Isabel de san Alberto

Mariana de la Encarnación

Inés de la Cruz

María de la Paz

Mª Trinidad de san José (Brígida Alfaro Leal)

Josefa de Jesús Sacramentado (Petra Alfaro Leal)

Luz María de la Santísima Trinidad (Rosario de Luxán Buceta)

Rosa Mª de la Eucaristía (Rosa Mª Brull Braut)

María Piedad de Cristo (Emilia Gadea Sáez)

Mª Teresa de Jesús Sacramentado (Boluda Guillén)

María del Espíritu Santo (María Bonnín Aguiló)

María de Jesús Sacramentado

María de Jesús  (Manuela Royo Tena)

Juana Teresa de la Sagrada Familia (Rosario Mañó Mayor)

Inocencia del Inmaculado Corazón de María (María Amelia Fe y Olivares)

 

 ISABEL DE SAN ALBERTO

Natural de Atlisco, en el obispado de Puebla de los Angeles. Sus padres, Juan López de Rosas y María Jiménez la educaron bien y piadosamente. Al llegar a la edad de poder tomar el hábito religioso, pidió entrar esta casa a poco de ser fundada. El 28 de abril de 1617 se consagraba a Dios con los votos.

 A pesar de poseer un temperamento irascible, supo dominarlo tan completamente, que más bien parecía dulce y tolerante. Este vencimiento tan meritorio lo aprendió en largas vigilias ante el sagrario, de que fue devotísima.

Tras larga vida de continuas negaciones y triunfos de sí misma, murió el 24 de mayo de 1634.

Mariana de la Encarnación

La M. Mariana de la Encarnación, que temió no podría llevar la nueva observancia en todo su rigor por su estado precario de salud, emprendió la vida descalza con tales arrestos, que no halló dificultad en su pleno cumplimiento. Era natural de la ciudad de Méjico, donde abrió sus ojos a la luz en 1587. Fueron sus padres D. Alonso de Herrera y doña Inés de Pedraza. Recibió de sus progenitores cristiana y esmerada educación, a la que la niña respondió con aprovechamiento, pues la naturaleza la dejó bien dotada de ingenio y de otras prendas muy estimables. En posesión de una voz agradable y dulcísima, señalóse en el canto, que luego sería sólo para alabar a Dios, pues a los dieciséis años entró ya en el convento de la Concepción de Jesús María.

S vida en clausura fue muy ejemplar, y cuando se fue enterando de la santidad de vida que la M. Teresa había dado a sus fundaciones de Carmelitas Descalzas y leyó algunos escritos de la Doctora mística, ya no pensó e otra cosa que en abrazar una observancia que tanta gloria daba a Nuestro Señor y tanta santidad a su Iglesia. Debidamente autorizada, hizo voto de entrar carmelita, festejar anualmente e forma muy solemne al glorioso San José – devoción que aprendió de la Santa -, y ejecutar lo que fuera más perfecto. Animada y fortalecida con estos tres votos, donde la influencia de la Virgen de Avila es patente, arrostró para lograr el primero cuantas dificultades se opusieron a su ejecución, que no fueron pocas ni débiles. Fue también la mejor colaboradora de la Madre Inés de la Cruz en la gloriosa empresa de introducir Carmelitas en a capital mejicana. Llena de días y méritos murió e este convento de su querido padre San José.

INES DE LA CRUZ

Inés de la Cruz, fundadora principal del convento de san José de la ciudad de Méjico, había nacido en Toledo de D. Francés Castillete Catalán y Dª Luisa de Avila. La niña era muy despierta  y con una memoria prodigiosa. Sus padres tuvieron que emigrar a Méjico, donde entró Inés en el convento de Jesús María. Ejecutaba muy bien la música y en esto hizo muy señalados servicios a la comunidad. Los Descalzos tenían en Méjico de gran virtud y competencia en la dirección espiritual, se puso en contacto con ellos y ya siempre la acompañaron. Por ellos conoció la reforma de la M. Teresa. No paró hasta lograr hacerse carmelita.

Fundado el convento de Descalzas, vivió bajo la dirección del P. Alonso de Jesús, que dejó unas anotaciones de la vida de esta religiosa, dice que la M. Inés gozó de oración muy levantada, y que parecía “vivir de orar”. De la propia Madre son estas palabras: “heme visto entrar en una estrechísima y oscura vereda, donde sólo me gobierna la luz de la fe y la guía del padre espiritual. Hay muchos peligros y estas guías me libran de todos”. En ocasiones fue favorecida con dulces éxtasis y otras mercedes divinas. Se dice que estando en el coro oyendo misa un día que no era de comunidad, al abrirse el sagrario para que comulgasen algunos fieles, una Forma consagrada salió volando del copón hasta los labios de esta virgen fervorosa. La maravilla se corrió por toda la ciudad y el señor Arzobispo autorizó a la M. Inés para que en adelante comulgase diariamente. Su fama de santidad se arraigó en la capital y no fueron pocos los que con sus oraciones y conversación redujo al buen camino.

Fue durante muchos años priora del convento de san José, que dirigió con gran sabiduría.

 

MARÍA DE LA PAZ  

La hermana María de la Paz (de esta Descalza publicó una vida breve, pero muy edificante, el sacerdote D. Enrique Barrachina Gil, con el título de La Hermana María de la Paz. Es el primer tomito de la “Biblioteca de Edificación Espiritual”, que comenzó a publicarse en Valencia en 1941),falleció durante la guerra en la casa de sus padres, Vicenta y José Mª. 

   Levina Garrido Durá, así se llamaba, nació en Benaguacil, el 20 de febrero de 1901. Tuvo una hermana carmelita en su misma comunidad, Fidela, y otra, sor María de los Angeles, Canonesa de San Agustín del convento de San Cristóbal en Valencia.

   Siempre demostró ser una devota y ferviente cristiana y pronto se dió cuenta de su vocación a la vida religiosa que pudo realizar en la comunidad de Carmelitas Descalzas de Méjico, refugiadas en Lloret de Mar (Gerona), poco antes de que se trasladara a Manises. 

   Ingresó fue el 15 de octubre de 1925 y tomó el hábito en Manises el 28 de agosto de 1926, cambiando el nombre de Levina por el de María de la Paz de la Sagrada Eucaristía. A este respecto, ella decía: “Mi única intención al entrar en el convento es unirme a Dios, para que se cumpla en mi su plan con entera libertad. Yo, ¿para qué he de vivir? Si no he de cumplir la voluntad de Dios, ¿para qué estoy en la tierra? ¡Qué desperdicio de momentos los que se apartan de la voluntad de Dios!”.

   Lamentó mucho las dos veces que tuvo que dejar la clausura, la primera cuando la proclamación de la República en 1931, aunque por poco tiempo, y luego cuando comenzó la guerra civil, pero puesta totalmente en las manos de Dios, decía: “La religiosa lleva la clausura en sí misma, porque es la que ha profesado. No son las paredes la que han prometido a Dios guardarnos, sino la religiosa es la que ha prometido a Dios ocultarse y guardarse del mundo”.

   Mientras estuvo en la casa familiar, junto con sus hermanas Fidela de Jesús y Mª de los Angeles, intentó llevar una vida lo más ajustada posible a su vocación. Las tres, animadas y dirigidas por María de la Paz, celebraron las Navidad de 1936 – últimas que conoció la primera en esta vida – con la mayor alegría posible, y alegrando las fiestas de los de alrededor. El día de Navidad, al rayar el alba, la Hª María, arrodillada a la puerta de la habitación de sus hermanas, cantó un devoto villancico al Niño Jesús, que fue como la iniciación de las hermosas fiestas en la intimidad de la familia, pues ya otra cosa no se podía. A sus sobrinitos les explicaba con los santos misterios de la cunita de Belén.

   El 1 de enero de 1937 se le reventó un abultado tumor, que puso en evidencia, lo que había mantenido oculto hasta entonces, la gravedad de su estado, un cáncer que evolucionaba con rapidez. No tardaron tampoco en ulcerársele las piernas, y fue llagándose rápidamente. En una de las primeras visitas que el médico le hizo, le dijo con grande alegría: “Señor Doctor: nunca me había imaginado que fuera tan bonito estar enferma. ¡Oh, qué hermosa es la enfermedad!”.

   Ella misma se hacía las curas, y esi no podía sola, pedía la ayuda de sus hermanas. Al principio de estas dolorosísimas curas, que, sin embargo no pudieron arrancarle una sola queja, decía a su hermana con alegre dulzura: “¡Vamos a limpiar el jardín del Amado!”. Más adelante, la asistió también la que en Manises tenía el cargo de enfermera, Hª Teresa María. Durante la enfermedad recibió muchas visitas de hermanas suyas de los pueblos cercanos, entre ellas varias del Corpus Christi de Valencia. Un día, al preguntarle su padre, apuradísimo, qué hacía, contestó: “Aquí estoy cantando un cántico del amor”.

   Al llegar a Benaguacil huyendo de Manises, había colgado del cuello de una estatuíta de San José, de quien era devotísima, un papelito que decía: “Padre mío, San José, no me dejes morir sin Prelada, sin comunidad y sin celda”. Cuando la gravedad avanzaba, acordándose de estos deseos y peticiones, dijo con suave y heroica resignación de su hermana Fidela: “¿Te acuerdas de aquello que escribí a nuestro Padre san José? Si fuera ahora no lo escribiría, pues ya me da todo igual. ¡Santo abandono! ¡Lo que quiera Jesús!”.

   Las hemorragias producidas por el cáncer eran frecuentes y dolorosas. El 12 de agosto de 1937 pudo recibir el acompañamiento espiritual de un padre carmelita descalzo, a quien la Hª María conocía desde Lloret de Mar.

   El 26 de septiembre suplicó a una de sus hermanas que llamaran al P. Elías de la Virgen del Carmen, que se hallaba oculto en un pueblo inmediato. El recado fue este: “Hágame la caridad de decir al P. Elías que si puede salir de su escondite y venir aquí a confesarme sin peligro de su vida, Dios se lo pagará, pero que no lo haga si peligra su vida”. El recado fue comunicado al padre, y éste se dispuso a cumplirlo tan pronto como hubiera una circunstancia favorable para salir del “escondite” que la enferma decía.

   A los tres días – (29 de septiembre)- pudo realizar el viaje y cumplir los deseos de la Hª María, que era de consolarse con él y gozar con sus santos consejos, pues el P. Elías tenía muy buen arte para asistir a los moribundos. Al despedirse de ella, le dijo la enferma con melancolía ternísima: “Dios se lo pague mucho. Hágame la caridad de pedir a Dios Nuestro Señor que me haga la gracia de que no me olvide ni un momento de que estoy consagrada a El y que me ame y practique aquí en la tierra, cuanto es posible a una criatura, las “noches” de nuestro santo Padre fray Juan de la Cruz”.

   Despedido el Padre, se procedió a la cura de la enferma, que solía durar dos horas. Ya por la mañana de este día 29 había dicho a su hermana Fidela de Jesús estas palabras: “Hoy acabo; si, hoy acabo”. La operación de la cura fue muy penosa, porque la enferma se hallaba extenuada. Invitada a tomar algún alimento para recobrar fuerzas, contestó en voz dulce y apagada: “¡Pero si no puedo!”.Al fin, sus hermanas consiguieron se incorporara algún tanto para tomar un sorbo de café que le tonificase un poco el corazón, y en aquel momento dejó caer la frente sobre la de su hermana Fidela. Tres minutos después, inclinando su cabeza al lado derecho, expiró suavemente sin ninguna contracción brusca. Eran las cinco y media de la tarde del 29 de septiembre de 1937.

   Al entierro asistieron hasta diecisiete Descalzas. Su cuerpo quedó depositado en un nicho del cementerio del pueblo hasta poder trasladarlo a su comunidad de Manises.

(extracto de la "Historia del Carmen Descalzo" del P. Silverio, tomo XV, cap. XVII, pg 434ss

HERMANA MARIA TRINIDAD DE SAN JOSE (BRIGIDA ALFARO LEAL)

Nació en Minglanilla  (Cuenca) el 8 de octubre de 1901, en el mismo entorno familiar que la Hª Mª Josefa.

La Hª Trinidad, poco expansiva y muy dada al silencio exterior, nos descubre en sus escritos íntimos una vida interior de extraordinaria riqueza, ya que toda estuvo marcada por un gran amor que se entrega, en el sufrimiento de cuerpo y alma, con absoluta fe y confianza, vehemente deseo de Dios y de que su vida consagrada, por unión con la de Cristo el Ungido, fuera redentora con El.

De entre sus escritos, el párrafo siguiente nos ayuda a conocer su entorno familiar: “Te doy gracias, Dios mío, porque me hiciste nacer de unos padres tan santos que desde pequeña me enseñaron a conocerte, amarte y servirte sobre todas las acosas y a tenerte y llevarte en mi corazón con limpieza y amor. Tanto nos inculcaban el amor a Ti, nuestro único Dios verdadero, que nos hacía alejarnos de las vanidades del mundo, observando desde niña una vida piadosa y dedicada para Ti, Dios mío. Viví para tu servicio desde niña y al cuidado de mis buenos padres, trabajando para ganarles el sustento, ya que nos diste a un padre que estuvo toda su vida enfermo. Era un santo y yo lo amaba mucho. Tú me llamaste y recordando aquellas palabras del Evangelio que dicen: “Quien ama a su padre o madre o hermanos más que a Mí no es digno de Mí...” me diste Tú mismo la fuerza para dejarles y consagrarme a Ti. Ellos y yo sufrimos mucho... (Tú lo sabes) con mi ausencia, pero pienso que todo ha contribuido para nuestra mayor santificación y que Tú, Dios mío, habrás sabido recompensarles lo que sufrieron por causa de mi ausencia al consagrarme a Ti... Gracias, Dios mío, porque nos has dado una vida señalada con tu Cruz. Ahora sólo espero tu encuentro. Verte ya Dios mío, sin velos y gozar de tu presencia... Dios mío, misericordia mía!”.

Profesó en Ntra. Orden el 21de agosto de 1926. Ya tenía una hermana Carmelita Descalza en la misma comunidad, la Hª Josefa, y quedaron sus padres  (Él totalmente impedido) sin más recursos que el trabajo de una hermana pequeña.     

Su vida interior se nos revela maravillosamente marcada por un gran amor siempre actualizado y realizado en la Cruz.  “Ha empezado el periodo más grande y digno de mi vida. La Cruz me da el sello, la semejanza misma de Dios... la imagen del Hijo crucificado por amor. Hará vida en mí esta predestinación: Esposa contigo crucificada, al reverso de tu Cruz...”

Las páginas de sus cuadernos están llenas de exclamaciones que expresan ese amor ardiente, gratitud humilde, conciencia de su pobreza y confianza total en el amor de Dios y de la Virgen hacia ella, así como la dimensión apostólica de su consagración. Sus deseos de morir para ir a Dios se habían acrecentado desde hace unos años:

“Mi pobre alma, tan pequeña, hay momentos que no puede resistir a tanto amor, y me lanzo hacia El pidiéndole fortaleza para esta espera...y así le repito: “Rompe la tela de este dulce encuentro”. Sí, llevo una carga muy grande en mi alma de amor y de gratitud hacia El por todos los beneficios que de El he recibido.”

El 25 de Octubre, día en que recibió la Unción de enfermos por voluntad propia y sin gravedad inminente, escribió sus últimas notas con letra vacilante:  “Hoy he recibido la Unción de enfermos... en la oración le he dicho al Señor qué quería de mí a cambio de tantos beneficios como El me concedía... La respuesta la he sentido en lo más íntimo de mi alma... “Lo que sufres, súfrelo con mucho amor.” Yo le he contestado: Sí Señor, con todo el amor de mi alma te lo ofrezco todo. Tú sabes cuanto te amo. En tus manos divinas de Padre he puesto mi alma, mi vida y mi corazón. Aquí me tienes Señor, haz de mí lo que quieras. Ya sabes que tengo muchas ganas de verte y de estar con vosotros en el cielo”.

   Operada de columna siendo aún muy joven, quedó delicada de salud, pero desde hace año y medio en que sufrió una caída con rotura de cadera, decayó notablemente; sin embargo, su tránsito ha sido rapidísimo e inesperado pues, dentro de su estado se había recuperado mucho y aún caminaba despacio acompañada por la enfermera.

Fue Maestra de Novicias y Priora durante un trienio. Extraordinariamente habilidosa para primores de aguja, pincel y pluma. Ejerció de organista en los primeros años de la fundación.

Murió en Puzol el 13 de abril de 1983. Se encontraba normal y alegre por la confesión que habíamos  realizado el día anterior: “El padre me ha dejado muy contenta, decía: le he dicho que tengo las manos vacías, que no tengo virtudes y me ha contestado: “El Señor se las llenara...” Parece que el Señor sólo esperaba esta humilde y sincera confesión para cumplirle los deseos de irse con El. Y así fue.

JOSEFA DE JESUS SACRAMENTADO (PETRA ALFARO LEAL)

   Nace en Minglanilla (Cuenca) el 29 de abril de 1899. En una familia de profundas raíces cristianas en la que recibió las primicias de su formación religiosa que la marcaron para siempre y con un padre imposibilitado durante cuarenta y seis años, vividos tanto por el padre como por la madre de manera ejemplar.

Desde muy niña deseó ser toda de Jesucristo; fue su llamamiento y su elección a la que guardó fidelidad constante.

Se preparaba para la primera Comunión cuando enfermó de difteria; no podía consolarse ante la imposibilidad de realizar su gran deseo de recibir a Jesucristo en la fecha prevista. Soñó que la Stma. Virgen se acercaba a ella y le ponía una mano en la garganta. Sea de ello lo que fuere, de hecho se encontró bien al despertar y pudo comulgar el día de Pentecostés, en el que decidió pertenecer solo a Jesucristo para siempre. Lo contó alguna vez sencillamente pero con tal gratitud a la Virgen que las lágrimas acudían a sus ojos. Y el gozo de aquella comunión se renovó cada día hasta el final.

  A los dieciséis años, el día de la Inmaculada, hizo formalmente voto de castidad perpetua, juntamente con su hermana Brígida que tenía catorce y que entró como carmelita en la misma comunidad.

Su entrada en el Carmelo a los 23 años fue en Lloret de Mar. De Lloret pasó la Comunidad a fundar a Manises, de donde salió la fundación de Puzol. Allí fue Priora durante tres trienios y aquí dos. Hizo su profesión el 24 de octubre de 1924.

En  Mª Josefa se conjugaron hasta el final una ingenuidad casi infantil y una gran seriedad en su vida espiritual y en el ejercicio de los cargos de Priora y Maestra; la primera, hija de su natural condición y de la educación que le fue dada por distintos agentes; la segunda fruto de la gracia actuando sobre natural, que correspondió generosamente a la misma.  

Uno de sus libros preferidos: “De la Eucaristía a la Trinidad”, nos dice como ha sido su  vida interior. Pero el amor a Dios Trino y el bien de las almas la movieron, principalmente en sus años juveniles y cuando actuaba con libertad de Priora, a unirse a los sufrimientos de Jesús y  María por medio de la penitencia voluntaria, de la oración ante el Sagrario prolongada en la noche, de la obediencia rendida. En los días en que ya su vida declinaba, la vista del Crucifijo la arrancaba lágrimas y frases de compasión. Como a Sta. Teresita niña, las estampas – a las que era aficionadísima – le hablaban al alma le hacían amar y orar.

Afectada por un padecimiento de coronarias, sufrió crisis en las que se sentía morir; pero no lo decía hasta después de pasadas y eso con brevedad: “Lo he ofrecido a Jesús por los que no creen en El”.

Se cayó varias veces y con su carácter alegre, después de pasado el susto reía y bromeaba: “¡Como un gato....! el gato de la Casita de Nazaret! “y si Jesús quiere que tenga las piernas flojas que haga lo que quiera.... ¡Cualquiera le dice nada....!”.  

Entrega, abandono, confianza. Lo que no quita que le hiciera gracia cuando se le auguraba larga vida. Ya gravísima cumplió los 80 años en estado de semi-inconsciencia.

La proyección de su amor hacia el mundo era notable; ¡Cuánto ha adorado por los millones de hombres que no adoran, rogado por los sacerdotes, por los pecadores....

En cuanto a sus relaciones con los más próximos, basta el testimonio de una Hermana que la tuvo de Priora y Maestra: “Nunca me sentí herida por ella; si alguna vez me reprendía y se daba cuenta de que no había sido justa, me pedía perdón. Le debo mucho porque no me enseñó otra cosa que a amar a Jesús”.

Alegre, bondadosa, amante de la paz, de la unión, de la alegría comunitaria dentro de una fiel observancia pero sin intransigencias ni rigideces. Deseando y procurando a todas el bien y agradeciendo mucho cualquier atención o servicio. Fina en la caridad, dio este consejo a una novicia: "Bien espabilada para ver lo bueno de las Hermanas y lo demás...¡Silencio!" (lo decía con un gesto muy expresivo). Cariñosa con su familia natural y con su familia religiosa, nunca fue causa de división o discordia.

Fue perdiendo facultades, el uso de las piernas y el apetito. Durante un mes se sucedieron alternando, crisis de mucho sufrimiento soportadas sin una queja y ratos de animación, cada vez más breves, en los que incluso nos hacía reír.

Había escrito en una estampa: “Dadme Señor serenidad, para sufrir con calma y amor lo que disponga tu amor: que mi alma pueda llegar hasta Ti purificada. ¿Qué me importa el dolor y el abandono de mi larga agonía?...

Murió el 8 de mayo de 1979.

 

LUZ MARÍA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ROSARIO DE LUXÁN BUCETA)

Era nuestra Hermana natural de Ceuta, de cristiana y distinguida familia. Sus padres, el Ilmo. Sr. D. Pascual de Luxán y Zabay, de Guadalajara, y doña Joaquina Buceta López, de Valencia. Tuvieron varias hijas; entre ellas nuestra Hermana, a quien pusieron el nombre de Rosario. Este hogar tan feliz pronto se ensombreció con la muerte de la madre. Nuestra Hermana nos decía que no se dio clara cuenta, pero que recuerda que no pasaba día sin que llorara la muerte de su madre querida. Concentró todo su afecto en su padre, pues era de corazón grande que necesitaba amar mucho; también él la quería con predilección.

  Para mejor atender a la educación de sus hijas se trasladó el señor de Luxán a Madrid con su padre y hermanas, que cuidaron y educaron a las niñas con verdadera solicitud de madres.

   Ingresaron en el colegio de Religiosas llamadas Damas Negras. Ella nos decía que por entonces su carácter era tímido y tan grande su amor propio que se sentía como humillada entre sus compañeras por su acento andaluz, que no podía disimular. Conservó mucho cariño y gratitud a las buenas Madres que la educaron, y decía que asistiendo a los Oficios de Tinieblas, que se celebraban con gran esplendor, sentía despertarse en su corazón el deseo de cantarlo y rezarlo como las Religiosas para mejor alabar al Señor.

   Por razón de la carrera de su padre se trasladaron a Zaragoza, donde fijaron su residencia definitiva.

   Cada vez se hacía más sensible el atractivo de su corazón a Jesús Sacramentado. Madrugaba mucho para poder estar más rato en la iglesia y oír muchas misas, que era su mayor devoción, lo que hacía siempre de rodillas. Cuando iba con sus tías y hermanas a visitar a Jesús se sumía en oración y adoración, de modo que tenían que avisarla varias veces para salir y casi como arrancarla del lado de Jesús.

   Esto parece no avenirse con el atractivo que decía sentía hacia el mundo, las amistades y diversiones. Era que Jesús se insinuaba en su alma y, sin ella darse cuenta, germinaba ya la vocación religiosa.

   Cuando se organizó en Zaragoza la Acción Católica ella se entregó con todo el fervor, celo y entusiasmo de su noble y gran corazón. Desempeñó varios cargos importantes. Fue propagandista y cooperadora de la revista que en Zaragoza tiene la Juventud de Acción Católica, pues escribía muy bien tanto en prosa como en verso. De carácter alegre, franco y comunicativo, sabía influir entre sus compañeras, de quienes era muy querida.

   Su anhelo de perfección y el celo de las almas hizo parecerle pequeño el campo de sus actividades, y aunque el mundo no sepa comprender, lo que parece un contrasentido, quiso esconderse en el carmelo para poder ensanchar más su campo de acción.

  La mayor lucha que tuvo que sostener para defender su vocación fue consigo misma, pues aunque, por una parte, se sentía fuertemente atraída hacia Dios y a la vida de oración y penitencia, por otra sentía el atractivo del mundo y el deseo de independencia. Triunfó la gracia de Dios plenamente, y decidida su vocación, se entregó con entusiasmo a ponerla en obra. Ella decía que Jesús le había librado de amores humanos, pues siendo tan afectuosa se hubiera dejado llevar. Bien mostró el Señor la misericordia y amor de predilección hacia esta alma quitándole todo estorbo para que se diera a El enteramente.

El día 29 de abril de 1943 hizo su entrada en nuestro carmelo del Corazón Eucarístico de Jesús, de Manises, nuestra Hermana Luz María. Celebrábamos ese día la fiesta de nuestro cumpleaños. Desde el primer momento dio prueba nuestra Hermana de la entereza de su carácter y del olvido de sí misma, pues en medio de sus lágrimas supo asociarse a muestra alegría y seguir las bromas de las Hermanas, que decían que esta Hermana era el regalo que Jesús me daba este día. Y así ha sido, aunque sin merecimiento alguno mío: un regalo para esta fundación, pues en tan corto tiempo la he podido entregar a Nuestro Señor tan llena de virtudes y méritos.

El cambio de vida y la dolencia que padecía, y de la cual ha muerto, hizo dudáramos si podría resistir su salud el peso de la observancia; pero, a la vez, veíamos su buen espíritu, su entereza para esforzarse para cumplir nuestras Santas Leyes, su puntualidad en asistir a todos los actos de comunidad, seguir nuestros ayunos y penitencias y el trabajo sin mitigaciones y con gran exactitud.

Fue ayudante de la provisoría y ropería y segunda enfermera, oficio en que se distinguió por su gran caridad y atención, pues no excusaba ningún trabajo por dar algún alivio a sus queridas Hermanas enfermas.

 Providencialmente dispuso el Señor que de aquel santo carmelo de Manises saliera esta fundación. Por nombramiento del Excmo. y Rmo. Sr. Arzobispo de Valencia Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga fue designada nuestra Hermana Luz María a formar parte de esta nueva comunidad. Ella me decía que no sabía expresar qué sentimiento dominaba más en su corazón, si el dolor de dejar a sus Hermanas, a quienes tanto quería, o el gozo de ir con las Hermanas que también amaba tanto.

 Como esta comunidad era muy reducida y la casa que habitamos provisionalmente grande, se lanzó nuestra Hermana, como todas, con gran abnegación al trabajo de limpiar para acondicionarla. Nunca se la veía apresurada, pero hacía las cosas bien y con gran ligereza.

 Desempeñaba el oficio de cantora, pues el Señor la había dotado de una bonita y potente voz, por lo cual llenaba tanto el coro que parecía éramos muchas las que cantábamos.

   Como sabía que a mí me gustaba que se hiciera todo como es costumbre en nuestros carmelos, me decía: “¿Verdad que está contenta V.R. de que a pesar de ser tan pocas cantemos en todas nuestras festividades como está mandado?”

   También era ropera, oficio que cumplía con gran perfección y espíritu de pobreza. Cosía muy bien y deprisa, y me decía que este era su oficio, pues le permitía estar con Jesús en su celda sin enterarse de nada que la pudiera distraer de su conversación con El.

   El día 11 de mayo de 1948 hizo su Profesión solemne, y el día 13 del mismo se le impuso el velo. Desde entonces se la vio más consciente y entusiasmada aún de nuestra santa vocación, hacer mayores progresos en la virtud. Pero sobre todo desde la festividad del Sagrado Corazón de Jesús este año hizo tan grandes y notables adelantos en la perfección, que cuando cayó enferma, con todo y no presentar síntomas de gravedad la enfermedad, tuve el presentimiento de que esta querida hija se nos iba al cielo, pues bien veía lo aprovechada que estaba su alma.

   Muchas virtudes que imitar nos ha dejado nuestra querida Hermana. Tanto más de admirar cuanto que las consiguió a fuerza de vencimiento y fidelidad. Era muy amante del Oficio Divino, que rezaba o cantaba con gran fervor y devoción, que a todas edificaba por la compostura que guardaba y la atención que ponía. De carácter alegre, franco e impetuoso, pero amable, sabía hacerse querer de todas. Sus cualidades naturales se fueron espiritualizando y convirtiendo en virtudes, sobre todo desde que se inició su gran devoción al Sagrado Corazón; desde que, como ella decía: “Había hecho su morada en el Divino Corazón.” La misma caridad de Jesús informaba su vida, y así se hizo más recogida, sencilla, obediente, caritativa y tan delicada de conciencia que no quería la dejara pasar la menor falta, y si su natural o temperamento la hacía cometer alguna, lo sentía mucho y pedía perdón, diciendo (como una vez, pocos días antes de caer enferma): “Creo que si no pidiera perdón no podría dormir tranquila”, y lo hacía con gran sencillez y sinceridad.

   Su caridad la hacía olvidarse tan totalmente de sí misma, que por trabajo que tuviera lo dejaba todo para ayudar a sus Hermanas. Decía que había hecho propósito de no negar nada que se le pidiera, ya fuera agujas, hilo, etc., como su ayuda personal, y con frecuencia me pedía licencia para hacer el oficio de tabla de otra Hermana, y así quitarle trabajo.

   Era puntualísima a los actos de comunidad y muy observante en la guarda del silencio; sin embargo, en la recreación era animada y alegre: dotada de una gran memoria, nos contaba lo que leía (estaba encargada de nuestra pequeña biblioteca) tan bien y con tanta gracia y detalle, que, además de amenas, las recreaciones eran de provecho.

Tenía muy arraigado el espíritu de pobreza y mortificación tanto en las penitencias que se usan como en el comer, y en todos los detalles que no dejaba perder ninguna ocasión, por lo cual, muy pocos días antes de caer enferma, dijo: “Qué tranquilidad tendrá el alma en la hora de la muerte si ha vivido esforzándose siempre...” En su última enfermedad no quería llamar a la Hermana enfermera; decía: “Puesto que no me puede hacer nada, ¿para qué he de molestarla?” Y cuando ésta le quitaba las moscas, le decía: “No se canse, Hermana, ya me he acostumbrado y no me dan pena”.

Era muy obediente y tenía muy arraigado el espíritu de fe en la Prelada. Hace pocos días me decía: “Dios me libre, Madre nuestra, de querer ni hacer cosa distinta de la voluntad o deseo de V.R.” Y tal hábito adquirió, que ya no le costaba rendir su voluntad y su juicio.

Su celo por las  almas la hacía querer mucho las Misiones, tanto que tenía el convencimiento y el deseo de ir. Como una vez oyera decir a un Padre jesuíta misionero que en el Japón las almas eran muy inclinadas para la vida contemplativa, se entusiasmó tanto que quería fuéramos a fundar al Japón, pues decía que aquí ya hay muchos carmelos y allí las pobres almas no pueden consagrarse a Dios por no conocer ni haber casi carmelos. También deseaba mucho ser mártir.

Amaba tiernamente a su familia, pero este afecto supo entenderlo como Santa Teresita, sin darse a sí misma satisfacciones. Este desprendimiento, que tanto costaba a su natural afectuoso, la hizo venir a un carmelo lejos de su familia. Se impuso generosamente el sacrificio de no leer las cartas que le escribían, tanto como las deseaba y esperaba; hacía se las leyera yo, y luego me pedía las rompiera. La última carta de su padre, a quien ella tanto quería, la dije la conservara; la contestó la víspera de caer enferma, y en su enfermedad me dijo. “Ahora habrá recibido la carta mi padre”, se puede decir que ha sido la despedida. También amaba mucho a sus tías, y decía que todo lo que sabía se lo debía a ellas, y quizá con la formación que le dieron dispusieron su alma para poder oír la voz de Dios. De igual manera a sus hermanas y tíos, por cuya salvación y santificación se interesaba mucho.

 

   Jesús debía aceptar complacido este desprendimiento, pues El mismo la probó con un no pequeño sacrificio. Estando ya fijada la fecha de sus votos solemnes e imposición del velo, esperando a su padre, tías y hermanas, la víspera, por la tarde, se recibió aviso que una de sus hermanas estaba enferma de cuidado y no podían venir. Aunque retrasamos unos días la ceremonia, no pudieron venir de todos modos, y nuestra Hermana tuvo ese día ese sacrificio, que supo abrazar con gran ánimo y generosidad.

 

   Era muy devota de Nuestra Madre Santísima del Carmen. La familia de una de nuestras Hermanas regaló una preciosa imagen que preside nuestro coro, y en la fiesta que le hicimos y en la despertada de su festividad le hizo unos versos y coplitas muy sentidos. Tenía costumbre en las mañanas (pues  era muy diligente y puntual) irse con Jesús para prepararse a la oración; pero como viera que en estos pueblos hay mucha devoción al Santo Escapulario y nunca había bastantes, se privó de este ratito de Sagrario para hacer escapularios, y así honrar a Nuestra Madre Santísima.

 

   También amaba mucho a la Sagrada Familia y gozaba arreglando el taller que hemos puesto en su ermita; para Ellos compuso un verso muy bonito. Asimismo amaba a Nuestros Santos Padres, Santa Teresita, Santa Teresa Margarita y Sor Isabel. En una de las últimas recreaciones decía estaba leyendo nuevamente a Nuestra Santa Madre, que cada día la amaba más y cada vez encontraba nuevas cosas en sus escritos que este libro le bastaba.

 

   Tenía devoción a Santa María Magdalena, Santa Gertrudis y Santa Margarita María, que decía la enseñaban a amar a Jesús.

 

   Alma verdaderamente eucarística, aprovechaba cuantos ratos tenía para ir a visitarle; sobre todo los domingos, si no la necesitaban las Hermanas sacristana o provisora, a quienes ayudaba con mucho gusto, se estaba casi todo el día con El; ya desde novicia, si no la encontraban, ya sabían que su lugar era un rinconcito de la tribuna. Muchas veces en recreación decía: “Faltan tantas horas para comulgar”. Tenía como una dulce obsesión de Jesús, y hasta en la noche hubiera querido poder haber estado con El.

 

   Desde hace poco se despertó en ella una tierna devoción al Sagrado Corazón. La víspera de su fiesta me pidió licencia para pasar toda la noche y prepararse mejor; viéndola yo tan fervorosa y sabiendo la intención por qué lo hacía, se lo permití, quedándose toda la noche, que pasó de rodillas o de pie casi sin moverse. Lo mismo hizo la víspera de Nuestra Madre Santísima del Carmen; y viéndola tan animada y contenta y que estaba, según decía mejor que nunca, le permití también las noches de los primeros viernes de agosto y septiembre. Poco pensábamos que tan cerca tenía ya el momento de ir a reparar y adorar en espíritu y verdad al Divino Corazón a quien tanto amaba.

 

   Día inolvidable será para todas el día del Sagrado Corazón. No sabía nuestra Hermana qué hacer para honrarle. A una Hermana le pedía ayuda para arreglar un altar; a otra Hermana que le dibujara unos corazones y le escribiera unas máximas y sentencias y cuanto su amor al Divino Corazón le dictaba, siendo tan apropiada para cada una la sentencia que parecía nos la daba el mismo Jesús. Luego fuimos al altar, que estaba precioso, y cantamos con todo fervor cuanto sabíamos, sin olvidar aquel cantito que ella compuso, y que terminaba así:

 

“Jesús, Jesús, abre tu Corazón,

porque él será nuestra única mansión.”

 

   Realmente, ella supo hacer su morada en el Divino Corazón y en El descansó y murió, mirándole (según creemos) con su semblante radiante de alegría y felicidad.

El día 11 de septiembre, por la mañana, hizo su vida normal: asistió al lavado de comunidad y demás actos y trabajos del día sin resentirse de nada; pero en la tarde me dijo que había sentido como si la hubiera herido un rayo y se encontraba mal. Aun me pidió licencia para leer en el refectorio y asistir a la recreación, pero como tenía algo de fiebre no le permití más que rezara Completas en su celda y se acostara en seguida. Pasó la noche intranquila, con dolor y malestar, y como yo estaba preocupada, llamé en seguida al médico. Al saber el doctor que estaba operada de apendicitis, dijo que no le alarmaba el dolor, y como padecía de esto otras veces, pensamos si sería lo de siempre, aunque a mí me intranquilizaba verla tan postrada y decaída, ella tan sufrida y animosa de ordinario. Con alternativas de dolor y fiebre pasamos hasta el sábado 16, que ella, el médico y nosotras apreciamos una notable mejoría. Demostró deseos de que pasáramos la recreación en su celda, pues se encontraba mejor y los demás días no había tenido ánimo para recibirnos. En la noche me dijo: “Hoy descansaremos todas, V.R., la Hermana enfermera y yo, pues lo necesitamos” (ya que no había podido dormir ni de día ni de noche desde que cayó enferma).

     Como yo no podía descansar tranquila, a la madrugada fui a verla, y me dijo estaba peor que nunca, había pasado muy mal la noche y le parecía era ya peritonitis.

     Como el médico la había dejado mejor, me avisó que por ser domingo no vendría; pero al mandarle yo decir los síntomas nuevos y alarmantes, vino. En seguida se dio cuenta de la gravedad; confirmó que era peritonitis aguda, y al preguntarle si le parecía oportuno llamáramos algún especialista, dijo que sí. Avisamos al doctor Carrión, familiar y gran bienhechor de la comunidad, y llegó a media noche con el doctor Miguel. Al ver el estado de nuestra querida hermana comprendieron que no estaba ya en condiciones de llevarla a Valencia, y como el caso era urgente y de vida o muerte, avisaron al doctor Segura, de Valencia, que hizo la caridad de venir a la madrugada para operarla aquí en el convento y ver de salvarle la vida.

 

   Le dije de recibir los Santos Sacramentos, y me contestó: “Si hay prisa, puedo recibirlos sin confesarme”, prueba de lo bien dispuesta que tenía su alma. El Rdo. Sr. D. Vicente Lloréns, Cura Párroco de Rótova y confesor ordinario de la comunidad, la confesó y dio el Santo Viático y Extremaunción, ayudado del señor Capellán del convento. Recibió nuestra Hermana los Santos Sacramentos con gran lucidez, contestando a todo, a pesar de que se agravaba por momentos y con dificultad podía mantener su atención. Después me decía: “El que deje estas cosas para estos momentos está arreglado..., no se está para nada.”

Despertó pronto del cloroformo, y con gran lucidez se dio cuenta de que se moría. Su primera palabra fue: “Madre nuestra, ahora sí que me muero.”

 

   El Rdo. Dr. Cura le dijo si quería volver a recibir a Jesús, y ella se puso con una cara de cielo, de alegría, y dijo que sí. Lo recibió, y con voz clara, fuerte y lenta, como si hablara con El, dijo: “Muy bien, pero que muy bien, Jesús”, como si aceptara con alegría la voluntad de Dios.

 

   Le leía el señor Cura una oración muy hermosa para el tiempo de la enfermedad, que ella repetía, y al llegar a un lugar que decía: “...concédeme la gracia, Jesús, de padecer algo por vuestro amor”, ella, con voz clara, añadió: “Pero que sea mucho, poco no.” Como ya no podía sufrir que le hablaran (pensábamos eran las molestias del cloroformo, pero era ya la agonía), siguió el señor Cura en voz baja rezando y recomendándole el alma. Después, dijo, siempre con su voz clara y llena: “Estoy metida en el Corazón de Jesús”, y mirando con los ojos muy abiertos, como si viera a alguien que le diera sorpresa y alegría, con una cara transfigurada, con exclamaciones de gozo, expiró, mirando fijo y sonriendo, sin más estremecimientos. Eran las once y tres cuartos de la mañana (hora solar) del 18 de septiembre de este Año Santo.

 

   Me quedé con el convencimiento de que la promesa de Jesús a Nuestra Santa Madre en la muerte de la primera descalza, cuando le vió como amparando a la Hermana que moría, se cumplía una vez más aquí en la muerte de nuestra querida Hermana Luz María. Lo mismo apreció el Rdo. Sr. Cura, que estaba muy impresionado y edificado de tan hermoso y tranquilo encuentro de esta alma con su Dios.

     Con el hondo sentimiento que puede suponer comuniqué a su debido tiempo a V.R. y santa comunidad cómo el señor cogió las primicias de este pequeño y naciente carmelo el día 18 de septiembre de este Año Santo de 1950 llevándose a nuestra amadísima Hermana Luz María de la Santísima Trinidad, religiosa de coro, a los treinta y cuatro años de edad y siete de edificante y bien aprovechada vida religiosa.

   Al contarle al Rdo. P. Barquero, S. J., tan preciosa muerte, me contestó: “Es la muerte de los devotos del Sagrado Corazón.”

 

   Quedó con expresión de gran paz, y en las veintiocho horas que la tuvimos expuesta en el coro no se desfiguró nada y conservó la flexibilidad.

 

   Aunque avisamos en seguida de la gravedad a nuestros amados Padres de Valencia, por estar tan lejos no pudieron llegar a la muerte. Vinieron al día siguiente el Rdo. P. Suprior Guillermo de Jesús y María y el Rdo. P. Fidel, de la Sagrada Familia, para cantar el funeral, y nos estuvieron consolando y ayudando mucho hasta la tarde, en que le hicieron con grande solemnidad, como es costumbre, el oficio de sepultura y entierro.

 

   Como aquí no tenemos cementerio tuvimos la pena de ver sacar de clausura a nuestra querida Hermana; aunque a la vez consoladas de que fueran sus restos a Alfahuir, pueblo tan cristiano, de tan sanas costumbres y tan amantes de Nuestra Madre Santísima, cuyo Ayuntamiento, en sesión extraordinaria, demostró su fe y caridad concediendo gratuitamente el nicho para su enterramiento.       

 

   Vino el Clero con Cruz alzada; las Asociaciones de Hijas de María de Rótova y Alfahuir, con banderas y corona; la Asociación de Señoras de la Virgen de la Salud; y lo que es más de destacar y agradecer, los señores Alcaldes y Secretarios de los dos pueblos, que fueron los primeros en cargar a hombros el féretro con los Jefes de la Guardia civil y el pueblo, que se disputaban el honor de llevarla a hombros los 2 Kilómetros que separan este convento del cementerio. Las campanas de ambos pueblos doblaban alternativamente. Presidían familiares y amigos íntimos de la comunidad, los Rdos. Padres Jesuítas y Padres Escolapios de Gandía, pues nuestros Padres, como se dijo antes, eran los oficiantes. En Alfahuir la entraron en la iglesia, llevada entonces por las hijas de María; se le rezó otro Responso y se le colocó en el nicho, donde se puso esta inscripción:

 

“En el Corazón Divino de Jesús descansa en paz

la Hermana Luz María de la Santísima Trinidad,

Carmelita Descalza.”

 

   En cuanto se le comunicó a nuestro amadísimo Prelado el fallecimiento de nuestra Hermana, dio toda clase de facilidades y licencias para el enterramiento, y además se dignó conceder doscientos días de indulgencias por cada sufragio que se le aplique, por lo que esta comunidad le queda muy agradecida.

 

   No tenemos bastantes palabras de gratitud para nuestros amadísimos Padres Suprior y Fidel, que, como verdaderos Padres y Hermanos, hicieron con nuestra querida Hermana tan gran acto de caridad no dejándola hasta verla colocada en el nicho.

 

   De todo corazón agradecemos también el interés y caridad que, como siempre, en esta ocasión nos demostró el Rdo. P. Luis Colomer, O.F.M., Delegado Arzobispal, viniendo en seguida que supo el fallecimiento de nuestra Hermana.

 

   Quedamos hondamente reconocidas a nuestro Rdo. Sr. Cura y confesor ordinario de la comunidad, que tan caritativamente asistió a nuestra Hermana en sus últimos momentos, y a nuestro Capellán don Francisco García Cruzado, que compartió nuestros sufrimientos y asistió también a nuestra Hermana en su última hora.

 

   Mucho agradecemos a los doctores Carrión, Segura, Miguel y Casanova, que con grandísima abnegación hicieron todo lo que la ciencia puede hacer en estos casos para salvar la vida a nuestra querida Hermana.

 

   Asimismo lo agradecemos a nuestros familiares, amigos y bienhechores, que vinieron desde Valencia en sus coches para atender a las necesidades de estos casos; y a los Rdos. PP. Barquero, S.J., y Guim, S. J.; Padres Escolapios, dignas Autoridades de Rótova y Alfahuir, Guardia civil y demás personas que nos han ayudado y acompañado el cadáver de nuestra Hermana. Ella, tan agradecida, intercederá con Nuestro Señor y será poderosa intercesora para todos.

 

   Aunque el Señor en tan corto tiempo ha purificado, santificado y transformado a nuestra querida Hermana Luz María, por si acaso necesita sufragios le rogamos por caridad le apliquen los que mandan nuestras Leyes y Misa, Comunión, Vía Crucis y Rosario, que ella, tan agradecida en vida, se los pagará desde el cielo.

 

   Rueguen mucho por esta afligida comunidad, que tanto notamos el vacío de esta querida Hermana, pues fue de las primeras que vino a esta fundación y en la que teníamos tan fundadas esperanzas. A la vez nos consuela tan edificante vida y preciosa muerte.

 

   De V.R. menor Hermana y sierva en Jesús y María,

                                   

                                   María Josefa de Jesús Sdo.

                                                              Priora

Hª Luz María de la Santísima Trinidad, el 18 de septiembre de 1950, cuando contaba treinta y cuatro años de edad y siete de religiosa. Había nacido en Ceuta, del Ilmo. Sr. D. Pascual Luxán y Dª Joaquina Buceta, muy buenos cristianos, y cristianamente educaron a sus hijos. Para mejor conseguirlo se trasladó a Madrid y nuestra religiosa se educó en las llamadas Damas Negras (Religiosas de San Mauro).

De clara inteligencia y muy activa, cuando su padre se trasladó a Zaragoza, trabajó mucho en la Acción Católica, en la que desempeñó importantes cargos.

Deseosa de mayor retiro y vida interior, tomó el hábito de las Carmelitas de Manises, el 29 de abril de 1943. Respondiendo con ejemplar perfección a sus obligaciones de carmelitas, emitió los votos solemnes el 11 de mayo de 1948. Muy exacta en el cumplimiento de los oficios que se le confiaron, lo mismo que en la regular observancia, fue también muy penitente y caritativa con todos y siempre rendida a la obediencia.

Un ataque agudo de peritonitis llevó al otro mundo a esta excelente religiosa el 18 de septiembre de 1950, recibidos con grande fervor y dulce tranquilidad los Santos Sacramentos. Al entierro y traslado al cementerio, además de representantes del clero y comunidades religiosas de Gandía asistió mucha gente de Rótova y pueblos comarcanos.

ROSA MARIA DE LA EUCARISTIA (ROSA Mª BRULL BRAUT)

  Nacida en Ripollet (Barcelona) el 18 de mayo de 1934, profesó en nuestra Comunidad el 22 de Abril de 1957, y en Mayo de 1976 (día 28) dejó esta Comunidad para integrarse en la del cielo.

   Muy bien dotada, de carácter afable y trato delicado, fue querida y estimada de propios y extraños. Muy joven sintió la llamada de Dios y sostuvo firme su vocación contra viento y marea, sin vacilaciones ni dudas de ningún género.

   Alegre y optimista, se propuso ser una carmelita fidelísima en la observancia y lo cumplió desde el primer momento.

   Si dijo que en el Carmelo le bastaba un puesto cualquiera en el Coro y un sitio en el Corazón de Jesús, muy otro fue su camino; pues con la estima de los superiores, le llegaron los cargos de Maestra, Priora y Consejera de la Asociación, con el consiguiente aumento de relaciones humanas que contribuyeron a hacerla mucho más conocida y estimada.

   Tenía una sonrisa verdaderamente luminosa, tras la que sabía ocultar fervores o contrariedades. Minada por el cáncer (de localización ósea generalizada) vimos brillar en ella la misma sonrisa llena de luz y gratitud, hasta el último día, hasta el último momento.

   Deseaba el cielo desde el noviciado y en los últimos años, ya enferma, le pareció que el Señor se hacía esperar mucho.

   No obstante, durante los tres años que duró la enfermedad, aunque lo mejor de su espíritu y de su pensamiento quedó en el misterio de un gran silencio sobre sí misma, pudimos observar un proceso de maduración que podría expresarse así:

-         una constante de serenidad y paciencia admirable

-         optimismo a prueba de fracasos (La etapa más larga)

-         aceptación sumisa

-         entrega

-         deseo

-         alegría

-         expresión última de amor a Jesús.

   Le aplicaríamos lo que el P. Philipón dice de Sor Isabel de la Sma. Trinidad: “Le quedaba por sufrir de la mano divina las purificaciones supremas por las cuales introduce Dios a las almas... en la inmutable paz de la unión transformadora, por encima de toda alegría y de todo dolor”·.

   Mucho más que en sus escritos humanos la prueba del amor de Dios a Rosa y del amor de Rosa a Dios, la hemos visto con intuición clara en la etapa final de su vida terrena que dejó suavemente, delicadamente... como ella era.

   Se abrió a la vida en Mayo y se fue en Mayo: ni más ni menos como una rosa.

   En la mañana del día 29, la celebración litúrgica – Laudes / Eucaristía – fue presidida por nuestro capellán D. Enrique Montón.

   A las 10 ofreció nuevamente el Sto. Sacrificio el P. Vicente Pitarch. Sus homilías nos llenaron de paz y de consuelo.

   A las 12 tuvo lugar la solemne concelebración eucarística, presidida por D. Vicente Calatayud, en la que participaron los Padres Maximiliano Herráiz; Leopoldo Blanch; José Mª Pelechá; Alfredo Saez; Simón Santos; Manuel Ferrada; Manuel Mezquita; y los sacerdotes del pueblo, D. Enrique Viñals; D. Enrique Montón; D. Sebastián Alós y D. Ismael Valls, junto con otros sacerdotes amigos de la Comunidad: D. Joaquín Coll, D. Erminio Capsir y D. Mariano Soriano.

   En la homilía hablaron el Sr. Visitador, D. Vicente Calatayud, el P. Maximiliano y el P. Coll, de modo muy emotivo para todos.

   El Sr. Visitador como testigo de su última hora... el P. Maximiliano como portavoz del Carmelo de Aragón y Valencia... Finalmente el P. Coll recogió también el eco del Carmelo de Cataluña. Expresó, además, su vivencia con respecto a su última conversación, en la que Rosa Mª le dijo: “En el cielo no estaré parada...”

   Sus padres, hermanos, sobrino y otros familiares y amigos estuvieron presentes y la acompañaron hasta el Cementerio parroquial donde fue sepultada en su nicho propiedad de la Comunidad.

   Descanse en paz y ruegue por nosotras.

 

                  Montserrat de la Trinidad .

                              priora

                                             

         Carmen Teresa de J.C.                    Mª Consuelo del S. C.

                  supriora                                              

 

 

Carmelo de la Sagrada Familia.                             Puzol, 2 de junio de 1976.

 

 

 

   M. Priora y Comunidad.

 

 

   Mis queridas Madre y Hermanas: PAZ Y ALEGRÍA EN EL SEÑOR JESÚS!

 

   Quiero agradeceros, en primer lugar, todas vuestras cartas y llamadas telefónicas, tan expresivas, tan llenas de afecto y de condolencia hacia nosotras. Os las agradezco de corazón y conmigo toda mi Cdad. Hemos sentido vuestra cercanía, vuestro amor y vuestra fraterna compañía. Dios os lo pague!

 

   Como no ignoro cuán deseosas estáis de tener noticias de los últimos días y horas de Rosa María, os mando a todas esta carta circular.

 

   Algunas ya sabéis que regresamos del Hospital Clínico de Valencia el 6 de marzo. Aquí siguieron inyectándole los goteros y se lo hacían cada quince días. Con esto se logró el que no tuviera dolores. Nuestra enferma seguía animada y con ganas de vivir, hasta que a mitad de mayo se puso muy amarilla. El médico de nuevo la reconoció y nos comunicó que ya el hígado había tomado parte en el mismo proceso tumoral. Su estado era muy grave.

 

   Así llegamos hasta el domingo día 23 de mayo. Por la tarde estuve con ella largo tiempo. A intervalos hablábamos y en un momento aproveché para preguntarle si pensaba que Jesús podía venir a buscarla muy pronto... Me contestó que no lo pensaba.., que esto sería muy fácil para ella.., pero que si así fuera estaba a punto: “Estoy a punto” me dijo. Le pedí que se acordara mucho de nuestra Comunidad... Le dije que ella iba a ser una gran intercesora para nosotras... Rosa Mª muy animada me repondió que era precisamente lo que ardientemente deseaba: quería moverse mucho; como Sta. Teresita no quería permanecer inactiva...

 

   El martes día 25 vino a verla el P. Joaquín Coll del Oratorio de Barcelona – antiguo confesor suyo – y aprovechamos para llevarle el Viático con mucha solemnidad, acompañado de todas las monjas. Cantamos: “Mi alma tiene sed de Dios, cuándo llegaré a ver su Rostro...”

 

   El miércoles día 26 nos visitó el P. Maximiliano Herráiz y celebramos la Eucaristía en su celda. Quedó muy contenta.

 

   Llegamos al viernes día 28. Nos dábamos cuenta de que seguía mal. Por la mañana muy fatigada... Sin embargo pudo recibir al P. Vicente Pitarch con el que conversó un cuarto de hora. Al mediodía con la respiración acelerada, muy molesta y con fuertes dolores... A la hora del recreo fueron las monjas pasando silenciosamente de dos en dos por su celda, porque temíamos se nos fuera sin apenas darnos cuenta... De cuando en cuando ella abría los ojos y sonriendo saludaba a las hermanas. A continuación fuimos al Coro a rezar por ella...

 

   Por la tarde seguía con muchos dolores y muy cansada. Pies y manos frías, las uñas amoratadas.., Se quejaba... La animábamos a que pronto se iría al Cielo y vería a Jesús... Ella respondió: Esto no será para morirse... Si así fuera yo estaría muy contenta...”

 

   Sobre las 4 de la tarde llamamos a toda la Comunidad. Coincidió que a esta misma hora llegaba nuestra Hna. Mª Dolores. Rosa María hablaba y sonreía... Le dije si quería besar a Jesús y le acerqué el Crucifijo de su Profesión... Me respondió que sí y añadió: “Y recibirlo” Fui inmediatamente a buscar la Eucaristía porque por la mañana no pude llevársela por tener que irme muy temprano al Hospital a acompañar a otra enferma...

 

   Comulgó atenta y consciente. Después rezamos dos oraciones largas del nuevo Ritual... A continuación, despacio, fui recitando algunos versículos de la Sgda. Escritura del mismo Ritual... A todo respondió: Amén.

 

   Todas nos encontrábamos alrededor de su cama. De pronto abre los ojos y nos dice sonriendo: “Qué alegría de veros todas aquí... Qué bonicas estáis! De buena gana os invitaría a algo pero no tengo ni un caramelo...”

 

   Minutos después le dije si quería decir alguna cosa a la Comunidad... Contestó que sí, que deseaba hablarnos y decirnos muchas cosas pero que no le era posible, no podía... Más tarde le pregunté que si lo que nos quería decir era que nos “amáramos”... Contestó: “Eso es”.

 

   Le decíamos que muy pronto vería a Jesús, a María, - a San José, agregó ella - , a la Sta. Madre, al Sto. Padre, a Sta. Teresita y Sor Isabel... Añadió: “Qué ilusión!”.

 

   Como los dolores eran intensos le recordábamos que todo lo ofreciera por la Iglesia, por la Asociación, por nuestra Comunidad... Ella sonriendo nos decía: “Todo está ofrecido”.

 

   A las 6:30 aproximadamente llegó nuestro Párroco y Capellán, don Enrique Montón. Se acercó a la enferma pensando que ya no lo conocería...

-         Me conoces Rosa Mª? – “Claro que sí”, le contestó ella.

-         Sólo vengo a pedirte que cuando llegues al Cielo te acuerdes de mí...     Ella sonriendo y con naturalidad le contesta:

-         Cómo no, Sr. Cura, si ya lo hago ahora!”.

-         Mira que tú y yo somos como hermanos. Hace veinte años que llegamos los dos aquí a Puzol... Ella sonriendo de nuevo puntualizó:

-         “No, Sr. Cura, hace veintiuno”. Don Enrique insinuó darle la Bendición... Ella le pidió la Absolución: “Porque siempre hay algo que purificar...”                                                                                                                  

 

   Transcurridos unos minutos llama al torno el Sr. Visitador, don Vicente Calatayud. Entra en la clausura, saluda a la enferma: Hna. Rosa Mª “Qué alegría cuando me dijeron... ella termina: Vamos a la Casa del Señor!” Y le sonrió. De nuevo le recitaron frases de la Sgda. Escritura según el Ritual...

 

   Más tarde le dije que como carmelita tenía en su última hora a dos sacerdotes... Respondió: “Un regalo”. De nuevo le dimos a besar el Crucifijo y la Virgen de la Salud... Le pronunciaba el nombre de Jesús y ella repetía con fuerza: JESUS... Esto varias veces... Luego: Jesús te amo... Jesús... María... José... asistidme en mi agonía... Y también lo repetía con amor... Ultimamente: Ven Señor Jesús!!!

 

   Una hermana le preguntó: Amas mucho a Jesús? Ella asintió: “Mucho, mucho...” Fueron sus últimas palabras...

 

   Cerca de las 7 entró en agonía y fue apagándose lentamente como una lámpara por espacio de unos 10 minutos. Antes de expirar llegó nuestra Hna. María Luz... Todavía pudo verla unos instantes antes de exhalar su último suspiro...

 

   Inmediatamente avisamos a sus padres y hermanos. Llegaron alrededor de las 9 de la mañana del sábado día 29. A las 7:30 habíamos tenido Laudes y Eucaristía con Don Enrique Montón. A las 10 celebró el P. Vicente Pitarch. Sus homilías nos llenaron de paz y consuelo.

 

   A las 12 concelebraron la Eucaristía 16 sacerdotes: El Sr. Visitador, Padres Carmelitas, sacerdotes amigos... En la homilía hablaron el Sr. Visitador, el P. Maximiliano y el P. Coll de modo muy emotivo para todos.

 

   El Sr. Visitador como testigo de su última hora... El P. Maximiliano como portavoz del Carmelo de Aragón y Valencia. Hizo muy sensible vuestra presencia entre nosotras... Finalmente el P. Coll recogió también el eco del Carmelo de Cataluña. Expresó, además, su vivencia con respecto a su última conversación, en la que Rosa María le dijo: “En el Cielo no estaré parada...”

 

   Terminada la celebración eucarística tuvo lugar el entierro trasladando su cadáver al Cementerio Parroquial.

 

 

   Con amor y gratitud os abraza en Cristo y María.

MARIA PIEDAD DE CRISTO (EMILIA GADEA SÁEZ)

  Vestición: 15 diciembre 1955

   Profesión temporal: 2 febrero 1957

   Profesión solemne: 6 mayo 1960

   Defunción: 10 mayo 1994

 

   Nació en Minglanilla (Cuenca) el 8 de febrero de 1907.

   Muy joven todavía sintió los reclamos de Jesús. Hizo alianza con El y pensó que la mejor, tal vez la única manera de superar obstáculos, era guardar secreto y sorprenderlos a todos con su partida. Así lo hizo; pero se vió obligada a regresar. Sólo tenía quince años.

   Después una larga enfermedad de sus padres la retuvo en casa al frente de la familia.

   El 11 de diciembre de 1954 fue recibida por la Comunidad como hermana de velo blanco. Bien dotada para la oración, le resultaba en extremo penoso dejar a la Comunidad en el coro para ir a ocuparse en otros menesteres. Tanto, que llegó a dudar de su perseverancia; y se la pedía insistentemente al Señor.

   De su vida en el Carmelo diríamos que:

 

   . Jesús fue su gran amor. Hablando de El se enardecía. ¿Qué sabía de Jesús? No sé con qué palabras me lo contó un domingo por la mañana. Fue el día de su Profesión, el 2 de febrero de 1957. Estaba en el coro. La presencia de Jesús la invadió y regalaba con una felicidad indecible. Se habría quedado para siempre allí. Pero la avisaron de que su familia la   esperaba en el locutorio. En cuanto pudo volvió al Coro. El ya “no estaba” y ella se quedó a solas con su fe.

 

   . Oraba con la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Orden.

 

   . Se gozaba muy particularmente con el rezo y el canto del Oficio Divino.

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