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LEONOR DE LA MISERICORDIA por Puri Pérez |
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BIOGRAFÍA Leonor
de Ayanz y Beamonte nació en el año 1551 en el palacio de Guendulain,
situado a una legua de Pamplona. Era el primer fruto de don Carlos de
Ayanz (Señor de Guendulain) con doña Catalina de Beamonte, ambos
pertenecientes a familias navarras de viejo abolengo. Leonor fue
bautizada en la iglesia de San Andrés de Guendulain. La
presencia de los Ayanz en Guendulain se remonta a principios del siglo
XV, cuando doña Toda Martínez de Medrano, casada con don Fernando de
Ayanz, camarero del rey y señor de Gallipienzos por merced real, mandó
enterrarse junto a su madre en la iglesia de San Andrés de Guendulain. Los
Ayanz poseían títulos de realeza tales como: montero mayor, alguacil
mayor del reino junto con el de Capitán de la compañía de
remisionados de Navarra. Del
linaje de Beamonte baste decir que era de los condestables de Navarra,
la primera nobleza del reino (F. 30,3). Leonor
era biznieta del condestable don Luis de Beamonte, tercer conde de Lerín
(por vía ilegítima, tan frecuente en aquella época). Leonor
pertenecía a esa generación de navarros que había oído contar
a sus abuelos cómo fue la incorporación de Navarra a la Corona
de Castilla. Familias como los Beamonte, los Ayanz, etc.., habían
entrado con el duque de Alba en Pamplona (en el año 1512) y derrotado a
los franceses, años después, en la batalla de Noain (año 1521). La
generación de Leonor vivía ya de manera pacífica, incluso entusiasta,
en la “comunión” de ideales que representaba la Corona de Castilla,
pero manteniendo una clara conciencia de identidad Navarra y de la
continuidad institucional del viejo Reino.
LA
EDUCACIÓN DE LEONOR Leonor
recibió desde su infancia una profunda formación en las virtudes
cristianas. En esta tarea fue decisiva su madre. De ella aprendió el
amor a la Santísima Virgen y a repetir esta hermosa jaculatoria que
Leonor recitaba en su lecho de muerte: “Madre de Dios huélgome mucho
que seáis la Madre de Dios”. Lo
que sabemos de doña Catalina de Beamonte es que al parecer fue una
mujer de categoría humana y cristiana excepcional. Murió en el año
1560, teniendo 35 años y dejando siete hijos. Su testamento es una
pieza increíble: doce folios que escribe ella misma -de su puño y
letra- cuando estaba a punto de nacer su último hijo y temía que podía
morir en el parto. En su testamento nombra a los seis hijos que tenía
entonces: Leonorica (9 años), Francés (8), Jerónimo (6), Carlicos
(5), Endriquito (3) y Juan Ant (1), estos dos últimos murieron poco
después de morir doña Catalina. Francés, el primogénito, heredará
el mayorazgo de Guendulain, Jerónimo y Carlos serán capitanes en
Flandes e Italia; Jerónimo comendador de Ballesteros en Calatrava y
Gentilhombre de la casa de Felipe II; Carlos, comendador de Aberín y
Leache en el priorato navarro de la orden de San Juan de Jerusalén. La
gran preocupación de doña Catalina era la educación de Leonor y su
futuro, pues ya debía ser notoria la inteligencia y las cualidades de
esta niña, en la que ella veía algo grande, pero temía también que
se desviara. Doña Catalina quería para ella una boda de categoría o
la profesión en algún convento. Esto siempre respetando la voluntad de
Leonor. La
ilusión de doña Catalina era que Leonor se educara junto a doña
Brianda de Beamonte, con la cual mantenía relación. Ésta era hija y
heredera del condestable Diego de Toledo, hijo del duque de Alba. Doña
Catalina la nombra su testamentaria, al igual que don Carlos de Ayanz
que en su testamento la nombrará curadora y tutora de sus hijos, junto
a don Francisco de Ayanz , hermano de don Carlos. No
sabemos en qué medida la condesa de Lerín, doña Brianda, se ocupó,
de hecho, de la educación de Leonor o si estuvo, efectivamente, en un
monasterio. En
todo caso, habrá que buscar una explicación para la educación humanística
y literaria de Leonor. Estaba dotada de cualidades tan apreciables en
aquella época para la mujer como: saber escribir, latín escrito y
hablado, cantar, tocar instrumentos, pintar, dibujar, bordar con primor,
arreglar los ornamentos sagrados y coser las cosas del uso doméstico. En el palacio de Guendulain vivía también María de Ayanz, hermana de don Carlos; ésta, tras morir doña Catalina, se quedó al cuidado de los niños junto con don Carlos. Éste en su testamento le dirige una petición a doña María de Ayanz: “le ruego mucho y pido por merced que mire por mis hijos como madre dellos y los adoctrine y tenga cuenta dellos como yo confío della”. Don Carlos murió en 1568, cuando Leonor tenía 17 años y 8 el más pequeño, el que naciera del parto que costó la vida a doña Catalina. (nota 16 del nº21 de la intro. al libro de la BMC nº28, sobre Catalina de Cristo). MATRIMONIO
DE LEONOR Los
Beamonte y los Ayanz ante esta situación
de orfandad, decidieron que había llegado el momento de casar a
la joven Leonor. El
personaje clave de esta operación fue otra navarra excepcional (que va
a llenar páginas importantes en la historia de la reforma teresiana):
doña Beatriz de Beamonte, que terminará siendo en el convento de
Pamplona la madre Beatriz de Cristo. Ésta era hija de don Francés de
Beamonte y Navarra, señor del castillo de Arazuri, una de las grandes
figuras de aquella generación. Beatriz estaba casada con don Juan de
Vinuesa, hombre muy rico, del cual enviudó, quedándole de él una gran
fortuna. Don
Francés, padre de Beatriz, tuvo además tres hijos varones que
siguieron la carrera militar, muriendo los tres tempranamente. Del más
pequeño quedaron dos hijos naturales, fruto de sendas aventuras, de
quienes se hizo cargo don Francés. Tras
la muerte de su padre (año 1569), Beatriz recibió la tutoría de sus
dos sobrinos: Francés de Beamonte y Navarra, nacido en el año 1550 y
Francés Carlos, nacido en el año 1558. Doña
Beatriz y la joven Leonor se conocían íntimamente desde hacía tiempo
y Doña Beatriz estaba prendada de las virtudes de su sobrina Leonor. No
es extraño que pensara en la hermosa y discreta hija del señor de
Guendulain como el mejor partido para su sobrino mayor don Francés de
Beamonte y Navarra, que llevaba el mismo nombre y los mismos apellidos
de su abuelo y tenía un año más que Leonor. (Francés y Leonor eran
primos terceros). Los
Ayanz por su parte, estaban felices de enlazar nuevamente con los
Beamonte, más todavía -y esto era fundamental- teniendo en cuenta que
doña Beatriz, con ocasión del matrimonio, fundaba un magnífico
mayorazgo en la cabeza de su sobrino Francés, que hasta poco antes
residía en la corte, como paje del rey. El
matrimonio fue convenido por los parientes, lo propio de la época: fue
un acuerdo estratégico entre dos familias de la más alta nobleza del
reino. Se realizó en el año 1569. No sabemos qué parte tuvieron
realmente en esta alianza los futuros cónyuges. Es de suponer que se
conocían y se trataban, pues pertenecían a familias unidas por el
parentesco, la amistad y la vecindad: de Guendulain -el palacio de
Leonor- al castillo de Arazuri -el castillo de Francés- había apenas
media legua. Los
capítulos matrimoniales se firmaron el 6 de Octubre de 1569 y el
matrimonio canónico el 18 de Octubre del mismo año. Leonor y Francés abandonaron sus respectivos castillos y se fueron a vivir a la ciudad de Pamplona, a una casona que fue del abuelo de Francés y ahora tenía en usufructo de por vida doña Beatriz, quien les había donado el uso al joven matrimonio. (Esta casa servirá, después, a las carmelitas descalzas de convento). Fue
aquí donde la joven esposa -que hasta entonces había vivido en el
campo- tuvo ocasión de mostrar su grandeza de alma, en medio de un
abundante trato social.(MHCT, III, doc.423, p. 620s). Sabemos,
por otra parte, que doña Leonor alternaba la residencia en Pamplona con
temporadas en el palacio de Guendulain, donde cuidaba de sus hermanos,
todavía muy pequeños, sobre todo en las ausencias de su hermano Francés. Doña
Leonor y don Francés vivieron juntos unos 8 años y su matrimonio nunca
fue consumado. Fue esta una decisión de Leonor, basada en motivos
religiosos, que fue aceptada, y de hecho respetada, por su marido. Éste
era de un carácter más bien débil y secundario y sentía un gran amor
y admiración por Leonor. Ella era una mujer de
inteligencia clara, con una voluntad profundamente metida en Dios
y una gran capacidad de entusiasmo y arrastre. Es
de suponer que ante esta situación matrimonial insólita, surgirían
momentos de tensión y sufrimiento, pero a pesar de ello el matrimonio
se avenía. No hay forma de entender esta situación humanamente; sólo
se entiende desde una convicción sobrenatural muy fuerte por parte de
Leonor, posiblemente expresada a su esposo antes del matrimonio. TRASLADO
A SORIA Leonor
y Francés vivieron juntos en Pamplona hasta el año 1577, fecha en que
Leonor decide marchar a Soria. Más tarde Francés se reunirá con
Leonor allí y durante un tiempo seguirán viviendo en la misma situación. La
razón de esta salida fue compleja. Por
una parte era normal que Leonor visitase a su benefactora, doña
Beatriz, pero también se daba la circunstancia de que al virrey de
Navarra, al parecer, le gustaba la joven y comenzaba a insinuarse, dado
que la situación matrimonial era especial y era inevitable que
corrieran rumores. La
situación era esta: ella vivía largas temporadas en el castillo de
Guendulain y no tenían hijos, tras varios años de matrimonio. Así
pues el virrey empezó a pensar que podía aspirar a tener a doña
Leonor. Leonor al ver las intenciones que el virrey tenía corrió a
refugiarse en casa de su tía, con la cual mantenía estrechos vínculos
de relación. Ésta vivía en Soria, en una noble casona (en un
palacio). VOCACIÓN
DE LEONOR Doña
Beatriz vivía en su noble casona, rodeada de jóvenes damas de la buena
sociedad a las que formaba en las virtudes del hogar y preparaba para
tomar estado, cultivando una intensa vida de piedad y recogimiento. Doña
Beatriz estaba al corriente de la situación matrimonial de sus sobrinos
y así, Leonor, sin mayor dificultad se incorporó a este grupo de jóvenes
damas. Su
nueva casa sería después, como lo fue la que dejaba en Pamplona, ¡el
convento de Carmelitas Descalzas!. El destino de Leonor se iba pues
concretando sin que ella supiera nada. Sólo Dios lo sabía. Doña
Beatriz hacía algún tiempo que tenía deseos de fundar un convento de
monjas; ésta trató con el obispo de Osma aquel asunto y él le habló
de la reforma de Teresa de Jesús. A ésta le pareció que su proyecto
encajaba perfectamente con lo que le había contado el obispo sobre la
reforma teresiana y se puso en marcha para que la fundación fuese
adelante. Doña
Beatriz ofreció su casa y todo lo que fuese necesario para poder
fundar. Así se lo comunicó al obispo y éste a Santa Teresa. (F. 30,
1-5). Mientras
esto iba tomando forma doña Leonor vivía inmersa en una vida piadosa y
frecuentaba un monasterio por el cual nunca se sintió atraída. Teresa
de Jesús aceptó la petición de fundar en Soria por expreso deseo de
doña Beatriz de Beamonte. Las
fundadoras del convento de Soria eran ocho: Madre Catalina de Cristo
(profesa), María Bautista (lega), María de Cristo (profesa), María de
Jesús “la gorda” (profesa), Juana Bautista (profesa), María de san
José (profesa), Beatriz de Jesús (profesa) y Catalina del Espíritu
Santo, junto con esta iban Teresa de Jesús y Ana de san Bartolomé. Las
Descalzas llegaron a Soria el día 2 de Junio de 1581 y la fundación se
inauguraba oficialmente el día 14 de Junio del mismo año. Así
fue como Leonor de Ayanz entró en contacto con la familia del Carmelo. Hasta
entonces Leonor había aceptado ser una mujer casada que ha convencido a
su marido para que respete su voto de virginidad y llevar una intensa
vida de oración y penitencia, manteniendo sin embargo el estado
familiar y el patrimonio surgido del casamiento. Es decir, en ningún
momento pensó ella en la nulidad del matrimonio o en la disolución del
vínculo para abrazar la vida religiosa. Durante
la estancia de Teresa de Jesús en Soria Leonor sintió curiosidad por
la vida del Carmelo, se le iban los ojos tras las monjas, de lo cual se
había percatado la Santa Madre Teresa. Varias
veces habló Leonor con Teresa
de Jesús. Le habló de su estado civil y de sus inquietudes
espirituales, y también le habló de una posible fundación en
Pamplona. La Santa se dio cuenta enseguida de que aquella mujer podía
ser un puntal muy importante para su reforma, y le dejó entrever que
había esperanzas para poder abrazar el estado religioso. Leonor
sabía que el hecho de estar casada era un gran impedimento. Entonces la
santa le habló de Nicolás de Jesús Doria, el cual, siendo clérigo,
en menos de un año la Santa Madre lo determinó a abrazar la reforma
carmelitana. Leonor quedó impresionada de esto y le rogó a la Santa
que pidiese por ella para que un día, también ella, pudiese abrazar la
reforma teresiana. La Santa se dirigió a ella diciéndole:”Calle
hija, calle, que antes de muchos días ella será monja nuestra” (scholias
y adiciones fol.52r. Monte Carmelo 68 (1960) p. 139-140)(Tiempo y vida
de Sta. Teresa, BAC III ed. p. 853 Efrén…y Otger..). Todas
esta afirmaciones provocaron una enorme sacudida en el interior de
Leonor y así se lo manifestó a la Santa. Estando
un día en el locutorio con la Madre Teresa y Catalina de Cristo les
dijo que rogasen mucho por ella, pues quería ser Carmelita Descalza, a
lo cual la Santa le respondió: “Hija, cómo estando en tu estado nos
pedís esto” y Leonor le contestó que a Dios todo le era posible. La
Santa le dijo que pedirían por su intención. Ésta la miraba como una
joya y antes de que entrase escribía a sus monjas: “Miren mis hijas:
cuando entre esa santa, que es razón
la madre priora y todas la sobrelleven con comedimiento y amor,
que a donde hay tanta virtud no es menester apretar nada” (Cta.328). Tras
la marcha de la Santa Leonor quedó con mucha esperanza y creció en
ella la confianza de que aquello podría realizarse. En
este tiempo Leonor de Ayanz mantuvo contacto con la Madre Catalina de
Cristo, priora de aquel convento. Nuestro
Señor (redacta la misma Leonor) tomó la mano y por donde menos se
pensaba se disiparon todas las dificultades. Leonor
habló con su esposo y el que era obstáculo pasó a ser camino. Don
Francés se encendió también en el deseo de un seguimiento de Dios por
la vía de la consagración religiosa. Tomaron
entonces la resolución definitiva (con fecha del 16 de Noviembre de
1581 y después de 12 años de matrimonio) de hacer el uno y el otro
voto de castidad y de religión, voto que los autorizaba mutuamente a
ingresar en un convento, aunque el vínculo matrimonial, canónicamente
hablando, permanecía. Leonor y su esposo hicieron escritura pública de
retrocesión a su tía Beatriz de los bienes que en régimen de
mayorazgo habían recibido en razón de la boda.
Santa
Teresa de Jesús, que profetizó así lo que parecía imposible, caló
desde el principio la alta calidad humana y espiritual de Leonor de
Ayanz y vio, como ya hemos dicho, que podía ser un puntal para su
reforma. Catalina de Cristo tenía constantemente informada a la Santa
del “tema Leonor” y Teresa rezaba por la vocación de la joven
navarra, para que Dios precipitara los acontecimientos. Leonor
tras verse libre de su matrimonio, tuvo sus momentos de crisis
vocacional, pero finalmente fue madurando. En este proceso tuvo mucho
que ver la Madre Catalina de Cristo, la cual con su prudencia y cariño
supo sacar adelante la vocación de Leonor. Llegó
a oídos de la Santa la noticia de que era cuestión de días que Leonor
se decidiese a entrar en el Carmelo. La alegría de la Santa fue
extraordinaria. A
pesar de la alta calidad de Leonor, tendrá que asumir progresivamente
la vida religiosa, debido su historia personal. LEONOR
EN EL CARMELO Leonor
de Ayanz tomó el hábito el día 12 de Enero de 1582 con el nombre de
Leonor de la Misericordia. Después
de un turbulento noviciado lleno de inquietudes y dificultades profesará
el 12 de Enero de 1583 en manos de Catalina de Cristo, “nuestra
Madre” como ella se referirá siempre a Catalina. Las
dificultades e inquietudes
de mucha pesadumbre fueron que don Francés se derrumbó cuando Leonor
entró en el convento. Don
Francés se echa atrás en su decisión y comienza a presionar a Leonor,
a Catalina de Cristo, priora y a su tía Beatriz para que Leonor deje el
convento y recomiencen a vivir juntos. Le retira la autorización para
profesar. Don
Francés no sabía vivir sin Leonor, solo, ni se veía con fuerzas para
la vida religiosa. No era un hombre con un temple humano del calibre de
Leonor, ella le había contagiado su entusiasmo, pero él carecía de
una base sólida. Estas
dificultades también fueron muy duras para la Madre Catalina. (Cap.26
Vida Catalina de Xto, BMC, 28). Catalina
confortaba a Leonor y le infundía confianza en Dios. Leonor ante tan
dura situación se mantiene firme esperando y sufriendo.
“En
este negocio ayudó mucho la prudencia de nuestra Madre (Catalina de
Cristo) y costole más trabajo después de monja que antes porque se
ofrecieron dificultades e inquietudes de mucha pesadumbre y comenzaron
antes que profesase. A todo hizo espaldas nuestra Madre con grande ánimo
y fe”. Dice la misma Leonor. Santa
Teresa informada de las dificultades de Leonor, también se hizo
presente confortándola y ofreciéndole se confíe a Gracián, por
entonces padre provincial. Finalmente,
a Leonor no le quedó otra salida para perseverar en su decisión de ser
monja, dado que don Francés no se avenía a razones, que sacar a la luz
su intimidad y jurar ante la autoridad canónica que su matrimonio no
fue nunca consumado y que ella permanecía virgen. Sólo de esta manera
podía ser admitida a la profesión solemne, que automáticamente disolvía
el vinculo matrimonial. A
estas dificultades se añadieron después otras turbándole su paz de
espíritu. Le atormentaba pensar que no perseveraría, que antes que
terminase el noviciado, las monjas la echarían a la calle. Estos
y otros pensamientos la traían tan encogida que no osó comunicarlos a
la madre Catalina (priora y maestra). Pero Dios hizo ver a Catalina los
trabajos y penas por los que estaba pasando Leonor. Y en particular, las
dudas que tenía de pasar a otra Orden. Catalina
de Cristo que leyó todo lo que estaba pasando por su interior, la llamó
y le hizo ver la sinrazón de su perturbación y que las imaginaciones
de querer pasar a otra Orden, bajo el sueño de hacer más penitencia,
no tenían otra realidad más que querer hacer su voluntad y no estar
conforme con tener su juicio y voluntad sometido al yugo suave de la
santa obediencia, por lo que debía cuanto antes deshacerse de
semejantes imaginaciones, pues no le convenía la mudanza. Estas
inquietudes se repitieron, siendo la mano sabia de Catalina la que ayudó
a disiparlas con firmeza. Cuando
el 12 de Enero de1583 Leonor de la Misericordia profesa en el convento
de Soria, todo llega a la calma: don Francés de Beamonte renuncia
definitivamente a Leonor y ella de manera definitiva también abraza la
vida religiosa. LA
MIRADA PUESTA EN PAMPLONA Leonor,
estando aún en su noviciado, recibe contestación de Santa Teresa sobre
el asunto de la fundación de Pamplona que comenzó a tratar con ella al
principio de conocerla. (carta 308). Las noticias le llegaron por medio
del P. Gracián que le traía una carta de la madre Teresa, en la cual
le decía le hablase del
asunto a él, entonces provincial. Por
el mes de Septiembre de 1583 el P. Gracián volvió a visitar a las
Carmelitas de Soria. Junto a él, el P. Nicolás Doria, socio y acompañante. Volvieron
a hablar de la fundación de monjas en Pamplona que se había comenzado
a tratar en vida de nuestra Santa Madre. En
el tema de esta fundación vuelve a ser protagonista doña Beatriz de
Beamonte. Esta entendió que nuestra
Santa Madre ya había dado su beneplácito y sintiéndose profundamente
navarra, se comprometió a proveer lo necesario para dicho proyecto: las
casas que había heredado de su padre, cien ducados de renta perpetua y
otros ciento cincuenta al año mientras durase su vida y la vida de
Leonor de la Misericordia. Gustó
tanto al P. Gracián que se hiciese esta fundación que decía que
aunque no diera nada doña Beatriz, la hiciera. Que sólo por que se
consiguiesen más fácil las licencias, se holgaba de lo que daba, que
entendía que también se fundaría presto casa de frailes en aquella
ciudad. La fundación de frailes se hará 4 años después, con gran
ayuda de las monjas. Así
pues, se hicieron todas las diligencias pertinentes para dicha fundación.
Tres eran las necesarias para fundar en Pamplona: la licencia del
virrey, la del obispo y la del regimiento. Doña Beatriz será la
encargada de hacer dichas demandas. las hará desde Soria a través de
un intermediario. Las
tres instancias de la ciudad dieron su autorización inmediatamente.
Esto ocurría el 4 de Octubre de 1583, primer aniversario de la muerte
de la Santa Madre. Las
licencias fueron enviadas a la madre Catalina de Cristo, quien a su vez
las remitió al P. Gracián, quien se hallaba en Segovia. Este al
recibir la documentación acudió enseguida a Soria llevando consigo a
dos religiosas: Beatriz del Sacramento y Catalina de Jesús, que venían
a reforzar la reciente comunidad de Soria, a punto de sufrir una fuerte
sangría. Al
llegar el P. Gracián se hizo elección de priora para que la madre
Catalina de Cristo quedase libre del cargo y pudiese partir a la fundación
de Pamplona. En dicha elección salió priora Beatriz del Sacramento
(segoviana). El
P. Gracián marchó por delante a Pamplona para ir preparando todo para
la llegada de las monjas. Y dejó concertado antes de marchar que
partiesen cuando tuviesen todo a punto. La madre Catalina eligió para
su compañía a: hna. María de san José (26 años), hna.Catalina del
Espíritu Santo (34 años, Avila), Leonor de la Misericordia (32 años,
Soria), Ana de los Angeles (Soria), María Bautista (32 años,
Medina-Soria), Francisca del Sacramento (novicia, Soria), y buscó mulas
y carros para poder hacer el viaje. Por aquellos días les fue muy difícil
hallarlos pues arreciaban fuertes temporales y esto dificultó el
negocio. Por fin concertaron con un arriero que les llevase. A esta
comitiva se unía un capellán de doña Beatriz, un criado y una mujer
seglar, aspirante para lega. Todos
desaconsejaban el viaje, por parecer temeridad. Ni el tiempo les acompañó
ni los caminos estaban en buenas condiciones. Además, las bestias eran
ruines y los arrieros poco diestros. Todo ello hizo el camino fatigoso.
Tampoco faltaron percances. Ya
próximos a Pamplona salieron a avisarles que había dificultades con la
casa que iban a ocupar. El inquilino que moraba en ella se negaba a
abandonarla. El mismo P. Gracián salió a su encuentro pesaroso de que
hubieran salido tan presto de Soria y de no haber podido solucionar esta
contrariedad. Mientras
esto se resolvía tuvieron que hospedarse en Guendulain, casa natal de
Leonor. Allí vivía el hermano de ésta, don Francés de Ayanz con su
esposa doña Catalina de Barro (sobrina de san Francisco Javier),
casados desde 1581. Durante
casi el mes que estuvieron allí, don Francés ayudó al P. Gracián con
los negocios de la fundación. Cuando
la casa de Pamplona quedó libre entraron las monjas. Era el día de la
Purísima Concepción. Todos las esperaban. Fueron recibidas con
aplausos de toda la ciudad, saliendo toda ella con el obispo, cabildo y
todos los demás, consejo real, corte y todos los oficiales y alcaldes y
regidores junto con todos los principales de dicha ciudad. Hizo esta
fundación mucha devoción en aquel lugar y quedó en él muy asentada. Desde
que llegaron toda la ciudad no dejó de dar limosnas hasta que entró en
aquel monasterio doña Beatriz de Beamonte que tomó el hábito a
finales de 1586 o principios de 1587. “Pues como ella tenía tanto les
debió parecer que ya no teníamos necesidad”. Pronto
empezaron a llegar las vocaciones, hasta el punto que hubiera sido fácil
completar el número casi de inmediato. La madre Catalina fue quien se
encargó del discernimiento y de plantar en las que recibía tanta
perfección que estaba aquella casa hecha un cielo. En
aquella casa nunca faltó dinero para lo necesario y las demás cosas.
Proveyéndolas Dios muchas veces de donde menos se pensaba. A los
devotos de esta casa les daba pena que el edificio no fuera propiedad de
las monjas y empezaron a buscar casa para ellas. Le hicieron consultas a
la madre Catalina y esta, tras meditarlo, se determinó a ello. En
el año 1587 entrará en el convento una amiga de los tiempos juveniles
de Leonor. Era Ana de Aguirre de 29 años, se llamaría después Ana de
san Jerónimo. Ese mismo año llegaban los frailes para fundar en
Pamplona. la madre Catalina los acogió con los brazos abiertos y los
proveyó con una cantidad considerable (300 ducados) para que pudiesen
comprar. Les ayudó en todo lo que pudo y más. FUNDACIÓN
DE BARCELONA A
finales de 1587, el P. Juan de Jesús (Roca), a cuya labor sabia y tenaz
se debió el breve de separación con el que alcanzó la reforma
teresiana su independencia y que era un divulgador incansable de la obra
teresiana, había fundado varios conventos de frailes y se proponía una
fundación de monjas en Barcelona. Para lo cual buscaba una monja de
talla, de legítima solera y basada en el más puro teresianismo. Estas
cualidades las vería en la madre Catalina de Cristo a quien había
conocido en Medina y de quien tenía las más cumplidas referencias. Había
obtenido el beneplácito del P. Doria, esquivando al P. Juan Bautista,
el cual no quería que se llevasen a la madre Catalina. La noticia causó
consternación. Toda la ciudad se alteró; la madre Catalina era ya una
institución en Pamplona y sin su presencia todo se iría abajo. La
madre Catalina quedó relegada del cargo y su lugar lo ocupó la hna.
María de Cristo (Valladolid). Partían para la fundación de Barcelona,
el día 23 de Mayo de 1588, las siguientes hermanas: la madre Catalina
de Cristo, priora, Leonor de la Misericordia (subpriora, Soria),
Catalina del Espíritu Santo (maestra, San José de Avila), Ana de los
Ángeles (tornera, Soria), Juana
de la cruz (sacristana, Pamplona), Ana de san Jerónimo, novicia y una
seglar aspirante para lega (Mariana de Jesús). Durante el viaje
sufrieron percances, esta vez relacionados con la salud de madre
Catalina. El
obispo de Barcelona puso algunas objeciones a la fundación por tratarse
de convento de pobreza, hasta que supo que una afamada señora, doña
Estefanía de Rocabertí, hija de los condes de Perelada, estaba
dispuesta a tomar el hábito y dar cuanto tenía. Esto y la oferta de
cien ducados de por vida que hizo el bienhechor don Francisco de
Granollachs facilitaron la licencia. Las
fundadoras llegaron a Barcelona el 14 de Junio de 1588. Aquella misma
noche pusieron la clausura y al día siguiente tomó el hábito doña
Estefanía, con el nombre de Estefanía de la concepción. El
obispo no les consintió poner santísimo sacramento por ser casa
prestada. Así pasaron cinco meses, con gran disgusto de las monjas. El
P. Roca fue quien se encargó de gestionar una casa en propiedad. Por
este tiempo, la peste azotó Barcelona, de Junio a fin de 1589. Esta
epidemia de la cual murieron más de 20.000 personas, no afectó a las
monjas. Sin embargo, tenemos constancia de que ayudaron cuanto pudieron.
A
pesar de que en este tiempo estuvieron desatendidos los conventos de
monjas, no había quien les dijese Misa ni administrase
los sacramentos, las Descalzas todos los días a excepción de
uno estuvieron asistidas por parte de los frailes. El P: Roca estuvo
siempre muy atento con esta comunidad . El
año1590 el grupo fundador que marchaba a Génova pasó por Barcelona y
comentó el asunto del Breve del Papa Sixto V con la madre Catalina.
Este asunto le causó profunda tristeza a ella, pues supo pronto que
traería graves consecuencias para la Orden. Pronto
pagaría en sí misma las consecuencias que intuía: el P. provincial,
Juan de Jesús quiso forzarla a renunciar al Breve, la madre Catalina se
resistió a tomar partido. Ante esto, el P. provincial les retiró los
confesores e impidió que les dijese Misa ningún fraile. Se desentendió
de ellas y durante siete u ocho meses no tuvieron más asistencia que
dos sacerdotes. Todo este asunto quebró la salud de madre Catalina. Por
Pascua del Espíritu Santo de 1591 fue elegido provincial de Cataluña
el P. Domingo de la Presentación y llevó la declaración del breve
derogatorio de Gregorio XIV, por el que se daba
el gobierno de las monjas a los frailes y él como provincial las
acogía. Esta noticia supuso para Catalina un gran estímulo y alegría. El
año 1592 las nuevas leyes de la consulta, implantadas por el P. Doria y
la prohibición de reelegir a las prioras, fueron para la madre Catalina
el presagio de su ya cercano fin. Catalina
quedó con el cargo de Presidenta, que era como ser interina hasta que
nombrasen a quien la tenía que sustituir. MUERTE
DE LA MADRE CATALINA La
madre Catalina aceptó los hechos con entereza y mirada de fe, con la
certeza, además, de que él ya estaba cerca para llevársela a la
morada eterna. dando muestras de gran virtud y caridad la madre dio
dichosa a Dios sus alma el 3 de Enero de 1594. En todo este camino
estuvo siempre presente e íntimamente unida a ella Leonor de la
Misericordia. No la dejó nunca, fue su confidente y discípula. Había
muerto de hidropesía. En olor de santidad. La noticia de su muerte voló
por Barcelona y muchos se apresuraron a rendirle homenaje. La
gran veneración hacia la madre Catalina y los fenómenos
extraordinarios ocurridos en su cuerpo después de muerta (incorrupción,
flexibilidad) levantaron un gran revuelo. por lo que pareció
aconsejable sacar el cuerpo de allí. Esto impulsó a Leonor a llevarlo
a Pamplona, con el consentimiento del Padre General. Leonor
en un gesto de admirable desprendimiento, pues es indudable su deseo de
que la que fuera su madre, maestra y compañera reposase en Pamplona,
ofreció a la comunidad de Medina el cuerpo de madre Catalina,
por ser aquel su convento de origen. Finalmente el cuerpo fue a
Pamplona. Así pareció oportuno también a la comunidad de Medina. Por
indicación del General el traslado se realizó ocultamente. Bajo
apariencia de un simple viaje de monjas. Don Carlos Ayanz, hermano de
Leonor fue quien dispuso todos los medios y ayudas necesarias para
realizarlo. La comitiva hizo noche en San José de Zaragoza, donde era
priora Isabel de santo Domingo. Llegaron a Pamplona el 14 de Abril de
1604. En la ciudad corrió el rumor de que el venerable cuerpo de la
madre Catalina había llegado al convento y despertó el deseo de ser
visitado. (El
cuerpo de la madre Catalina sigue siendo venerado en el convento de las
Madres Carmelitas Descalzas de Pamplona). ENFERMEDAD
Y MUERTE DE LEONOR DE LA MISERICORDIA Después
de este acontecimiento, tan importante, Leonor permaneció en el
convento de Pamplona hasta su muerte, que acaeció el 23 de Noviembre de
1620. Leonor
nunca fue una mujer de mucha salud. Padeció gravísimas enfermedades
con singular paciencia y gran conformidad y eso que por ser sujeto de
delicada complexión le causaban mayor pena. Los
últimos 20 años de su vida padeció continuas calenturas que fueron
debilitando su natural poco a poco. Conservó, no obstante, hasta el último
momento, la paz y la serenidad, incluso en las contrariedades que se
presentaron a última hora. Había expresado ella su deseo de que la
acompañase en la muerte su Padre confesor, cosa que no pudo ser por
hallarse ausente. También la intención de comunicarse por señas en
caso de quedar sin habla, pero llegado el momento, al intentarlo,
comprobó que no le entendían, hecho que asumió sin ningún rasgo de
turbación. Así
moría a sus 69 años esta mujer que había vivido con gran sencillez y
verdad, sabiendo ocupar su lugar. RASGOS
DE LEONOR DE LA MISERICORDIA Cabe
destacar de la lectura de su vida que esta mujer nacida en el seno de
una familia distinguida dio muestras muy tempranas de grandes
cualidades. Pues ya desde niña, como vimos, el sacar provecho de
aquella inteligencia preclara fue motivo de preocupación, primero para
su madre y después para su padre y tutores. Sabía
escribir, pintar, Latín, era apta para las labores propias de una mujer
de su época y estaba adornada de gran discreción y prudencia. Ya de
joven se distinguió por gran capacidad para gobernar en ausencia de sus
hermanos los pueblos que tenían encomendados. Lo cual revela un
temperamento resuelto y de gran fortaleza. Era,
además, bella, como queda de manifiesto en el libro de difuntas de la
comunidad de Pamplona. “Tenía Leonor todas aquellas prendas de
naturaleza y gracia que pudieran hacer feliz a quien le cupiera la
suerte de ser su marido”. “Fue en el siglo muy estimada por su mucha
discreción y hermosura” y en boca del P. Gracián: “era un ángel
de rostro y buena gracia Era
de personalidad bien definida, dotada para el trato social, tal y como
se puso de manifiesto a su llegada a Pamplona como esposa de don Francés.
“Era de las más queridas y estimadas de Pamplona, donde residía”.
(P.Gracián). Era
una mujer de verdad. Declaran sus hermanas para justificar la validez de
su biografía de la madre Catalina: “Una religiosa de mucha verdad y
que no dirá mentira aun en cosamuy liviana”. Poseía
una gran capacidad de entusiasmo y arrastre, una voluntad fuerte y un
profundo sentido espiritual; rasgos que vemos especialmente reflejados
en la manera de vivir sus doce años de matrimonio, en los que se intuye
que con ternura y gran firmeza llevó a cabo su desconcertante propósito
dentro del matrimonio, conduciendo suavemente a su marido. También se
intuye una gran delicadeza por la reserva de la intimidad que muestra en
la ruptura y que sólo desvela por necesidades extremas. En
el aspecto religioso aparece como una mujer radical en su entrega a Dios
y poniendo gran acento en el compromiso real interior. Esto explicaría
que diese más importancia a la vida espiritual que al estado (casada o
religiosa), así como que después sea capaz de pasar por las barreras
que haya de pasar si comprende ser voluntad de Dios. Mostró también
gran confianza en el poder de Dios para alcanzar lo que humanamente es
imposible. Santa
Teresa le dedicó estas palabras: “adonde hay tanta virtud no es
menester apretar nada”. Su
gran capacidad literaria queda mostrada en la biografía que escribe de
la madre Catalina de Cristo. Llama
la atención que esta mujer, tan bien dotada en lo humano y en lo
espiritual no sólo aceptase sino que eligiese siempre una segunda línea,
estar en la retaguardia, ayudar a brillar a otros más que buscar
brillar con luz propia. Por ejemplo, observamos que es la impulsora de
la fundación de Pamplona, para lo cual demuestra un gran tesón pero se
conforma con ser el apoyo de la fundadora. Su
obra escrita, como ya hemos visto, está en función de que luzca en la
madre Catalina la luz de Dios, a quien dedicó sus desvelos en vida y
tras su muerte. Quizás
el retrato más completo lo hace el P. Gracián en estas líneas: “Debaxo
de los terciopelos y galas exteriores traía silicios asperíssimos, su
comida era de harta penitencia bien disimulada, quando su marido estaba
ausente le parescía regalo dormir en el suelo llano: para mayor
penitencia dormía en los escalones de una escalera, sin otro trabajos
que interiormente padescía con el matrimonio. De todas maneras era esta
sierva de Dios agradable, porque en lo interior era un serafín de
condición y alma, y en lo exterior un ángel de rostro y buena gracia.
Tenía habilidad rara en escrebir, pintar, saber latín, y en las demás
labores y ejercicios de mujeres, acompañado con prudencia varonil, que
cuando ella gobernaba en ausencia de su hermano el pueblo de Guendulain,
de donde eran señores, estaban bien contentos los vasallos; era de las
más queridas y estimadas de Pamplona, donde residía.” A
su muerte una carmelita introdujo en el féretro un escrito, del cual
extraemos: “en todas las virtudes fue muy señalada y en particular en
la humildad y paciencia y castidad, que con haber vivido doce años en
compañía de su marido, está con su pureza virginal. Tenía mucha
pureza de alma y esto lo mostraba con no consentir que en su presencia
se hablase cosa que fuese ofensa de Dios ni tocase en la honra de su próximo”. LEONOR
DE LA MISERICORDIA: DISCÍPULA DE TERESA DE JESÚS
Y DE CATALINA DE CRISTO El
flechazo de Teresa de Jesús y Leonor de la Misericordia fue mutuo. Al
contacto con Teresa de Jesús, Leonor de la Misericordia vive una
convulsión interior que le atrae hacia el proyecto teresiano, a pesar
de lo que el cambio de vida le acarrea . El diálogo con Teresa hace que
por primera vez se presente ante sus ojos la vida religiosa como un
reclamo para ella.. esto nos hace suponer que santa Teresa la arrolló.
No menos cierto es que santa Teresa quedó impresionada de la calidad
sobrenatural y humana de Leonor y la vio como una pieza clave para su
reforma. Y así, se interesó personalmente por la vocación de Leonor.
Pide ser informada de los pasos que va dando hasta entrar. Una
vez dentro la novicia mantiene correspondencia epistolar con la santa
Madre, haciéndole partícipe
a esta de las dificultades que atraviesa y esperando de ella una palabra
de discernimiento, de acompañamiento y consuelo . La
Santa por su parte le muestra en sus cartas gran ternura y aprecio.
Realmente le presta una ayuda inestimable en la consolidación
vocacional. Testimonio de esto es de manera especial la carta del
15.V.82, una verdadera joya de doctrina espiritual y prudencia. Así lo
supo ver Leonor que, valorándola como un tesoro, le pide a su hermano
se haga cargo de que quede como patrimonio del mayorazgo de Guendulain. El
extraordinario seguimiento que la Santa hizo de Leonor pone de
manifiesto junto a la grandeza de alma de la Santa, la singularidad de
la joven navarra y el destello teresiano que dejó impreso en su alma y
que a través de ella también fue transmitido a la fundación navarra. El
deseo de Leonor y de la Santa de que esta última fuera quien recibiese
la profesión de aquella no pudo cumplirse (la Santa murió unos meses
antes), pero queda patente en el cruce de cartas: “A la hermana Leonor
de la Misericordia, que eso y más deseo yo hacer en su servicio. Ojalá
pudiera ir yo a su profesión, que lo hiciera de buena gana”.(En carta
a la madre Catalina). Leonor
profesó en manos de Catalina de Cristo, quien la sostuvo y alentó
directamente desde su acercamiento al Carmelo, durante su tortuoso
noviciado y hasta que la muerte las separó. Leonor
tuvo a Catalina como madre, aparece como fundida en la huella de ésta,
fue su secretaria y fiel ayudante. La
vida de Leonor fue la sombra de su maestra, bebe de su palabra y de su
ejemplo. Leonor fue, sin duda, la discípula predilecta de la venerable
Catalina que moldeó su alma en el troquel de Teresa de Jesús y ella se
siente deudora de estas dos grandes mujeres con conciencia de que por
cercanía y trato ha sido más decisiva en su alma la obra de Catalina. Leonor
tuvo un gran amor a Catalina de Cristo como de verdadera hija según el
espíritu. Muerta Catalina, dedicó su vida a proclamar por todos los
medios las maravillas que Dios había obrado en aquella santa mujer,
sobre todo con la escritura de la biografía. podemos interpretarlo
también como un tributo de agradecimiento. LEONOR
BIÓGRAFA En
ninguno de los códices que transmiten la vida de la madre Catalina
figura indicación alguna acerca de su autor. Se presenta siempre como
obra colectiva de las Carmelitas de Barcelona que la escriben, hacia
1594-1595, por mandato de su confesor, fray Domingo de Jesús María (Ruzola).
Todas
las monjas sabían, porque se lo habían visto escribir, que era obra de
la carmelita navarra Leonor de la Misericordia. La
autoría queda aclarada en 1618 por la documentación que el padre prior
de los Carmelitas Descalzos de Pamplona recoge y se confirma con un
interrogatorio a Leonor de la Misericordia. Aunque ella menciona una
cierta colaboración de la madre Ana de san Jerónimo, no hay duda que
es ínfima y que la obra se debe íntegramente a ella. Leonor
era una escritora de pluma elegante y exacta, que nos ha dejado un
documento histórico fundamental para el conocimiento de la vida santa
de Catalina de Valmaseda. Su relato es detallista y escrupuloso; ella
misma lo tacha de meticuloso, cosa que achaca al gran amor que le movía. A
MODO DE CONCLUSIÓN No
cabe más que resaltar que no hay en los escritos de la Orden un
apartado propio para esta mujer, que ha pasado a ser para nosotras la biógrafa
de Catalina pese a que se intuye una gran figura humana y
espiritualmente hablando. Ni siquiera en el convento navarro se tiene más
que la reseña en el libro de defunciones y lo recogido en el tomo que
la Biblioteca Mística Carmelitana dedica a Catalina, no a ella.
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