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Isabel de san
Alberto
Mariana
de la Encarnación
Inés de la Cruz
María de la Paz
Mª Trinidad de san José
(Brígida Alfaro Leal)
Josefa
de Jesús Sacramentado (Petra Alfaro Leal)
Luz María
de la Santísima Trinidad (Rosario
de Luxán Buceta)
Rosa
Mª de la Eucaristía (Rosa
Mª Brull Braut)
María
Piedad de Cristo (Emilia
Gadea Sáez)
Mª Teresa
de Jesús Sacramentado (Boluda
Guillén)
María
del Espíritu Santo (María Bonnín
Aguiló)
María
de Jesús Sacramentado
María
de Jesús (Manuela
Royo Tena)
Juana
Teresa de la Sagrada Familia
(Rosario Mañó Mayor)
Inocencia
del Inmaculado Corazón de María (María
Amelia Fe y Olivares) |
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ISABEL
DE SAN ALBERTO
Natural de Atlisco, en
el obispado de Puebla de los Angeles. Sus padres, Juan López de
Rosas y María Jiménez la educaron bien y piadosamente. Al llegar a
la edad de poder tomar el hábito religioso, pidió entrar esta casa a
poco de ser fundada. El 28 de abril de 1617 se consagraba a Dios con
los votos.
A pesar de poseer un
temperamento irascible, supo dominarlo tan completamente, que más
bien parecía dulce y tolerante. Este vencimiento tan meritorio lo
aprendió en largas vigilias ante el sagrario, de que fue devotísima.
Tras larga vida de
continuas negaciones y triunfos de sí misma, murió el 24 de mayo de
1634. |
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Mariana de la Encarnación
La M.
Mariana de la Encarnación, que temió no podría llevar la nueva
observancia en todo su rigor por su estado precario de salud,
emprendió la vida descalza con tales arrestos, que no halló
dificultad en su pleno cumplimiento. Era natural de la ciudad de
Méjico, donde abrió sus ojos a la luz en 1587. Fueron sus padres D.
Alonso de Herrera y doña Inés de Pedraza. Recibió de sus
progenitores cristiana y esmerada educación, a la que la niña
respondió con aprovechamiento, pues la naturaleza la dejó bien
dotada de ingenio y de otras prendas muy estimables. En posesión de
una voz agradable y dulcísima, señalóse en el canto, que luego sería
sólo para alabar a Dios, pues a los dieciséis años entró ya en el
convento de la Concepción de Jesús María.
S vida en
clausura fue muy ejemplar, y cuando se fue enterando de la santidad
de vida que la M. Teresa había dado a sus fundaciones de Carmelitas
Descalzas y leyó algunos escritos de la Doctora mística, ya no pensó
e otra cosa que en abrazar una observancia que tanta gloria daba a
Nuestro Señor y tanta santidad a su Iglesia. Debidamente autorizada,
hizo voto de entrar carmelita, festejar anualmente e forma muy
solemne al glorioso San José – devoción que aprendió de la Santa -,
y ejecutar lo que fuera más perfecto. Animada y fortalecida con
estos tres votos, donde la influencia de la Virgen de Avila es
patente, arrostró para lograr el primero cuantas dificultades se
opusieron a su ejecución, que no fueron pocas ni débiles. Fue
también la mejor colaboradora de la Madre Inés de la Cruz en la
gloriosa empresa de introducir Carmelitas en a capital mejicana.
Llena de días y méritos murió e este convento de su querido padre
San José. |
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INES DE LA CRUZ
Inés de la Cruz,
fundadora principal del convento de san José de la ciudad de Méjico,
había nacido en Toledo de D. Francés Castillete Catalán y Dª Luisa
de Avila. La niña era muy despierta y con una memoria
prodigiosa. Sus padres tuvieron que emigrar a Méjico, donde entró
Inés en el convento de Jesús María. Ejecutaba muy bien la música y
en esto hizo muy señalados servicios a la comunidad. Los Descalzos
tenían en Méjico de gran virtud y competencia en la dirección
espiritual, se puso en contacto con ellos y ya siempre la
acompañaron. Por ellos conoció la reforma de la M. Teresa. No paró
hasta lograr hacerse carmelita.
Fundado el convento de
Descalzas, vivió bajo la dirección del P. Alonso de Jesús, que dejó
unas anotaciones de la vida de esta religiosa, dice que la M. Inés
gozó de oración muy levantada, y que parecía “vivir de orar”. De la
propia Madre son estas palabras: “heme visto entrar en una
estrechísima y oscura vereda, donde sólo me gobierna la luz de la fe
y la guía del padre espiritual. Hay muchos peligros y estas guías me
libran de todos”. En ocasiones fue favorecida con dulces éxtasis y
otras mercedes divinas. Se dice que estando en el coro oyendo misa
un día que no era de comunidad, al abrirse el sagrario para que
comulgasen algunos fieles, una Forma consagrada salió volando del
copón hasta los labios de esta virgen fervorosa. La maravilla se
corrió por toda la ciudad y el señor Arzobispo autorizó a la M. Inés
para que en adelante comulgase diariamente. Su fama de santidad se
arraigó en la capital y no fueron pocos los que con sus oraciones y
conversación redujo al buen camino.
Fue durante muchos años
priora del convento de san José, que dirigió con gran sabiduría. |
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MARÍA DE LA PAZ
La hermana María de la
Paz (de esta Descalza publicó una vida breve, pero muy edificante,
el sacerdote D. Enrique Barrachina Gil, con el título de La Hermana
María de la Paz. Es el primer tomito de la “Biblioteca de
Edificación Espiritual”, que comenzó a publicarse en Valencia en
1941),falleció durante la guerra en la casa de sus padres, Vicenta y
José Mª.
Levina
Garrido Durá, así se llamaba, nació en Benaguacil, el 20 de febrero
de 1901. Tuvo una hermana carmelita en su misma comunidad, Fidela, y
otra, sor María de los Angeles, Canonesa de San Agustín del convento
de San Cristóbal en Valencia.
Siempre
demostró ser una devota y ferviente cristiana y pronto se dió cuenta
de su vocación a la vida religiosa que pudo realizar en la comunidad
de Carmelitas Descalzas de Méjico, refugiadas en Lloret de Mar
(Gerona), poco antes de que se trasladara a Manises.
Ingresó fue
el 15 de octubre de 1925 y tomó el hábito en Manises el 28 de agosto
de 1926, cambiando el nombre de Levina por el de María de la Paz de
la Sagrada Eucaristía. A este respecto, ella decía: “Mi única
intención al entrar en el convento es unirme a Dios, para que se
cumpla en mi su plan con entera libertad. Yo, ¿para qué he de vivir?
Si no he de cumplir la voluntad de Dios, ¿para qué estoy en la
tierra? ¡Qué desperdicio de momentos los que se apartan de la
voluntad de Dios!”.
Lamentó
mucho las dos veces que tuvo que dejar la clausura, la primera
cuando la proclamación de la República en 1931, aunque por poco
tiempo, y luego cuando comenzó la guerra civil, pero puesta
totalmente en las manos de Dios, decía: “La religiosa lleva la
clausura en sí misma, porque es la que ha profesado. No son las
paredes la que han prometido a Dios guardarnos, sino la religiosa es
la que ha prometido a Dios ocultarse y guardarse del mundo”.
Mientras
estuvo en la casa familiar, junto con sus hermanas Fidela de Jesús y
Mª de los Angeles, intentó llevar una vida lo más ajustada posible a
su vocación. Las tres, animadas y dirigidas por María de la Paz,
celebraron las Navidad de 1936 – últimas que conoció la primera en
esta vida – con la mayor alegría posible, y alegrando las fiestas de
los de alrededor. El día de Navidad, al rayar el alba, la Hª María,
arrodillada a la puerta de la habitación de sus hermanas, cantó un
devoto villancico al Niño Jesús, que fue como la iniciación de las
hermosas fiestas en la intimidad de la familia, pues ya otra cosa no
se podía. A sus sobrinitos les explicaba con los santos misterios de
la cunita de Belén.
El 1 de
enero de 1937 se le reventó un abultado tumor, que puso en
evidencia, lo que había mantenido oculto hasta entonces, la gravedad
de su estado, un cáncer que evolucionaba con rapidez. No tardaron
tampoco en ulcerársele las piernas, y fue llagándose rápidamente. En
una de las primeras visitas que el médico le hizo, le dijo con
grande alegría: “Señor Doctor: nunca me había imaginado que fuera
tan bonito estar enferma. ¡Oh, qué hermosa es la enfermedad!”.
Ella misma
se hacía las curas, y esi no podía sola, pedía la ayuda de sus
hermanas. Al principio de estas dolorosísimas curas, que, sin
embargo no pudieron arrancarle una sola queja, decía a su hermana
con alegre dulzura: “¡Vamos a limpiar el jardín del Amado!”. Más
adelante, la asistió también la que en Manises tenía el cargo de
enfermera, Hª Teresa María. Durante la enfermedad recibió muchas
visitas de hermanas suyas de los pueblos cercanos, entre ellas
varias del Corpus Christi de Valencia. Un día, al preguntarle su
padre, apuradísimo, qué hacía, contestó: “Aquí estoy cantando un
cántico del amor”.
Al llegar a
Benaguacil huyendo de Manises, había colgado del cuello de una
estatuíta de San José, de quien era devotísima, un papelito que
decía: “Padre mío, San José, no me dejes morir sin Prelada, sin
comunidad y sin celda”. Cuando la gravedad avanzaba, acordándose de
estos deseos y peticiones, dijo con suave y heroica resignación de
su hermana Fidela: “¿Te acuerdas de aquello que escribí a nuestro
Padre san José? Si fuera ahora no lo escribiría, pues ya me da todo
igual. ¡Santo abandono! ¡Lo que quiera Jesús!”.
Las
hemorragias producidas por el cáncer eran frecuentes y dolorosas. El
12 de agosto de 1937 pudo recibir el acompañamiento espiritual de un
padre carmelita descalzo, a quien la Hª María conocía desde Lloret
de Mar.
El 26 de
septiembre suplicó a una de sus hermanas que llamaran al P. Elías de
la Virgen del Carmen, que se hallaba oculto en un pueblo inmediato.
El recado fue este: “Hágame la caridad de decir al P. Elías que si
puede salir de su escondite y venir aquí a confesarme sin peligro de
su vida, Dios se lo pagará, pero que no lo haga si peligra su vida”.
El recado fue comunicado al padre, y éste se dispuso a cumplirlo tan
pronto como hubiera una circunstancia favorable para salir del
“escondite” que la enferma decía.
A los tres
días – (29 de septiembre)- pudo realizar el viaje y cumplir los
deseos de la Hª María, que era de consolarse con él y gozar con sus
santos consejos, pues el P. Elías tenía muy buen arte para asistir a
los moribundos. Al despedirse de ella, le dijo la enferma con
melancolía ternísima: “Dios se lo pague mucho. Hágame la caridad de
pedir a Dios Nuestro Señor que me haga la gracia de que no me olvide
ni un momento de que estoy consagrada a El y que me ame y practique
aquí en la tierra, cuanto es posible a una criatura, las “noches” de
nuestro santo Padre fray Juan de la Cruz”.
Despedido
el Padre, se procedió a la cura de la enferma, que solía durar dos
horas. Ya por la mañana de este día 29 había dicho a su hermana
Fidela de Jesús estas palabras: “Hoy acabo; si, hoy acabo”. La
operación de la cura fue muy penosa, porque la enferma se hallaba
extenuada. Invitada a tomar algún alimento para recobrar
fuerzas, contestó en voz dulce y apagada: “¡Pero si no puedo!”.Al
fin, sus hermanas consiguieron se incorporara algún tanto para tomar
un sorbo de café que le tonificase un poco el corazón, y en aquel
momento dejó caer la frente sobre la de su hermana Fidela. Tres
minutos después, inclinando su cabeza al lado derecho, expiró
suavemente sin ninguna contracción brusca. Eran las cinco y media de
la tarde del 29 de septiembre de 1937.
Al entierro
asistieron hasta diecisiete Descalzas. Su cuerpo quedó depositado en
un nicho del cementerio del pueblo hasta poder trasladarlo a su
comunidad de Manises.
(extracto de la
"Historia del Carmen Descalzo" del P. Silverio, tomo XV, cap. XVII,
pg 434ss |
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HERMANA MARIA TRINIDAD DE SAN JOSE (BRIGIDA
ALFARO LEAL)
Nació en Minglanilla
(Cuenca) el 8 de octubre de 1901, en el mismo entorno familiar que
la Hª Mª Josefa.
La Hª Trinidad, poco
expansiva y muy dada al silencio exterior, nos descubre en sus
escritos íntimos una vida interior de extraordinaria riqueza, ya que
toda estuvo marcada por un gran amor que se entrega, en el
sufrimiento de cuerpo y alma, con absoluta fe y confianza, vehemente
deseo de Dios y de que su vida consagrada, por unión con la de
Cristo el Ungido, fuera redentora con El.
De entre sus escritos,
el párrafo siguiente nos ayuda a conocer su entorno familiar: “Te
doy gracias, Dios mío, porque me hiciste nacer de unos padres tan
santos que desde pequeña me enseñaron a conocerte, amarte y servirte
sobre todas las acosas y a tenerte y llevarte en mi corazón con
limpieza y amor. Tanto nos inculcaban el amor a Ti, nuestro único
Dios verdadero, que nos hacía alejarnos de las vanidades del mundo,
observando desde niña una vida piadosa y dedicada para Ti, Dios mío.
Viví para tu servicio desde niña y al cuidado de mis buenos padres,
trabajando para ganarles el sustento, ya que nos diste a un padre
que estuvo toda su vida enfermo. Era un santo y yo lo amaba mucho.
Tú me llamaste y recordando aquellas palabras del Evangelio que
dicen: “Quien ama a su padre o madre o hermanos más que a Mí no es
digno de Mí...” me diste Tú mismo la fuerza para dejarles y
consagrarme a Ti. Ellos y yo sufrimos mucho... (Tú lo sabes) con mi
ausencia, pero pienso que todo ha contribuido para nuestra mayor
santificación y que Tú, Dios mío, habrás sabido recompensarles lo
que sufrieron por causa de mi ausencia al consagrarme a Ti...
Gracias, Dios mío, porque nos has dado una vida señalada con tu
Cruz. Ahora sólo espero tu encuentro. Verte ya Dios mío, sin velos y
gozar de tu presencia... Dios mío, misericordia mía!”.
Profesó en Ntra. Orden
el 21de agosto de 1926. Ya tenía una hermana Carmelita Descalza en
la misma comunidad, la Hª Josefa, y quedaron sus padres (Él
totalmente impedido) sin más recursos que el trabajo de una hermana
pequeña.
Su vida interior se nos
revela maravillosamente marcada por un gran amor siempre actualizado
y realizado en la Cruz. “Ha empezado el periodo más grande y digno
de mi vida. La Cruz me da el sello, la semejanza misma de Dios... la
imagen del Hijo crucificado por amor. Hará vida en mí esta
predestinación: Esposa contigo crucificada, al reverso de tu
Cruz...”
Las páginas de sus
cuadernos están llenas de exclamaciones que expresan ese amor
ardiente, gratitud humilde, conciencia de su pobreza y confianza
total en el amor de Dios y de la Virgen hacia ella, así como la
dimensión apostólica de su consagración. Sus deseos de morir para ir
a Dios se habían acrecentado desde hace unos años:
“Mi pobre alma, tan
pequeña, hay momentos que no puede resistir a tanto amor, y me lanzo
hacia El pidiéndole fortaleza para esta espera...y así le repito:
“Rompe la tela de este dulce encuentro”. Sí, llevo una carga muy
grande en mi alma de amor y de gratitud hacia El por todos los
beneficios que de El he recibido.”
El 25 de Octubre, día en
que recibió la Unción de enfermos por voluntad propia y sin gravedad
inminente, escribió sus últimas notas con letra vacilante: “Hoy he
recibido la Unción de enfermos... en la oración le he dicho al Señor
qué quería de mí a cambio de tantos beneficios como El me
concedía... La respuesta la he sentido en lo más íntimo de mi
alma... “Lo que sufres, súfrelo con mucho amor.” Yo le he
contestado: Sí Señor, con todo el amor de mi alma te lo ofrezco
todo. Tú sabes cuanto te amo. En tus manos divinas de Padre he
puesto mi alma, mi vida y mi corazón. Aquí me tienes Señor, haz de
mí lo que quieras. Ya sabes que tengo muchas ganas de verte y de
estar con vosotros en el cielo”.
Operada de
columna siendo aún muy joven, quedó delicada de salud, pero desde
hace año y medio en que sufrió una caída con rotura de cadera,
decayó notablemente; sin embargo, su tránsito ha sido rapidísimo e
inesperado pues, dentro de su estado se había recuperado mucho y aún
caminaba despacio acompañada por la enfermera.
Fue Maestra de Novicias
y Priora durante un trienio. Extraordinariamente habilidosa para
primores de aguja, pincel y pluma. Ejerció de organista en los
primeros años de la fundación.
Murió en Puzol el 13 de
abril de 1983. Se encontraba normal y alegre por la confesión que
habíamos realizado el día anterior: “El padre me ha dejado muy
contenta, decía: le he dicho que tengo las manos vacías, que no
tengo virtudes y me ha contestado: “El Señor se las llenara...”
Parece que el Señor sólo esperaba esta humilde y sincera confesión
para cumplirle los deseos de irse con El. Y así fue. |
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JOSEFA DE JESUS SACRAMENTADO
(PETRA ALFARO LEAL)
Nace en Minglanilla (Cuenca) el 29
de abril de 1899.
En una familia de profundas raíces
cristianas en la que recibió las primicias de
su formación religiosa que la marcaron para siempre y con
un padre imposibilitado durante cuarenta y seis años,
vividos tanto por el padre como por la madre de manera
ejemplar.
Desde muy niña deseó ser toda de Jesucristo; fue su llamamiento y su
elección a la que guardó fidelidad constante.
Se
preparaba para la primera Comunión cuando enfermó de difteria; no
podía consolarse ante la imposibilidad de realizar su gran deseo de
recibir a Jesucristo en la fecha prevista. Soñó que la Stma. Virgen
se acercaba a ella y le ponía una mano en la garganta. Sea de ello
lo que fuere, de hecho se encontró bien al despertar y pudo comulgar
el día de Pentecostés, en el que decidió pertenecer solo a
Jesucristo para siempre. Lo contó alguna vez sencillamente pero con
tal gratitud a la Virgen que las lágrimas acudían a sus ojos. Y el
gozo de aquella comunión se renovó cada día hasta el final.
A
los dieciséis años, el día de la Inmaculada, hizo formalmente voto
de castidad perpetua, juntamente con su hermana Brígida que tenía
catorce y que entró como carmelita en la misma comunidad.
Su
entrada en el Carmelo a los 23 años fue en Lloret de Mar. De Lloret
pasó la Comunidad a fundar a Manises, de donde salió la fundación de
Puzol. Allí fue Priora durante tres trienios y aquí dos. Hizo
su profesión el 24 de octubre de
1924.
En
Mª Josefa se conjugaron hasta el final una ingenuidad casi infantil
y una gran seriedad en su vida espiritual y en el ejercicio de los
cargos de Priora y Maestra; la primera, hija de su natural condición
y de la educación que le fue dada por distintos agentes; la segunda
fruto de la gracia actuando sobre natural, que correspondió
generosamente a la misma.
Uno
de sus libros preferidos: “De la Eucaristía a la Trinidad”, nos dice
como ha sido su vida interior. Pero el amor a Dios Trino y el bien
de las almas la movieron, principalmente en sus años juveniles y
cuando actuaba con libertad de Priora, a unirse a los sufrimientos
de Jesús y María por medio de la penitencia voluntaria, de la
oración ante el Sagrario prolongada en la noche, de la obediencia
rendida. En los días en que ya su vida declinaba, la vista del
Crucifijo la arrancaba lágrimas y frases de compasión. Como a Sta.
Teresita niña, las estampas – a las que era aficionadísima – le
hablaban al alma le hacían amar y orar.
Afectada por un padecimiento de coronarias, sufrió crisis en las que
se sentía morir; pero no lo decía hasta después de pasadas y eso con
brevedad: “Lo he ofrecido a Jesús por los que no creen en El”.
Se
cayó varias veces y con su carácter alegre, después de pasado el
susto reía y bromeaba: “¡Como un gato....! el gato de la Casita de
Nazaret! “y si Jesús quiere que tenga las piernas flojas que haga lo
que quiera.... ¡Cualquiera le dice nada....!”.
Entrega, abandono, confianza. Lo que no quita que le hiciera gracia
cuando se le auguraba larga vida. Ya gravísima cumplió los 80 años
en estado de semi-inconsciencia.
La
proyección de su amor hacia el mundo era notable; ¡Cuánto ha adorado
por los millones de hombres que no adoran, rogado por los
sacerdotes, por los pecadores....
En
cuanto a sus relaciones con los más próximos, basta el testimonio de
una Hermana que la tuvo de Priora y Maestra: “Nunca me sentí herida
por ella; si alguna vez me reprendía y se daba cuenta de que no
había sido justa, me pedía perdón. Le debo mucho porque no me enseñó
otra cosa que a amar a Jesús”.
Alegre, bondadosa, amante de la paz, de la unión, de la alegría
comunitaria dentro de una fiel observancia pero sin intransigencias
ni rigideces. Deseando y procurando a todas el bien y agradeciendo
mucho cualquier atención o servicio. Fina en la caridad, dio este
consejo a una novicia: "Bien espabilada
para ver lo bueno de las Hermanas y lo demás...¡Silencio!"
(lo decía con un gesto muy expresivo). Cariñosa con su familia
natural y con su familia religiosa, nunca fue causa de división o
discordia.
Fue
perdiendo facultades, el uso de las piernas y el apetito. Durante un
mes se sucedieron alternando, crisis de mucho sufrimiento soportadas
sin una queja y ratos de animación, cada vez más breves, en los que
incluso nos hacía reír.
Había escrito en una estampa: “Dadme Señor serenidad, para sufrir
con calma y amor lo que disponga tu amor: que mi alma pueda llegar
hasta Ti purificada. ¿Qué me importa el dolor y el abandono de mi
larga agonía?...
Murió el 8 de mayo de
1979. |
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LUZ MARÍA DE LA
SANTÍSIMA TRINIDAD (ROSARIO
DE LUXÁN BUCETA)
Era nuestra Hermana
natural de Ceuta, de cristiana y distinguida familia. Sus padres, el
Ilmo. Sr. D. Pascual de Luxán y Zabay, de Guadalajara, y doña
Joaquina Buceta López, de Valencia. Tuvieron varias hijas; entre
ellas nuestra Hermana, a quien pusieron el nombre de Rosario. Este
hogar tan feliz pronto se ensombreció con la muerte de la madre.
Nuestra Hermana nos decía que no se dio clara cuenta, pero que
recuerda que no pasaba día sin que llorara la muerte de su madre
querida. Concentró todo su afecto en su padre, pues era de corazón
grande que necesitaba amar mucho; también él la quería con
predilección.
Para mejor atender a
la educación de sus hijas se trasladó el señor de Luxán a Madrid con
su padre y hermanas, que cuidaron y educaron a las niñas con
verdadera solicitud de madres.
Ingresaron
en el colegio de Religiosas llamadas Damas Negras. Ella nos decía
que por entonces su carácter era tímido y tan grande su amor propio
que se sentía como humillada entre sus compañeras por su acento
andaluz, que no podía disimular. Conservó mucho cariño y gratitud a
las buenas Madres que la educaron, y decía que asistiendo a los
Oficios de Tinieblas, que se celebraban con gran esplendor, sentía
despertarse en su corazón el deseo de cantarlo y rezarlo como las
Religiosas para mejor alabar al Señor.
Por razón
de la carrera de su padre se trasladaron a Zaragoza, donde fijaron
su residencia definitiva.
Cada vez se
hacía más sensible el atractivo de su corazón a Jesús Sacramentado.
Madrugaba mucho para poder estar más rato en la iglesia y oír muchas
misas, que era su mayor devoción, lo que hacía siempre de rodillas.
Cuando iba con sus tías y hermanas a visitar a Jesús se sumía en
oración y adoración, de modo que tenían que avisarla varias veces
para salir y casi como arrancarla del lado de Jesús.
Esto parece no
avenirse con el atractivo que decía sentía hacia el mundo, las
amistades y diversiones. Era que Jesús se insinuaba en su alma y,
sin ella darse cuenta, germinaba ya la vocación religiosa.
Cuando se
organizó en Zaragoza la Acción Católica ella se entregó con todo el
fervor, celo y entusiasmo de su noble y gran corazón. Desempeñó
varios cargos importantes. Fue propagandista y cooperadora de la
revista que en Zaragoza tiene la Juventud de Acción Católica, pues
escribía muy bien tanto en prosa como en verso. De carácter alegre,
franco y comunicativo, sabía influir entre sus compañeras, de
quienes era muy querida.
Su anhelo
de perfección y el celo de las almas hizo parecerle pequeño el campo
de sus actividades, y aunque el mundo no sepa comprender, lo que
parece un contrasentido, quiso esconderse en el carmelo para poder
ensanchar más su campo de acción.
La mayor lucha
que tuvo que sostener para defender su vocación fue consigo misma,
pues aunque, por una parte, se sentía fuertemente atraída hacia Dios
y a la vida de oración y penitencia, por otra sentía el atractivo
del mundo y el deseo de independencia. Triunfó la gracia de Dios
plenamente, y decidida su vocación, se entregó con entusiasmo a
ponerla en obra. Ella decía que Jesús le había librado de amores
humanos, pues siendo tan afectuosa se hubiera dejado llevar. Bien
mostró el Señor la misericordia y amor de predilección hacia esta
alma quitándole todo estorbo para que se diera a El enteramente.
El día 29 de abril de
1943 hizo su entrada en nuestro carmelo del Corazón Eucarístico de
Jesús, de Manises, nuestra Hermana Luz María. Celebrábamos ese día
la fiesta de nuestro cumpleaños. Desde el primer momento dio prueba
nuestra Hermana de la entereza de su carácter y del olvido de sí
misma, pues en medio de sus lágrimas supo asociarse a muestra
alegría y seguir las bromas de las Hermanas, que decían que esta
Hermana era el regalo que Jesús me daba este día. Y así ha sido,
aunque sin merecimiento alguno mío: un regalo para esta fundación,
pues en tan corto tiempo la he podido entregar a Nuestro Señor tan
llena de virtudes y méritos.
El cambio de vida y la
dolencia que padecía, y de la cual ha muerto, hizo dudáramos si
podría resistir su salud el peso de la observancia; pero, a la vez,
veíamos su buen espíritu, su entereza para esforzarse para cumplir
nuestras Santas Leyes, su puntualidad en asistir a todos los actos
de comunidad, seguir nuestros ayunos y penitencias y el trabajo sin
mitigaciones y con gran exactitud.
Fue ayudante de la
provisoría y ropería y segunda enfermera, oficio en que se
distinguió por su gran caridad y atención, pues no excusaba ningún
trabajo por dar algún alivio a sus queridas Hermanas enfermas.
Providencialmente
dispuso el Señor que de aquel santo carmelo de Manises saliera esta
fundación. Por nombramiento del Excmo. y Rmo. Sr. Arzobispo de
Valencia Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga fue designada nuestra
Hermana Luz María a formar parte de esta nueva comunidad. Ella me
decía que no sabía expresar qué sentimiento dominaba más en su
corazón, si el dolor de dejar a sus Hermanas, a quienes tanto
quería, o el gozo de ir con las Hermanas que también amaba tanto.
Como esta comunidad era
muy reducida y la casa que habitamos provisionalmente grande, se
lanzó nuestra Hermana, como todas, con gran abnegación al trabajo de
limpiar para acondicionarla. Nunca se la veía apresurada, pero hacía
las cosas bien y con gran ligereza.
Desempeñaba el oficio
de cantora, pues el Señor la había dotado de una bonita y potente
voz, por lo cual llenaba tanto el coro que parecía éramos muchas las
que cantábamos.
Como sabía
que a mí me gustaba que se hiciera todo como es costumbre en
nuestros carmelos, me decía: “¿Verdad que está contenta V.R. de que
a pesar de ser tan pocas cantemos en todas nuestras festividades
como está mandado?”
También era
ropera, oficio que cumplía con gran perfección y espíritu de
pobreza. Cosía muy bien y deprisa, y me decía que este era su
oficio, pues le permitía estar con Jesús en su celda sin enterarse
de nada que la pudiera distraer de su conversación con El.
El día 11
de mayo de 1948 hizo su Profesión solemne, y el día 13 del mismo se
le impuso el velo. Desde entonces se la vio más consciente y
entusiasmada aún de nuestra santa vocación, hacer mayores progresos
en la virtud. Pero sobre todo desde la festividad del Sagrado
Corazón de Jesús este año hizo tan grandes y notables adelantos en
la perfección, que cuando cayó enferma, con todo y no presentar
síntomas de gravedad la enfermedad, tuve el presentimiento de que
esta querida hija se nos iba al cielo, pues bien veía lo aprovechada
que estaba su alma.
Muchas
virtudes que imitar nos ha dejado nuestra querida Hermana. Tanto más
de admirar cuanto que las consiguió a fuerza de vencimiento y
fidelidad. Era muy amante del Oficio Divino, que rezaba o cantaba
con gran fervor y devoción, que a todas edificaba por la compostura
que guardaba y la atención que ponía. De carácter alegre, franco e
impetuoso, pero amable, sabía hacerse querer de todas. Sus
cualidades naturales se fueron espiritualizando y convirtiendo en
virtudes, sobre todo desde que se inició su gran devoción al Sagrado
Corazón; desde que, como ella decía: “Había hecho su morada en el
Divino Corazón.” La misma caridad de Jesús informaba su vida, y así
se hizo más recogida, sencilla, obediente, caritativa y tan delicada
de conciencia que no quería la dejara pasar la menor falta, y si su
natural o temperamento la hacía cometer alguna, lo sentía mucho y
pedía perdón, diciendo (como una vez, pocos días antes de caer
enferma): “Creo que si no pidiera perdón no podría dormir
tranquila”, y lo hacía con gran sencillez y sinceridad.
Su caridad
la hacía olvidarse tan totalmente de sí misma, que por trabajo que
tuviera lo dejaba todo para ayudar a sus Hermanas. Decía que había
hecho propósito de no negar nada que se le pidiera, ya fuera agujas,
hilo, etc., como su ayuda personal, y con frecuencia me pedía
licencia para hacer el oficio de tabla de otra Hermana, y así
quitarle trabajo.
Era
puntualísima a los actos de comunidad y muy observante en la guarda
del silencio; sin embargo, en la recreación era animada y alegre:
dotada de una gran memoria, nos contaba lo que leía (estaba
encargada de nuestra pequeña biblioteca) tan bien y con tanta gracia
y detalle, que, además de amenas, las recreaciones eran de provecho.
Tenía muy arraigado el
espíritu de pobreza y mortificación tanto en las penitencias que se
usan como en el comer, y en todos los detalles que no dejaba perder
ninguna ocasión, por lo cual, muy pocos días antes de caer enferma,
dijo: “Qué tranquilidad tendrá el alma en la hora de la muerte si ha
vivido esforzándose siempre...” En su última enfermedad no quería
llamar a la Hermana enfermera; decía: “Puesto que no me puede hacer
nada, ¿para qué he de molestarla?” Y cuando ésta le quitaba las
moscas, le decía: “No se canse, Hermana, ya me he acostumbrado y no
me dan pena”.
Era muy obediente y
tenía muy arraigado el espíritu de fe en la Prelada. Hace pocos días
me decía: “Dios me libre, Madre nuestra, de querer ni hacer cosa
distinta de la voluntad o deseo de V.R.” Y tal hábito adquirió, que
ya no le costaba rendir su voluntad y su juicio.
Su celo por las
almas la hacía querer mucho las Misiones, tanto que tenía el
convencimiento y el deseo de ir. Como una vez oyera decir a un Padre
jesuíta misionero que en el Japón las almas eran muy inclinadas para
la vida contemplativa, se entusiasmó tanto que quería fuéramos a
fundar al Japón, pues decía que aquí ya hay muchos carmelos y allí
las pobres almas no pueden consagrarse a Dios por no conocer ni
haber casi carmelos. También deseaba mucho ser mártir.
Amaba tiernamente a su
familia, pero este afecto supo entenderlo como Santa Teresita, sin
darse a sí misma satisfacciones. Este desprendimiento, que tanto
costaba a su natural afectuoso, la hizo venir a un carmelo lejos de
su familia. Se impuso generosamente el sacrificio de no leer las
cartas que le escribían, tanto como las deseaba y esperaba; hacía se
las leyera yo, y luego me pedía las rompiera. La última carta de su
padre, a quien ella tanto quería, la dije la conservara; la contestó
la víspera de caer enferma, y en su enfermedad me dijo. “Ahora habrá
recibido la carta mi padre”, se puede decir que ha sido la
despedida. También amaba mucho a sus tías, y decía que todo lo que
sabía se lo debía a ellas, y quizá con la formación que le dieron
dispusieron su alma para poder oír la voz de Dios. De igual manera a
sus hermanas y tíos, por cuya salvación y santificación se
interesaba mucho.
Jesús debía
aceptar complacido este desprendimiento, pues El mismo la probó con
un no pequeño sacrificio. Estando ya fijada la fecha de sus votos
solemnes e imposición del velo, esperando a su padre, tías y
hermanas, la víspera, por la tarde, se recibió aviso que una de sus
hermanas estaba enferma de cuidado y no podían venir. Aunque
retrasamos unos días la ceremonia, no pudieron venir de todos modos,
y nuestra Hermana tuvo ese día ese sacrificio, que supo abrazar con
gran ánimo y generosidad.
Era muy
devota de Nuestra Madre Santísima del Carmen. La familia de una de
nuestras Hermanas regaló una preciosa imagen que preside nuestro
coro, y en la fiesta que le hicimos y en la despertada de su
festividad le hizo unos versos y coplitas muy sentidos. Tenía
costumbre en las mañanas (pues era muy diligente y puntual) irse
con Jesús para prepararse a la oración; pero como viera que en estos
pueblos hay mucha devoción al Santo Escapulario y nunca había
bastantes, se privó de este ratito de Sagrario para hacer
escapularios, y así honrar a Nuestra Madre Santísima.
También
amaba mucho a la Sagrada Familia y gozaba arreglando el taller que
hemos puesto en su ermita; para Ellos compuso un verso muy bonito.
Asimismo amaba a Nuestros Santos Padres, Santa Teresita, Santa
Teresa Margarita y Sor Isabel. En una de las últimas recreaciones
decía estaba leyendo nuevamente a Nuestra Santa Madre, que cada día
la amaba más y cada vez encontraba nuevas cosas en sus escritos que
este libro le bastaba.
Tenía
devoción a Santa María Magdalena, Santa Gertrudis y Santa Margarita
María, que decía la enseñaban a amar a Jesús.
Alma
verdaderamente eucarística, aprovechaba cuantos ratos tenía para ir
a visitarle; sobre todo los domingos, si no la necesitaban las
Hermanas sacristana o provisora, a quienes ayudaba con mucho gusto,
se estaba casi todo el día con El; ya desde novicia, si no la
encontraban, ya sabían que su lugar era un rinconcito de la tribuna.
Muchas veces en recreación decía: “Faltan tantas horas para
comulgar”. Tenía como una dulce obsesión de Jesús, y hasta en la
noche hubiera querido poder haber estado con El.
Desde hace
poco se despertó en ella una tierna devoción al Sagrado Corazón. La
víspera de su fiesta me pidió licencia para pasar toda la noche y
prepararse mejor; viéndola yo tan fervorosa y sabiendo la intención
por qué lo hacía, se lo permití, quedándose toda la noche, que pasó
de rodillas o de pie casi sin moverse. Lo mismo hizo la víspera de
Nuestra Madre Santísima del Carmen; y viéndola tan animada y
contenta y que estaba, según decía mejor que nunca, le permití
también las noches de los primeros viernes de agosto y septiembre.
Poco pensábamos que tan cerca tenía ya el momento de ir a reparar y
adorar en espíritu y verdad al Divino Corazón a quien tanto amaba.
Día
inolvidable será para todas el día del Sagrado Corazón. No sabía
nuestra Hermana qué hacer para honrarle. A una Hermana le pedía
ayuda para arreglar un altar; a otra Hermana que le dibujara unos
corazones y le escribiera unas máximas y sentencias y cuanto su amor
al Divino Corazón le dictaba, siendo tan apropiada para cada una la
sentencia que parecía nos la daba el mismo Jesús. Luego fuimos al
altar, que estaba precioso, y cantamos con todo fervor cuanto
sabíamos, sin olvidar aquel cantito que ella compuso, y que
terminaba así:
“Jesús, Jesús, abre tu
Corazón,
porque él será nuestra
única mansión.”
Realmente,
ella supo hacer su morada en el Divino Corazón y en El descansó y
murió, mirándole (según creemos) con su semblante radiante de
alegría y felicidad.
El día 11 de septiembre,
por la mañana, hizo su vida normal: asistió al lavado de comunidad y
demás actos y trabajos del día sin resentirse de nada; pero en la
tarde me dijo que había sentido como si la hubiera herido un rayo y
se encontraba mal. Aun me pidió licencia para leer en el refectorio
y asistir a la recreación, pero como tenía algo de fiebre no le
permití más que rezara Completas en su celda y se acostara en
seguida. Pasó la noche intranquila, con dolor y malestar, y como yo
estaba preocupada, llamé en seguida al médico. Al saber el doctor
que estaba operada de apendicitis, dijo que no le alarmaba el dolor,
y como padecía de esto otras veces, pensamos si sería lo de siempre,
aunque a mí me intranquilizaba verla tan postrada y decaída, ella
tan sufrida y animosa de ordinario. Con alternativas de dolor y
fiebre pasamos hasta el sábado 16, que ella, el médico y nosotras
apreciamos una notable mejoría. Demostró deseos de que pasáramos la
recreación en su celda, pues se encontraba mejor y los demás días no
había tenido ánimo para recibirnos. En la noche me dijo: “Hoy
descansaremos todas, V.R., la Hermana enfermera y yo, pues lo
necesitamos” (ya que no había podido dormir ni de día ni de noche
desde que cayó enferma).
Como
yo no podía descansar tranquila, a la madrugada fui a verla, y me
dijo estaba peor que nunca, había pasado muy mal la noche y le
parecía era ya peritonitis.
Como
el médico la había dejado mejor, me avisó que por ser domingo no
vendría; pero al mandarle yo decir los síntomas nuevos y alarmantes,
vino. En seguida se dio cuenta de la gravedad; confirmó que era
peritonitis aguda, y al preguntarle si le parecía oportuno
llamáramos algún especialista, dijo que sí. Avisamos al doctor
Carrión, familiar y gran bienhechor de la comunidad, y llegó a media
noche con el doctor Miguel. Al ver el estado de nuestra querida
hermana comprendieron que no estaba ya en condiciones de llevarla a
Valencia, y como el caso era urgente y de vida o muerte, avisaron al
doctor Segura, de Valencia, que hizo la caridad de venir a la
madrugada para operarla aquí en el convento y ver de salvarle la
vida.
Le dije de
recibir los Santos Sacramentos, y me contestó: “Si hay prisa, puedo
recibirlos sin confesarme”, prueba de lo bien dispuesta que tenía su
alma. El Rdo. Sr. D. Vicente Lloréns, Cura Párroco de Rótova y
confesor ordinario de la comunidad, la confesó y dio el Santo
Viático y Extremaunción, ayudado del señor Capellán del convento.
Recibió nuestra Hermana los Santos Sacramentos con gran lucidez,
contestando a todo, a pesar de que se agravaba por momentos y con
dificultad podía mantener su atención. Después me decía: “El que
deje estas cosas para estos momentos está arreglado..., no se está
para nada.”
Despertó pronto del
cloroformo, y con gran lucidez se dio cuenta de que se moría. Su
primera palabra fue: “Madre nuestra, ahora sí que me muero.”
El Rdo. Dr.
Cura le dijo si quería volver a recibir a Jesús, y ella se puso con
una cara de cielo, de alegría, y dijo que sí. Lo recibió, y con voz
clara, fuerte y lenta, como si hablara con El, dijo: “Muy bien, pero
que muy bien, Jesús”, como si aceptara con alegría la voluntad de
Dios.
Le leía el
señor Cura una oración muy hermosa para el tiempo de la enfermedad,
que ella repetía, y al llegar a un lugar que decía: “...concédeme la
gracia, Jesús, de padecer algo por vuestro amor”, ella, con voz
clara, añadió: “Pero que sea mucho, poco no.” Como ya no podía
sufrir que le hablaran (pensábamos eran las molestias del
cloroformo, pero era ya la agonía), siguió el señor Cura en voz baja
rezando y recomendándole el alma. Después, dijo, siempre con su voz
clara y llena: “Estoy metida en el Corazón de Jesús”, y mirando con
los ojos muy abiertos, como si viera a alguien que le diera sorpresa
y alegría, con una cara transfigurada, con exclamaciones de gozo,
expiró, mirando fijo y sonriendo, sin más estremecimientos. Eran las
once y tres cuartos de la mañana (hora solar) del 18 de septiembre
de este Año Santo.
Me quedé
con el convencimiento de que la promesa de Jesús a Nuestra Santa
Madre en la muerte de la primera descalza, cuando le vió como
amparando a la Hermana que moría, se cumplía una vez más aquí en la
muerte de nuestra querida Hermana Luz María. Lo mismo apreció el
Rdo. Sr. Cura, que estaba muy impresionado y edificado de tan
hermoso y tranquilo encuentro de esta alma con su Dios.
Con
el hondo sentimiento que puede suponer comuniqué a su debido tiempo
a V.R. y santa comunidad cómo el señor cogió las primicias de este
pequeño y naciente carmelo el día 18 de septiembre de este Año Santo
de 1950 llevándose a nuestra amadísima Hermana Luz María de la
Santísima Trinidad, religiosa de coro, a los treinta y cuatro años
de edad y siete de edificante y bien aprovechada vida religiosa.
Al contarle
al Rdo. P. Barquero, S. J., tan preciosa muerte, me contestó: “Es la
muerte de los devotos del Sagrado Corazón.”
Quedó con
expresión de gran paz, y en las veintiocho horas que la tuvimos
expuesta en el coro no se desfiguró nada y conservó la flexibilidad.
Aunque
avisamos en seguida de la gravedad a nuestros amados Padres de
Valencia, por estar tan lejos no pudieron llegar a la muerte.
Vinieron al día siguiente el Rdo. P. Suprior Guillermo de Jesús y
María y el Rdo. P. Fidel, de la Sagrada Familia, para cantar el
funeral, y nos estuvieron consolando y ayudando mucho hasta la
tarde, en que le hicieron con grande solemnidad, como es costumbre,
el oficio de sepultura y entierro.
Como aquí
no tenemos cementerio tuvimos la pena de ver sacar de clausura a
nuestra querida Hermana; aunque a la vez consoladas de que fueran
sus restos a Alfahuir, pueblo tan cristiano, de tan sanas costumbres
y tan amantes de Nuestra Madre Santísima, cuyo Ayuntamiento, en
sesión extraordinaria, demostró su fe y caridad concediendo
gratuitamente el nicho para su enterramiento.
Vino el
Clero con Cruz alzada; las Asociaciones de Hijas de María de Rótova
y Alfahuir, con banderas y corona; la Asociación de Señoras de la
Virgen de la Salud; y lo que es más de destacar y agradecer, los
señores Alcaldes y Secretarios de los dos pueblos, que fueron los
primeros en cargar a hombros el féretro con los Jefes de la Guardia
civil y el pueblo, que se disputaban el honor de llevarla a hombros
los 2 Kilómetros que separan este convento del cementerio. Las
campanas de ambos pueblos doblaban alternativamente. Presidían
familiares y amigos íntimos de la comunidad, los Rdos. Padres
Jesuítas y Padres Escolapios de Gandía, pues nuestros Padres, como
se dijo antes, eran los oficiantes. En Alfahuir la entraron en la
iglesia, llevada entonces por las hijas de María; se le rezó otro
Responso y se le colocó en el nicho, donde se puso esta inscripción:
“En el Corazón Divino de
Jesús descansa en paz
la Hermana Luz María de
la Santísima Trinidad,
Carmelita Descalza.”
En cuanto
se le comunicó a nuestro amadísimo Prelado el fallecimiento de
nuestra Hermana, dio toda clase de facilidades y licencias para el
enterramiento, y además se dignó conceder doscientos días de
indulgencias por cada sufragio que se le aplique, por lo que esta
comunidad le queda muy agradecida.
No tenemos
bastantes palabras de gratitud para nuestros amadísimos Padres
Suprior y Fidel, que, como verdaderos Padres y Hermanos, hicieron
con nuestra querida Hermana tan gran acto de caridad no dejándola
hasta verla colocada en el nicho.
De todo
corazón agradecemos también el interés y caridad que, como siempre,
en esta ocasión nos demostró el Rdo. P. Luis Colomer, O.F.M.,
Delegado Arzobispal, viniendo en seguida que supo el fallecimiento
de nuestra Hermana.
Quedamos
hondamente reconocidas a nuestro Rdo. Sr. Cura y confesor ordinario
de la comunidad, que tan caritativamente asistió a nuestra Hermana
en sus últimos momentos, y a nuestro Capellán don Francisco García
Cruzado, que compartió nuestros sufrimientos y asistió también a
nuestra Hermana en su última hora.
Mucho
agradecemos a los doctores Carrión, Segura, Miguel y Casanova, que
con grandísima abnegación hicieron todo lo que la ciencia puede
hacer en estos casos para salvar la vida a nuestra querida Hermana.
Asimismo lo
agradecemos a nuestros familiares, amigos y bienhechores, que
vinieron desde Valencia en sus coches para atender a las necesidades
de estos casos; y a los Rdos. PP. Barquero, S.J., y Guim, S. J.;
Padres Escolapios, dignas Autoridades de Rótova y Alfahuir, Guardia
civil y demás personas que nos han ayudado y acompañado el cadáver
de nuestra Hermana. Ella, tan agradecida, intercederá con Nuestro
Señor y será poderosa intercesora para todos.
Aunque el
Señor en tan corto tiempo ha purificado, santificado y transformado
a nuestra querida Hermana Luz María, por si acaso necesita sufragios
le rogamos por caridad le apliquen los que mandan nuestras Leyes y
Misa, Comunión, Vía Crucis y Rosario, que ella, tan agradecida en
vida, se los pagará desde el cielo.
Rueguen
mucho por esta afligida comunidad, que tanto notamos el vacío de
esta querida Hermana, pues fue de las primeras que vino a esta
fundación y en la que teníamos tan fundadas esperanzas. A la vez nos
consuela tan edificante vida y preciosa muerte.
De V.R.
menor Hermana y sierva en Jesús y María,
María Josefa de Jesús Sdo.
Priora
Hª Luz
María de la Santísima Trinidad, el 18 de septiembre de 1950, cuando
contaba treinta y cuatro años de edad y siete de religiosa. Había
nacido en Ceuta, del Ilmo. Sr. D. Pascual Luxán y Dª Joaquina Buceta,
muy buenos cristianos, y cristianamente educaron a sus hijos. Para
mejor conseguirlo se trasladó a Madrid y nuestra religiosa se educó
en las llamadas Damas Negras (Religiosas de San Mauro).
De clara
inteligencia y muy activa, cuando su padre se trasladó a Zaragoza,
trabajó mucho en la Acción Católica, en la que desempeñó importantes
cargos.
Deseosa de
mayor retiro y vida interior, tomó el hábito de las Carmelitas de
Manises, el 29 de abril de 1943. Respondiendo con ejemplar
perfección a sus obligaciones de carmelitas, emitió los votos
solemnes el 11 de mayo de 1948. Muy exacta en el cumplimiento de los
oficios que se le confiaron, lo mismo que en la regular observancia,
fue también muy penitente y caritativa con todos y siempre rendida a
la obediencia.
Un ataque
agudo de peritonitis llevó al otro mundo a esta excelente religiosa
el 18 de septiembre de 1950, recibidos con grande fervor y dulce
tranquilidad los Santos Sacramentos. Al entierro y traslado al
cementerio, además de representantes del clero y comunidades
religiosas de Gandía asistió mucha gente de Rótova y pueblos
comarcanos. |
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ROSA MARIA DE LA EUCARISTIA (ROSA Mª BRULL BRAUT)
Nacida en Ripollet (Barcelona) el 18 de mayo de 1934, profesó en
nuestra Comunidad el 22 de Abril de 1957, y en Mayo de 1976 (día 28)
dejó esta Comunidad para integrarse en la del cielo.
Muy bien dotada, de carácter afable y trato delicado, fue querida y
estimada de propios y extraños. Muy joven sintió la llamada de Dios
y sostuvo firme su vocación contra viento y marea, sin vacilaciones
ni dudas de ningún género.
Alegre y optimista, se propuso ser una carmelita fidelísima en la
observancia y lo cumplió desde el primer momento.
Si dijo que en el Carmelo le bastaba un puesto cualquiera en el Coro
y un sitio en el Corazón de Jesús, muy otro fue su camino; pues con
la estima de los superiores, le llegaron los cargos de Maestra,
Priora y Consejera de la Asociación, con el consiguiente aumento de
relaciones humanas que contribuyeron a hacerla mucho más conocida y
estimada.
Tenía una sonrisa verdaderamente luminosa, tras la que sabía ocultar
fervores o contrariedades. Minada por el cáncer (de localización
ósea generalizada) vimos brillar en ella la misma sonrisa llena de
luz y gratitud, hasta el último día, hasta el último momento.
Deseaba el cielo desde el noviciado y en los últimos años, ya
enferma, le pareció que el Señor se hacía esperar mucho.
No obstante, durante los tres años que duró la enfermedad, aunque lo
mejor de su espíritu y de su pensamiento quedó en el misterio de un
gran silencio sobre sí misma, pudimos observar un proceso de
maduración que podría expresarse así:
-
una constante de serenidad y paciencia admirable
-
optimismo a prueba de fracasos (La etapa más larga)
-
aceptación sumisa
-
entrega
-
deseo
-
alegría
-
expresión última de amor a Jesús.
Le aplicaríamos lo que el P. Philipón dice de Sor Isabel de la Sma.
Trinidad: “Le quedaba por sufrir de la mano divina las
purificaciones supremas por las cuales introduce Dios a las almas...
en la inmutable paz de la unión transformadora, por encima de toda
alegría y de todo dolor”·.
Mucho más que en sus escritos humanos la prueba del amor de Dios a
Rosa y del amor de Rosa a Dios, la hemos visto con intuición clara
en la etapa final de su vida terrena que dejó suavemente,
delicadamente... como ella era.
Se abrió a la vida en Mayo y se fue en Mayo: ni más ni menos como
una rosa.
En la mañana del día 29, la celebración litúrgica – Laudes /
Eucaristía – fue presidida por nuestro capellán D. Enrique Montón.
A las 10 ofreció nuevamente el Sto. Sacrificio el P. Vicente Pitarch.
Sus homilías nos llenaron de paz y de consuelo.
A las 12 tuvo lugar la solemne concelebración eucarística, presidida
por D. Vicente Calatayud, en la que participaron los Padres
Maximiliano Herráiz; Leopoldo Blanch; José Mª Pelechá; Alfredo Saez;
Simón Santos; Manuel Ferrada; Manuel Mezquita; y los sacerdotes del
pueblo, D. Enrique Viñals; D. Enrique Montón; D. Sebastián Alós y D.
Ismael Valls, junto con otros sacerdotes amigos de la Comunidad: D.
Joaquín Coll, D. Erminio Capsir y D. Mariano Soriano.
En la homilía hablaron el Sr. Visitador, D. Vicente Calatayud, el P.
Maximiliano y el P. Coll, de modo muy emotivo para todos.
El Sr. Visitador como testigo de su última hora... el P. Maximiliano
como portavoz del Carmelo de Aragón y Valencia... Finalmente el P.
Coll recogió también el eco del Carmelo de Cataluña. Expresó,
además, su vivencia con respecto a su última conversación, en la que
Rosa Mª le dijo: “En el cielo no estaré parada...”
Sus padres, hermanos, sobrino y otros familiares y amigos estuvieron
presentes y la acompañaron hasta el Cementerio parroquial donde fue
sepultada en su nicho propiedad de la Comunidad.
Descanse en paz y ruegue por nosotras.
Montserrat de la Trinidad .
priora
Carmen Teresa de J.C.
Mª Consuelo del S. C.
supriora
Carmelo de la Sagrada Familia.
Puzol, 2 de junio de 1976.
M. Priora y Comunidad.
Mis queridas Madre y Hermanas: PAZ Y ALEGRÍA EN EL SEÑOR JESÚS!
Quiero agradeceros, en primer lugar, todas vuestras cartas y
llamadas telefónicas, tan expresivas, tan llenas de afecto y de
condolencia hacia nosotras. Os las agradezco de corazón y conmigo
toda mi Cdad. Hemos sentido vuestra cercanía, vuestro amor y vuestra
fraterna compañía. Dios os lo pague!
Como no ignoro cuán deseosas estáis de tener noticias de los últimos
días y horas de Rosa María, os mando a todas esta carta circular.
Algunas ya sabéis que regresamos del Hospital Clínico de Valencia el
6 de marzo. Aquí siguieron inyectándole los goteros y se lo hacían
cada quince días. Con esto se logró el que no tuviera dolores.
Nuestra enferma seguía animada y con ganas de vivir, hasta que a
mitad de mayo se puso muy amarilla. El médico de nuevo la reconoció
y nos comunicó que ya el hígado había tomado parte en el mismo
proceso tumoral. Su estado era muy grave.
Así llegamos hasta el domingo día 23 de mayo. Por la tarde estuve
con ella largo tiempo. A intervalos hablábamos y en un momento
aproveché para preguntarle si pensaba que Jesús podía venir a
buscarla muy pronto... Me contestó que no lo pensaba.., que esto
sería muy fácil para ella.., pero que si así fuera estaba a punto:
“Estoy a punto” me dijo. Le pedí que se acordara mucho de nuestra
Comunidad... Le dije que ella iba a ser una gran intercesora para
nosotras... Rosa Mª muy animada me repondió que era precisamente lo
que ardientemente deseaba: quería moverse mucho; como Sta. Teresita
no quería permanecer inactiva...
El martes día 25 vino a verla el P. Joaquín Coll del Oratorio de
Barcelona – antiguo confesor suyo – y aprovechamos para llevarle el
Viático con mucha solemnidad, acompañado de todas las monjas.
Cantamos: “Mi alma tiene sed de Dios, cuándo llegaré a ver su
Rostro...”
El miércoles día 26 nos visitó el P. Maximiliano Herráiz y
celebramos la Eucaristía en su celda. Quedó muy contenta.
Llegamos al viernes día 28. Nos dábamos cuenta de que seguía mal.
Por la mañana muy fatigada... Sin embargo pudo recibir al P. Vicente
Pitarch con el que conversó un cuarto de hora. Al mediodía con la
respiración acelerada, muy molesta y con fuertes dolores... A la
hora del recreo fueron las monjas pasando silenciosamente de dos en
dos por su celda, porque temíamos se nos fuera sin apenas darnos
cuenta... De cuando en cuando ella abría los ojos y sonriendo
saludaba a las hermanas. A continuación fuimos al Coro a rezar por
ella...
Por la tarde seguía con muchos dolores y muy cansada. Pies y manos
frías, las uñas amoratadas.., Se quejaba... La animábamos a que
pronto se iría al Cielo y vería a Jesús... Ella respondió: Esto no
será para morirse... Si así fuera yo estaría muy contenta...”
Sobre las 4 de la tarde llamamos a toda la Comunidad. Coincidió que
a esta misma hora llegaba nuestra Hna. Mª Dolores. Rosa María
hablaba y sonreía... Le dije si quería besar a Jesús y le acerqué el
Crucifijo de su Profesión... Me respondió que sí y añadió: “Y
recibirlo” Fui inmediatamente a buscar la Eucaristía porque por la
mañana no pude llevársela por tener que irme muy temprano al
Hospital a acompañar a otra enferma...
Comulgó
atenta y consciente. Después rezamos dos oraciones largas del nuevo
Ritual... A continuación, despacio, fui recitando algunos versículos
de la Sgda. Escritura del mismo Ritual... A todo respondió: Amén.
Todas nos encontrábamos alrededor de su cama. De pronto abre los
ojos y nos dice sonriendo: “Qué alegría de veros todas aquí... Qué
bonicas estáis! De buena gana os invitaría a algo pero no tengo ni
un caramelo...”
Minutos después le dije si quería decir alguna cosa a la
Comunidad... Contestó que sí, que deseaba hablarnos y decirnos
muchas cosas pero que no le era posible, no podía... Más tarde le
pregunté que si lo que nos quería decir era que nos “amáramos”...
Contestó: “Eso es”.
Le decíamos que muy pronto vería a Jesús, a María, - a San José,
agregó ella - , a la Sta. Madre, al Sto. Padre, a Sta. Teresita y
Sor Isabel... Añadió: “Qué ilusión!”.
Como los dolores eran intensos le recordábamos que todo lo ofreciera
por la Iglesia, por la Asociación, por nuestra Comunidad... Ella
sonriendo nos decía: “Todo está ofrecido”.
A las 6:30 aproximadamente llegó nuestro Párroco y Capellán, don
Enrique Montón. Se acercó a la enferma pensando que ya no lo
conocería...
-
Me conoces Rosa Mª? – “Claro que sí”, le contestó ella.
-
Sólo vengo a pedirte que cuando llegues al Cielo te acuerdes
de mí... Ella sonriendo y con naturalidad le
contesta:
-
Cómo no, Sr. Cura, si ya lo hago ahora!”.
-
Mira que tú y yo somos como hermanos. Hace veinte años que
llegamos los dos aquí a Puzol... Ella sonriendo de nuevo puntualizó:
-
“No, Sr. Cura, hace veintiuno”. Don Enrique insinuó darle la
Bendición... Ella le pidió la Absolución: “Porque siempre hay algo
que purificar...”
Transcurridos unos minutos llama al torno el Sr. Visitador, don
Vicente Calatayud. Entra en la clausura, saluda a la enferma: Hna.
Rosa Mª “Qué alegría cuando me dijeron... ella termina: Vamos a la
Casa del Señor!” Y le sonrió. De nuevo le recitaron frases de la
Sgda. Escritura según el Ritual...
Más tarde le dije que como carmelita tenía en su última hora a dos
sacerdotes... Respondió: “Un regalo”. De nuevo le dimos a besar el
Crucifijo y la Virgen de la Salud... Le pronunciaba el nombre de
Jesús y ella repetía con fuerza: JESUS... Esto varias veces...
Luego: Jesús te amo... Jesús... María... José... asistidme en mi
agonía... Y también lo repetía con amor... Ultimamente: Ven Señor
Jesús!!!
Una hermana le preguntó: Amas mucho a Jesús? Ella asintió: “Mucho,
mucho...” Fueron sus últimas palabras...
Cerca de las 7 entró en agonía y fue apagándose lentamente como una
lámpara por espacio de unos 10 minutos. Antes de expirar llegó
nuestra Hna. María Luz... Todavía pudo verla unos instantes antes de
exhalar su último suspiro...
Inmediatamente avisamos a sus padres y hermanos. Llegaron alrededor
de las 9 de la mañana del sábado día 29. A las 7:30 habíamos tenido
Laudes y Eucaristía con Don Enrique Montón. A las 10 celebró el P.
Vicente Pitarch. Sus homilías nos llenaron de paz y consuelo.
A las 12 concelebraron la Eucaristía 16 sacerdotes: El Sr.
Visitador, Padres Carmelitas, sacerdotes amigos... En la homilía
hablaron el Sr. Visitador, el P. Maximiliano y el P. Coll de modo
muy emotivo para todos.
El Sr. Visitador como testigo de su última hora... El P. Maximiliano
como portavoz del Carmelo de Aragón y Valencia. Hizo muy sensible
vuestra presencia entre nosotras... Finalmente el P. Coll recogió
también el eco del Carmelo de Cataluña. Expresó, además, su vivencia
con respecto a su última conversación, en la que Rosa María le dijo:
“En el Cielo no estaré parada...”
Terminada la celebración eucarística tuvo lugar el entierro
trasladando su cadáver al Cementerio Parroquial.
Con amor y gratitud os abraza en Cristo y María. |
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MARIA PIEDAD DE
CRISTO
(EMILIA GADEA SÁEZ)
Vestición: 15 diciembre 1955
Profesión temporal:
2 febrero 1957
Profesión solemne:
6 mayo 1960
Defunción: 10 mayo
1994
Nació en Minglanilla (Cuenca) el 8 de febrero de 1907.
Muy joven todavía
sintió los reclamos de Jesús. Hizo alianza con El y pensó que la
mejor, tal vez la única manera de superar obstáculos, era guardar
secreto y sorprenderlos a todos con su partida. Así lo hizo; pero se
vió obligada a regresar. Sólo tenía quince años.
Después una larga
enfermedad de sus padres la retuvo en casa al frente de la familia.
El 11 de diciembre
de 1954 fue recibida por la Comunidad como hermana de velo blanco.
Bien dotada para la oración, le resultaba en extremo penoso dejar a
la Comunidad en el coro para ir a ocuparse en otros menesteres.
Tanto, que llegó a dudar de su perseverancia; y se la pedía
insistentemente al Señor.
De su vida en el
Carmelo diríamos que:
. Jesús fue su gran amor. Hablando de El se enardecía. ¿Qué sabía de
Jesús? No sé con qué palabras me lo contó un domingo por la mañana.
Fue el día de su Profesión, el 2 de febrero de 1957. Estaba en el
coro. La presencia de Jesús la invadió y regalaba con una felicidad
indecible. Se habría quedado para siempre allí. Pero la avisaron de
que su familia la esperaba en el locutorio. En cuanto
pudo volvió al Coro. El ya “no estaba” y ella se quedó a solas con
su fe.
. Oraba con la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Orden.
. Se gozaba muy particularmente con el rezo y el canto del Oficio
Divino.
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