dada por distintos agentes; la segunda fruto de la gracia actuando sobre natural, que correspondió generosamente a la misma. Uno de sus libros preferidos: “De la Eucaristía a la Trinidad”, nos dice como ha sido su vida interior. Pero el amor a Dios Trino y el bien de las almas la movieron, principalmente en sus años juveniles y cuando actuaba con libertad de Priora, a unirse a los sufrimientos de Jesús y María por medio de la penitencia voluntaria, de la oración ante el Sagrario prolongada en la noche, de la obediencia rendida. En los días en que ya su vida declinaba, la vista del Crucifijo la arrancaba lágrimas y frases de compasión. Como a Sta. Teresita niña, las estampas – a las que era aficionadísima – le hablaban al alma le hacían amar y orar. Afectada por un padecimiento de coronarias, sufrió crisis en las que se sentía morir; pero no lo decía hasta después de pasadas y eso con brevedad: “Lo he ofrecido a Jesús por los que no creen en El”. Se cayó varias veces y con su carácter alegre, después de pasado el susto reía y bromeaba: “¡Como un gato....! el gato de la Casita de Nazaret! “y si Jesús quiere que tenga las piernas flojas que haga lo que quiera.... ¡Cualquiera le dice nada....!”. Entrega, abandono, confianza. Lo que no quita que le hiciera gracia cuando se le auguraba larga vida. Ya gravísima cumplió los 80 años en estado de semi-inconsciencia. La proyección de su amor hacia el mundo era notable; ¡Cuánto ha adorado por los millones de hombres que no adoran, rogado por los sacerdotes, por los pecadores.... En cuanto a sus relaciones con los más próximos, basta el testimonio de una Hermana que la tuvo de Priora y Maestra: “Nunca me sentí herida por ella; si alguna vez me reprendía y se daba cuenta de que no había sido justa, me pedía perdón. Le debo mucho porque no me enseñó otra cosa que a amar a Jesús”. Alegre, bondadosa, amante de la paz, de la unión, de la alegría comunitaria dentro de una fiel observancia pero sin intransigencias ni rigideces. Deseando y procurando a todas el bien y agradeciendo mucho cualquier atención o servicio. Fina en la caridad, dio este consejo a una novicia: "Bien espabilada para ver lo bueno de las Hermanas y lo demás...¡Silencio!" (lo decía con un gesto muy expresivo). Cariñosa con su familia natural y con su familia religiosa, nunca fue causa de división o discordia. Fue perdiendo facultades, el uso de las piernas y el apetito. Durante un mes se sucedieron alternando, crisis de mucho sufrimiento soportadas sin una queja y ratos de animación, cada vez más breves, en los que incluso nos hacía reír. Había escrito en una estampa: “Dadme Señor serenidad, para sufrir con calma y amor lo que disponga tu amor: que mi alma pueda llegar hasta Ti purificada. ¿Qué me importa el dolor y el abandono de mi larga agonía?... Murió el 8 de mayo de 1979. |
LUZ MARÍA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ROSARIO DE LUXÁN BUCETA) Hª Luz María de la Santísima Trinidad, el 18 de septiembre de 1950, cuando contaba treinta y cuatro años de edad y siete de religiosa. Había nacido en Ceuta, del Ilmo. Sr. D. Pascual Luxán y Dª Joaquina Buceta, muy buenos cristianos, y cristianamente educaron a sus hijos. Para mejor conseguirlo se trasladó a Madrid y nuestra religiosa se educó en las llamadas Damas Negras (Religiosas de San Mauro). De clara inteligencia y muy activa, cuando su padre se trasladó a Zaragoza, trabajó mucho en la Acción Católica, en la que desempeñó importantes cargos. Deseosa de mayor retiro y vida interior, tomó el hábito de las Carmelitas de Manises, el 29 de abril de 1943. Respondiendo con ejemplar perfección a sus obligaciones de carmelitas, emitió los votos solemnes el 11 de mayo de 1948. Muy exacta en el cumplimiento de los oficios que se le confiaron, lo mismo que en la regular observancia, fue también muy penitente y caritativa con todos y siempre rendida a la obediencia. Un ataque agudo de peritonitis llevó al otro mundo a esta excelente religiosa el 18 de septiembre de 1950, recibidos con grande fervor y dulce tranquilidad los Santos Sacramentos. Al entierro y traslado al cementerio, además de representantes del clero y comunidades religiosas de Gandía asistió mucha gente de Rótova y pueblos comarcanos. |
ROSA MARIA DE LA EUCARISTIA (ROSA Mª BRULL BRAUT) Nacida en Ripollet (Barcelona) el 18 de mayo de 1934, profesó en nuestra Comunidad el 22 de Abril de 1957, y en Mayo de 1976 (día 28) dejó esta Comunidad para integrarse en la del cielo. Muy bien dotada, de carácter afable y trato delicado, fue querida y estimada de propios y extraños. Muy joven sintió la llamada de Dios. Alegre y optimista, se propuso ser fidelísima en su vocación. Tenía una sonrisa verdaderamente luminosa, tras la que sabía ocultar fervores o contrariedades. Minada por el cáncer (de localización ósea generalizada) brillaba en ella la misma sonrisa llena de luz y gratitud, hasta el último momento. No obstante, durante los tres años que duró la enfermedad, aunque lo mejor de su espíritu y de su pensamiento quedó en el misterio de un gran silencio sobre sí misma, pudimos observar un proceso de maduración que podría expresarse así:
En la mañana del día 29 de mayo, la celebración litúrgica – Laudes / Eucaristía – fue presidida por nuestro capellán D. Enrique Montón. A las 10 ofreció nuevamente el Sto. Sacrificio el P. Vicente Pitarch. Sus homilías nos llenaron de paz y de consuelo. A las 12 tuvo lugar la solemne concelebración eucarística, presidida por D. Vicente Calatayud, en la que participaron los Padres Maximiliano Herráiz; Leopoldo Blanch; José Mª Pelechá; Alfredo Saez; Simón Santos; Manuel Ferrada; Manuel Mezquita; y los sacerdotes del pueblo, D. Enrique Viñals; D. Enrique Montón; D. Sebastián Alós y D. Ismael Valls, junto con otros sacerdotes amigos de la Comunidad: D. Joaquín Coll, D. Erminio Capsir y D. Mariano Soriano. En la homilía hablaron el Sr. Visitador, D. Vicente Calatayud, el P. Maximiliano y el P. Coll, de modo muy emotivo para todos a quien en su última conversación, en la que Rosa Mª le dijo: “En el cielo no estaré parada...” |
MARIA PIEDAD DE CRISTO (EMILIA GADEA SÁEZ) Vestición: 15 diciembre 1955 Profesión temporal: 2 febrero 1957 Profesión solemne: 6 mayo 1960 Defunción: 10 mayo 1994 Nació en Minglanilla (Cuenca) el 8 de febrero de 1907. Muy joven todavía sintió los reclamos de Jesús. Hizo alianza con El y pensó que la mejor, tal vez la única manera de superar obstáculos, era guardar secreto y sorprenderlos a todos con su partida. Así lo hizo; pero se vió obligada a regresar. Sólo tenía quince años. Después una larga enfermedad de sus padres la retuvo en casa al frente de la familia. El 11 de diciembre de 1954 fue recibida por la Comunidad como hermana de velo blanco. Capacitada para la oración, le resultaba en extremo penoso dejar a la Comunidad en el coro para ir a ocuparse en otros menesteres. Tanto, que llegó a dudar de su perseverancia; y se la pedía insistentemente al Señor. El día de su Profesión, el 2 de febrero de 1957, estaba en el coro, la presencia de Jesús la invadió y regalaba con una felicidad indecible. Se habría quedado para siempre allí. Pero la avisaron de que su familia la esperaba en el locutorio. En cuanto pudo volvió al Coro. El ya “no estaba” y ella se quedó a solas con su fe. Llamaba la atención su afán por la lectura y rezaba con la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Orden, se gozaba muy particularmente con el rezo y el canto del Oficio Divino. Su centramiento en Jesús y su buen entendimiento la capacitaban para escoger los libros que más le convenían. En su relación con las Hermanas y en el trabajo se mostraba servicial, generosa y abnegada. Amaba a su familia con el desvelo y el desinterés de una madre. Todos al visitarla, reconocían que se sentían acompañados y alentados por ella. Sufrió pacientemente los achaques y dolencias de su ancianidad. Rosario en mano, iba llenando de oración sus horas de soledad en la celda. Era el 10 de mayo de 1994. Tenía 87 años. Agradecemos, también en su nombre, la presencia de N.P. Provincial y la de los Padres y sacerdotes que concelebraron con él en la Eucaristía de Exequias por nuestra hermana Piedad. |
Mª TERESA DE JESUS SACRAMENTADO (Boluda Guillén) |
MARIA DEL ESPIRITU SANTO (María BONNIN AGUILO) Palma de Mallorca 10 – 4 – 24 --------- Puzol 10 – 5 – 78. |
MARIA DE JESUS (MANUELA ROYO TENA) En Iglesuela del Cid, pequeño y gracioso pueblo de Aragón, nació nuestra Hermana, María de Jesús. Su nombre de bautismo, Manuela. Recibió la primera educación en el hogar de sus padres, Vicente y Genoveva, cristianos de recia fe y santas costumbres. Asistió a la única escuela del pueblo y ayudó a su padre en el cuidado de un pequeño rebaño de corderos; éste quehacer, compartido con su hermano predilecto Bernabé, la mantuvo sana de cuerpo y espíritu. Era de natural inteligente mas tan candorosa, que el “Rey Mago” (su hermano) montado en un caballo de su casa le regalaba unas botitas que su padre le había hecho y probado. Las golosinas en la misma cestita todos los años... ¡Y tan contenta!... Con seis de sus siete hijos aun pequeños, el matrimonio se trasladó a Vinaroz y es esta ciudad mediterránea fallecieron los padres y dos de las hermanas; a todos asistió Manuela. En Vinaroz fue joven militante de Acción Católica, en época en que el futuro Cardenal Tarancón era Consiliario. Con su bonita voz de contralto actuaba en el coro parroquial. Liberada de obligaciones familiares y ante una proposición matrimonial sintió que su vida tenía que entregarse totalmente a Dios, y con decisión irrevocable entró en nuestro Carmelo. De natural autoritario, es de pensar que el noviciado no le fue fácil; pero la gracia de Dios actuando eficazmente. Los años de tornera pusieron de manifiesto su gran interés por el bien espiritual de cuantos la trataron, especialmente de los operarios; nadie se escapaba de una palabra amable, aleccionadora, a veces enérgica. Hay que decir que con ello ganó simpatía, estima y cariño que perdura. Lectora asidua de San Juan de la Cruz, asombra contemplar a través de sus escritos íntimos, a los que era muy dada, el contraste entre tanta ocupación laboral y la riqueza de una vida interior totalmente orientada hacia Dios. Y es que esa actividad la vivía en unión con Jesucristo, al que amaba “hasta la locura”, según propia expresión. Consciente de su vocación de orante, sin olvidar a nadie, su gran interés han sido los sacerdotes, por los que renovaba una y otra vez su total entrega. Tocada desde hace tres años por una afección trombósica, los días transcurridos hasta el final, han sido tiempo de gracia, de intensa vida espiritual y de oración constante; de espera ilusionada y segura, impregnada de paz y serenidad. Los últimos días fue un apagarse lentamente sin una queja, sin una exigencia, siempre en paz, gratitud y abandono. El 30 de Agosto, recibida la Santa Unción y la Sagrada Comunión como Viático, se cerraron definitivamente sus ojos para abrirse a la luz de Dios que tanto había deseado. Dieciséis sacerdotes con estola blanca, presididos por su sobrino Vicente, dieron un tono de gozo pascual a la Eucaristía, y la gran asamblea – Comunidad, familiares, amigos- pudo contemplar el triunfo sobre la muerte de la sencilla mujer y fiel carmelita que quiso vivir escondida con Cristo en Dios: Sea El siempre alabado. |
JUANA TERESA DE LA SAGRADA FAMILIA (ROSARIO MAÑÓ MAYOR)
Frecuentó la Escuela Dominical de las H. H. Carmelitas de la Caridad y aunque su instrucción era escasa, aprovechó notablemente en el Catecismo. Se lo sabía al dedillo y aplicaba sus conocimientos con oportunidad. Fue esta sólida base catequística la que imprimió carácter a su sencilla espiritualidad. Nuestra Hermanita es un caso típico de lo que vale un Catecismo bien sabido y vivido. Se notaba en ella una mezcla de candor y seriedad que la distinguía de las demás niñas. Cuando, ya mayorcita, iba a trabajar en una fábrica de chocolate, su madre le preparaba un bocadillo. Con frecuencia se olvidaba de ponerle el fiambre, pero ella no se quejó nunca. Nos contaba riendo en la recreación que para despistar a las compañeras, cortaba un canto del mismo pan y lo metía dentro, a manera de mezcla. Su madre vino a saberlo mucho tiempo después. Había por entonces en Gandía dos piadosas mujeres que se dedicaban al apostolado entre las jóvenes obreras y las habían agrupado en una especie de asociación con su reglamento. A ella perteneció Rosario y fue una gran misericordia de Dios aquella elemental formación ascética, que la libró de serios peligros. Su madre, que siempre temía por esta hija, no paró hasta averiguar en qué consistían aquellas reuniones, y al comprobarlo quedó tranquila y la dejó en libertad. Ella guardó siempre celosamente el secreto de su reglamento. A veces le gastábamos bromas, a ver si soltaba prenda. Ella reía, seguía la broma, pero en cuanto le tocaban el punto “neurálgico” se ponía seria y callaba. Lo cierto es que aquello fue como un pre-noviciado que la inició en la vida religiosa. Su trabajo en la fábrica era fatigoso y monótono: retirar del fuego los moldes muy calientes, lo que la obligaba a estar siempre inclinada hacia delante y pudo contribuir a que se acentuase la deficiencia renal que padecía desde niña y la torpeza de sus manos. Nos contaba que por aquella época padeció tanto de escrúpulos que dejó la confesión y comunión. Pasada esta prueba bajo la prudente dirección de un Padre Jesuíta, fue surgiendo en su alma la vocación religiosa. Su madre quería que entrase en las Clarisas de Gandía, convento muy ligado a los Borja y con gran abolengo de santidad. Pero su ilusión era ser “de las de Santa Teresita”. Imaginaba que para conseguirlo habría de irse muy lejos, a las Misiones. Cuando se enteró de que había Carmelitas en S. Jerónimo, cerca de Gandía, se alegró mucho. Los P.P. Jesuítas la pusieron en relación con la Comunidad, y poco después, el día 2 de enero de 1949, entraba en el Carmelo. Antes de cruzar la puerta reglar pidió a su madre la bendición. Como ésta, muy conmovida, lo hiciera tímidamente: “¡No es aixina, mare..., mes grand...!” Su madre entonces, haciendo una cruz todo lo grande que alcanzaba su estatura la bendijo solemnemente y ella entró con decisión. Fue un postulantado difícil, porque no era cosa de poca monta poner a nuestra Hermanita en condiciones de tomar el hábito... Había cambiado de nombre – ahora se llamaba Juana Teresa de la Sagrada Familia, reuniendo en sí los titulares del convento-; pero Rosariet seguía viviendo con todas sus insuficiencias y resabios... Los “accidentes” se sucedían en la cocina, en el refectorio, en la pequeña granja... Pero como la veían humilde y fervorosa le dieron el hábito, con gran júbilo de su familia, que aquel día se trasladó a San Jerónimo en compañía de numerosos amigos. Con tal motivo los dueños de la fábrica donde ella trabajaba, que la estimaban mucho por lo formal y cumplidora, le hicieron un buen regalo. Durante el noviciado la Comunidad, en especial la M. Maestra y la otra Hermana de velo blanco, hubieron de ejercitar la paciencia y la caridad. Por su parte nuestra Hermanita dio pruebas de su buena voluntad y docilidad, asimilando mucho más fácilmente las enseñanzas referentes a la vida religiosa que las relacionadas con la vida doméstica. Llegó a ponerse en tela de juicio su profesión. Ella lloraba y hacía esfuerzos heroicos para enmendarse. Su profunda humildad, su gran espíritu religioso, la firmeza de su vocación, en fin, ganaron la partida. El día 2 de febrero de 1951 hizo su profesión de votos simples, con gran alegría de su madre, que temiendo el fracaso de aquella vocación había padecido verdaderas angustias. Nuestra Hermana, por su parte, guardó siempre una profunda gratitud a las Madres que la habían admitido y un tierno cariño a su M. Maestra, que tanto había luchado por hacerla una verdadera religiosa. Sus años de profesa simple la fueron puliendo y madurando en la virtud. Aunque con esfuerzo, aprendió a cocinar y hacía su semana de turno, de lo que su madre se admiraba. En enero de 1953, la Comunidad – cuya instalación en San Jerónimo había sido provisional – se trasladó a Puzol, donde una piadosa señorita nos hizo generosa donación de este convento. En aquella ocasión nos ayudó mucho la familia Mañó, en especial el hermano mayor, Juan Bautista, que incluso nos precedió en Puzol para ultimar los detalles del traslado e instalación. Dos días antes de salir de San Jerónimo, él y su cuñado Paco demolieron los tabiques que constituían la clausura en el claustro del hermoso Monasterio. Por estas y otras ayudas prestadas generosamente guardaremos eterna gratitud a tan querida familia. Ya bien instalada la Comunidad en su convento de Puzol, hizo su profesión solemne el día 7 de febrero de 1954. Era indecible su alegría y la ilusión que puso en aprender bien el “Suscipe...”. Fue consciente de su entrega total, hasta la muerte, y de la importancia de los votos. De cualquier faltilla temblaba y preguntaba a su M. Priora: ¿Habré perdido “la bautismal”...? Tenía un gran espíritu de pobreza, era ella en verdad “pobre de espíritu”, lo cual constituyó su verdadera riqueza. Lo más notable en ella era su espíritu religioso y su fe en la Prelada. Era “mujer de principios”, en los que apoyaba su conducta. Uno que solía repetir con frecuencia: “No hay que huir de la correcsión”. Y lo practicaba, porque se la podía corregir con libertad. Cuando se acusaba en Capítulo era de las más sinceras, y tan realista que provocaba la risa de todas. Verdaderamente humilde, reconocía y aceptaba su falta de aptitud, si bien algunas veces se entristecía por no poder ayudar más a la Comunidad. Para animarla se le encomendaban tareas apropiadas para ella, como limpiar dorados en la sacristía, descoser, hilvanar, etc. También ayudaba mucho en la limpieza de la iglesia y a veces suplía a las otras Hermanas en la cocina o en la granja para que ellas pudieran hacer trabajos más delicados. Era muy dada a la oración. Aunque estuviera de cocina no se perdía el oír el punto de meditación, aunque fuera desde la puerta. Esta fidelidad le atrajo, sin duda, abundantes gracias. Con el rezo de los Padrenuestros del Oficio divino padeció mucho, en especial los de Maitines, si por alguna causa los dejaba para última hora, porque solía dormirse y a veces se despertaba a media noche sin haber terminado el rezo y teniendo que volver a empezar. Puntualísima siempre, cuando era tañedora estaba pendiente del reloj y de la campana. Sobre todo el toque del Angelus nunca se le olvidaba, y si las demás tañedoras se retrasaban, lo tocaba ella. Su personalidad, bien acusada, tenía rasgos y reacciones infantiles y por eso sus defectos eran los propios de la infancia: era terca, a veces caprichosa y tenía su geniecillo..., pero sabía reconocerlo. Como los niños, pasaba fácilmente del llanto a la risa. A veces, por alguna reprimenda más fuerte o por preocupaciones familiares, pasaba la oración entre llantos y suspiros que partían el alma. Entonces la Prelada solía consolarla con una larga conferencia espiritual – de las que ella gustaba mucho – y al punto se disipaba la borrasca. Lo cierto es que su carácter infantil y siempre complaciente y la virtud que ha demostrado la rodeaban de un no sé qué misterioso atractivo. Era muy devota del Niño Jesús, en especial en su advocación de Praga, cuya imagencita nos había regalado su familia; del Sagrado Corazón de Jesús, de Nuestra Madre Santísima, de Nuestros Santos Padres, de Santa Teresita y, como buena gandiense, de San Francisco de Borja y Beato Andrés Hibernón. No podía pasar sin la recreación. Allí se expansionaba a su modo y se la veía gozar con la compañía de las Hermanas. Como era sentenciosa, tenía coplillas y refranes para todos los casos, y los decía “oportune et importune”, pero siempre con éxito de risa. Todos los años, por Navidad, le hacíamos cantar villancicos, especialmente el “Chiquirritín”. Lo hacía con estilo personalísimo y muy seria. Sobre todo aquel “quererito del alma” final, coreado por todas, era inimitable. Ya hemos dicho que tenía poca salud. Comenzó a sentir molestias digestivas, y como no respondía a los remedios corrientes, la llevamos a un buen especialista de Valencia. Durante un año siguió el régimen que le puso con sus horas de reposo; pero perdía peso y fuerzas a pesar de que se le daba carne abundante. Ya habíamos pensado en repetir la visita, pero no hubo lugar. Un día me dijo que tenía una pierna hinchada. Era sábado y había hecho la limpieza de la cocina, Dios sabe con cuánto esfuerzo. La acostamos inmediatamente, llamé a nuestro médico, don Juan Escribá, y él mismo hizo el análisis de orina, que dio una cantidad exagerada de albúmina. Ordenó dieta rigurosa a base de frutas, suero, antibióticos y estimulantes cardíacos. La enferma comenzó a desvariar, se cayó de la cama al quererse levantar, y así, para mejor atenderla, en la tarde del martes la trasladamos a la enfermería. Aquella misma tarde vino desde Burriana nuestro confesor extraordinario, R. P. Vicente de la Eucaristía y entró a confesarla. Estando con ella sufrió una fuerte crisis – la primera entre muchas – en la que se quedó amoratada y sin conocimiento. El Padre nos llamó con alarma, y reunida en la celda la Comunidad, en medio de la emoción incontenible de todas, se le hizo la recomendación del alma. Cuando recobró el conocimiento el Padre le administró el Santo Viático y la Unción de los enfermos. Pidió perdón a todas en un momento en que el Padre había salido de la celda; al darse cuenta me dijo: “Que entre el Padre porque delante de él tiene más potestad”. Repuesta del todo, tenía el color sonrosado, los grandes ojos brillantes y una dulce sonrisa: “No sé lo que siento..., me parece como si tuviera cara de ángel”. Y en efecto la tenía. Avisados sus familiares vinieron desde Gandía, pero al desaparecer el peligro inminente de muerte, regresaron, a excepción de su madre, la señora Concha, que permaneció unos días en nuestra hospedería. Desde la tarde de la primera crisis, por si la enfermedad se prolongaba indefinidamente, establecimos turnos de vela día y noche, de manera que la enferma nunca estuvo sola. Ella rebosaba gratitud y la demostraba: “Estoy como una prinsesa..., toda la Comunidad pendiente de mí... No lo meresco. ¿Cómo les pagaré? Y el “Dios se lo pague” no se caía de sus labios. Con todo no se hacía cargo de que aquello pudiera significar la muerte, que desde niña había temido mucho. Todas procurábamos familiarizarla con esa idea, y algo se consiguió; pero había que evitar la palabra “muerte”, que le asustaba. Sólo una noche preguntó a una Madre que la velaba: “Esta enfermedad, ¿es de morir o de durar y sufrir mucho?”. Con el tratamiento se inició una ligera mejoría pero en seguida volvió a recaer. Nuestro médico, que ha demostrado verdadera solicitud y acierto, pero que nunca nos dio la menor esperanza, quiso que consultásemos con otro y recurrimos al doctor don José Viña, catedrático de la Facultad de Sevilla, que tiene una hermana en nuestro Carmelo. Coincidió su diagnóstico con el médico de cabecera (nefrosis degenerativa) y tan solo cambió el régimen alimenticio para probar si cedía el edema exagerado. Nada se consiguió. A diario nuestro Capellán, don Enrique Montón, acompañado de toda la Comunidad, le subía la Comunión que ella recibía con fervor extraordinario. Sólo un día falló, y no cesaba de preguntar cuándo vendría. A la noche nos decía, desconsolada: “Si a una monja le quitan la comunión, ¿qué le queda?”. Todos los domingos me pedía leyese la Misa, que oía muy devota. Gozaba cuando la Comunidad iba a visitarla durante la recreación. Por molesta que se sintiera hablaba animadamente y seguía las bromas. “Díganos algo bueno, Hermana Juana” – pidió un día una novicia – .“Que estén siempre muy unidas, y que cuando una tire la otra afloje...”. Otro día nos dijo: “Quisiera haserlas partísipes de la bondad de Dios...”. La enfermedad, excitando sus facultades mentales, le había hecho ganar en lucidez y se daba cuenta de todo: la enfermera de turno, las hermanas que habían de velarla, la manera de ser y actuar de cada una, las tomas de alimento, etc. En la mañana del 2 de abril, antes de Misa, tuvo una crisis muy fuerte, que superó, entrando luego en estado comatoso, y a las once de la mañana en franca agonía. A las once y media, en un esfuerzo supremo, entregó su alma al Señor. Era sábado de Pasión y primer sábado: por María unía sus padecimientos y su muerte a la del Redentor. |
INOCENCIA DEL INMACULADO CORAZON DE MARIA (MARIA AMELIA FE Y OLIVARES) Nacida en Jaén el 1 de septiembre de 1911, profesó en nuestra Orden el día 19 de marzo de 1953 Inteligente, muy culta (tenía dos carreras que ejercía con éxito y afición). Estudia entre los años 1927 - 1930, magisterio y en 1931, logra la 1ª plaza en las oposiciones y el destino de Torredonjimeno. Con una finísima percepción de la belleza que sabía expresar magistralmente en versos y armonías, era sobre todo veraz y fiel, firme en la fe y alegre en la esperanza, sincera con Dios, consigo misma y con sus hermanos los hombres a los que amaba y por los que se preocupaba sin excepciones, con el gran corazón que Dios le había dado y que ella supo devolverle sin reservas. Con él amó extraordinariamente a la Virgen a la que cantó con entusiasmo, a la Iglesia, a la Santa Madre a la que dirigía esta original oración: “Santa Madre!, tú la sartén por el mango”. Quería muchísimo al Carmelo, a su familia, a su patria chica; pero había llegado a tal desprendimiento de todo, que solo a Dios aspiraba y solo El le bastaba: y no son palabras, sino realidades. De genio muy vivo, voluntad firme, rectitud extraordinaria y visión certera, supo hablar cuando su conciencia se lo exigía aún a costa de sí misma, pero mucho más supo callar. Y era tal su benevolencia hacia el prójimo que a veces resultaba ingenua y candorosa. Fácil al elogio, al
entusiasmo por todo lo bueno y al reconocimiento de sus faltas; fina
en la caridad ante las faltas ajenas. Vibraba con la Comunidad, pero
sin desviarse de la senda escogida, se aplicó sin vacilaciones ni
desmayos al cultivo de la vida interior de unión con Dios, en
constante negación de su propio yo y total apertura a la acción del
Espíritu Santo.
Con todas sus limitaciones (principalmente de orden físico, pues padecía desviación de columna, hipertiroidismo y la enfermedad de Parkinson) se esforzaba por hacer el trabajo que podía y lo hacía muy bien aunque con lentitud. Amaba la vida, pero vio muy de cerca la muerte en el quirófano (como su madre) y marchó a su encuentro con decisión, con serenidad, casi con ilusión. “Si no vuelvo, amaos”, fueron sus últimas palabras al despedirse. El 8 de Julio de 1975 (año santo) a las 5´30 de la tarde, dos horas después de ser operada de tiroides con éxito, sufrió un espasmo de glotis que no superó, y en la paz de Cristo fue a encontrarse con El, como tanto había deseado. Muerta recobró su rostro algo de la belleza perdida, quedando con una expresión de paz y beatitud, casi sonriente, cuyo recuerdo sirve de consuelo a las que sentimos muy al vivo el vacío de su ausencia. De su producción literaria copiamos un soneto que dedicó a sus connovicias el año 1953: EXTASIS
Yo no busco regalos ni dulzuras, no deseo caricias ni consuelos, ni que descorras para mí tus velos: me basta con la luz de la fe pura.
No pido que me abismes en tu ciencia pues amo cuanto creo y cuanto espero. Yo no te pido raptos; solo quiero el éxtasis de amor de la obediencia.
Sea mi vida un ”fiat” prolongado que en inefables y amorosos lazos mi voluntad anude con la tuya,
hasta que llegue el día deseado, cuando pueda cantar entre tus brazos eterno “amén” y angélico “aleluya”...
Terminamos con los últimos versos de una de sus canciones: Cuando llegue la noche y se apague la luz sentiré tu reclamo
serás Tú...
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