Desiertos Fértiles

Estíbalitz Reino Prada, ocd

Ponencia presentada en la semana de espiritualidad del desierto de las Palmas

En primer lugar creo que he de justificar mi presencia en un seminario sobre espiritualidad del desierto.

Considero que mi participación en él debe partir más de la experiencia que de la erudición, de la cual carezco. De hecho he sido invitada no por mi saber sino por contemplativa. Es decir por vivir un estilo de vida que inevitablemente recuerda a los antiguos padres y madres que en el desierto comenzaron el monacato primitivo.

Pues bien, desde que acepté la colaboración, he reflexionado mucho acerca de cuál debía y podía ser mi aportación  al seminario, y me inclino a dejar a los estudiosos la explicación de la teoría. Para intentar compartir yo, desde este prisma de la espiritualidad del desierto, los valores que constituyen la esencia y el modo de vivir nuestro, lo que en la iglesia llamamos la vida contemplativa. Espero poder hacer inteligible mi vida, transmitir su belleza, su valor y ayudar a que la descubráis o reconozcáis muy en conexión con la vuestra.

Parto de la constatación de que algunos de los términos que se utilizan para exponer la espiritualidad del desierto y la vida contemplativa están profundamente deformados en su significación. Espero poder hacer comprensible lo que realmente significan. Me refiero a términos como “fuga mundi”, silencio, soledad, penitencia, humildad, obediencia... Todos ellos con un contenido vital profundo y rico, pero que en su deformación  despiertan desde una exaltación de romanticismo seudo religioso a un rechazo despreciativo.

Quiero precisar que la familia religiosa a la que pertenezco, el Carmelo descalzo femenino, es de vida puramente contemplativa, pero no pertenece a la familia monástica. No obstante, recoge los valores que configuran el monacato primitivo del desierto, tanto en su versión eremítica como cenobítica y toda la tradición monástica posterior, de la cual en cierto modo son herederas todas las formas de vida religiosa.

La llamada de Dios

El fundamento de toda vida cristiana radica en la necesidad de responder a Dios que nos llama, nos invita a vivir en relación amorosa con él. Dios, que se hace presente en la vida de una persona y ella, que lo reconoce y quiere responder a este reclamo amoroso.

Sin duda fue éste el motivo primordial que llevó a aquellos cristianos de los primeros siglos al desierto, para dedicarse con exclusividad a la amistad con Dios. Sólo desde ahí se explica, creo, el nacimiento de una vocación contemplativa y, por tanto, de la vida contemplativa en la Iglesia. Por encima de condicionamientos históricos que la propiciaron como estado de vida con características peculiares en el modo.

No hay distancia  entre nosotros y ellos en la motivación. Por más que las circunstancias históricas, la antropología y la teología de unos y otros sean tan diversas.

A lo largo de la historia Dios nos ha llamado a algunos hombres y mujeres a vivir  una vida dedicada a la contemplación. Sin más obra que la justifique que la de permanecer a los pies del maestro, porque el maestro así lo pide.

Es una tradición ininterrumpida en la Iglesia. Desde aquellos padres y madres del desierto hasta las formas más variadas de vida contemplativa en la Iglesia de hoy, Dios no ha dejado en ningún momento de la historia de convocarnos a hombres y mujeres para este camino.

La irrupción de Dios como presencia viva, como amor que nos atrae con promesa de plenitud, nos mueve a disponer todas nuestras fuerzas en la búsqueda de ese ser que nos ronda. Dios, de algún modo, en algún momento de nuestra vida se ha dejado sentir como un toque delicado, como un susurro de brisa. Más como una presencia intuida que vista. Pero con ella ha despertado en nosotros el amor. Ha puesto toda nuestra existencia en tensión. A la espera de un nuevo encuentro, más claro, más real, más consciente.

Es la experiencia de un Dios que aparece, nos despierta y desaparece. Se esconde y deja en nosotros el gemido, el deseo.

Es la experiencia del salmista:

“oigo en mi corazón:

Busca mi rostro.

Tu rostro buscaré, Señor,

No me escondas tu rostro” (Sal 27,8-9)

La de la esposa del Cantar de los cantares:

“¡la voz de mi amado que llama!

......    .......   .......      .......   .....

abrí a mi amado,

pero mi amado se había ido de largo.

El alma se me salió a su huida.

Le busqué y no lo encontré,

le llamé y no me respondió”   (Ct  5,2-6)

Nuestro San Juan de la Cruz comienza su Cántico Espiritual clamando por una herida de amor:

¿Adónde te escondiste,

Amado y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste, habiéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ido (C 1)

Dios nos busca, nos llama. Yo creo que ésta es la experiencia de todos nosotros. El motor que pone todo en movimiento. Dios es una presencia inquietante.

Los Cristianos de todas las épocas pueden leerse en esta experiencia. Pero desde luego es a esta luz a la que podemos entender el nacimiento de la vida religiosa contemplativa en la Iglesia. Éste querer encontrar a Dios y aferrarse a Él en un cara a cara es lo que empujó a tantos cristianos a recogerse en los desiertos.

¿Por qué Dios puede querer que alguien dedique su vida a estar con él?

Dios, que como nos lo define Juan en su primera carta, es amor, no quiere sino comunicarnos su amor, hacernos felices. No busca Dios otra cosa que hacer donación de sí mismo para engrandecer al hombre. Darse, desea darse y encontrar quien quiera recibirlo.

Es Dios el que busca al hombre. Dios creó al hombre. Le dio el ser. Lo hizo a su imagen y semejanza y le regaló el mundo, toda la creación. Con amor de padre lo ha cuidado y educado siempre. Y finalmente quiso estar entre  nosotros y se hizo hombre. Éste es el Dios de nuestra fe.

Dios se nos ha dado en la creación, en la historia, en nuestra propia vida, pero de manera desbordada se nos ha dado en Cristo.

Cristo es la mayor revelación de Dios, pues que es Dios hecho uno de nosotros. Un Dios a nuestra medida. Pero también, por esto mismo, es la mayor revelación del hombre. Cristo es el hombre en su plenitud. Mirándolo a Él conocemos quién es Dios, cómo nos trata y qué es capaz de hacer por nosotros. Pero mirándolo a Él también conocemos qué estamos llamados a ser, con respecto a Dios y con respecto a los hermanos. Cristo nos enseña a ser hijos de tal Padre y hermanos de todos.

Ofrecer a Dios toda la vida, en un camino que aparentemente es inútil o humanamente estéril tiene un modelo supremo, y es Cristo. La vida del contemplativo, como la de Cristo, tienen un mismo fin: conocer y cumplir la voluntad del Padre. Este  Cristocentrismo es el rasgo más definitivo de toda la espiritualidad del desierto que nos transmitieron aquellos primeros monjes. Cristo es la norma suprema de  la vida del monje o monja de todos los tiempos.

En boca de santa Teresa suena así: “yo deseo servir a este Señor; no pretendo otra cosa sino contentarle; no quiero contento ni descanso ni otro bien, sino hacer su voluntad, que de esto bien cierta estaba, a mi parecer, que lo podía firmar” (V 25,19)

Todo en la vida contemplativa no tiene, ni ha de tener otra finalidad que la de hacer vivo a Cristo entre los hombres. Esta es la única fecundidad de éste género de vida.

Acoger a Cristo en nosotras, dejarle transformar nuestro ser para poder revelarlo con nuestra vida.

Un camino hacia la libertad

“Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Por nuestra parte, esperamos alcanzar la salvación, por medio de la fe mediante la acción del Espíritu Santo....lo que vale es la fe que actúa por medio del amor.” (Gal 5, 1.5-6)

El camino al desierto es un camino hacia la libertad. Al cristiano que ha descubierto a Dios en su vida tendiéndole la mano de la amistad, ha reconocido a Cristo como modelo y desea por Él, con Él, en Él y como Él hacer la voluntad del Padre, se le abre un horizonte vastísimo: su propia conversión.

Hablando Merton de aquellos primeros eremitas nos dice:

“Lo que los padres buscaban más que nada era su verdadero ser en Cristo” [1]

“tenía que perderse (el padre del desierto) en la realidad de un yo trascendente, misterioso, a medias conocido, y perdido en Cristo. Tenía que morir a los valores pasajeros de la existencia como Cristo había muerto a ellos en la cruz.” [2]

La conversión es liberarme de lo que hay en mí y no me permite ser quien verdaderamente soy. Es el camino que tengo que recorrer para que vaya cobrando vida la que Dios quiere que sea. Es dejarle a Dios actuar en mí, hasta  poder exclamar: vivo yo, pero no soy yo. Es Cristo quien vive en mí. (Gal 2,20)

Si alguien vive en Cristo es una nueva criatura; el hombre viejo pasó y ha aparecido el nuevo” (2 Cor 5, 17)

A este camino de regeneración en Cristo los padres y madres del desierto lo llamaban adquirir la pureza de corazón (puritas cordi). Es un camino largo. No de un día, ni de unos años. Es tarea de toda la vida. Consiste en acoger la Gracia y trabajar con ella.

Se encuentra bien recogida toda esta espiritualidad del desierto en la teología Paulina del hombre viejo y hombre nuevo. Hay que morir al pecado que nos esclaviza para ser hombres y mujeres nuevos en Cristo, hombres y mujeres libres.

“... se os enseñó como cristianos a renunciar a vuestra conducta anterior y al hombre viejo corrompido por apetencias engañosas. De este modo os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen y semejanza de Dios, para llevar una vida como corresponde a quienes verdaderamente han sido salvados y constituidos miembros del pueblo de Dios.” (Ef 4, 21-24)

La pureza de corazón es lo mismo que ver las cosas en su verdad. Y la verdad de las cosas es lo que son ante Dios. Por tanto hay que dar a cada cosa su valor justo y actuar en consecuencia. Supone reordenar nuestra jerarquía de valores y desde esa jerarquía nueva ir convirtiendo nuestro objeto y modo de pensar; nuestro objeto y modo de querer y nuestro objeto y modo de esperar.

Es un planteamiento nuevo de vida, un cambio de raíz. No consiste en un cambio de costumbres. Es un camino de interiorización: de pasar de nuestros criterios a los de Dios, de vivir desparramados, exteriorizados a vivir recogidos en la morada interior, donde habita el rey del Castillo.

Esta conversión no se hace sin lucha. Actúan en nosotros nuestras fuerzas como dos contrarios. Por una parte queremos acoger el don de Dios y por otra nos resistimos a cambiar. Una y otra vez se levanta con fuerza el hombre viejo que pone resistencia al amor, a la vida nueva.

Es una obra en la que hacen Dios y el hombre. El protagonista primero es Dios. Nuestra labor es acogerlo y no poner resistencia. Nuestro hacer es recibir.

Dios que nos ha creado por amor, nos ha llamado a su amistad por amor, quiere por amor hacer de nosotros criaturas nuevas.

Crecer en el amor

Para que este amor que Dios nos da penetre todo nuestro  ser  y lo transforme hemos de disponernos a recibirlo. La oración constante, la rumia de la Palabra, el silencio en el que Él habla y la soledad en la que se dan los encuentros más íntimos con Él, nos permiten acercarnos al corazón de Dios y que a su calor vaya cambiando el nuestro. Nos hacen ir entrando en la mirada de Dios y ponernos en verdad. Nos hacen participar de Dios y verlo todo como él lo ve.

Una mirada nueva me permite verme a mí, a los otros, a las cosas, al mismo Dios, como Dios ve. Esta es la contemplación cristiana: mirar con los ojos de Dios. Eso es dejar a Dios que viva en nosotros y así se siga haciendo presente en el mundo por medio nuestro.

Dios es amor y mira todo con infinito amor.“El mirar de Dios es amar” dice San Juan de la Cruz repetidamente. Pues Dios nos llama a mirarlo todo con amor.

Sí, nos sabemos mirados y queridos como hijos. Y como hijos de un padre bueno, que nos ha dado el ser, que nos ha dado la dignidad de los hijos, que nos mira con ternura, que perdona nuestros fallos y que espera de nosotros siempre lo mejor.

Mirar a Dios con amor de hijo, del hijo que vive agradecido por todo lo recibido, que lo espera todo de su padre y que sabe que su padre lo valora, lo ama, se goza de sus logros y siempre tiene una oportunidad para él, va modelando un corazón de hermano.

Mirarse con amor a uno mismo es acoger la propia verdad. Sin frustraciones por lo que no eres y sin enorgullecimiento por lo que eres. Eres quien eres. Dotado, seguro, de muchos dones que estás llamado a poner al servicio de los demás y así hacerlos crecer.

Pero no eres perfecto. Muchas veces encuentras en ti lo que no quieres. Haces lo que no quieres y no haces lo que quisieras. Mírate con infinita misericordia, como Dios te mira. Perdónate y vuelve a empezar. Reconócete necesitado de la ayuda y el perdón de Dios y de los hermanos.

Nos resulta muy difícil acogernos a nosotros mismos tal cual somos: reconocer y perdonarnos los fallos y vivir con sencillez y entrega lo que somos.

No acabamos de creer en un Dios todo amor y todo bondad. Un Dios que sólo obra misericordia.

Mirar a los demás con amor, con corazón de hermano. Mirarlos como hijos a quienes el Padre ama y por quienes Cristo ha muerto. Recibirlos como un don para mí. En ellos Dios se me da y en ellos puedo yo dar a Dios un poco del amor que de Él recibo.

Acogerlos mirando siempre más lo bueno que hay en ellos que lo malo. Todos, por sencilla que sea su vida, por pobre que parezca su existencia son amados de Dios, son dignos de mi amor y pueden tener algo importante que decirme.

Tengo que ir adquiriendo una mirada misericordiosa con sus debilidades. Sentirme comprometida con cada uno en su búsqueda de la libertad.

Mi amor hacia ellos tiene que ser purificado. No puedo ignorarlos, no puedo poseerlos.

Mirar las cosas con amor, con el amor que les corresponde. Sin dejar que ocupen en nuestro corazón un lugar que no les es propio. Usar de ellas, disfrutarlas, sin apropiárnoslas. Saber vivir con poco, con sencillez. Compartir los bienes. Saberlos poner al servicio de todos. Evitar lo superfluo.

He de amar la creación, respetarla, cuidarla. He de amar las obras humanas también. Valorar en ellas el trabajo de mis hermanos.

Una persona que va haciendo poco a poco este trabajo en su interior, va siendo dueño cada vez más de sí mismo, acoge la  misericordia de Dios y la va haciendo suya, vive en paz consigo mismo, con la creación y con los hermanos. Le deja hacer a Dios en sí su obra. Porque en definitiva la espiritualidad del desierto es disponerse para que Dios vaya siendo el dueño de mi vida.

La Santa nos deja a sus hijas un patrón de vida espiritual. Si queremos crecer en amistad con Dios: amor de unas con otras, desasimiento de todo lo criado y humildad, que es andar en verdad. Las llamamos las virtudes teresianas y hacen claramente alusión a una purificación en la relación con los otros, con las cosas y con nosotras mismas. Por tanto, una transformación integral de la persona.

¿Por qué el desierto?

Preguntarnos por qué marcharon al desierto aquellos cristianos del S.IV es preguntarnos por qué sintieron la necesidad de separarse del mundo, de romper con la vida de la sociedad humana. ¿Qué les llevó al desierto a ellos y que nos sigue llevando hoy a vivir una separación?

Creo que responder a esta pregunta sólo con: “la búsqueda de un lugar lejos de las tentaciones del mundo” es desvirtuar el verdadero sentido del desierto de aquellos eremitas y cenobitas primeros y de la vida contemplativa claustral de hoy.

Al desierto no marcharon buscando la paz. El desierto era el lugar del combate. En su mentalidad el desierto era la morada del diablo. Allí iban a hacerle frente de más cerca. Porque el desierto entonces como el retiro ahora nos pone en un ámbito de desnudez ante nuestras propias rebeldías y resistencias a Dios.

Al desierto tampoco marcharon buscando el rigor por el rigor. Es verdad que les ofrecía una vida exenta de comodidades, que exige fortaleza física y de ánimo. Pero los verdaderos padres del desierto sabían bien que el objetivo de la vida cristiana no era maltratar el cuerpo, aunque tuvieran una visión más bien negativa de él.

El primer motivo, ya lo he dicho, es que Dios los llamó y Dios nos sigue llamando.  Luego, hay una razón misteriosa para nosotros, que es la que parte de Dios.

“Voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16).

¿Qué supuso el desierto para ellos y para la Iglesia?

Ellos habían comprendido que la religión no era una cuestión social, que su adhesión a Cristo no se agotaba en ser miembros de una sociedad que ahora se declaraba cristiana. Intuyeron proféticamente que esto sería el comienzo de un debilitamiento de la fe y de la Iglesia.

Comprendieron que no hay Iglesia si no hay un compromiso muy personal con la persona de Cristo. Si realmente este encuentro con Cristo no me cambia radicalmente. Ellos y ellas encendieron una llama que ha iluminado toda la historia: el cristiano está llamado a hacer un camino interior de conversión, la ciudad que persigue no es la terrena. El reino de Dios no se identifica con ningún reino político posible sobre la tierra.

Ellos buscaron hacer su propio camino. Con su marcha, aun sin pretenderlo, enviaron un mensaje claro a la sociedad de su tiempo: Dios merece ser puesto en el centro de la vida y conocerle merece dedicar todas las energías y renunciar, incluso a lo bueno, si nos estorba para vivir en Cristo.

Nosotros hemos conocido historias muy curiosas de aquellos moradores del desierto. A menudo se nos han presentado como seres extraños, que despreciaban la sociedad de la que partían, exagerados en sus rigores, absolutamente solitarios. Pero ellos eran cristianos auténticos. Se sabían comunidad eclesial. Habían salido de las comunidades. Y pese a su soledad se sentían en comunión con los hombres y mujeres de su tiempo.

Ni siquiera la vida de los ermitaños suponía un individualismo absoluto. Estaban organizados. Tenían una formación: los jóvenes se juntaban a un ermitaño mayor que pudiera ayudarlos en sus comienzos, a modo de Padre espiritual. Se preocupaban unos por otros. Se aconsejaban. Tenían la plegaria común. Y sus reuniones donde  compartían problemas comunes.

El desierto y la soledad les proporcionaron el marco adecuado para desarrollar los valores del silencio, la sobriedad, el retiro.

La soledad no la vivieron, ni la vivimos como aislamiento sino como  el espacio físico que favorece el silencio, la meditación. Y en un sentido más profundo, la soledad nos habla sobre todo de que ese camino interior que hay que recorrer es personal. Sólo lo puedes recorrer tú, por más que te sean necesarios los demás. Nadie lo puede recorrer por ti, ni acompañarte en lo más íntimo.

El silencio nos prepara para entrar en nuestro interior y escuchar la voz que nos habla dentro. Es una escuela de interioridad. También nos permite oír todos nuestros ruidos internos. El silencio es verdadero cuando engendra el silencio interior y sobre todo cuando en él se gesta la palabra auténtica.

La meditación asidua de la Palabra y el rezo del oficio divino (recitación de salmos fundamentalmente), además de ser la mejor escuela de oración y proporcionar una relación directa con Dios, supone la comunión con todos los creyentes de la historia pasada, presente y futura.

Al leer las historias que de ellos nos han dejado sus contemporáneos y los dichos de ellos que han quedado recogidos, percibimos rápidamente que fueron hombres y mujeres centrados en lo esencial y que entendieron en profundidad la llamada a la fraternidad a pesar de su amor a la soledad.

Palabras del Abad Isaac a Juan Casiano:

“Es necesario que en el desierto practiquemos nuestros ejercicios, ayunos, vigilias, oraciones, en orden a este fin: la pureza de corazón. Pero no es conveniente que hayamos de perturbar el orden de esta suprema virtud por causa de nuestros ejercicios. En verdad, sí la pureza de corazón se mantiene íntegra e intacta en nuestras almas, nada se perderá, aunque por necesidad tengamos que pasar algunas cosas secundarias” [3]

Descubrimos en ellos algunos rasgos de solidaridad, de ternura, de flexibilidad que demuestran hoy el gran conocimiento de la naturaleza humana y del amor de Dios que alcanzaron. Es muy emocionante leer cómo aquellos que miramos como rudos y ásperos son capaces de un trato tierno, de respetar al otro en su momento espiritual, de suavizar el rigor ante el débil, de acompañarlo sin juicio, de ayudarlo en su dificultad, aun a costes muy altos; de estar siempre preparados para la cogida.  

Nuestra vida contemplativa hoy

A lo largo de la historia la vida contemplativa, que comenzó en los desiertos, ha ido adaptándose en cada circunstancia para responder a los retos que se le presentaban. Pero ha mantenido, incluso en los momentos más oscuros, lo que es esencial: ser, en comunión con todos los hombres, ese pequeño Israel, esa comunidad de hermanas y hermanos que permanecen a los pies del maestro escuchando su enseñanza, que oran junto a Él al Padre en una plegaria continua y que se esfuerzan por hacer de ese camino interior personal de cristificación el objetivo   primero de todo su existir.

Así lo demuestra el desarrollo y evolución que ha ido operándose desde los solitarios y cenobitas, la larga andadura del monacato en todas sus variedades, el nacimiento de las ordenes mendicantes, las modernas congregaciones y las formas actuales de vida contemplativa no claustral.

Quiero ahora retomar una idea que dejé en el comienzo y es que nosotras, las carmelitas descalzas, pertenecemos a los “institutos de vida puramente contemplativa”, pero no a la familia monástica. Lo digo porque  creo que nos hace falta profundizar en esta realidad.

Las ordenes mendicantes nacieron en uno de los momentos de mayor crisis del monacato. Sus monasterios habían quedado muy alejados de la vida de las ciudades y de la realidad de los hombres. Nacieron para vivir entre los hombres. Y nosotras somos la rama contemplativa de una orden mendicante.

Creo que estamos llamadas a ser pequeños desiertos fértiles, espacios dedicados íntegramente a Dios. Comunidades que con nuestro testimonio de vida solitaria y de fraternidad intensa, hagamos presente al Dios que nos busca  y alentemos a los que  requieran nuestra ayuda para hacer su propio camino espiritual.

Hoy sigue siendo tan necesario como entonces que demos a entender que:

- ser Cristiano es hacer una relación de amistad, por tanto personal, con Cristo.

- Esto no significa una fe y cristianismo subjetivo e individualista. Nada más lejos. Porque la amistad nos lleva a la comunidad de creyentes. Un amor maduro se abre a los otros.

- La pertenencia a una comunidad no puede ser un camino de gregarismo. 

- la autenticidad de nuestra fe no crece ni se manifiesta con la multiplicación de ritos y observancias, sino por nuestra calidad de vivir en relación con los otros.


[1] MERTON T. La sabiduría del desierto, ed BAC, Madrid, 1997, p.14.

[2] Ib., p 16.

[3] CARRASQUER-DE LA RED. Matrología, T. I, ed Monte Carmelo, 2000