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LAS
CARMELITAS DESCALZAS |
Somos
en la Iglesia continuadoras y recreadoras del carisma que Dios confió a
Santa Teresa de Jesús, a quien tenemos por fundadora, madre y maestra
espiritual. Nuestra familia religiosa nació de su amor apasionado a
Cristo, el cual le llevó a desear ardientemente “hacer algo para
ayudar a este Señor mío”.
Movida
por este anhelo y enriquecida por una intensa vida espiritual, decidió
renovar el Carmelo. Para lo cual funda (Avila, 1562) una comunidad de
hermanas a semejanza del pequeño “colegio de Cristo”.
Mujer
de sensibilidad exquisita, revive en sí misma la vida de la Iglesia de
su tiempo: sus dolores, el desgarro de la unidad y las profanaciones de
la Eucaristía y el sacerdocio; también el nuevo mundo sin evangelizar.
Descubre entonces el valor eclesial y apostólico que ha de tener su
vida y la de sus hijas. Porque si la oración, la vida y el trabajo no
se consagran al servicio eclesial “pensad que no hacéis ni cumplís
el fin para que aquí os juntó el Señor”.
Así
nacían nuestras comunidades, hoy extendidas por los cinco continentes,
como comunidades orantes al servicio de la Iglesia. Más tarde (año
1568), preocupada por la atención espiritual de sus hijas y por el
apostolado directo, que a ella por su condición de mujer se le negaba,
intuye la necesidad de extender este estilo de vida a la rama masculina
del Carmelo. Para ello el Señor le concedió encontrar bien dispuesto
un joven carmelita, Juan de la Cruz, que supo reconocer en ella a la
Madre del Carmelo renovado; y asociado a su obra, comenzaron juntos una
nueva andadura que, en breve llegaría a configurarse como familia autónoma:
el Carmelo Descalzo, el Carmelo Teresiano–Sanjuanista. Un hombre y una
mujer de temperamentos muy distintos, pero empapados del mismo amor de
Dios, que nos han dejado un patrimonio humano - espiritual de riqueza y
belleza extraordinarias.
Como
buenas discípulas de ambos, algunas hermanas nuestras alcanzaron
plenitud en la vida espiritual y hoy brillan en la Iglesia proponiéndonos
un ejemplo en el seguimiento de Cristo. Entre ellas, las santas Teresa
del Niño Jesús, Teresa de los Andes y Edith Stein; y la Beata Sor
Isabel de la Trinidad.
La
vida en nuestros Carmelos femeninos se desarrolla en el ámbito de la
clausura, conjugando armónicamente la vida comunitaria con el retiro en
soledad.
La
jornada la vertebra la Liturgia: Eucaristía y Oficio Divino.
Asumimos
además como vocación propia un intenso cultivo de la oración mental,
a la cual dedicamos, al menos, dos horas diarias y la meditación en la
Palabra del Señor. Para alimentar la oración y meditación destinamos
diariamente un espacio relevante a la lectura espiritual con libros de sólida
doctrina, porque “es en parte tan necesario este mantenimiento para el
alma como el comer para el cuerpo”.
Procuramos
llevar una vida de sobriedad y sencillez, trabajando para ganar nuestro
sustento y ayudar a las necesidades de la Iglesia y de los hombres.
Dos
veces al día nos reunimos todas las hermanas para un encuentro
distendido y alegre. Es lo que llamamos la recreación; donde cada una
tiene la posibilidad de aportar espontáneamente aquello que considere más
oportuno para construir un ambiente de amistad y familia.
La
vida de la carmelita quedaría bien expresada en clave de amistad:
amistad con Dios (oración) y amistad entre las hermanas (fraternidad).
Este camino, recorrido con María, Reina y Hermosura del Carmelo, Madre
y Hermana.
Quien
quiera pues, agregarse a nuestra fraternidad, lo importante es que
busque sinceramente ser amiga de Cristo y esté determinada a no quedar
en la mediocridad. |